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  1. Avión de Amazon se sale de pista y se incendia en Miami

    Un avión de carga de Amazon se estrella en el aeropuerto de Miami

    SN Redacción | EFE

    Nueva York.- Un avión de carga con el logotipo de Amazon sufrió un accidente este domingo al estrellarse y salirse de la pista después de aterrizar en el Aeropuerto Internacional de Miami, según informó la Administración Federal de Aviación (FAA, por sus siglas en inglés).

    La FAA indicó en su perfil de X que el vuelo 7598 de Prime Air se salió de la pista alrededor de las 14:00 hora local (20:00 GMT) y que el avión involucrado era un Boeing 767-300 que había despegado del Aeropuerto Internacional Luis Muñoz Marín de San Juan, en Puerto Rico.

    La aeronave chocó con varios vehículos y más de 60 unidades del Cuerpo de Bomberos y Rescate de Miami-Dade se encuentran en el lugar del incidente, según informó este departamento en una publicación en Facebook.

    Detalles del accidente

    «Al llegar al lugar, los profesionales se encontraron con un avión que se había incendiado como consecuencia del accidente, con intensas llamas y mucho humo. Los bomberos están trabajando para extinguir el incendio y atender a los heridos», explicó.
    Por ahora, se desconoce el número de heridos que ha dejado el incidente.

    Mientras, el aeropuerto de Miami informó en X de que la aeronave quedó inmovilizada en el extremo noreste del aeropuerto y que todas las pistas y vías de rodaje permanecen cerradas, de manera que se han suspendido todos los despegues y aterrizajes.

    En imágenes difundidas en redes sociales se puede ver a la aeronave en medio de la carretera y con una gran llamarada de humo detrás.

    Desvían tres vuelos a Puerto Rico por accidente de avión en Miami

    Aerostar Puerto Rico, compañía operadora del Aeropuerto Internacional Luis Muñoz Marín, en San Juan, informó que tres vuelos de American Airlines con destino a Miami fueron desviados al aeródromo local por la caída de un avión de carga de Amazon Prime Air al salir de la pista en la ciudad norteamericana.

    En un comunicado, Aerostar explicó que las operaciones en el aeródromo de San Juan «continúan mientras se monitorean los efectos de una suspensión temporal de operaciones» establecida en el Aeropuerto Internacional de Miami, tras el accidente del avión que había partido desde la capital puertorriqueña.

    Así, tres vuelos de American Airlines que se encontraban en ruta hacia Miami serán desviados a San Juan.

    Estos son el AA3465, procedente de la isla de Dominica, con llegada estimada a las 15:47 (19:47 GMT), el AA2691, procedente de Fort-de-France, Martinica, con llegada estimada a las 16:00 (20:00 GMT) y el AA4316, procedente de Maracaibo, Venezuela, con llegada estimada a las 16:45 (20:45 GMT).

    «Al momento, no se ha informado de una interrupción general de las operaciones en el aeropuerto de San Juan. Sin embargo, los vuelos cuyo destino sea Miami podrían experimentar cambios mientras permanezcan vigentes las restricciones en ese aeropuerto», indicó Aerostar en la nota. –sn–

    Sociedad Noticias

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  2. Esteban Pérez Bolívar @estebanperezbolivar.wordpress.com@estebanperezbolivar.wordpress.com ·

    CINE Y MAR III – LA VERDAD TRAS LA MENTIRA

    El tercer largometraje de la exitosa saga Aeropuerto —centrada en desastres aéreos— presentó un percance tan espectacular como imposible: el hundimiento de un Boeing 747 cuyos ocupantes quedan atrapados, con vida, dentro del avión.

    El filme fue un gran éxito internacional

    En los foros sobre la película surgidos a lo largo de los años se comenta que una situación semejante sería extremadamente improbable. Entre las razones está la presión del agua, que comprometería el fuselaje e inundaría el interior. Pero también existe el argumento contrario: un avión presurizado y sin vías de agua se comportaría, en cierto modo, como un gigantesco flotador con forma de avión y tendría dificultades para hundirse.

    Eso sin tomar en cuenta el oxímoron que representa la expresión «amerizaje sin averías». Ningún amerizaje deja un avión en perfecto estado, ni siquiera el famoso caso del río Hudson retratado en el filme Sully.

    En síntesis, lo de que un 747 se hunda en casi perfecto estado y que sus pasajeros sobrevivan durante horas dentro es… ¡mentira!

    El 747 hundido visto desde un A6 Intruder de la US Navy

    Las películas de desastres no son documentales. Necesitan exagerar, simplificar y, en ocasiones, desafiar abiertamente las leyes de la física.

    Lo curioso es que los propios productores de Aeropuerto 77 lo reconocen… ¡en la propia película!

    Justo antes de los créditos finales aparece un texto que dice:

    «El incidente presentado en este filme es ficticio; las capacidades de rescate de la US Navy son reales.»

    Esa frase fue la chispa que originó este tercer artículo de la serie «Cine y Mar».

    Porque Aeropuerto 77 contó con la colaboración de la US Navy, que puso a disposición de la producción barcos, buzos y equipos especializados en rescate submarinos.

    Así que vamos a olvidarnos por un momento del drama del amerizaje, de los pasajeros atrapados y de las inevitables licencias cinematográficas.

    Vamos a fijarnos en lo que ocurre después.

    Porque cuando llega el momento de rescatar el avión hundido, Hollywood empieza a contar una historia mucho más real.

    ¿Por qué viajar hasta finales de los años 70?

    Porque las capacidades actuales de la US Navy para rescatar submarinos y sus tripulaciones resultan, vistas desde aquella época, casi increíbles: drones, sistemas autónomos, vehículos operados remotamente, sensores y cálculos de flotabilidad realizados con una precisión inimaginable para los pioneros del salvamento submarino.

    Pero todo ese desarrollo tecnológico tiene antecedentes.

    El primer submarino que perdió la US Navy en el siglo XX fue el USS F-4, hundido en aguas de Hawái en 1915.

    Arriba, plano de los submarinos de la serie F. Abajo, el esquema del exclusivo 747 del millonario Phillip Stevens, dueño de la Corporación Stevens, mostrado a los pasajeros por una aeromoza

    Allí comienza también una historia de aprendizaje porque la lista de submarinos norteamericanos perdidos por accidentes o colisiones no es corta. Cada accidente obligó a la US Navy a aprender y perfeccionar sus procedimientos para rescatar a las tripulaciones —si permanecían con vida— y, cuando eso ya no era posible, recuperar los cuerpos y el propio submarino.

    Uno de los grandes avances llegó precisamente con el F-4: los pontones.

    Los pontones eran enormes cilindros metálicos que se llenaban de agua. Se colocaban por parejas, unidos por cadenas, a ambos lados del submarino hundido.

    Una vez situados en posición, se expulsaba el agua y se introducía aire.

    Ilustración de la época que muestra el reflotamiento y remolque a puerto del F-4

    El resultado era sencillo en su principio y extraordinariamente complejo en su ejecución: aumentar la flotabilidad hasta conseguir que el submarino ascendiera.

    El sistema se mantuvo durante décadas. En 1939, por ejemplo, el USS Squalus también fue reflotado mediante pontones.

    Con el paso del tiempo, los materiales evolucionaron y los grandes cilindros metálicos fueron sustituidos por bolsas de aire.

