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  1. 🫟 𝑪𝒖𝒓𝒊𝒐𝒔𝒊𝒅𝒂𝒅𝒆𝒔 🫟

    El 29 de junio de 1892, Francisca Rojas acusó a un hombre de haber asesinado a sus dos hijos.

    Una huella ensangrentada terminó contando otra historia.

    El crimen había ocurrido en Quequén, en el partido de Necochea, provincia de Buenos Aires.
    Ponciano, de seis años, y su hermana Felisa, de cuatro, fueron encontrados muertos dentro de la vivienda familiar.
    Francisca también presentaba heridas y señaló como responsable a un hombre llamado Ramón Velázquez.

    Él negó la acusación.

    La investigación parecía depender de declaraciones, sospechas y confesiones, como ocurría habitualmente en una época en la que la identificación mediante huellas dactilares apenas empezaba a desarrollarse.

    Entonces apareció una marca de sangre en la vivienda.

    Durante una nueva inspección de la escena, los investigadores localizaron una impresión dejada por un dedo ensangrentado sobre una superficie de madera.
    El indicio podía parecer insignificante, pero acabaría cambiando la historia de la investigación criminal.

    En La Plata, Juan Vucetich llevaba desde 1891 trabajando en un sistema para identificar personas mediante los dibujos formados por las crestas de los dedos.

    El caso de Quequén ofrecía una oportunidad inesperada para ponerlo a prueba.

    Se tomaron impresiones dactilares de los implicados y se compararon con aquella marca encontrada en la escena.

    La huella no pertenecía a Velázquez.

    Coincidía con Francisca Rojas.

    La evidencia contradecía directamente su relato.
    Había sostenido que no había tocado a sus hijos después del ataque, pero una de sus propias huellas ensangrentadas había quedado en la escena.

    Confrontada con la prueba, terminó confesando.

    El caso pasó a la historia de la criminalística como el primer uso exitoso de una huella dactilar para resolver un homicidio.
    Para Vucetich supuso también una demostración decisiva de que su sistema podía servir para algo mucho más importante que registrar identidades.

    Podía relacionar a una persona con una escena del crimen.

    La ficha dactiloscópica de Francisca Rojas, conservada por el Museo Policial de la Provincia de Buenos Aires, todavía permite contemplar las impresiones que quedaron vinculadas para siempre con aquel caso.

    Más de 130 años después, aquellas líneas siguen contando la misma historia.

    A veces una investigación no cambia por encontrar una gran prueba.

    A veces cambia por una pequeña huella de sangre.

    /𝘕𝘰 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘦𝘯 𝘪𝘮𝘢𝘨𝘦𝘯𝘦𝘴 𝘰 𝘧𝘰𝘵𝘰𝘨𝘳𝘢𝘧𝘪́𝘢𝘴 𝘳𝘦𝘢𝘭𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘍𝘳𝘢𝘯𝘤𝘪𝘴𝘤𝘢 𝘙𝘰𝘫𝘢𝘴.
    𝘋𝘦𝘣𝘪𝘥𝘰 𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘳𝘢 𝘶𝘯𝘢 𝘤𝘢𝘮𝘱𝘦𝘴𝘪𝘯𝘢 𝘥𝘦 𝘣𝘢𝘫𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘤𝘶𝘳𝘴𝘰𝘴 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘈𝘳𝘨𝘦𝘯𝘵𝘪𝘯𝘢 𝘳𝘶𝘳𝘢𝘭 𝘥𝘦 1892, 𝘯𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘴𝘦 𝘭𝘦 𝘵𝘰𝘮𝘰́ 𝘶𝘯 𝘳𝘦𝘵𝘳𝘢𝘵𝘰 𝘧𝘰𝘵𝘰𝘨𝘳𝘢𝘧𝘪𝘤𝘰 𝘰𝘧𝘪𝘤𝘪𝘢𝘭./

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    #historia #historiareal #criminalistica #huellasdactilares #dactiloscopia #juanvucetich #franciscarojas #crimenesreales #investigacioncriminal #policial #argentina #necochea #quequen #curiosidadeshistoricas

  2. 🧿 𝑬𝒍 𝒎𝒆́𝒅𝒊𝒄𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒅𝒐𝒓𝒎𝒊́𝒂 𝒄𝒐𝒏 𝒖𝒏 𝒄𝒂𝒅𝒂́𝒗𝒆𝒓 🧿

    En los años treinta, en Cayo Hueso, Florida, ocurrió una de las historias más perturbadoras y difíciles de creer del siglo XX.
    Y lo peor es que no es una leyenda urbana.
    Pasó de verdad.

