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#juiciosdebrujeria — Public Fediverse posts

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  1. 🧿 𝑺𝒂𝒍𝒆𝒎 𝑽𝒊𝒍𝒍𝒂𝒈𝒆 🧿

    En el invierno de 1691, en Salem Village, Massachusetts, unas niñas intentaron averiguar qué les deparaba el futuro mediante una práctica de adivinación.
    Era una curiosidad que hoy podría parecernos inofensiva, pero que en aquella comunidad puritana podía despertar temores muy serios.

    En la casa del reverendo Samuel Parris vivían su hija Betty, de nueve años, y su sobrina Abigail Williams, de unos once o doce.
    Según los relatos históricos, las niñas probaron algo conocido como *Venus glass*: echar clara de huevo en un vaso de agua y observar las formas que aparecían para intentar averiguar con quién se casarían o cómo serían sus futuras vidas.
    Una de las figuras les recordó a un ataúd y aquello las asustó.

    Este episodio aparece en los relatos sobre el comienzo de los juicios de Salem, aunque algunos detalles proceden de testimonios posteriores y no todos pueden verificarse con la misma seguridad.
    Lo que sí sabemos es que la adivinación estaba mal vista en aquella sociedad.
    Sus habitantes interpretaban el mundo a través de la religión y muchos creían que el Diablo podía intervenir directamente en la vida cotidiana.
    Consultar el futuro mediante prácticas prohibidas podía considerarse una forma de acercarse a fuerzas malignas.

    Poco después, Betty y Abigail comenzaron a sufrir episodios extraños.
    Gritaban, se retorcían, adoptaban posturas que desconcertaban a quienes las rodeaban y parecían incapaces de controlar sus movimientos.
    Otras muchachas empezaron a comportarse de manera parecida.
    El médico local no encontró una explicación clara y se llegó a atribuir aquellos síntomas a la brujería.

    No conocemos la causa exacta de lo que les sucedía.
    Con el paso de los siglos se han propuesto distintas explicaciones médicas y psicológicas, pero ninguna ha podido demostrar de forma concluyente qué ocurrió.
    Tampoco hay pruebas de que la práctica con la clara de huevo provocara directamente los síntomas.
    El problema fue que, en lugar de disponer de una explicación, la comunidad encontró una respuesta que encajaba con sus creencias: alguien estaba utilizando la brujería contra las niñas.

    Las sospechas acabaron señalando a tres mujeres: Tituba, Sarah Good y Sarah Osborne.

    𝑻𝒊𝒕𝒖𝒃𝒂 era una mujer esclavizada que vivía en la casa de los Parris.
    Su procedencia exacta se ha discutido, aunque suele relacionársela con el Caribe.
    Durante los interrogatorios confesó tener relación con el Diablo y describió supuestas presencias y amenazas.
    También habló de otras personas implicadas en la brujería.
    No podemos separar su declaración del contexto en el que se produjo: estaba detenida, sometida a presión y sabía que se enfrentaba a una situación peligrosa.

    𝙎𝙖𝙧𝙖𝙝 𝙂𝙤𝙤𝙙 era una mujer pobre que dependía a veces de la ayuda de los demás y mantenía relaciones difíciles con algunos vecinos.
    𝑺𝒂𝒓𝒂𝒉 𝑶𝒔𝒃𝒐𝒓𝒏𝒆 también despertaba recelos por circunstancias personales y familiares.
    Ninguna de estas características demostraba que practicaran brujería, pero sus situaciones las convertían en personas vulnerables cuando comenzaron las acusaciones.

    Las tres fueron detenidas.
    La confesión de Tituba tuvo un efecto importante porque contribuyó a reforzar la idea de que no se trataba de unos episodios aislados, sino de una supuesta conspiración diabólica.
    A partir de entonces, las denuncias se extendieron y empezaron a aparecer nuevos nombres.
    Los tribunales recibieron testimonios sobre ataques sobrenaturales y supuestas apariciones de los acusados, y aquellas declaraciones llegaron a tener un peso enorme en los procesos.

    Las acusaciones no afectaron únicamente a mujeres pobres ni a personas desconocidas.
    También fueron señalados vecinos respetados, hombres y miembros de familias con cierta posición.
    Las disputas por tierras, los problemas económicos, los enfrentamientos personales y las diferencias religiosas formaban parte del ambiente, aunque no existe una explicación única que permita entender todos los casos.