    El principio, sin embargo, seguía siendo exactamente el mismo: colocar bolsas a ambos lados del objeto hundido, unirlas mediante resistentes cinchas que pasan por debajo del casco y llenarlas de aire.

    Aquí es donde Aeropuerto 77 deja de ser una película de desastres para mostrar escenas reales de rescate submarino.

    Buzos reales de la US Navy colocan las bolsas de aire alrededor del fuselaje del 747

    Hay incluso un detalle especialmente interesante.

    Una secuencia muestra a los buzos utilizando una lanza curva para abrirse paso bajo el fuselaje.

    Un buzo sostiene la lanza curva

    Otro buzo acopla un alargador a medida que la lanza se abre paso bajo el fuselaje

    Una vez alcanzado el otro lado, se pasa la cincha, se unen las bolsa y…

    … se inicia su llenado con aire

    La herramienta formaba parte del equipo empleado en las operaciones de salvamento de aquella época. Una boquilla situada en su extremo expulsaba aire para remover la arena o el limo y permitir que la lanza avanzara por debajo del casco.

    Después, otro buzo va añadiendo extensiones hasta conseguir atravesar completamente por debajo del avión.

    Una vez alcanzado el otro lado, se pasa la cincha; se unen las bolsas y se sopla aire dentro hasta que… ¡el 747 empieza a subir!

    Lo mismo habría ocurrido con un submarino.

     Finalmente, el avión alcanza la superficie y comienza la angustiosa evacuación de los pasajeros.

    Tras este apogeo -nunca mejor dicho- Aeropuerto 77 vuelve a hacer lo que mejor sabían hacer las películas de desastres de los años 70, llevar la realidad hasta el límite… ¡y superarlo!, porque el hundimiento final del 747 es ficticio. Jamás habría durado tanto tiempo en la superficie pero, de lo contrario los espectadores no habrían apretado los reposabrazos de las butacas hasta arrancarles el tapizado.

    Los botes; equipos y buzos eran de la US Navy

    Jack Lemmon —piloto del 747— salva in extremis a su amada

    Lo importante es que los procedimientos empleados para intentar devolverlo a la superficie no son ficticios, que es, para mí, lo más interesante de esta película.

    La película miente sobre el accidente, pero dice la verdad sobre el rescate.

    Quizá esa sea una de las cosas más fascinantes del cine: incluso cuando inventa una catástrofe imposible, puede mostrarnos una tecnología real, un procedimiento auténtico o una historia que merece ser conocida.

    Arriba, despliegue de la US Navy para reflotar al USS Squalus (1939). Abajo, despliegue de la US Navy para reflotar al 747 del filme

    En Aeropuerto 77, detrás de un Boeing 747 hundido en la ficción, encontramos casi medio siglo de experiencia de la US Navy en una de las disciplinas más difíciles de la ingeniería naval: encontrar, alcanzar y devolver a la superficie lo que yace bajo el mar.

    Pero hay una última conexión que me gustaría añadir.

    La siguiente fotografía fue tomada en 1939, durante las operaciones de rescate del USS Squalus. En ella aparece otro submarino: el USS Sculpin.

    USS Sculpin durante las operaciones para reflotar al USS Squalus, en 1939. El submarino, gemelo del accidentado, sirvió como referencia durante los trabajos de rescate

    El Sculpin era gemelo del Squalus y permaneció en la zona durante la operación de salvamento. Su semejanza con el submarino accidentado permitió utilizarlo como modelo para resolver algunos de los problemas técnicos de la operación, entre ellos el delicado acoplamiento de la campana de rescate que permitió salvar a parte de la tripulación del Squalus.

    Cuando encontré esta fotografía, difícilmente podía imaginar que aquel submarino acabaría teniendo un papel tan importante en mi propia obra ya que el USS Sculpin es el protagonista de mi novela Silencio en el Pacífico: El comodoro, el submarino y la Batalla de Tarawa.

    La novela comienza en noviembre de 1943, cuando el Sculpin recibe la misión de interceptar un convoy japonés mientras a bordo viaja el comodoro John P. Cromwell, depositario de secretos que no pueden caer en manos del enemigo. A partir de ahí, la historia conduce a su tripulación hasta uno de los episodios más dramáticos de la guerra submarina en el Pacífico.

    Así que esta fotografía tiene para mí un significado especial.

    El Sculpin mostrado en este artículo todavía está en 1939, participando en una exitosa operación de salvamento de la historia de la US Navy.

    Cuatro años después, el mismo submarino y su tripulación se encontrarían al otro lado de la trama, ya no como salvadores, sino como hombres que podrían necesitar ser salvados.

    Pero, esa es otra historia… Historia que cuento en Silencio en el Pacífico.

    #747 #77 #Aeropuerto #Airport #Amazon #ARA #Argentina #Arhur #armada #aviación #Boeing #Bolívar #cine #desastres #Escritura #Esteban #Estrecho #filmes #Guerra #gulf #Hailey #Hollywood #Iran #Juan #Kursk #literatura #mar #marino #mentira #naval #Navy #Oman #Pérez #películas #Persian #Podcast #realidad #rescate #S42 #San #Strait #submarinos #transporte #Ucrania #US #Zafarrancho
  3. Esteban Pérez Bolívar @estebanperezbolivar.wordpress.com@estebanperezbolivar.wordpress.com ·

    CINE Y MAR III – LA VERDAD TRAS LA MENTIRA

    El tercer largometraje de la exitosa saga Aeropuerto —centrada en desastres aéreos— presentó un percance tan espectacular como imposible: el hundimiento de un Boeing 747 cuyos ocupantes quedan atrapados, con vida, dentro del avión.

    El filme fue un gran éxito internacional

    En los foros sobre la película surgidos a lo largo de los años se comenta que una situación semejante sería extremadamente improbable. Entre las razones está la presión del agua, que comprometería el fuselaje e inundaría el interior. Pero también existe el argumento contrario: un avión presurizado y sin vías de agua se comportaría, en cierto modo, como un gigantesco flotador con forma de avión y tendría dificultades para hundirse.

    Eso sin tomar en cuenta el oxímoron que representa la expresión «amerizaje sin averías». Ningún amerizaje deja un avión en perfecto estado, ni siquiera el famoso caso del río Hudson retratado en el filme Sully.

    En síntesis, lo de que un 747 se hunda en casi perfecto estado y que sus pasajeros sobrevivan durante horas dentro es… ¡mentira!

    El 747 hundido visto desde un A6 Intruder de la US Navy

    Las películas de desastres no son documentales. Necesitan exagerar, simplificar y, en ocasiones, desafiar abiertamente las leyes de la física.

    Lo curioso es que los propios productores de Aeropuerto 77 lo reconocen… ¡en la propia película!

    Justo antes de los créditos finales aparece un texto que dice:

    «El incidente presentado en este filme es ficticio; las capacidades de rescate de la US Navy son reales.»

    Esa frase fue la chispa que originó este tercer artículo de la serie «Cine y Mar».

    Porque Aeropuerto 77 contó con la colaboración de la US Navy, que puso a disposición de la producción barcos, buzos y equipos especializados en rescate submarinos.

    Así que vamos a olvidarnos por un momento del drama del amerizaje, de los pasajeros atrapados y de las inevitables licencias cinematográficas.

