🧿 𝑬𝒍 𝒉𝒐𝒎𝒃𝒓𝒆 𝒅𝒆 𝒍𝒂𝒔 𝒎𝒊𝒍 𝒉𝒊𝒔𝒕𝒐𝒓𝒊𝒂𝒔 🧿
En Melbourne era un joven del Cáucaso.
En Estados Unidos se convirtió en un supuesto aborigen australiano.
Y, mientras tanto, el hombre seguía siendo el mismo.
Se llamaba Martin Harlow, aunque el público lo conoció sobre todo como Unzie.
Tenía albinismo y una cabellera blanca descomunal que, para los empresarios del espectáculo, era demasiado buena como para dejarla simplemente crecer.
Había que inventarle una historia.
En 1886 ya aparecía en anuncios australianos como «Unzie Khourt, el joven circasiano».
Tenía unos 19 años y la publicidad afirmaba que su cabello alcanzaba nada menos que cuatro pies de circunferencia.
Compartía cartel con W. E. Jackson, anunciado como el «Tom Thumb de Nueva Zelanda».
No eran exactamente artistas de circo en el sentido que hoy imaginamos.
Eran «maravillas humanas»: personas cuya apariencia, tamaño, características físicas o habilidades se convertían en espectáculo.
El público pagaba por ver aquello que los empresarios presentaban como extraordinario.
Pero Unzie tenía algo más que una cabellera imposible.
En Nueva Zelanda, en 1887, cantaba varias canciones y tocaba el violín, interpretando incluso variaciones de «Home, Sweet Home».
Su aspecto atraía las miradas, pero sus habilidades le permitían mantenerlas un poco más.
Y entonces llegó Estados Unidos.
Allí la historia cambió por completo.
Un folleto titulado Wonder of the Nineteenth Century lo presentó como «Unzie, la belleza aborigen de Australia».
Según la nueva biografía, había nacido en una comunidad indígena de Nueva Gales del Sur, donde su extraordinario aspecto habría provocado admiración, antes de ser llevado a Melbourne para recibir educación.
¿Era verdad?
No.
Al menos, no hay pruebas que sostengan semejante biografía.
Pero para el espectáculo victoriano eso tampoco parecía un problema.
Si en Australia funcionaba el joven circasiano, en Estados Unidos podía funcionar mucho mejor el misterioso aborigen albino de Australia.
Y así nació otra versión de Unzie.
Después llegaron más nombres: «Australian Albino», «Circassian Wonder» y otros títulos destinados a despertar la curiosidad del público.
Incluso pasó por uno de los grandes escaparates del entretenimiento de la época: Barnum & Bailey.
El libro oficial de la temporada de 1893 lo incluyó entre sus atracciones.
La fotografía más conocida de Unzie pertenece precisamente a aquellos años.
Entre 1893 y 1894, el fotógrafo Frank Wendt lo retrató en Nueva York.
Harlow aparece vestido con elegancia, con corbata y bigote cuidadosamente arreglado.
Pero todo queda eclipsado por aquella enorme masa de cabello blanco que parece formar una especie de halo alrededor de su cabeza.
La imagen se conserva hoy en el International Center of Photography.
Y la historia todavía tuvo otro capítulo.
En 1900, una tarjeta publicitaria lo muestra trabajando con el Forepaugh-Sells Brothers Circus, esta vez recuperando uno de sus antiguos personajes: «Unzie, Circassian Wonder».
Circassiano.
Australiano.
Aborigen.
Albino.
Maravilla.
Cuatro historias distintas para un solo hombre.
Y probablemente ahí está lo más interesante de Unzie.
No solo tenía que vivir con una apariencia que llamaba poderosamente la atención.
También tuvo que convertirse en el personaje que alguien decidía vender aquella temporada.
Los empresarios no necesitaban saber quién era realmente Martin Harlow.
Necesitaban que el público tuviera una razón para pagar por verlo.
Su cabello era real.
Su música era real.
El hombre también.
Lo demás podía cambiar según el cartel.
Más de un siglo después, sus fotografías han sobrevivido a todas aquellas biografías inventadas.
Y, al mirarlas, resulta curioso pensar que detrás de aquel extravagante personaje de circo había simplemente un joven que cantaba, tocaba el violín y encontró en su extraordinaria cabellera una forma de ganarse la vida.
El espectáculo cambió su nombre muchas veces.
Pero él siempre fue el mismo.
Y mantener aquella especie de esfera blanca tampoco era cuestión de levantarse por la mañana y salir a escena.
Unzie recurría a una mezcla casera de cerveza y clara de huevo que, al secarse, endurecía el cabello y hacía las veces de fijador.
Después lo cardaba y cepillaba hacia fuera hasta conseguir el máximo volumen.
Para conservar la forma redondeada, llegaba a recortarse las puntas dos veces por semana.
Aquella cabellera que el público veía como una rareza tenía, en realidad, bastante trabajo detrás.
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