💟 Durante mucho tiempo me autoconvencí de que tenía que limarme las esquinas para caber en la vida de los demás.
La teoría parecía sencilla: sé menos sensible, modera la intensidad, cállate la opinión y pon cara de póquer.
Vamos, sé menos tú y verás qué bien encajas todo.
Menudo engaño.
Bastante trabajo da aprender a convivir con una misma como para andar gastando energía en reformas arquitectónicas solo para que otros estén cómodos en su visita.
Mi espacio no es un hotel de paso.
Soy así.
A veces una marea de sensibilidad, a veces un torbellino que agota, a veces un silencio absoluto y otras muchas unas ganas infinitas de mandarlo todo a tomar por saco. Y sinceramente, el mundo sigue girando exactamente igual.
Aprendí que no me hace falta endurecerme para que me quieran, ni disfrazarme de alguien razonable para ganarme un sitio en la mesa.
Las esquinas raspan, sí, pero son las que me sostienen.
Me quiero así, con el lote completo: los días buenos, el sarcasmo a deshoras y las rarezas que nadie pidió pero que vienen de serie.
Al que le guste, bienvenido.
Y al que le incomode… en fin, hay un universo entero ahí fuera para no cruzarse conmigo.
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