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  1. 🧿 𝑬𝒍 𝒄𝒐𝒑𝒊𝒍𝒐𝒕𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒄𝒐𝒏𝒗𝒊𝒓𝒕𝒊𝒐́ 𝒖𝒏 𝒗𝒖𝒆𝒍𝒐 𝒆𝒏 𝒖𝒏𝒂 𝒕𝒓𝒂𝒈𝒆𝒅𝒊𝒂 🧿

    El 24 de marzo de 2015, el vuelo 9525 de Germanwings despegó del aeropuerto de Barcelona con destino a Düsseldorf.
    A bordo viajaban 144 pasajeros y 6 miembros de la tripulación.
    Era un trayecto rutinario de poco más de dos horas que miles de personas hacían cada año.

    Nadie podía imaginar que ninguno de ellos llegaría a su destino.

    A las 10:41 de la mañana, el Airbus A320 alcanzó la altitud de crucero sobre el sur de Francia.
    Todo transcurría con absoluta normalidad hasta que el comandante, **Patrick Sondenheimer**, salió unos minutos de la cabina para ir al baño.

    Fue entonces cuando ocurrió lo impensable.

    El copiloto, **Andreas Lubitz**, accionó el sistema de bloqueo de la puerta blindada desde el interior.
    En cuestión de segundos, el comandante quedó fuera de la cabina sin posibilidad de regresar.

    A continuación, Lubitz modificó manualmente la configuración del piloto automático para iniciar un descenso continuo desde unos 38.000 pies hasta una altitud de apenas 100 pies, una maniobra incompatible con un vuelo seguro.

    Al principio, los controladores aéreos pensaron que podía tratarse de un problema técnico.

    No hubo ninguna llamada de socorro.

    Ninguna explicación.

    Solo silencio.

    Las grabaciones de la caja negra revelarían después uno de los momentos más angustiosos de la historia de la aviación.

    El comandante llamó varias veces a la puerta.

    Primero con calma.

    Después con insistencia.

    Finalmente intentó derribarla utilizando un hacha de emergencia y una palanca mientras pedía desesperadamente que le abrieran.

    Desde el otro lado no hubo respuesta.

    Los investigadores solo escucharon la respiración tranquila y constante de Lubitz.

    Nunca pronunció una sola palabra.

    A las 10:41:06 comenzó el descenso.

    A las 10:41:51 el control aéreo intentó contactar con la tripulación.

    No obtuvo respuesta.

    Durante casi diez minutos el avión descendió de forma constante hacia los Alpes franceses mientras los pasajeros apenas comprendían lo que estaba ocurriendo.

    Cuando el terreno comenzó a aparecer por las ventanillas, los gritos inundaron la cabina.

    A las 10:50:05, el Airbus impactó contra la montaña a unos 700 kilómetros por hora.

    No hubo supervivientes.

    Las 150 personas murieron en el acto.

    La investigación, dirigida por la Oficina francesa de Investigación y Análisis para la Seguridad de la Aviación Civil (BEA), descartó rápidamente un fallo mecánico.

    Todo había sido deliberado.

    La gran pregunta era por qué.

    Andreas Lubitz tenía solo 27 años.

    Había nacido en Neuburg an der Donau y crecido en Montabaur, una tranquila localidad alemana.
    Procedía de una familia estable de clase media.
    Su padre era ingeniero y su madre profesora de piano.

    Desde muy joven soñó con volar.

    Ingresó en un club de vuelo sin motor cuando era adolescente y consiguió entrar en la prestigiosa escuela de pilotos de Lufthansa, un objetivo al alcance de muy pocos.

    Sin embargo, durante su formación apareció el primer aviso.

    En 2008 interrumpió sus estudios al sufrir un episodio grave de depresión con tendencias suicidas.
    Recibió tratamiento psiquiátrico durante varios meses y Lufthansa dejó constancia en su expediente de que debía someterse a controles médicos periódicos antes de continuar su carrera.

    Finalmente terminó su formación en Estados Unidos y comenzó a trabajar para Germanwings en 2013.

    Por fuera parecía haber recuperado la normalidad.

    Por dentro, la realidad era muy distinta.

    En los años previos al accidente visitó a decenas de médicos entre psiquiatras, neurólogos y oftalmólogos.
    Los investigadores contabilizaron más de cuarenta consultas médicas.

    Lubitz estaba convencido de que estaba perdiendo la vista.

    Sufría miodesopsias, las conocidas "moscas volantes", y desarrolló un miedo obsesivo a quedarse ciego.
    Aunque las pruebas médicas no detectaban una enfermedad que justificara esa preocupación, él creía que pronto perdería la licencia de piloto, el sueño que había perseguido desde niño.

    Ese temor fue creciendo hasta convertirse en una auténtica obsesión.

    Los registros encontrados tras la tragedia revelaron que, en las semanas anteriores, había buscado en internet información sobre métodos de suicidio y sobre el funcionamiento de las puertas blindadas de las cabinas de los Airbus A320.