    Vamos a fijarnos en lo que ocurre después.

    Porque cuando llega el momento de rescatar el avión hundido, Hollywood empieza a contar una historia mucho más real.

    ¿Por qué viajar hasta finales de los años 70?

    Porque las capacidades actuales de la US Navy para rescatar submarinos y sus tripulaciones resultan, vistas desde aquella época, casi increíbles: drones, sistemas autónomos, vehículos operados remotamente, sensores y cálculos de flotabilidad realizados con una precisión inimaginable para los pioneros del salvamento submarino.

    Pero todo ese desarrollo tecnológico tiene antecedentes.

    El primer submarino que perdió la US Navy en el siglo XX fue el USS F-4, hundido en aguas de Hawái en 1915.

    Arriba, plano de los submarinos de la serie F. Abajo, el esquema del exclusivo 747 del millonario Phillip Stevens, dueño de la Corporación Stevens, mostrado a los pasajeros por una aeromoza

    Allí comienza también una historia de aprendizaje porque la lista de submarinos norteamericanos perdidos por accidentes o colisiones no es corta. Cada accidente obligó a la US Navy a aprender y perfeccionar sus procedimientos para rescatar a las tripulaciones —si permanecían con vida— y, cuando eso ya no era posible, recuperar los cuerpos y el propio submarino.

    Uno de los grandes avances llegó precisamente con el F-4: los pontones.

    Los pontones eran enormes cilindros metálicos que se llenaban de agua. Se colocaban por parejas, unidos por cadenas, a ambos lados del submarino hundido.

    Una vez situados en posición, se expulsaba el agua y se introducía aire.

    Ilustración de la época que muestra el reflotamiento y remolque a puerto del F-4

    El resultado era sencillo en su principio y extraordinariamente complejo en su ejecución: aumentar la flotabilidad hasta conseguir que el submarino ascendiera.

    El sistema se mantuvo durante décadas. En 1939, por ejemplo, el USS Squalus también fue reflotado mediante pontones.

    Con el paso del tiempo, los materiales evolucionaron y los grandes cilindros metálicos fueron sustituidos por bolsas de aire.

    El principio, sin embargo, seguía siendo exactamente el mismo: colocar bolsas a ambos lados del objeto hundido, unirlas mediante resistentes cinchas que pasan por debajo del casco y llenarlas de aire.

    Aquí es donde Aeropuerto 77 deja de ser una película de desastres para mostrar escenas reales de rescate submarino.

    Buzos reales de la US Navy colocan las bolsas de aire alrededor del fuselaje del 747

    Hay incluso un detalle especialmente interesante.

    Una secuencia muestra a los buzos utilizando una lanza curva para abrirse paso bajo el fuselaje.

    Un buzo sostiene la lanza curva

    Otro buzo acopla un alargador a medida que la lanza se abre paso bajo el fuselaje

    Una vez alcanzado el otro lado, se pasa la cincha, se unen las bolsa y…

    … se inicia su llenado con aire

    La herramienta formaba parte del equipo empleado en las operaciones de salvamento de aquella época. Una boquilla situada en su extremo expulsaba aire para remover la arena o el limo y permitir que la lanza avanzara por debajo del casco.

    Después, otro buzo va añadiendo extensiones hasta conseguir atravesar completamente por debajo del avión.

    Una vez alcanzado el otro lado, se pasa la cincha; se unen las bolsas y se sopla aire dentro hasta que… ¡el 747 empieza a subir!

    Lo mismo habría ocurrido con un submarino.

     Finalmente, el avión alcanza la superficie y comienza la angustiosa evacuación de los pasajeros.

    Tras este apogeo -nunca mejor dicho- Aeropuerto 77 vuelve a hacer lo que mejor sabían hacer las películas de desastres de los años 70, llevar la realidad hasta el límite… ¡y superarlo!, porque el hundimiento final del 747 es ficticio. Jamás habría durado tanto tiempo en la superficie pero, de lo contrario los espectadores no habrían apretado los reposabrazos de las butacas hasta arrancarles el tapizado.

    Los botes; equipos y buzos eran de la US Navy

    Jack Lemmon —piloto del 747— salva in extremis a su amada

    Lo importante es que los procedimientos empleados para intentar devolverlo a la superficie no son ficticios, que es, para mí, lo más interesante de esta película.

    La película miente sobre el accidente, pero dice la verdad sobre el rescate.

    Quizá esa sea una de las cosas más fascinantes del cine: incluso cuando inventa una catástrofe imposible, puede mostrarnos una tecnología real, un procedimiento auténtico o una historia que merece ser conocida.

    Arriba, despliegue de la US Navy para reflotar al USS Squalus (1939). Abajo, despliegue de la US Navy para reflotar al 747 del filme

    En Aeropuerto 77, detrás de un Boeing 747 hundido en la ficción, encontramos casi medio siglo de experiencia de la US Navy en una de las disciplinas más difíciles de la ingeniería naval: encontrar, alcanzar y devolver a la superficie lo que yace bajo el mar.

    Pero hay una última conexión que me gustaría añadir.

    La siguiente fotografía fue tomada en 1939, durante las operaciones de rescate del USS Squalus. En ella aparece otro submarino: el USS Sculpin.

    USS Sculpin durante las operaciones para reflotar al USS Squalus, en 1939. El submarino, gemelo del accidentado, sirvió como referencia durante los trabajos de rescate

    El Sculpin era gemelo del Squalus y permaneció en la zona durante la operación de salvamento. Su semejanza con el submarino accidentado permitió utilizarlo como modelo para resolver algunos de los problemas técnicos de la operación, entre ellos el delicado acoplamiento de la campana de rescate que permitió salvar a parte de la tripulación del Squalus.

    Cuando encontré esta fotografía, difícilmente podía imaginar que aquel submarino acabaría teniendo un papel tan importante en mi propia obra ya que el USS Sculpin es el protagonista de mi novela Silencio en el Pacífico: El comodoro, el submarino y la Batalla de Tarawa.

    La novela comienza en noviembre de 1943, cuando el Sculpin recibe la misión de interceptar un convoy japonés mientras a bordo viaja el comodoro John P. Cromwell, depositario de secretos que no pueden caer en manos del enemigo. A partir de ahí, la historia conduce a su tripulación hasta uno de los episodios más dramáticos de la guerra submarina en el Pacífico.

    Así que esta fotografía tiene para mí un significado especial.

    El Sculpin mostrado en este artículo todavía está en 1939, participando en una exitosa operación de salvamento de la historia de la US Navy.

    Cuatro años después, el mismo submarino y su tripulación se encontrarían al otro lado de la trama, ya no como salvadores, sino como hombres que podrían necesitar ser salvados.

    Pero, esa es otra historia… Historia que cuento en Silencio en el Pacífico.

    #747 #77 #Aeropuerto #Airport #Amazon #ARA #Argentina #Arhur #armada #aviación #Boeing #Bolívar #cine #desastres #Escritura #Esteban #Estrecho #filmes #Guerra #gulf #Hailey #Hollywood #Iran #Juan #Kursk #literatura #mar #marino #mentira #naval #Navy #Oman #Pérez #películas #Persian #Podcast #realidad #rescate #S42 #San #Strait #submarinos #transporte #Ucrania #US #Zafarrancho
  4. Esteban Pérez Bolívar @estebanperezbolivar.wordpress.com@estebanperezbolivar.wordpress.com ·

    CINE Y MAR III – LA VERDAD TRAS LA MENTIRA

    El tercer largometraje de la exitosa saga Aeropuerto —centrada en desastres aéreos— presentó un percance tan espectacular como imposible: el hundimiento de un Boeing 747 cuyos ocupantes quedan atrapados, con vida, dentro del avión.