    El protagonista fue Carl Tanzler, un hombre nacido en Alemania que aseguraba tener visiones desde niño.
    Según contaba, una antepasada muerta se le aparecía y le mostraba el rostro de la mujer destinada a ser el amor de su vida.
    Durante años vivió obsesionado con esa idea.

    En 1930 trabajaba en un hospital de Cayo Hueso cuando conoció a María Elena Milagro de Hoyos, una chica de origen cubano de apenas 21 años que padecía tuberculosis, una enfermedad que en aquella época seguía siendo prácticamente una sentencia de muerte.
    Tanzler tenía más de cincuenta años, estaba casado y tenía hijos, aunque llevaba tiempo separado de su esposa.
    Desde el instante en que vio a Elena quedó completamente obsesionado con ella.
    Él afirmaba que era exactamente la mujer de sus visiones.

    La familia de Elena sabía que el médico estaba muy implicado emocionalmente.
    Le llevaba regalos, joyas, ropa y financiaba tratamientos carísimos intentando salvarla.
    Llegó a utilizar aparatos extraños construidos por él mismo, mezclando medicina con ideas pseudocientíficas bastante extravagantes.
    Algunos historiadores creen que ya entonces su comportamiento preocupaba a quienes lo rodeaban.

    Pero Elena murió en octubre de 1931.

    La muerte no terminó con la obsesión.
    Tanzler pagó un mausoleo enorme para ella en el cementerio de Key West y convenció a la familia para encargarse de parte de los gastos funerarios.
    Durante casi dos años acudió al mausoleo prácticamente cada noche.
    Decía que hablaba con Elena y que su espíritu le pedía que la sacara de allí.

    En abril de 1933 hizo exactamente eso.

    Una noche entró en el cementerio, abrió el mausoleo y robó el cadáver.
    Lo subió a un pequeño carrito de juguete adaptado y lo llevó hasta su casa atravesando las calles de Key West de madrugada.

    Lo que vino después parece sacado de una novela de terror, pero está documentado.

    Durante siete años convivió con el cuerpo de Elena dentro de su vivienda.
    Como el cadáver se iba descomponiendo, Tanzler intentó “reconstruirlo” pieza por pieza.
    Los huesos que se separaban los unió con alambre de piano y perchas.
    Sustituyó la piel deteriorada por seda impregnada en cera, yeso y telas.
    Rellenó el cuerpo con trapos para mantener la forma humana.
    Colocó ojos de cristal en las cuencas vacías.
    La peluca que utilizó estaba hecha con cabello real de Elena, un mechón que la madre de la joven le había entregado tiempo antes como recuerdo tras la muerte.

    También utilizaba enormes cantidades de perfume, desinfectantes y productos químicos para disimular el olor de la descomposición.
    Vestía el cadáver con ropa elegante, le ponía maquillaje, joyas y dormía junto a él cada noche en la misma cama.

    Décadas después aparecieron rumores todavía más inquietantes.
    Algunos investigadores afirmaron que, durante las revisiones posteriores del cadáver, se halló un tubo colocado en la zona íntima del cuerpo, insinuando una posible relación sexual con el cadáver.
    Nunca pudo demostrarse oficialmente hasta qué punto llegaron esos actos, pero el caso quedó marcado para siempre por esa sospecha.

    Lo increíble es que durante años nadie descubrió nada.

    Los vecinos sí comentaban cosas raras.
    Veían a Tanzler bailar con una figura femenina tras las cortinas o escuchaban música en la casa a altas horas de la noche.
    Pero no fue hasta 1940 cuando la hermana de Elena fue a visitarlo y encontró el cadáver sentado dentro de la vivienda.

    La noticia explotó en toda Florida.

    Cuando las autoridades entraron en la casa encontraron aquella especie de “muñeca humana” reconstruida de forma grotesca.
    El caso se volvió un fenómeno mediático nacional.
    Los periódicos publicaban fotos y detalles morbosos constantemente.
    Y aquí llega una de las partes más desconcertantes: muchísima gente no veía a Tanzler como un monstruo, sino como un hombre consumido por un “amor eterno”.
    Recibió cartas de apoyo, especialmente de mujeres que interpretaban la historia como una tragedia romántica.

    Fue arrestado, sí.
    Pero jamás pisó prisión.