    Los investigadores también descubrieron algo todavía más inquietante.

    Varios médicos le habían dado la baja laboral por considerar que no estaba en condiciones de volar.
    Uno de esos certificados cubría precisamente el día del accidente.

    Pero nunca llegó a la compañía.

    Lubitz rompió los partes médicos y los ocultó en su domicilio para que Germanwings no supiera que había sido declarado temporalmente no apto para trabajar.

    Durante la investigación también salió a la luz el testimonio de una antigua pareja.

    Según declaró, años antes él le había dicho una frase que, tras el accidente, adquirió un significado estremecedor:

    *"Un día haré algo que cambiará todo el sistema y entonces todo el mundo conocerá mi nombre."*

    Nunca pudo demostrarse cuál era exactamente su estado mental durante el vuelo, pero los especialistas concluyeron que sufría un grave trastorno psicológico que había permanecido oculto para la aerolínea.

    La tragedia también abrió un intenso debate sobre el secreto médico.

    En Alemania, los profesionales sanitarios estaban obligados a mantener la confidencialidad incluso cuando un paciente ejercía una profesión de enorme responsabilidad, salvo en circunstancias muy concretas.
    Ninguno de los médicos comunicó directamente a Germanwings la gravedad de la situación de Lubitz.

    Después del accidente, numerosas compañías aéreas modificaron sus protocolos.

    Muchas implantaron la norma de que nunca pudiera quedarse una sola persona en la cabina de mando y reforzaron los controles médicos y psicológicos de los pilotos.
    Aunque algunas aerolíneas han ajustado posteriormente esa medida tras nuevas evaluaciones de seguridad, el caso marcó un antes y un después en la forma de entender la salud mental en la aviación.

    Han pasado más de diez años desde aquel vuelo.

    Las familias de las víctimas continúan buscando respuestas que probablemente nunca llegarán.

    Lo que debía ser un viaje de rutina entre Barcelona y Düsseldorf terminó convirtiéndose en una de las mayores tragedias aéreas de Europa, causada no por un fallo técnico, ni por una tormenta, ni por un atentado, sino por la decisión consciente de la persona que, precisamente, tenía la responsabilidad de llevar a todos sanos y salvos hasta su destino.

    ▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣

    youtube.com/watch?v=Ec9MGYef-3c

    #historia #aviacion #germanwings #vuelo9525 #andreaslubitz #tragedia #barcelona #dusseldorf #accidenteaereo #investigacion #historiasreales #seguridadaerea #documental #curiosidades #historiacontemporanea

  2. 🧿 𝑬𝒍 𝒄𝒐𝒑𝒊𝒍𝒐𝒕𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒄𝒐𝒏𝒗𝒊𝒓𝒕𝒊𝒐́ 𝒖𝒏 𝒗𝒖𝒆𝒍𝒐 𝒆𝒏 𝒖𝒏𝒂 𝒕𝒓𝒂𝒈𝒆𝒅𝒊𝒂 🧿

    El 24 de marzo de 2015, el vuelo 9525 de Germanwings despegó del aeropuerto de Barcelona con destino a Düsseldorf.
    A bordo viajaban 144 pasajeros y 6 miembros de la tripulación.
    Era un trayecto rutinario de poco más de dos horas que miles de personas hacían cada año.

    Nadie podía imaginar que ninguno de ellos llegaría a su destino.

    A las 10:41 de la mañana, el Airbus A320 alcanzó la altitud de crucero sobre el sur de Francia.
    Todo transcurría con absoluta normalidad hasta que el comandante, **Patrick Sondenheimer**, salió unos minutos de la cabina para ir al baño.

    Fue entonces cuando ocurrió lo impensable.

    El copiloto, **Andreas Lubitz**, accionó el sistema de bloqueo de la puerta blindada desde el interior.
    En cuestión de segundos, el comandante quedó fuera de la cabina sin posibilidad de regresar.

    A continuación, Lubitz modificó manualmente la configuración del piloto automático para iniciar un descenso continuo desde unos 38.000 pies hasta una altitud de apenas 100 pies, una maniobra incompatible con un vuelo seguro.

    Al principio, los controladores aéreos pensaron que podía tratarse de un problema técnico.

    No hubo ninguna llamada de socorro.

    Ninguna explicación.

    Solo silencio.

    Las grabaciones de la caja negra revelarían después uno de los momentos más angustiosos de la historia de la aviación.

    El comandante llamó varias veces a la puerta.

    Primero con calma.

    Después con insistencia.

    Finalmente intentó derribarla utilizando un hacha de emergencia y una palanca mientras pedía desesperadamente que le abrieran.

    Desde el otro lado no hubo respuesta.

    Los investigadores solo escucharon la respiración tranquila y constante de Lubitz.

    Nunca pronunció una sola palabra.

    A las 10:41:06 comenzó el descenso.

    A las 10:41:51 el control aéreo intentó contactar con la tripulación.

    No obtuvo respuesta.

