🧿 𝑬𝒍 𝑹𝒆𝒚 𝒉𝒆𝒄𝒉𝒊𝒛𝒂𝒅𝒐 🧿
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Carlos II nació en Madrid el 6 de noviembre de 1661.
Era hijo de Felipe IV de España y de Mariana de Austria, que además era sobrina del propio rey: era hija de la hermana de Felipe IV.
Aquello no era una rareza dentro de los Habsburgo.
Los matrimonios entre familiares habían sido una práctica habitual durante generaciones para conservar territorios y alianzas.
Pero en Carlos II las consecuencias de aquella política familiar fueron especialmente visibles.
Fue un niño enfermizo desde el principio.
Su padre tenía 56 años cuando nació y murió cuando Carlos apenas tenía cuatro.
El pequeño heredó la corona en 1665, pero era demasiado joven para gobernar.
Su madre, Mariana de Austria, asumió la regencia.
Y aquí empieza una infancia bastante triste.
Carlos tenía dificultades para caminar, tardó mucho en hablar y sufrió numerosas enfermedades.
Los testimonios de la época describen a un niño débil y de aspecto frágil, constantemente atendido por médicos.
Pero tampoco era el monstruo incapaz de hacer nada que algunos relatos posteriores han querido presentar.
Aprendió lo necesario para desempeñar sus funciones, aunque su educación estuvo condicionada por su salud.
Le costaba hablar y, según algunos testimonios, su dicción era deficiente.
También tenía problemas de coordinación y una mandíbula muy marcada, característica que acabaría convirtiéndose en uno de los rasgos más reconocibles de los Habsburgo.
Su famoso prognatismo era tan pronunciado que tenía dificultades para cerrar completamente la boca.
Y había otro problema que preocupaba todavía más a la corte: no conseguía tener hijos.
Carlos II se casó dos veces.
La primera fue con María Luisa de Orleans, sobrina del rey Luis XIV de Francia.
Se casaron en 1679, cuando Carlos tenía 17 años.
María Luisa era joven, inteligente y, según las fuentes, tenía una relación afectuosa con su marido.
Pero el matrimonio no tuvo descendencia.
La reina murió inesperadamente en 1689, con solo 26 años.
La muerte causó una enorme conmoción y también alimentó rumores.
En la corte llegaron a circular sospechas de que había sido envenenada.
No existen pruebas sólidas de que fuera asesinada.
Carlos volvió a casarse ese mismo año con Mariana de Neoburgo, perteneciente a una familia famosa por su elevada fertilidad.
La elección no fue casual.
La corte esperaba que una mujer de una familia con tantos hijos consiguiera finalmente proporcionar un heredero.
No ocurrió.
Mariana sufrió varios embarazos que no llegaron a término, o que fueron falsos embarazos según algunas fuentes, y la presión sobre ella fue enorme.
Mientras tanto, la salud de Carlos empeoraba.
Tenía episodios de fiebre, problemas digestivos, debilidad muscular y frecuentes enfermedades.
Los médicos utilizaban tratamientos que hoy nos parecen brutales: sangrías, purgas y preparados de todo tipo.
Pero había algo todavía más extraño.
En algún momento la corte empezó a considerar que Carlos estaba hechizado.
No era una forma de hablar.
Existía realmente la creencia de que alguien había utilizado magia para enfermar al rey.
Carlos llegó a ser sometido a exorcismos.
Se realizaron rituales religiosos y se buscaron supuestas pruebas del hechizo.
En una ocasión, según los testimonios de la época, se interrogó incluso a una mujer acusada de haber utilizado artes mágicas contra él.
La superstición convivía con la medicina en el mismo palacio.
Y Carlos tampoco era precisamente un hombre de excesos como otros monarcas de su época.
No fue un libertino comparable a Luis XIV.
Su problema era otro: su cuerpo parecía no darle tregua.
Aun así, la vida cortesana continuaba alrededor de él.
Había fiestas, cacerías, ceremonias religiosas, intrigas y una lucha constante por influir sobre el rey.
Y como Carlos no tenía hijos, cada decisión adquiría una importancia enorme.
Porque detrás de su dormitorio estaba esperando una pregunta gigantesca:
¿quién heredaría la Monarquía Hispánica?
España todavía controlaba un enorme conjunto de territorios en Europa, América y Asia.
Lo que estaba en juego no era simplemente quién ocuparía un trono, sino quién conseguiría una de las mayores monarquías del mundo.
Carlos II fue consciente de ello durante sus últimos años.
Su salud se deterioró de manera dramática en 1700.
En octubre apenas podía mantenerse en pie.
El 1 de noviembre de 1700 murió en el Real Alcázar de Madrid.
Tenía 38 años.
No dejó descendencia.
Y con él desapareció la rama española de los Habsburgo.
Pero su muerte no cerró la historia.
La abrió.
Carlos había nombrado heredero a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia.
Los demás candidatos no aceptaron la decisión.
Y Europa acabó entrando en guerra.
La Guerra de Sucesión Española comenzó poco después de su muerte y duraría más de una década.
Así que aquel hombre enfermizo al que muchos llamaron «el Hechizado» terminó provocando, sin quererlo, uno de los grandes conflictos europeos de comienzos del siglo XVIII.
Durante siglos se utilizó su cuerpo como explicación de la decadencia española.
Era demasiado débil.
Demasiado enfermizo.
Demasiado familiarmente emparentado.
Pero Carlos II no fue simplemente «el rey deforme».
Fue el último Habsburgo español.
Un niño que heredó una corona gigantesca cuando apenas tenía cuatro años, un hombre cuya salud se convirtió en asunto de Estado y un rey alrededor del cual médicos, religiosos, nobles y embajadores intentaron encontrar respuestas que muchas veces no existían.
Y cuando murió, Europa se lanzó a pelear por lo que había dejado atrás.
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