    Los delitos relacionados con la profanación de tumbas y el robo del cadáver habían prescrito según las leyes de Florida de aquella época.
    Legalmente no podían condenarlo.

    El cuerpo de Elena fue exhibido en una funeraria local durante un corto tiempo y miles de personas hicieron cola para verlo con sus propios ojos.
    Después, su familia decidió enterrarla de nuevo en una tumba secreta y sin identificar para impedir que alguien volviera a molestar sus restos.

    Tanzler terminó mudándose cerca de Tampa.
    Allí pasó los últimos años de su vida construyendo una figura de cera a tamaño real de Elena utilizando su máscara mortuoria.
    Los pocos que visitaron su casa aseguraban que seguía hablándole como si estuviera viva.

    Murió en 1952, completamente solo.

    Cuando encontraron su cuerpo, según varias versiones, estaba acostado junto a aquella figura de cera que había creado para reemplazar a Elena.
    Hasta hoy sigue siendo uno de los casos reales más perturbadores de obsesión enfermiza, necrofilia y distorsión romántica jamás documentados en Estados Unidos.

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    youtube.com/watch?v=Hb8VkL-kHmA ➡️ 𝐷𝑜𝑐𝑢𝑚𝑒𝑛𝑡𝑎𝑙

    #historia #historiasreales #terrorreal #crimenesreales #carltanzler #elenahoyos #obsesion #macabro #casosreales #florida #años30 #necrofilia #curiosidades #ecosdelpasado

  3. 🧿 𝑬𝒍 𝑴𝒐𝒏𝒔𝒕𝒓𝒖𝒐 𝒅𝒆 𝒍𝒂𝒔 𝟐𝟏 𝑪𝒂𝒓𝒂𝒔 🧿

    Japón estaba acostumbrado a que sus grandes empresas de alimentación fueran sinónimo de confianza.
    Pero en 1984 alguien encontró una forma de convertir esa confianza en miedo.

    El 18 de marzo, dos hombres enmascarados entraron en la casa de Katsuhisa Ezaki, presidente de la compañía de dulces Ezaki Glico.
    Su familia fue reducida y el empresario, que estaba bañándose, fue sacado de su propia casa a punta de pistola.
    Los secuestradores exigieron 1.000 millones de yenes y 100 kilos de oro.

    Pero el secuestro no terminó como esperaban.
    Tres días después, Ezaki consiguió escapar de sus captores y apareció en una zona residencial.
    Estaba descalzo y tenía algunas heridas en la cara, pero se encontraba con vida.
    No se pagó el rescate.

    Podría haber parecido un secuestro fallido.
    No lo era.

    Después de la fuga comenzaron las cartas.
    Al principio amenazaban a Glico y exigían dinero.
    Después llegó algo mucho más peligroso: los autores aseguraron que habían contaminado productos de la empresa con cianuro potásico y amenazaron con colocarlos en los supermercados.

    Las cartas estaban firmadas con un nombre que acabaría convirtiéndose en uno de los más famosos de la historia criminal japonesa: «El Monstruo de las 21 Caras».

    El nombre no era casual.
    Procedía del personaje criminal creado por el escritor japonés Edogawa Ranpo, conocido como el Hombre de las Veintiuna Caras.
    Los responsables del caso utilizaron aquella identidad como si fuera una máscara colectiva.
    Nunca dijeron claramente quiénes eran y, en sus cartas, se burlaban abiertamente de la policía.

    Glico retiró productos de las tiendas ante las amenazas, aunque nunca llegaron a encontrarse dulces Glico envenenados.
    El golpe económico, sin embargo, fue enorme: las ventas se desplomaron y la empresa terminó sufriendo pérdidas de decenas de millones de dólares.

    En junio de 1984, cuando parecía que la campaña contra Glico podía continuar indefinidamente, llegó otra carta.
    El grupo anunció, con una tranquilidad casi absurda, que «perdonaba a Glico».

    Y cambió de objetivo.

    La siguiente gran víctima fue Morinaga, otra de las grandes empresas de dulces de Japón.
    Esta vez las amenazas no se quedaron en palabras.

    En octubre comenzaron a aparecer en supermercados paquetes de caramelos, chocolates y galletas de Morinaga que contenían cianuro en cantidades letales.
    Los paquetes llevaban etiquetas que advertían del peligro, de modo que nadie llegó a consumirlos.
    Pero la amenaza ya no era una simple extorsión: alguien había demostrado que podía colocar alimentos envenenados en tiendas sin que los responsables del establecimiento lo detectaran inmediatamente.