    El filme fue un gran éxito internacional

    En los foros sobre la película surgidos a lo largo de los años se comenta que una situación semejante sería extremadamente improbable. Entre las razones está la presión del agua, que comprometería el fuselaje e inundaría el interior. Pero también existe el argumento contrario: un avión presurizado y sin vías de agua se comportaría, en cierto modo, como un gigantesco flotador con forma de avión y tendría dificultades para hundirse.

    Eso sin tomar en cuenta el oxímoron que representa la expresión «amerizaje sin averías». Ningún amerizaje deja un avión en perfecto estado, ni siquiera el famoso caso del río Hudson retratado en el filme Sully.

    En síntesis, lo de que un 747 se hunda en casi perfecto estado y que sus pasajeros sobrevivan durante horas dentro es… ¡mentira!

    El 747 hundido visto desde un A6 Intruder de la US Navy

    Las películas de desastres no son documentales. Necesitan exagerar, simplificar y, en ocasiones, desafiar abiertamente las leyes de la física.

    Lo curioso es que los propios productores de Aeropuerto 77 lo reconocen… ¡en la propia película!

    Justo antes de los créditos finales aparece un texto que dice:

    «El incidente presentado en este filme es ficticio; las capacidades de rescate de la US Navy son reales.»

    Esa frase fue la chispa que originó este tercer artículo de la serie «Cine y Mar».

    Porque Aeropuerto 77 contó con la colaboración de la US Navy, que puso a disposición de la producción barcos, buzos y equipos especializados en rescate submarinos.

    Así que vamos a olvidarnos por un momento del drama del amerizaje, de los pasajeros atrapados y de las inevitables licencias cinematográficas.

    Vamos a fijarnos en lo que ocurre después.

    Porque cuando llega el momento de rescatar el avión hundido, Hollywood empieza a contar una historia mucho más real.

    ¿Por qué viajar hasta finales de los años 70?

    Porque las capacidades actuales de la US Navy para rescatar submarinos y sus tripulaciones resultan, vistas desde aquella época, casi increíbles: drones, sistemas autónomos, vehículos operados remotamente, sensores y cálculos de flotabilidad realizados con una precisión inimaginable para los pioneros del salvamento submarino.

    Pero todo ese desarrollo tecnológico tiene antecedentes.

    El primer submarino que perdió la US Navy en el siglo XX fue el USS F-4, hundido en aguas de Hawái en 1915.

    Arriba, plano de los submarinos de la serie F. Abajo, el esquema del exclusivo 747 del millonario Phillip Stevens, dueño de la Corporación Stevens, mostrado a los pasajeros por una aeromoza

    Allí comienza también una historia de aprendizaje porque la lista de submarinos norteamericanos perdidos por accidentes o colisiones no es corta. Cada accidente obligó a la US Navy a aprender y perfeccionar sus procedimientos para rescatar a las tripulaciones —si permanecían con vida— y, cuando eso ya no era posible, recuperar los cuerpos y el propio submarino.

    Uno de los grandes avances llegó precisamente con el F-4: los pontones.

    Los pontones eran enormes cilindros metálicos que se llenaban de agua. Se colocaban por parejas, unidos por cadenas, a ambos lados del submarino hundido.

    Una vez situados en posición, se expulsaba el agua y se introducía aire.

    Ilustración de la época que muestra el reflotamiento y remolque a puerto del F-4

    El resultado era sencillo en su principio y extraordinariamente complejo en su ejecución: aumentar la flotabilidad hasta conseguir que el submarino ascendiera.

    El sistema se mantuvo durante décadas. En 1939, por ejemplo, el USS Squalus también fue reflotado mediante pontones.

    Con el paso del tiempo, los materiales evolucionaron y los grandes cilindros metálicos fueron sustituidos por bolsas de aire.

    El principio, sin embargo, seguía siendo exactamente el mismo: colocar bolsas a ambos lados del objeto hundido, unirlas mediante resistentes cinchas que pasan por debajo del casco y llenarlas de aire.

    Aquí es donde Aeropuerto 77 deja de ser una película de desastres para mostrar escenas reales de rescate submarino.

    Buzos reales de la US Navy colocan las bolsas de aire alrededor del fuselaje del 747

    Hay incluso un detalle especialmente interesante.

    Una secuencia muestra a los buzos utilizando una lanza curva para abrirse paso bajo el fuselaje.

    Un buzo sostiene la lanza curva

    Otro buzo acopla un alargador a medida que la lanza se abre paso bajo el fuselaje

    Una vez alcanzado el otro lado, se pasa la cincha, se unen las bolsa y…

    … se inicia su llenado con aire

    La herramienta formaba parte del equipo empleado en las operaciones de salvamento de aquella época. Una boquilla situada en su extremo expulsaba aire para remover la arena o el limo y permitir que la lanza avanzara por debajo del casco.

    Después, otro buzo va añadiendo extensiones hasta conseguir atravesar completamente por debajo del avión.

    Una vez alcanzado el otro lado, se pasa la cincha; se unen las bolsas y se sopla aire dentro hasta que… ¡el 747 empieza a subir!

    Lo mismo habría ocurrido con un submarino.

     Finalmente, el avión alcanza la superficie y comienza la angustiosa evacuación de los pasajeros.

    Tras este apogeo -nunca mejor dicho- Aeropuerto 77 vuelve a hacer lo que mejor sabían hacer las películas de desastres de los años 70, llevar la realidad hasta el límite… ¡y superarlo!, porque el hundimiento final del 747 es ficticio. Jamás habría durado tanto tiempo en la superficie pero, de lo contrario los espectadores no habrían apretado los reposabrazos de las butacas hasta arrancarles el tapizado.

    Los botes; equipos y buzos eran de la US Navy

    Jack Lemmon —piloto del 747— salva in extremis a su amada

    Lo importante es que los procedimientos empleados para intentar devolverlo a la superficie no son ficticios, que es, para mí, lo más interesante de esta película.

    La película miente sobre el accidente, pero dice la verdad sobre el rescate.

    Quizá esa sea una de las cosas más fascinantes del cine: incluso cuando inventa una catástrofe imposible, puede mostrarnos una tecnología real, un procedimiento auténtico o una historia que merece ser conocida.

    Arriba, despliegue de la US Navy para reflotar al USS Squalus (1939). Abajo, despliegue de la US Navy para reflotar al 747 del filme

    En Aeropuerto 77, detrás de un Boeing 747 hundido en la ficción, encontramos casi medio siglo de experiencia de la US Navy en una de las disciplinas más difíciles de la ingeniería naval: encontrar, alcanzar y devolver a la superficie lo que yace bajo el mar.

    Pero hay una última conexión que me gustaría añadir.

    La siguiente fotografía fue tomada en 1939, durante las operaciones de rescate del USS Squalus. En ella aparece otro submarino: el USS Sculpin.