    Durante casi diez minutos el avión descendió de forma constante hacia los Alpes franceses mientras los pasajeros apenas comprendían lo que estaba ocurriendo.

    Cuando el terreno comenzó a aparecer por las ventanillas, los gritos inundaron la cabina.

    A las 10:50:05, el Airbus impactó contra la montaña a unos 700 kilómetros por hora.

    No hubo supervivientes.

    Las 150 personas murieron en el acto.

    La investigación, dirigida por la Oficina francesa de Investigación y Análisis para la Seguridad de la Aviación Civil (BEA), descartó rápidamente un fallo mecánico.

    Todo había sido deliberado.

    La gran pregunta era por qué.

    Andreas Lubitz tenía solo 27 años.

    Había nacido en Neuburg an der Donau y crecido en Montabaur, una tranquila localidad alemana.
    Procedía de una familia estable de clase media.
    Su padre era ingeniero y su madre profesora de piano.

    Desde muy joven soñó con volar.

    Ingresó en un club de vuelo sin motor cuando era adolescente y consiguió entrar en la prestigiosa escuela de pilotos de Lufthansa, un objetivo al alcance de muy pocos.

    Sin embargo, durante su formación apareció el primer aviso.

    En 2008 interrumpió sus estudios al sufrir un episodio grave de depresión con tendencias suicidas.
    Recibió tratamiento psiquiátrico durante varios meses y Lufthansa dejó constancia en su expediente de que debía someterse a controles médicos periódicos antes de continuar su carrera.

    Finalmente terminó su formación en Estados Unidos y comenzó a trabajar para Germanwings en 2013.

    Por fuera parecía haber recuperado la normalidad.

    Por dentro, la realidad era muy distinta.

    En los años previos al accidente visitó a decenas de médicos entre psiquiatras, neurólogos y oftalmólogos.
    Los investigadores contabilizaron más de cuarenta consultas médicas.

    Lubitz estaba convencido de que estaba perdiendo la vista.

    Sufría miodesopsias, las conocidas "moscas volantes", y desarrolló un miedo obsesivo a quedarse ciego.
    Aunque las pruebas médicas no detectaban una enfermedad que justificara esa preocupación, él creía que pronto perdería la licencia de piloto, el sueño que había perseguido desde niño.

    Ese temor fue creciendo hasta convertirse en una auténtica obsesión.

    Los registros encontrados tras la tragedia revelaron que, en las semanas anteriores, había buscado en internet información sobre métodos de suicidio y sobre el funcionamiento de las puertas blindadas de las cabinas de los Airbus A320.

    Los investigadores también descubrieron algo todavía más inquietante.

    Varios médicos le habían dado la baja laboral por considerar que no estaba en condiciones de volar.
    Uno de esos certificados cubría precisamente el día del accidente.

    Pero nunca llegó a la compañía.

    Lubitz rompió los partes médicos y los ocultó en su domicilio para que Germanwings no supiera que había sido declarado temporalmente no apto para trabajar.

    Durante la investigación también salió a la luz el testimonio de una antigua pareja.

    Según declaró, años antes él le había dicho una frase que, tras el accidente, adquirió un significado estremecedor:

    *"Un día haré algo que cambiará todo el sistema y entonces todo el mundo conocerá mi nombre."*

    Nunca pudo demostrarse cuál era exactamente su estado mental durante el vuelo, pero los especialistas concluyeron que sufría un grave trastorno psicológico que había permanecido oculto para la aerolínea.

    La tragedia también abrió un intenso debate sobre el secreto médico.

    En Alemania, los profesionales sanitarios estaban obligados a mantener la confidencialidad incluso cuando un paciente ejercía una profesión de enorme responsabilidad, salvo en circunstancias muy concretas.
    Ninguno de los médicos comunicó directamente a Germanwings la gravedad de la situación de Lubitz.

    Después del accidente, numerosas compañías aéreas modificaron sus protocolos.

    Muchas implantaron la norma de que nunca pudiera quedarse una sola persona en la cabina de mando y reforzaron los controles médicos y psicológicos de los pilotos.
    Aunque algunas aerolíneas han ajustado posteriormente esa medida tras nuevas evaluaciones de seguridad, el caso marcó un antes y un después en la forma de entender la salud mental en la aviación.

    Han pasado más de diez años desde aquel vuelo.

    Las familias de las víctimas continúan buscando respuestas que probablemente nunca llegarán.

    Lo que debía ser un viaje de rutina entre Barcelona y Düsseldorf terminó convirtiéndose en una de las mayores tragedias aéreas de Europa, causada no por un fallo técnico, ni por una tormenta, ni por un atentado, sino por la decisión consciente de la persona que, precisamente, tenía la responsabilidad de llevar a todos sanos y salvos hasta su destino.

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    youtube.com/watch?v=Ec9MGYef-3c

    #historia #aviacion #germanwings #vuelo9525 #andreaslubitz #tragedia #barcelona #dusseldorf #accidenteaereo #investigacion #historiasreales #seguridadaerea #documental #curiosidades #historiacontemporanea