    La reacción fue inmediata.
    Los supermercados retiraron productos Morinaga de sus estanterías y miles de policías fueron movilizados.
    En uno de los momentos de mayor tensión llegaron a desplegarse decenas de miles de agentes para buscar a los responsables y proteger los establecimientos.

    El grupo, mientras tanto, jugaba con ellos.

    Enviaba cartas a periódicos y empresas, daba pistas falsas, anunciaba nuevos ataques y se burlaba de los investigadores.
    En una de las amenazas llegaron a decir que aquello se convertiría en una especie de «búsqueda del tesoro», porque los policías tendrían que localizar los productos envenenados antes de que alguien los comprara.

    Y hubo un detalle que convirtió el caso en una auténtica pesadilla para los investigadores.

    Una cámara de seguridad de un supermercado había captado a un hombre cerca de los productos que después aparecieron envenenados.
    Era corpulento, llevaba gafas y una gorra de béisbol.
    Más adelante apareció otro sospechoso especialmente famoso: el «Hombre de los ojos de zorro», llamado así por la forma característica de sus ojos.
    La policía llegó a seguirlo en una operación relacionada con uno de los intercambios, pero volvió a desaparecer.

    El misterio se hizo todavía mayor porque no parecía tratarse simplemente de una persona actuando por dinero.
    El grupo también parecía disfrutar del juego psicológico.
    Enviaba cartas a los medios, provocaba a la policía y anunciaba nuevos ataques con una mezcla de amenazas y burlas.

    Y, aunque hablaban de grandes cantidades de dinero, nunca consiguieron cobrar el gran rescate que habían pedido inicialmente.
    La extorsión terminó provocando pérdidas enormes sin que el grupo obtuviera el beneficio que supuestamente buscaba.

    Durante meses, Japón vivió pendiente de los supermercados.
    Una caja de caramelos podía convertirse en una amenaza.
    Las familias desconfiaban de los productos de una marca que hasta entonces habían comprado con absoluta normalidad y la policía llegó a realizar una de las mayores operaciones de búsqueda de su historia.

    El caso también se cruzó con otro episodio que terminó de convertirlo en una tragedia nacional.

    En agosto de 1985, Shoji Yamamoto, superintendente de la policía de la prefectura de Shiga, murió tras prenderse fuego en el jardín de su residencia.
    Había sido relevado de su puesto y trasladado a la Agencia Nacional de Policía.
    La prensa relacionó su muerte con la enorme presión provocada por el fracaso de la investigación, pero la propia policía señaló que el motivo del suicidio no estaba establecido.

    Cinco días después ocurrió algo escalofriante.

    El 12 de agosto de 1985, el Monstruo de las 21 Caras envió su última carta.
    Se burlaba de la muerte de Yamamoto y anunciaba que dejaba de acosar a las empresas alimentarias.
    También advertía de que, si alguien volvía a atacar a esas compañías, serían imitadores.

    Después de aquella carta, el Monstruo desapareció.

    No hubo una última detención.
    No apareció un cadáver que resolviera el misterio.
    No hubo una confesión.
    Nadie pudo demostrar quién estaba detrás de las cartas, quién había participado en el secuestro ni quién había colocado los paquetes de cianuro en los supermercados.

    La investigación continuó durante años, pero no hubo condenados.
    La prescripción del secuestro de Ezaki llegó en 1995 y los delitos relacionados con los productos envenenados prescribieron en 2000.
    El caso quedó oficialmente sin resolver.

    Y quizá esa sea la parte que más desconcierta de toda esta historia.

    El grupo consiguió paralizar a algunas de las mayores empresas alimentarias de Japón, movilizó a miles de policías, provocó retiradas masivas de productos, hundió ventas y convirtió algo tan cotidiano como comprar caramelos en un acto cargado de desconfianza.

    Y después, simplemente, dejó de escribir.

    Como si quienes habían conseguido aterrorizar a todo un país hubieran cerrado la puerta y regresado a su vida normal.

    Nadie sabe quiénes fueron.

    Y, más de cuarenta años después, el Monstruo de las 21 Caras sigue sin tener rostro.