    USS Sculpin durante las operaciones para reflotar al USS Squalus, en 1939. El submarino, gemelo del accidentado, sirvió como referencia durante los trabajos de rescate

    El Sculpin era gemelo del Squalus y permaneció en la zona durante la operación de salvamento. Su semejanza con el submarino accidentado permitió utilizarlo como modelo para resolver algunos de los problemas técnicos de la operación, entre ellos el delicado acoplamiento de la campana de rescate que permitió salvar a parte de la tripulación del Squalus.

    Cuando encontré esta fotografía, difícilmente podía imaginar que aquel submarino acabaría teniendo un papel tan importante en mi propia obra ya que el USS Sculpin es el protagonista de mi novela Silencio en el Pacífico: El comodoro, el submarino y la Batalla de Tarawa.

    La novela comienza en noviembre de 1943, cuando el Sculpin recibe la misión de interceptar un convoy japonés mientras a bordo viaja el comodoro John P. Cromwell, depositario de secretos que no pueden caer en manos del enemigo. A partir de ahí, la historia conduce a su tripulación hasta uno de los episodios más dramáticos de la guerra submarina en el Pacífico.

    Así que esta fotografía tiene para mí un significado especial.

    El Sculpin mostrado en este artículo todavía está en 1939, participando en una exitosa operación de salvamento de la historia de la US Navy.

    Cuatro años después, el mismo submarino y su tripulación se encontrarían al otro lado de la trama, ya no como salvadores, sino como hombres que podrían necesitar ser salvados.

    Pero, esa es otra historia… Historia que cuento en Silencio en el Pacífico.

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  5. Esteban Pérez Bolívar @estebanperezbolivar.wordpress.com@estebanperezbolivar.wordpress.com ·

    CINE Y MAR III – LA VERDAD TRAS LA MENTIRA

    El tercer largometraje de la exitosa saga Aeropuerto —centrada en desastres aéreos— presentó un percance tan espectacular como imposible: el hundimiento de un Boeing 747 cuyos ocupantes quedan atrapados, con vida, dentro del avión.

    El filme fue un gran éxito internacional

    En los foros sobre la película surgidos a lo largo de los años se comenta que una situación semejante sería extremadamente improbable. Entre las razones está la presión del agua, que comprometería el fuselaje e inundaría el interior. Pero también existe el argumento contrario: un avión presurizado y sin vías de agua se comportaría, en cierto modo, como un gigantesco flotador con forma de avión y tendría dificultades para hundirse.

    Eso sin tomar en cuenta el oxímoron que representa la expresión «amerizaje sin averías». Ningún amerizaje deja un avión en perfecto estado, ni siquiera el famoso caso del río Hudson retratado en el filme Sully.

    En síntesis, lo de que un 747 se hunda en casi perfecto estado y que sus pasajeros sobrevivan durante horas dentro es… ¡mentira!

    El 747 hundido visto desde un A6 Intruder de la US Navy

    Las películas de desastres no son documentales. Necesitan exagerar, simplificar y, en ocasiones, desafiar abiertamente las leyes de la física.

    Lo curioso es que los propios productores de Aeropuerto 77 lo reconocen… ¡en la propia película!

    Justo antes de los créditos finales aparece un texto que dice:

    «El incidente presentado en este filme es ficticio; las capacidades de rescate de la US Navy son reales.»

    Esa frase fue la chispa que originó este tercer artículo de la serie «Cine y Mar».

    Porque Aeropuerto 77 contó con la colaboración de la US Navy, que puso a disposición de la producción barcos, buzos y equipos especializados en rescate submarinos.

    Así que vamos a olvidarnos por un momento del drama del amerizaje, de los pasajeros atrapados y de las inevitables licencias cinematográficas.

    Vamos a fijarnos en lo que ocurre después.

    Porque cuando llega el momento de rescatar el avión hundido, Hollywood empieza a contar una historia mucho más real.

    ¿Por qué viajar hasta finales de los años 70?

    Porque las capacidades actuales de la US Navy para rescatar submarinos y sus tripulaciones resultan, vistas desde aquella época, casi increíbles: drones, sistemas autónomos, vehículos operados remotamente, sensores y cálculos de flotabilidad realizados con una precisión inimaginable para los pioneros del salvamento submarino.

    Pero todo ese desarrollo tecnológico tiene antecedentes.

    El primer submarino que perdió la US Navy en el siglo XX fue el USS F-4, hundido en aguas de Hawái en 1915.

    Arriba, plano de los submarinos de la serie F. Abajo, el esquema del exclusivo 747 del millonario Phillip Stevens, dueño de la Corporación Stevens, mostrado a los pasajeros por una aeromoza

    Allí comienza también una historia de aprendizaje porque la lista de submarinos norteamericanos perdidos por accidentes o colisiones no es corta. Cada accidente obligó a la US Navy a aprender y perfeccionar sus procedimientos para rescatar a las tripulaciones —si permanecían con vida— y, cuando eso ya no era posible, recuperar los cuerpos y el propio submarino.

    Uno de los grandes avances llegó precisamente con el F-4: los pontones.

    Los pontones eran enormes cilindros metálicos que se llenaban de agua. Se colocaban por parejas, unidos por cadenas, a ambos lados del submarino hundido.

    Una vez situados en posición, se expulsaba el agua y se introducía aire.

    Ilustración de la época que muestra el reflotamiento y remolque a puerto del F-4

    El resultado era sencillo en su principio y extraordinariamente complejo en su ejecución: aumentar la flotabilidad hasta conseguir que el submarino ascendiera.

    El sistema se mantuvo durante décadas. En 1939, por ejemplo, el USS Squalus también fue reflotado mediante pontones.

    Con el paso del tiempo, los materiales evolucionaron y los grandes cilindros metálicos fueron sustituidos por bolsas de aire.

    El principio, sin embargo, seguía siendo exactamente el mismo: colocar bolsas a ambos lados del objeto hundido, unirlas mediante resistentes cinchas que pasan por debajo del casco y llenarlas de aire.

    Aquí es donde Aeropuerto 77 deja de ser una película de desastres para mostrar escenas reales de rescate submarino.

    Buzos reales de la US Navy colocan las bolsas de aire alrededor del fuselaje del 747

    Hay incluso un detalle especialmente interesante.

    Una secuencia muestra a los buzos utilizando una lanza curva para abrirse paso bajo el fuselaje.

    Un buzo sostiene la lanza curva

    Otro buzo acopla un alargador a medida que la lanza se abre paso bajo el fuselaje

    Una vez alcanzado el otro lado, se pasa la cincha, se unen las bolsa y…

    … se inicia su llenado con aire

    La herramienta formaba parte del equipo empleado en las operaciones de salvamento de aquella época. Una boquilla situada en su extremo expulsaba aire para remover la arena o el limo y permitir que la lanza avanzara por debajo del casco.

    Después, otro buzo va añadiendo extensiones hasta conseguir atravesar completamente por debajo del avión.

    Una vez alcanzado el otro lado, se pasa la cincha; se unen las bolsas y se sopla aire dentro hasta que… ¡el 747 empieza a subir!

    Lo mismo habría ocurrido con un submarino.

     Finalmente, el avión alcanza la superficie y comienza la angustiosa evacuación de los pasajeros.