    En los juicios de Salem, aproximadamente el 78 % de las personas acusadas fueron mujeres.
    La cifra refleja una tendencia más amplia de muchas persecuciones por brujería en Europa y en las colonias americanas, aunque las proporciones variaban según el lugar y la época.

    En la sociedad puritana del siglo XVII, las mujeres tenían menos poder legal y social que los hombres.
    Además, determinados discursos religiosos las presentaban como más débiles moralmente y más vulnerables a la tentación.
    Una parte de esa visión procedía de interpretaciones bíblicas relacionadas con Eva, a quien se atribuía haber cedido al engaño de la serpiente y haber desobedecido a Dios.

    De ahí viene la idea de la mujer como una especie de «puerta abierta al Diablo».
    No era necesariamente una expresión que todos repitieran de forma literal, sino una manera de resumir una creencia extendida en determinados discursos religiosos: que Satanás podía aprovechar la supuesta debilidad femenina para tentar a una mujer y servirse de ella para hacer el mal.
    En ese imaginario, una mujer podía convertirse en instrumento del demonio y poner en peligro a toda la comunidad.

    Estas ideas no actuaban solas.
    La posición social también importaba.
    Una mujer sin marido que la protegiera, con pocos recursos, enfrentada a sus vecinos o que no se ajustara a las expectativas de la comunidad podía quedar más expuesta a las sospechas.
    En una sociedad que vigilaba estrechamente la conducta religiosa y moral, las diferencias podían interpretarse como señales de algo oscuro.

    Eso no significa que todas las acusadas fueran mujeres marginadas ni que cada denuncia escondiera una venganza personal.
    Hubo mujeres casadas y respetadas, así como hombres acusados y condenados.
    Pero las creencias sobre la supuesta inferioridad femenina contribuyeron a que ellas fueran señaladas con mucha más frecuencia.

    Durante 1692, la persecución alcanzó su momento más grave.
    Las personas acusadas podían encontrarse ante un tribunal por testimonios que hoy no consideraríamos pruebas fiables.
    Se aceptaban relatos de supuestas apariciones del espíritu de una persona que atacaba a otra, además de declaraciones condicionadas por el miedo y la presión de los interrogatorios.

    Diecinueve personas fueron ahorcadas.
    Giles Corey, un hombre de edad avanzada, murió aplastado bajo piedras después de negarse a declararse culpable o inocente.
    Otras personas fallecieron en prisión mientras esperaban que se resolvieran sus casos.
    Las consecuencias fueron más allá de las ejecuciones: hubo familias separadas, propiedades afectadas y reputaciones que quedaron destruidas.

    La persecución empezó a perder fuerza cuando algunas autoridades cuestionaron la validez de las pruebas utilizadas.
    El gobernador de Massachusetts intervino y se limitaron los testimonios basados en supuestas apariciones sobrenaturales.
    Los procesos fueron cambiando hasta que las acusaciones dejaron de producir nuevas condenas a muerte.

    Años después llegaron anulaciones de condenas, disculpas y reconocimientos oficiales de los errores cometidos.
    Sin embargo, la revisión fue lenta y no pudo reparar la pérdida de quienes habían muerto ni devolver a las familias los años de sufrimiento.

    El pastor de Salem Village también tuvo que afrontar las consecuencias de la crisis, aunque nunca fue juzgado ni condenado por su papel en ella.

    Tras los juicios, parte de su congregación empezó a cuestionar su actuación.
    Parris defendió su postura, pero las disputas con sus feligreses se prolongaron y la confianza de una parte de la comunidad se había perdido.
    En 1696 dejó su puesto y abandonó Salem Village.

    Su salida no fue una condena judicial, sino el resultado del deterioro de su relación con la congregación.
    Después predicó en otras localidades de Massachusetts, entre ellas Stow, Concord y Dunstable, antes de establecerse en Sudbury.
    Su esposa, Elizabeth, murió en 1696 y, en 1699, Parris volvió a casarse con Dorothy Noyes.