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    #historia #japon #crimenesreales #casossinresolver #historiacriminal #glico #morinaga #extorsion #sucesos #historiaoscura

  4. 🧿 𝑳𝒂𝒔 𝒃𝒆𝒃𝒊𝒅𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝒎𝒖𝒆𝒓𝒕𝒆 🧿

    En 1985, Japón vivió una de esas historias que parecen inventadas para una novela negra, pero que ocurrieron de verdad.
    Durante meses, personas de distintas partes del país comenzaron a enfermar y morir después de beber refrescos que, aparentemente, alguien había dejado abandonados junto a máquinas expendedoras.

    Todo empezó el 30 de abril.
    Un camionero de 45 años se detuvo junto a la Ruta 2, en Fukuyama.
    Compró una botella de Oronamin C y vio otra botella encima de la máquina.
    Pensó que algún cliente la había olvidado y se la llevó.
    Poco después perdió el conocimiento y murió en el hospital.
    Los análisis encontraron paraquat en su organismo.

    El paraquat era un herbicida utilizado para eliminar malas hierbas.
    Es un producto extremadamente tóxico: una vez ingerido puede provocar lesiones graves en el aparato digestivo y, en los casos de intoxicación severa, dañar progresivamente los pulmones.
    El organismo puede sufrir una reacción inflamatoria que termina produciendo fibrosis pulmonar, es decir, el tejido de los pulmones se va cicatrizando y pierde su capacidad para funcionar correctamente.
    Por eso una persona intoxicada podía parecer relativamente estable al principio y empeorar después durante días.
    No era simplemente un veneno que provocaba una muerte inmediata.

    Después de aquel primer caso comenzaron a aparecer otros.

    El método era sencillo y, precisamente por eso, aterrador.
    Alguien manipulaba botellas de bebidas populares, introducía el producto tóxico y después las dejaba en lugares donde una persona pudiera encontrarlas: encima de una máquina expendedora, en el compartimento donde caían las bebidas o junto a la propia máquina.

    Para quien las encontraba, podían parecer un golpe de suerte.
    Una bebida que otro cliente había comprado y olvidado.

    En realidad, podían contener veneno.

    Las investigaciones relacionaron numerosos casos con paraquat y también apareció diquat, otro herbicida tóxico, en al menos uno de los episodios.
    Entre las bebidas que aparecieron repetidamente estuvieron Oronamin C y Real Gold, dos productos muy populares en aquella época.

    Las víctimas no tenían un perfil determinado.
    Había estudiantes, trabajadores y hombres de distintas edades, y los casos aparecieron en diferentes prefecturas.
    No parecía existir ninguna relación entre ellos.
    No conocían al supuesto atacante y, aparentemente, habían sido elegidos únicamente porque encontraron una botella en el lugar equivocado.

    A medida que aumentaban los casos, el miedo se extendió por todo Japón.
    Las autoridades comenzaron a advertir a la población que no bebiera ninguna bebida encontrada en una máquina expendedora o junto a ella.
    Los fabricantes también tuvieron que reaccionar.

    Y entonces apareció otro problema: ¿había realmente un solo asesino?

    La policía llegó a considerar que algunos de los casos podían ser obra de imitadores.
    La publicidad que estaba recibiendo la serie de envenenamientos podía estar inspirando a otras personas a repetir el método.
    Por eso nunca llegó a demostrarse que todos los episodios fueran obra de un mismo individuo.

    El 17 de noviembre ocurrió uno de los casos que más conmocionaron al país.
    Una estudiante de 17 años encontró una botella de Coca-Cola en el compartimento de una máquina expendedora de la prefectura de Saitama.
    Se la llevó a casa y bebió de ella.
    La botella había sido contaminada con paraquat.
    La joven murió el 24 de noviembre.

    Para entonces, la policía contabilizaba 12 víctimas mortales y más de treinta personas intoxicadas, aunque las cifras varían según las fuentes y según qué casos se incluyen en la serie.
    Algunas recopilaciones posteriores hablan de 13 muertos y unos 35 afectados.

    El pánico fue suficiente para provocar cambios importantes.
    Se multiplicaron las advertencias junto a las máquinas expendedoras y los fabricantes comenzaron a prestar mucha más atención a la posibilidad de manipulación de los envases.
    En los años siguientes también se endurecieron las medidas relacionadas con el paraquat en Japón, reduciendo considerablemente la concentración de las formulaciones comerciales.

    Pero había algo que ninguna campaña de seguridad podía solucionar: nadie sabía quién estaba dejando aquellas botellas.

    La policía investigó durante meses.
    No consiguió identificar al autor ni demostrar que todos los casos estuvieran relacionados.
    Tampoco apareció una prueba que permitiera señalar a un sospechoso concreto.