    Tras este apogeo -nunca mejor dicho- Aeropuerto 77 vuelve a hacer lo que mejor sabían hacer las películas de desastres de los años 70, llevar la realidad hasta el límite… ¡y superarlo!, porque el hundimiento final del 747 es ficticio. Jamás habría durado tanto tiempo en la superficie pero, de lo contrario los espectadores no habrían apretado los reposabrazos de las butacas hasta arrancarles el tapizado.

    Los botes; equipos y buzos eran de la US Navy

    Jack Lemmon —piloto del 747— salva in extremis a su amada

    Lo importante es que los procedimientos empleados para intentar devolverlo a la superficie no son ficticios, que es, para mí, lo más interesante de esta película.

    La película miente sobre el accidente, pero dice la verdad sobre el rescate.

    Quizá esa sea una de las cosas más fascinantes del cine: incluso cuando inventa una catástrofe imposible, puede mostrarnos una tecnología real, un procedimiento auténtico o una historia que merece ser conocida.

    Arriba, despliegue de la US Navy para reflotar al USS Squalus (1939). Abajo, despliegue de la US Navy para reflotar al 747 del filme

    En Aeropuerto 77, detrás de un Boeing 747 hundido en la ficción, encontramos casi medio siglo de experiencia de la US Navy en una de las disciplinas más difíciles de la ingeniería naval: encontrar, alcanzar y devolver a la superficie lo que yace bajo el mar.

    Pero hay una última conexión que me gustaría añadir.

    La siguiente fotografía fue tomada en 1939, durante las operaciones de rescate del USS Squalus. En ella aparece otro submarino: el USS Sculpin.

    USS Sculpin durante las operaciones para reflotar al USS Squalus, en 1939. El submarino, gemelo del accidentado, sirvió como referencia durante los trabajos de rescate

    El Sculpin era gemelo del Squalus y permaneció en la zona durante la operación de salvamento. Su semejanza con el submarino accidentado permitió utilizarlo como modelo para resolver algunos de los problemas técnicos de la operación, entre ellos el delicado acoplamiento de la campana de rescate que permitió salvar a parte de la tripulación del Squalus.

    Cuando encontré esta fotografía, difícilmente podía imaginar que aquel submarino acabaría teniendo un papel tan importante en mi propia obra ya que el USS Sculpin es el protagonista de mi novela Silencio en el Pacífico: El comodoro, el submarino y la Batalla de Tarawa.

    La novela comienza en noviembre de 1943, cuando el Sculpin recibe la misión de interceptar un convoy japonés mientras a bordo viaja el comodoro John P. Cromwell, depositario de secretos que no pueden caer en manos del enemigo. A partir de ahí, la historia conduce a su tripulación hasta uno de los episodios más dramáticos de la guerra submarina en el Pacífico.

    Así que esta fotografía tiene para mí un significado especial.

    El Sculpin mostrado en este artículo todavía está en 1939, participando en una exitosa operación de salvamento de la historia de la US Navy.

    Cuatro años después, el mismo submarino y su tripulación se encontrarían al otro lado de la trama, ya no como salvadores, sino como hombres que podrían necesitar ser salvados.

    Pero, esa es otra historia… Historia que cuento en Silencio en el Pacífico.

    #747 #77 #Aeropuerto #Airport #Amazon #ARA #Argentina #Arhur #armada #aviación #Boeing #Bolívar #cine #desastres #Escritura #Esteban #Estrecho #filmes #Guerra #gulf #Hailey #Hollywood #Iran #Juan #Kursk #literatura #mar #marino #mentira #naval #Navy #Oman #Pérez #películas #Persian #Podcast #realidad #rescate #S42 #San #Strait #submarinos #transporte #Ucrania #US #Zafarrancho
  6. Esteban Pérez Bolívar @estebanperezbolivar.wordpress.com@estebanperezbolivar.wordpress.com ·

    CINE Y MAR III – LA VERDAD TRAS LA MENTIRA

    El tercer largometraje de la exitosa saga Aeropuerto —centrada en desastres aéreos— presentó un percance tan espectacular como imposible: el hundimiento de un Boeing 747 cuyos ocupantes quedan atrapados, con vida, dentro del avión.

    El filme fue un gran éxito internacional

    En los foros sobre la película surgidos a lo largo de los años se comenta que una situación semejante sería extremadamente improbable. Entre las razones está la presión del agua, que comprometería el fuselaje e inundaría el interior. Pero también existe el argumento contrario: un avión presurizado y sin vías de agua se comportaría, en cierto modo, como un gigantesco flotador con forma de avión y tendría dificultades para hundirse.

    Eso sin tomar en cuenta el oxímoron que representa la expresión «amerizaje sin averías». Ningún amerizaje deja un avión en perfecto estado, ni siquiera el famoso caso del río Hudson retratado en el filme Sully.

    En síntesis, lo de que un 747 se hunda en casi perfecto estado y que sus pasajeros sobrevivan durante horas dentro es… ¡mentira!

    El 747 hundido visto desde un A6 Intruder de la US Navy

    Las películas de desastres no son documentales. Necesitan exagerar, simplificar y, en ocasiones, desafiar abiertamente las leyes de la física.

    Lo curioso es que los propios productores de Aeropuerto 77 lo reconocen… ¡en la propia película!

    Justo antes de los créditos finales aparece un texto que dice:

    «El incidente presentado en este filme es ficticio; las capacidades de rescate de la US Navy son reales.»

    Esa frase fue la chispa que originó este tercer artículo de la serie «Cine y Mar».

    Porque Aeropuerto 77 contó con la colaboración de la US Navy, que puso a disposición de la producción barcos, buzos y equipos especializados en rescate submarinos.

    Así que vamos a olvidarnos por un momento del drama del amerizaje, de los pasajeros atrapados y de las inevitables licencias cinematográficas.

    Vamos a fijarnos en lo que ocurre después.

    Porque cuando llega el momento de rescatar el avión hundido, Hollywood empieza a contar una historia mucho más real.

    ¿Por qué viajar hasta finales de los años 70?

    Porque las capacidades actuales de la US Navy para rescatar submarinos y sus tripulaciones resultan, vistas desde aquella época, casi increíbles: drones, sistemas autónomos, vehículos operados remotamente, sensores y cálculos de flotabilidad realizados con una precisión inimaginable para los pioneros del salvamento submarino.

    Pero todo ese desarrollo tecnológico tiene antecedentes.

    El primer submarino que perdió la US Navy en el siglo XX fue el USS F-4, hundido en aguas de Hawái en 1915.

    Arriba, plano de los submarinos de la serie F. Abajo, el esquema del exclusivo 747 del millonario Phillip Stevens, dueño de la Corporación Stevens, mostrado a los pasajeros por una aeromoza

    Allí comienza también una historia de aprendizaje porque la lista de submarinos norteamericanos perdidos por accidentes o colisiones no es corta. Cada accidente obligó a la US Navy a aprender y perfeccionar sus procedimientos para rescatar a las tripulaciones —si permanecían con vida— y, cuando eso ya no era posible, recuperar los cuerpos y el propio submarino.

    Uno de los grandes avances llegó precisamente con el F-4: los pontones.

    Los pontones eran enormes cilindros metálicos que se llenaban de agua. Se colocaban por parejas, unidos por cadenas, a ambos lados del submarino hundido.

    Una vez situados en posición, se expulsaba el agua y se introducía aire.