    Murió en Sudbury el 27 de febrero de 1720, con unos 67 años.
    No tuvo que responder ante un tribunal por las ejecuciones, pero su nombre quedó ligado para siempre al comienzo de los juicios y a la crisis que terminó con su ministerio en Salem.

    Betty Parris sobrevivió a aquellos acontecimientos.
    En 1710 se casó con un zapatero, tuvo cinco hijos y murió en 1760.
    De Abigail Williams se sabe mucho menos: no se conservan datos fiables que permitan reconstruir su vida después de los juicios.
    Tituba también desaparece de los registros conocidos.
    Tras permanecer encarcelada, fue vendida por su propietario para cubrir los gastos relacionados con su manutención en prisión, pero no sabemos con certeza qué ocurrió con ella después.

    La historia de Salem comenzó con unas niñas cuyos síntomas nadie supo explicar, pero no se quedó ahí.
    Las creencias religiosas, los prejuicios contra las mujeres, los conflictos de la comunidad y unos procedimientos judiciales que dieron credibilidad a testimonios extraordinarios hicieron que las sospechas terminaran en condenas.

    No hay pruebas fiables de que las personas ejecutadas practicaran brujería.
    Lo que sí queda documentado es que fueron acusadas, procesadas y castigadas en una sociedad que creía estar luchando contra el Diablo.
    Y esa diferencia es importante para entender lo que ocurrió realmente en Salem.

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    🎬 𝐿𝑎𝑠 𝑏𝑟𝑢𝑗𝑎𝑠 𝑑𝑒 𝑆𝑎𝑙𝑒𝑚 (𝟷𝟿𝟿𝟼)
    𝐷𝑖𝑟𝑒𝑐𝑐𝑖𝑜́𝑛: 𝑁𝑖𝑐𝘩𝑜𝑙𝑎𝑠 𝐻𝑦𝑡𝑛𝑒𝑟 · 𝟷𝟸𝟺 𝑚𝑖𝑛 𝑎𝑝𝑟𝑜𝑥.
    𝐶𝑜𝑛 𝐷𝑎𝑛𝑖𝑒𝑙 𝐷𝑎𝑦-𝐿𝑒𝑤𝑖𝑠, 𝑊𝑖𝑛𝑜𝑛𝑎 𝑅𝑦𝑑𝑒𝑟 𝑦 𝐵𝑟𝑢𝑐𝑒 𝐷𝑎𝑣𝑖𝑠𝑜𝑛 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑆𝑎𝑚𝑢𝑒𝑙 𝑃𝑎𝑟𝑟𝑖𝑠.
    𝑅𝑒𝑐𝑟𝑒𝑎 𝑙𝑎𝑠 𝑎𝑐𝑢𝑠𝑎𝑐𝑖𝑜𝑛𝑒𝑠, 𝑙𝑜𝑠 𝑖𝑛𝑡𝑒𝑟𝑟𝑜𝑔𝑎𝑡𝑜𝑟𝑖𝑜𝑠 𝑦 𝑒𝑙 𝑎𝑚𝑏𝑖𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑑𝑒 𝑚𝑖𝑒𝑑𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑒 𝑒𝑥𝑡𝑒𝑛𝑑𝑖𝑜́ 𝑝𝑜𝑟 𝑆𝑎𝑙𝑒𝑚.
    𝐸𝑠𝑡𝑎́ 𝑏𝑎𝑠𝑎𝑑𝑎 𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑜𝑏𝑟𝑎 𝑡𝑒𝑎𝑡𝑟𝑎𝑙 𝑑𝑒 𝐴𝑟𝑡𝘩𝑢𝑟 𝑀𝑖𝑙𝑙𝑒𝑟, 𝑎𝑠𝑖́ 𝑞𝑢𝑒 𝑚𝑒𝑧𝑐𝑙𝑎 𝘩𝑒𝑐𝘩𝑜𝑠 𝘩𝑖𝑠𝑡𝑜́𝑟𝑖𝑐𝑜𝑠 𝑐𝑜𝑛 𝑒𝑙𝑒𝑚𝑒𝑛𝑡𝑜𝑠 𝑑𝑟𝑎𝑚𝑎𝑡𝑖𝑧𝑎𝑑𝑜𝑠.

    youtube.com/watch?v=SzFgnFyumC8 ➡️𝑡𝑟𝑎𝑖𝑙𝑒𝑟

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