    El responsable —o los responsables— nunca fueron identificados.

    Y aquel detalle convirtió el caso en algo todavía más inquietante.
    No había una víctima elegida por una relación personal, ni un lugar concreto, ni siquiera la certeza de que todos los ataques procedieran de la misma persona.
    Bastaba con encontrar una botella que alguien había dejado atrás.

    Durante aquellos meses, una máquina expendedora podía convertirse en una especie de ruleta macabra: metías una moneda, elegías una bebida y te marchabas.
    Pero si encontrabas otra botella aparentemente abandonada, nadie podía saber qué había dentro.

    Cuarenta años después, seguimos sin saber con certeza quién inició aquella cadena de envenenamientos ni cuántas personas participaron realmente en ella.

    Lo que sí quedó claro es que una simple botella abandonada podía esconder algo mucho más peligroso que la bebida que decía contener.

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    #historia #japon #crimenesreales #casossinresolver #envenenamientos #paráquat #historiacriminal #sucesos #historiaoscura #curiosidadeshistoricas

  5. 🧿 𝑻𝒂𝒎𝒂𝒓𝒂 𝑺𝒂𝒎𝒔𝒐𝒏𝒐𝒗𝒂, 𝒍𝒂 𝒂𝒃𝒖𝒆𝒍𝒂 𝒄𝒂𝒏𝒊́𝒃𝒂𝒍 🧿

    “𝙲𝚛𝚘́𝚗𝚒𝚌𝚊 𝚗𝚎𝚐𝚛𝚊”

    Tamara Samsonova nació el 25 de abril de 1947 en Uzur, en Siberia, cuando aquello todavía era la Unión Soviética.
    No hay una infancia de película de terror detrás de ella.
    Estudió, se marchó a Moscú y entró en la Universidad Estatal Lingüística, donde aprendió idiomas.
    Después se instaló en San Petersburgo, se casó con Alexéi Samsonov y llevó durante años una vida bastante normal, al menos de puertas para afuera.

    Trabajó en una agencia de viajes y también en el famoso Hotel Europa de San Petersburgo.
    Era una mujer culta, hablaba varios idiomas y durante un tiempo incluso dio clases particulares.
    Nada especialmente siniestro.
    De hecho, si alguien la hubiera visto entonces, probablemente habría pensado que era una señora mayor de esas que saben demasiado de todo y tienen una opinión sobre absolutamente cualquier cosa.

    Pero su vida empezó a torcerse bastante antes de que su nombre apareciera en los periódicos.
    Samsonova pasó varias veces por hospitales psiquiátricos y posteriormente fue considerada peligrosa para ella misma y para los demás.
    Las fuentes señalan que había sido diagnosticada de esquizofrenia, aunque conviene no utilizar una enfermedad mental como explicación automática de sus crímenes.
    La mayoría de las personas con trastornos mentales no son violentas.

    En el año 2000 desapareció su marido.
    Tamara sostuvo que la había abandonado por otra mujer, pero nunca apareció el cuerpo.
    Años después, cuando los investigadores encontraron sus diarios, el nombre de Alexéi apareció entre las personas que se sospechaba que podían haber sido víctimas suyas.
    Nunca se pudo demostrar aquel asesinato.

    Después de la desaparición de su marido comenzó a alquilar habitaciones de su piso.
    Y ahí empezó la parte verdaderamente macabra.

    En 2003 mató, según la investigación, a uno de sus inquilinos, Sergei Potanin, de 44 años.
    Después habría descuartizado el cadáver y repartido los restos por distintos lugares del distrito de Frunzensky.
    Años más tarde aparecería en sus escritos una descripción de otro inquilino llamado Volodia, al que aseguraba haber matado y descuartizado.
    Algunas de aquellas confesiones no pudieron comprobarse.

    El crimen que terminó descubriéndola ocurrió en julio de 2015.

    Tamara había entablado amistad con Valentina Ulanova, una mujer de 79 años.
    Llegó a quedarse en su casa durante un tiempo y la relación acabó fatal.
    Según la investigación, Samsonova consiguió fenazepam, lo mezcló con la comida de Valentina y después la mató.
    Luego descuartizó el cadáver utilizando cuchillos y una sierra, metió los restos en bolsas y comenzó a sacarlos de la vivienda.