    Ilustración de la época que muestra el reflotamiento y remolque a puerto del F-4

    El resultado era sencillo en su principio y extraordinariamente complejo en su ejecución: aumentar la flotabilidad hasta conseguir que el submarino ascendiera.

    El sistema se mantuvo durante décadas. En 1939, por ejemplo, el USS Squalus también fue reflotado mediante pontones.

    Con el paso del tiempo, los materiales evolucionaron y los grandes cilindros metálicos fueron sustituidos por bolsas de aire.

    El principio, sin embargo, seguía siendo exactamente el mismo: colocar bolsas a ambos lados del objeto hundido, unirlas mediante resistentes cinchas que pasan por debajo del casco y llenarlas de aire.

    Aquí es donde Aeropuerto 77 deja de ser una película de desastres para mostrar escenas reales de rescate submarino.

    Buzos reales de la US Navy colocan las bolsas de aire alrededor del fuselaje del 747

    Hay incluso un detalle especialmente interesante.

    Una secuencia muestra a los buzos utilizando una lanza curva para abrirse paso bajo el fuselaje.

    Un buzo sostiene la lanza curva

    Otro buzo acopla un alargador a medida que la lanza se abre paso bajo el fuselaje

    Una vez alcanzado el otro lado, se pasa la cincha, se unen las bolsa y…

    … se inicia su llenado con aire

    La herramienta formaba parte del equipo empleado en las operaciones de salvamento de aquella época. Una boquilla situada en su extremo expulsaba aire para remover la arena o el limo y permitir que la lanza avanzara por debajo del casco.

    Después, otro buzo va añadiendo extensiones hasta conseguir atravesar completamente por debajo del avión.

    Una vez alcanzado el otro lado, se pasa la cincha; se unen las bolsas y se sopla aire dentro hasta que… ¡el 747 empieza a subir!

    Lo mismo habría ocurrido con un submarino.

     Finalmente, el avión alcanza la superficie y comienza la angustiosa evacuación de los pasajeros.

    Tras este apogeo -nunca mejor dicho- Aeropuerto 77 vuelve a hacer lo que mejor sabían hacer las películas de desastres de los años 70, llevar la realidad hasta el límite… ¡y superarlo!, porque el hundimiento final del 747 es ficticio. Jamás habría durado tanto tiempo en la superficie pero, de lo contrario los espectadores no habrían apretado los reposabrazos de las butacas hasta arrancarles el tapizado.

    Los botes; equipos y buzos eran de la US Navy

    Jack Lemmon —piloto del 747— salva in extremis a su amada

    Lo importante es que los procedimientos empleados para intentar devolverlo a la superficie no son ficticios, que es, para mí, lo más interesante de esta película.

    La película miente sobre el accidente, pero dice la verdad sobre el rescate.

    Quizá esa sea una de las cosas más fascinantes del cine: incluso cuando inventa una catástrofe imposible, puede mostrarnos una tecnología real, un procedimiento auténtico o una historia que merece ser conocida.

    Arriba, despliegue de la US Navy para reflotar al USS Squalus (1939). Abajo, despliegue de la US Navy para reflotar al 747 del filme

    En Aeropuerto 77, detrás de un Boeing 747 hundido en la ficción, encontramos casi medio siglo de experiencia de la US Navy en una de las disciplinas más difíciles de la ingeniería naval: encontrar, alcanzar y devolver a la superficie lo que yace bajo el mar.

    Pero hay una última conexión que me gustaría añadir.

    La siguiente fotografía fue tomada en 1939, durante las operaciones de rescate del USS Squalus. En ella aparece otro submarino: el USS Sculpin.

    USS Sculpin durante las operaciones para reflotar al USS Squalus, en 1939. El submarino, gemelo del accidentado, sirvió como referencia durante los trabajos de rescate

    El Sculpin era gemelo del Squalus y permaneció en la zona durante la operación de salvamento. Su semejanza con el submarino accidentado permitió utilizarlo como modelo para resolver algunos de los problemas técnicos de la operación, entre ellos el delicado acoplamiento de la campana de rescate que permitió salvar a parte de la tripulación del Squalus.

    Cuando encontré esta fotografía, difícilmente podía imaginar que aquel submarino acabaría teniendo un papel tan importante en mi propia obra ya que el USS Sculpin es el protagonista de mi novela Silencio en el Pacífico: El comodoro, el submarino y la Batalla de Tarawa.

    La novela comienza en noviembre de 1943, cuando el Sculpin recibe la misión de interceptar un convoy japonés mientras a bordo viaja el comodoro John P. Cromwell, depositario de secretos que no pueden caer en manos del enemigo. A partir de ahí, la historia conduce a su tripulación hasta uno de los episodios más dramáticos de la guerra submarina en el Pacífico.

    Así que esta fotografía tiene para mí un significado especial.

    El Sculpin mostrado en este artículo todavía está en 1939, participando en una exitosa operación de salvamento de la historia de la US Navy.

    Cuatro años después, el mismo submarino y su tripulación se encontrarían al otro lado de la trama, ya no como salvadores, sino como hombres que podrían necesitar ser salvados.

    Pero, esa es otra historia… Historia que cuento en Silencio en el Pacífico.

    #747 #77 #Aeropuerto #Airport #Amazon #ARA #Argentina #Arhur #armada #aviación #Boeing #Bolívar #cine #desastres #Escritura #Esteban #Estrecho #filmes #Guerra #gulf #Hailey #Hollywood #Iran #Juan #Kursk #literatura #mar #marino #mentira #naval #Navy #Oman #Pérez #películas #Persian #Podcast #realidad #rescate #S42 #San #Strait #submarinos #transporte #Ucrania #US #Zafarrancho
  7. Erupción del Anak Krakatoa: ceniza cerró temporalmente el aeropuerto Soekarno-Hatta (Yakarta). 22.798 pasajeros afectados; vuelos cancelados y desviados. Sin riesgo de tsunami. aidoo.news/noticia/xkgJML

    #Noticias #Yakarta #Aviacion #DesastresNaturales #Geologia

  8. 🧿 𝑬𝒅𝒘𝒂𝒓𝒅 𝑨𝒍𝒐𝒚𝒔𝒊𝒖𝒔 𝑴𝒖𝒓𝒑𝒉𝒚 𝑱𝒓.🧿

    Edward Aloysius Murphy Jr. nació el 11 de enero de 1918 en la Zona del Canal de Panamá, cuando aquello todavía era territorio administrado por Estados Unidos.
    Fue el mayor de cinco hermanos, hijo de Edward Aloysius Murphy Sr. y Alice Mary Coughlin.
    La familia acabó viviendo en Maryland y él pasó parte de su juventud en Nueva Jersey.

    No tuvo precisamente una infancia de película.
    Estudió en Nueva Jersey y después entró en West Point, donde se graduó en 1940.
    Ese mismo año comenzó su carrera militar y posteriormente recibió formación como piloto.
    Durante la Segunda Guerra Mundial estuvo destinado en el Pacífico, India, China y Birmania, llegando al rango de mayor.

    Después de la guerra siguió con lo suyo: ingeniería, investigación y cacharros destinados a medir cosas que podían acabar bastante mal si algo fallaba.
    En 1947 pasó por el Air Force Institute of Technology y terminó trabajando en el Wright Air Development Center, en la base de Wright-Patterson.

