Los ciervos balan «youyou»
Ningbo, invierno de 1930
Tu Liangui está sentado en el banco de la entrada. Sostiene entre las piernas el Libro de las Odas abierto. Acaricia las páginas despacio, una a una. El volumen ha pasado de generación en generación. Es costumbre familiar encontrar el nombre adecuado en él. El olor a polvo y a humedad se le antoja sagrado.
A pesar del frío, no va a entrar hasta tomar una decisión. Lee con atención cada poema.
Dentro de la casa familiar se oyen pasos y el llanto del bebé. Liangui acaba de ser padre de su primera hija después de tres varones. Se detiene, una página a medio pasar. Escucha el lloro y sonríe. Lo esperan.
Levanta la vista y se deja llevar unos minutos por la actividad del puerto. Vuelve al libro, ningún nombre le convence, lo cierra, lo abre sin mirar y lee:
Youyou, balan los ciervos, comen la artemisa del campo.
Le gusta el sonido, el balido que llama a los suyos. No quiere que su hija esté nunca sola. Se llamará Tu Youyou.
Pekín, otoño de 1971
Youyou lleva demasiadas horas sentada leyendo. Le duele la espalda. Creía que en esas páginas amarillentas encontraría lo necesario. La sabiduría de Ge Hong es vasta y siempre descubría algo nuevo en ellas. Sin embargo, esta vez se siente perdida.
Esos rostros congestionados por la malaria. Cuerpos que tiritaban y ardían a la vez. Nunca pensó que le afectaría tanto el viaje a Hainan.
Se levanta y va al laboratorio para desentumecerse. Hierbas hervidas, filtradas, dadas a ratones enfermos. Manchas sobre las mesas, jaulas vacías. Retira de otra un ratón muerto que ya empezaba a oler. Otra muestra fallida. Ya son ciento noventa.
Sobre la mesa, el manual de Ge Hong, mil seiscientos años de tinta: un puñado de qinghao, dos litros de agua, exprimir el jugo, beberlo todo. Youyou lo ha leído tantas veces que ya no lo ve.
Entonces piensa en algo que no tiene nada que ver. Los ciervos de su nombre comen esa misma hierba cruda, con el rocío todavía encima.
Relee la receta milenaria y se detiene en el verbo: remojar, no hervir. ¿Y si el calor es el problema?
—¡Yichen, trae el éter! —le grita a su ayudante.
La muestra ciento noventa y uno macera en frío, sin prisa. El olor a éter se le pega al cabello.
El 4 de octubre, los parásitos desaparecen de la sangre de los ratones. De todos.
Años después, cuando le pregunten por su nombre, dirá que es una coincidencia. Lo dirá con cuidado, como quien deja una puerta entornada.
Su vida
Tu Youyou nació en Ningbo en 1930, la única niña después de tres hermanos. Su padre le buscó el nombre en el Libro de las Odas, en un verso donde los ciervos balan mientras comen qinghao. El poema guardaba ya la planta que marcaría su vida.
A los dieciséis años, una tuberculosis la apartó dos años de los estudios, y de esa convalecencia salió decidida a dedicarse a la investigación médica. Estudió Farmacia en Pekín y se formó en medicina tradicional china: dos lenguas que pocos hablaban a la vez.
En 1969, con treinta y nueve años, la pusieron al frente del Proyecto 523, una misión secreta del Gobierno chino contra la malaria. Para viajar a Hainan dejó a sus dos hijas, de uno y cuatro años, y tardó tres años en volver a verlas. En octubre de 1971, la muestra 191 venció al parásito. Ella y dos colegas la probaron en sus propios cuerpos antes que nadie.
Publicó el hallazgo sin su nombre. La llamaron «la científica de los tres sin»: sin doctorado, sin estudios en el extranjero, sin título de académica. En 2015, el Nobel la encontró a los ochenta y cuatro años: fue la primera ciudadana china en recibirlo en cualquier categoría.
Legado
Cuando la cloroquina y otros fármacos dejaron de funcionar, los derivados de la artemisinina se convirtieron en la columna vertebral del tratamiento contra la malaria. Hoy, las terapias combinadas con artemisinina son el tratamiento de primera elección en todo el mundo contra “Plasmodium falciparum”, el parásito más letal. Millones de vidas, muchas de niños, pasan cada año por aquel frasco de éter.
Pero su legado no es solo una molécula: es un método. Leer un texto de dieciséis siglos con los ojos de la química. No curó la tradición, sino la pregunta que Tu le hizo: qué sustancia, cómo extraerla, cómo demostrar que funciona. La receta señalaba el camino; el laboratorio lo hizo transitable.
La historia no está cerrada. En 2024, la malaria causó 282 millones de casos y 610.000 muertes, casi todas en África y la mayoría en menores de cinco años. Y el parásito aprende: ya hay resistencia parcial a la artemisinina confirmada en cuatro países africanos y sospechada en otros cuatro. La ciencia que empezó con un verbo antiguo sigue buscando el siguiente.
Con este relato participo como #polivulgador en la iniciativa de @hypatiacafe para el tema #PVconexiones
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