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🧿 𝑬𝒍 𝑴𝒐𝒏𝒔𝒕𝒓𝒖𝒐 𝒅𝒆 𝒍𝒂𝒔 𝟐𝟏 𝑪𝒂𝒓𝒂𝒔 🧿
Japón estaba acostumbrado a que sus grandes empresas de alimentación fueran sinónimo de confianza.
Pero en 1984 alguien encontró una forma de convertir esa confianza en miedo.El 18 de marzo, dos hombres enmascarados entraron en la casa de Katsuhisa Ezaki, presidente de la compañía de dulces Ezaki Glico.
Su familia fue reducida y el empresario, que estaba bañándose, fue sacado de su propia casa a punta de pistola.
Los secuestradores exigieron 1.000 millones de yenes y 100 kilos de oro.Pero el secuestro no terminó como esperaban.
Tres días después, Ezaki consiguió escapar de sus captores y apareció en una zona residencial.
Estaba descalzo y tenía algunas heridas en la cara, pero se encontraba con vida.
No se pagó el rescate.Podría haber parecido un secuestro fallido.
No lo era.Después de la fuga comenzaron las cartas.
Al principio amenazaban a Glico y exigían dinero.
Después llegó algo mucho más peligroso: los autores aseguraron que habían contaminado productos de la empresa con cianuro potásico y amenazaron con colocarlos en los supermercados.Las cartas estaban firmadas con un nombre que acabaría convirtiéndose en uno de los más famosos de la historia criminal japonesa: «El Monstruo de las 21 Caras».
El nombre no era casual.
Procedía del personaje criminal creado por el escritor japonés Edogawa Ranpo, conocido como el Hombre de las Veintiuna Caras.
Los responsables del caso utilizaron aquella identidad como si fuera una máscara colectiva.
Nunca dijeron claramente quiénes eran y, en sus cartas, se burlaban abiertamente de la policía.Glico retiró productos de las tiendas ante las amenazas, aunque nunca llegaron a encontrarse dulces Glico envenenados.
El golpe económico, sin embargo, fue enorme: las ventas se desplomaron y la empresa terminó sufriendo pérdidas de decenas de millones de dólares.En junio de 1984, cuando parecía que la campaña contra Glico podía continuar indefinidamente, llegó otra carta.
El grupo anunció, con una tranquilidad casi absurda, que «perdonaba a Glico».Y cambió de objetivo.
La siguiente gran víctima fue Morinaga, otra de las grandes empresas de dulces de Japón.
Esta vez las amenazas no se quedaron en palabras.En octubre comenzaron a aparecer en supermercados paquetes de caramelos, chocolates y galletas de Morinaga que contenían cianuro en cantidades letales.
Los paquetes llevaban etiquetas que advertían del peligro, de modo que nadie llegó a consumirlos.
Pero la amenaza ya no era una simple extorsión: alguien había demostrado que podía colocar alimentos envenenados en tiendas sin que los responsables del establecimiento lo detectaran inmediatamente.La reacción fue inmediata.
Los supermercados retiraron productos Morinaga de sus estanterías y miles de policías fueron movilizados.
En uno de los momentos de mayor tensión llegaron a desplegarse decenas de miles de agentes para buscar a los responsables y proteger los establecimientos.El grupo, mientras tanto, jugaba con ellos.
Enviaba cartas a periódicos y empresas, daba pistas falsas, anunciaba nuevos ataques y se burlaba de los investigadores.
En una de las amenazas llegaron a decir que aquello se convertiría en una especie de «búsqueda del tesoro», porque los policías tendrían que localizar los productos envenenados antes de que alguien los comprara.Y hubo un detalle que convirtió el caso en una auténtica pesadilla para los investigadores.
Una cámara de seguridad de un supermercado había captado a un hombre cerca de los productos que después aparecieron envenenados.
Era corpulento, llevaba gafas y una gorra de béisbol.
Más adelante apareció otro sospechoso especialmente famoso: el «Hombre de los ojos de zorro», llamado así por la forma característica de sus ojos.
La policía llegó a seguirlo en una operación relacionada con uno de los intercambios, pero volvió a desaparecer.El misterio se hizo todavía mayor porque no parecía tratarse simplemente de una persona actuando por dinero.
El grupo también parecía disfrutar del juego psicológico.
Enviaba cartas a los medios, provocaba a la policía y anunciaba nuevos ataques con una mezcla de amenazas y burlas.Y, aunque hablaban de grandes cantidades de dinero, nunca consiguieron cobrar el gran rescate que habían pedido inicialmente.
La extorsión terminó provocando pérdidas enormes sin que el grupo obtuviera el beneficio que supuestamente buscaba.Durante meses, Japón vivió pendiente de los supermercados.
Una caja de caramelos podía convertirse en una amenaza.
Las familias desconfiaban de los productos de una marca que hasta entonces habían comprado con absoluta normalidad y la policía llegó a realizar una de las mayores operaciones de búsqueda de su historia.El caso también se cruzó con otro episodio que terminó de convertirlo en una tragedia nacional.
En agosto de 1985, Shoji Yamamoto, superintendente de la policía de la prefectura de Shiga, murió tras prenderse fuego en el jardín de su residencia.
Había sido relevado de su puesto y trasladado a la Agencia Nacional de Policía.
La prensa relacionó su muerte con la enorme presión provocada por el fracaso de la investigación, pero la propia policía señaló que el motivo del suicidio no estaba establecido.Cinco días después ocurrió algo escalofriante.
El 12 de agosto de 1985, el Monstruo de las 21 Caras envió su última carta.
Se burlaba de la muerte de Yamamoto y anunciaba que dejaba de acosar a las empresas alimentarias.
También advertía de que, si alguien volvía a atacar a esas compañías, serían imitadores.Después de aquella carta, el Monstruo desapareció.
No hubo una última detención.
No apareció un cadáver que resolviera el misterio.
No hubo una confesión.
Nadie pudo demostrar quién estaba detrás de las cartas, quién había participado en el secuestro ni quién había colocado los paquetes de cianuro en los supermercados.La investigación continuó durante años, pero no hubo condenados.
La prescripción del secuestro de Ezaki llegó en 1995 y los delitos relacionados con los productos envenenados prescribieron en 2000.
El caso quedó oficialmente sin resolver.Y quizá esa sea la parte que más desconcierta de toda esta historia.
El grupo consiguió paralizar a algunas de las mayores empresas alimentarias de Japón, movilizó a miles de policías, provocó retiradas masivas de productos, hundió ventas y convirtió algo tan cotidiano como comprar caramelos en un acto cargado de desconfianza.
Y después, simplemente, dejó de escribir.
Como si quienes habían conseguido aterrorizar a todo un país hubieran cerrado la puerta y regresado a su vida normal.
Nadie sabe quiénes fueron.
Y, más de cuarenta años después, el Monstruo de las 21 Caras sigue sin tener rostro.
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