    Una cámara de seguridad la captó transportando bolsas negras.
    El 26 de julio aparecieron restos humanos cerca de un estanque.
    Al día siguiente la policía llamó a la puerta del apartamento de Valentina.
    Tamara abrió.
    Dentro encontraron rastros de sangre y otras evidencias que la relacionaban con el cadáver.

    Y entonces apareció el detalle que convirtió el caso en carnaza mundial para periódicos, documentales y programas de sucesos: sus diarios.

    Samsonova llevaba años escribiendo.
    En ellos aparecían relatos de asesinatos y desmembramientos, algunos escritos en ruso, inglés y alemán.
    Llegó a describir cómo había matado a un inquilino y había repartido sus restos por la ciudad.
    Los investigadores llegaron a relacionarla con numerosos asesinatos, pero aquí hay que separar los hechos demostrados de las historias que circularon después.
    Se han confirmado judicialmente muy pocos casos; muchas de las supuestas víctimas nunca pudieron relacionarse de forma concluyente con ella.

    ¿Y lo de «la abuela caníbal»?

    Pues aquí viene el matiz que suele desaparecer cuando internet se pone creativo.
    Las autoridades llegaron a sospechar que Samsonova podía haber practicado canibalismo y algunos medios lo dieron prácticamente por hecho, pero no está demostrado que se comiera a sus víctimas.
    El apodo quedó porque vendía muchísimo mejor que «mujer rusa sospechosa de varios asesinatos y desmembramientos».

    En noviembre de 2015, una evaluación psiquiátrica determinó que Samsonova era peligrosa y fue enviada a tratamiento psiquiátrico obligatorio.
    Nunca llegó a celebrarse un juicio convencional por todos los asesinatos que se le atribuían.

    Tamara Samsonova no ha muerto, al menos no hay constancia fiable de que haya fallecido.
    Nació el 25 de abril de 1947, así que actualmente tendría 79 años.

    Lo más inquietante del caso no es que una anciana pareciera una asesina salida de una película.
    Es precisamente lo contrario: durante décadas pudo ser una mujer culta, trabajadora y aparentemente corriente.
    Y mientras tanto, según la investigación, escribía en sus diarios lo que hacía con las personas que entraban en su vida.

    Una de esas historias en las que el monstruo no vive en un castillo perdido en mitad del bosque.
    Vive en el piso de al lado.
    Y, algunas veces, hasta te saluda en el ascensor.

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    youtube.com/watch?v=rvDF1k2GdKk

    #historia #crimenesreales #tamara samsonova #asesinosenserie #rusia #sanpetersburgo #truecrime #crimenhistorico #curiosidadeshistoricas #psicologia #casosreales #criminologia

  6. SIGUE ⬇️

    Wagner murió en 1937 y dejó una cantidad importante de dinero a Anna, a la que se refería como su querida sobrina.
    Poco después, Anna comenzó a cuidar de otro hombre, George Gsellman, de 67 años.

    Gsellman murió y Anna recibió una cantidad considerable de dinero por los servicios que había prestado.

    Pero el último caso fue el que hizo saltar todo por los aires.

    Se llamaba George Obendoerfer, un zapatero de Cincinnati.

    En 1937 Anna viajó con él y con su hijo Oskar hasta Colorado Springs.
    Durante el viaje, Obendoerfer comenzó a encontrarse mal.
    Finalmente murió el 1 de agosto de 1937.

    Anna intentó desvincularse del hombre y llegó a afirmar que prácticamente no lo conocía.

    Pero Oskar contó otra historia.

    El muchacho confirmó que Obendoerfer había viajado con ellos y que había enfermado durante el trayecto.

    La autopsia reveló entonces algo que cambió completamente el caso: **había arsénico en el cuerpo de Obendoerfer**.

    La policía empezó a mirar hacia atrás.

    Y empezaron las exhumaciones.

    Los cadáveres de varios hombres que habían muerto después de estar bajo los cuidados de Anna fueron examinados de nuevo.

    El resultado fue demoledor.

    También habían sido envenenados.

    Anna Marie Hahn fue detenida y acusada de varios asesinatos.
    La prensa se lanzó sobre el caso y convirtió a aquella inmigrante alemana en una auténtica celebridad criminal.

    La llamaron **“Arsenic Anna”**, Anna el Arsénico, y también **“Blonde Borgia”**, comparándola con la famosa familia italiana relacionada con los envenenamientos del Renacimiento.

    Durante el juicio aparecieron historias de dinero, herencias, hombres ancianos, seguros de vida y arsénico.

