Ríos de tinta
♫ Música recomendada para acompañar la lectura:
http://www.youtube.com/watch?v=-DHuW1h1wHw
Es bien sabido que la soledad cuenta con matices.
El hecho de estar solo no implica necesariamente encontrarse en soledad, de la misma forma que verse rodeado de gente no garantiza la compañía ni evita que alguien se sienta solo con una copa en la mano, conversando con unos y otras, yendo de un lugar a otro por pura casualidad o por una aparente simpatía, hasta que decide que es mejor volver a casa y concretar los límites de su aislamiento.
Una vez acomodado en su espacio, el observador puede sentirse muy perdido. Algo temporal, se dice, mientras mira a través de la ventana preguntándose cuántos años lleva dentro de ella. A veces piensa que ya vivía en ella antes de que la construyeran, aunque aún no sabe cómo. Luego le llega la peregrina idea de la escritura, la única voz con la que se relaciona. Con ella dialoga, discute, descubre o se aterroriza, y luego ríe a mandíbula batiente.
Sin embargo, la escritura empieza a saturarse dentro de la casa. Este habitante solitario no percibe que un buen día, sin previo aviso, las palabras se le escapan de las manos. Poco a poco, una blanca tundra avanza por los folios antes colmados de palabras y los ríos de tinta empiezan a secarse en el tintero. Sin avisar, la voz abandona la hoja, se emancipa del confinamiento de la casa y decide viajar para conocer el mundo por sí misma.
El observador, ajeno a todo, sigue solo en casa repitiéndose que su estado es apenas temporal.
Un día llaman a la puerta. Tarda en llegar y ya no hay nadie cuando abre. Cierra, pero se detiene al ver en el suelo un sobre que debían dejar en el buzón. Se asoma, busca con la mirada y luego lo recoge y vuelve dentro. Le extraña el peso, el grosor, la falta de remite. Llega a la cocina y lo deja sobre la mesa. Necesita un café. No dice nada ni piensa mientras vierte un poco de leche. Lo calienta, remueve y bebe de espaldas al abultado sobre. Aún con escasa curiosidad, se sienta y lo abre. Tras un rápido vistazo comprueba que son folios manuscritos acompañados por una nota más pequeña escrita a mano. Una carta informal a simple vista, pero al leerla algo le estremece.
Las palabras explican su propia paradoja: han descubierto el mundo y comprendido que no volverán a las manos de su autor. No quieren ser un simple eco sin fondo; por eso le piden que no deje, a pesar de todo, de escribir. El observador, confuso, vuelve a su ventana. Ha comprendido que su soledad ahora es compartida en la distancia.
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