    La acusación sostuvo que Anna había encontrado una manera sencilla de conseguir dinero: hacerse imprescindible para hombres vulnerables, administrarles supuestamente cuidados y después eliminarlos.

    La defensa intentó presentar algunas de las muertes como consecuencia de enfermedades y, en determinados momentos, Anna llegó a sostener que había actuado por compasión, como si algunas muertes hubieran sido una especie de eutanasia.

    Pero el jurado no quedó convencido.

    El juicio duró cuatro semanas y terminó en noviembre de 1937.

    Anna fue condenada por el asesinato de Jacob Wagner y recibió la pena de muerte.
    También fue relacionada con otros cuatro fallecimientos y las autoridades llegaron a sospechar que el número real de víctimas podía ser superior.
    Las cifras más altas que aparecen en algunas publicaciones llegan incluso a quince posibles víctimas, pero **no todas esas muertes pudieron demostrarse judicialmente**.

    Anna pasó aproximadamente un año en el corredor de la muerte.

    Durante ese tiempo siguió intentando salvarse.

    Finalmente, el 7 de diciembre de 1938 llegó el momento.

    Tenía 32 años.

    Fue conducida a la cámara de ejecución de la Penitenciaría Estatal de Ohio, en Columbus, y murió en la silla eléctrica.

    Se convirtió así en **la primera mujer ejecutada en la silla eléctrica en Ohio**.

    La historia no terminó exactamente con su muerte.

    Durante décadas continuaron apareciendo relatos sobre Anna Marie Hahn y sobre el número de hombres que pudo haber envenenado.
    Pero hay que separar una cosa de otra: **fue condenada por un asesinato concreto y relacionada con otros cuatro**, mientras que la cifra de víctimas adicionales pertenece al terreno de las sospechas.

    También se ha repetido que era una enfermera formada, una mujer extraordinariamente inteligente o una auténtica “viuda negra” perfectamente organizada.
    La realidad parece menos cinematográfica y, precisamente por eso, más inquietante.

    Era una inmigrante alemana que llegó a Estados Unidos, tuvo un hijo siendo muy joven, dejó atrás a su familia, se casó, tuvo problemas económicos y matrimoniales y terminó moviéndose entre hombres ancianos a los que ofrecía compañía y cuidados.

    Después empezaron las muertes.

    Y cuando los médicos encontraron arsénico en el cuerpo de George Obendoerfer, las coincidencias dejaron de parecer coincidencias.

    La mujer que había entrado en las casas de aquellos ancianos para cuidarlos terminó convertida en una de las primeras grandes asesinas en serie de la historia criminal de Ohio.

    Y la silla eléctrica de Columbus fue su final.

    **Anna Marie Hahn murió el 7 de diciembre de 1938.
    Tenía solamente 32 años.**

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    youtube.com/watch?v=K9zU8Lw2nUc

    #annamariehahn #arsenicanna #asesinaserial #crimenesreales #historiacriminal #historia #ohio #sillaselectrica #cincinnati #truecrime #ecosdelpasado

  7. SIGUE ⬇️

    Tanzler terminó mudándose cerca de Tampa.
    Allí pasó los últimos años de su vida construyendo una figura de cera a tamaño real de Elena utilizando su máscara mortuoria.
    Los pocos que visitaron su casa aseguraban que seguía hablándole como si estuviera viva.

    Murió en 1952, completamente solo.

    Cuando encontraron su cuerpo, según varias versiones, estaba acostado junto a aquella figura de cera que había creado para reemplazar a Elena.
    Hasta hoy sigue siendo uno de los casos reales más perturbadores de obsesión enfermiza, necrofilia y distorsión romántica jamás documentados en Estados Unidos.

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    youtube.com/watch?v=Hb8VkL-kHmA

    #historia #historiasreales #terrorreal #crimenesreales #carltanzler #elenahoyos #obsesion #macabro #casosreales #florida #años30 #necrofilia #curiosidades #ecosdelpasado

  8. Sofía Bassi: La Pintora que Creó Arte Tras las Rejas

    Sofía Bassi: la pintora que alcanzó fama internacional desde prisión tras el escándalo de Acapulco en 1968. Arte, misterio y un crimen sin resolver.

    elblogdelascuriosidades.com.mx

  9. Y los #truecrime también, me flipan los #documentales de #crimenesreales no sé muy bien por qué, me gusta saber de lo que es capaz de hacer/ser el ser humano para que nada me pille por sorpresa

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