    Y aquí aparece la famosa ley.

    En 1949 participó en los experimentos MX981, aquellos en los que el ejército lanzaba un trineo propulsado por cohetes para estudiar qué demonios le ocurría al cuerpo humano cuando frenaba de golpe.
    El proyecto estaba dirigido por John Paul Stapp, que tenía bastante poco respeto por la comodidad personal. 😏

    Murphy había diseñado unos sensores para medir las fuerzas soportadas durante la prueba.
    Los colocaron... y marcaron cero.

    Resultó que estaban instalados al revés.

    Ahí nació la famosa frase.
    O al menos la historia que acabó convirtiéndose en ella.
    Porque aquí también hay lío: algunos miembros del equipo recordaron que Murphy culpó al técnico y dijo algo parecido a que, si había una manera de hacerlo mal, alguien acabaría haciéndolo.
    Su hijo Robert sostuvo después que la frase original de su padre era más bien una advertencia sobre diseñar los sistemas teniendo en cuenta que las personas pueden equivocarse.

    Vamos, que Murphy no estaba diciendo exactamente «el universo me odia».
    Era ingeniero.
    Lo que estaba diciendo, en esencia, era: si existe una forma de montar algo mal, más vale diseñarlo para que nadie pueda hacerlo.

    Pero la humanidad, que siempre ha tenido talento para simplificar las cosas, convirtió aquello en: «Si algo puede salir mal, saldrá mal».

    Y la frase se hizo inmortal.

    De su vida privada sabemos bastante menos.
    Se casó con Effie Hill Hampton y tuvo al menos un hijo, Robert, que años después salió en defensa de su padre y de su versión sobre el origen de la famosa ley.

    ¿Amantes, divorcios escandalosos, enfermedades terribles, borracheras, peleas familiares o algún cadáver escondido en el armario?
    Pues no hay pruebas serias de semejante novela.
    Y prefiero decirlo antes que inventarnos una biografía de culebrón porque queda más entretenida.

    Murphy murió el 17 de julio de 1990, a los 72 años, en Greenville, Carolina del Sur, después de sufrir un infarto.
    Fue enterrado en el Cementerio Nacional de Arlington, en Virginia.

    Y hay una última ironía bastante buena.

    El hombre que se hizo famoso por advertir que las cosas podían salir mal pasó buena parte de su vida trabajando precisamente para conseguir que no salieran mal.

    No era pesimismo.

    Era ingeniería.

    Aunque, visto cómo funciona el mundo, quizá las dos cosas se parecen bastante. 😏

    La formulación más conocida es:

    «Si hay dos o más maneras de hacer algo, y una de ellas puede acabar en desastre, alguien terminará haciéndolo así.»

    Y de ahí nació la versión popular que todos conocemos:

    «Si algo puede salir mal, saldrá mal.»

    ▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣

    youtube.com/watch?v=a356UPRL5Fc

    #historia #curiosidades #leydeMurphy #ingeniería #ciencia #tecnología #estadosunidos #segundaGuerramundial #aviación #psicología #historiasreales

  9. 🧿 𝑬𝒅𝒘𝒂𝒓𝒅 𝑨𝒍𝒐𝒚𝒔𝒊𝒖𝒔 𝑴𝒖𝒓𝒑𝒉𝒚 𝑱𝒓.🧿

    Edward Aloysius Murphy Jr. nació el 11 de enero de 1918 en la Zona del Canal de Panamá, cuando aquello todavía era territorio administrado por Estados Unidos.
    Fue el mayor de cinco hermanos, hijo de Edward Aloysius Murphy Sr. y Alice Mary Coughlin.
    La familia acabó viviendo en Maryland y él pasó parte de su juventud en Nueva Jersey.

    No tuvo precisamente una infancia de película.
    Estudió en Nueva Jersey y después entró en West Point, donde se graduó en 1940.
    Ese mismo año comenzó su carrera militar y posteriormente recibió formación como piloto.
    Durante la Segunda Guerra Mundial estuvo destinado en el Pacífico, India, China y Birmania, llegando al rango de mayor.

    Después de la guerra siguió con lo suyo: ingeniería, investigación y cacharros destinados a medir cosas que podían acabar bastante mal si algo fallaba.
    En 1947 pasó por el Air Force Institute of Technology y terminó trabajando en el Wright Air Development Center, en la base de Wright-Patterson.

    Y aquí aparece la famosa ley.

    En 1949 participó en los experimentos MX981, aquellos en los que el ejército lanzaba un trineo propulsado por cohetes para estudiar qué demonios le ocurría al cuerpo humano cuando frenaba de golpe.
    El proyecto estaba dirigido por John Paul Stapp, que tenía bastante poco respeto por la comodidad personal. 😏

    Murphy había diseñado unos sensores para medir las fuerzas soportadas durante la prueba.
    Los colocaron... y marcaron cero.

    Resultó que estaban instalados al revés.

    Ahí nació la famosa frase.
    O al menos la historia que acabó convirtiéndose en ella.
    Porque aquí también hay lío: algunos miembros del equipo recordaron que Murphy culpó al técnico y dijo algo parecido a que, si había una manera de hacerlo mal, alguien acabaría haciéndolo.
    Su hijo Robert sostuvo después que la frase original de su padre era más bien una advertencia sobre diseñar los sistemas teniendo en cuenta que las personas pueden equivocarse.

    Vamos, que Murphy no estaba diciendo exactamente «el universo me odia».
    Era ingeniero.
    Lo que estaba diciendo, en esencia, era: si existe una forma de montar algo mal, más vale diseñarlo para que nadie pueda hacerlo.

    Pero la humanidad, que siempre ha tenido talento para simplificar las cosas, convirtió aquello en: «Si algo puede salir mal, saldrá mal».

    Y la frase se hizo inmortal.

    De su vida privada sabemos bastante menos.
    Se casó con Effie Hill Hampton y tuvo al menos un hijo, Robert, que años después salió en defensa de su padre y de su versión sobre el origen de la famosa ley.

    ¿Amantes, divorcios escandalosos, enfermedades terribles, borracheras, peleas familiares o algún cadáver escondido en el armario?
    Pues no hay pruebas serias de semejante novela.
    Y prefiero decirlo antes que inventarnos una biografía de culebrón porque queda más entretenida.

    Murphy murió el 17 de julio de 1990, a los 72 años, en Greenville, Carolina del Sur, después de sufrir un infarto.
    Fue enterrado en el Cementerio Nacional de Arlington, en Virginia.

    Y hay una última ironía bastante buena.

    El hombre que se hizo famoso por advertir que las cosas podían salir mal pasó buena parte de su vida trabajando precisamente para conseguir que no salieran mal.

    No era pesimismo.

    Era ingeniería.

    Aunque, visto cómo funciona el mundo, quizá las dos cosas se parecen bastante. 😏

    La formulación más conocida es:

    «Si hay dos o más maneras de hacer algo, y una de ellas puede acabar en desastre, alguien terminará haciéndolo así.»

    Y de ahí nació la versión popular que todos conocemos:

    «Si algo puede salir mal, saldrá mal.»

    ▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣

    youtube.com/watch?v=a356UPRL5Fc

    #historia #curiosidades #leydeMurphy #ingeniería #ciencia #tecnología #estadosunidos #segundaGuerramundial #aviación #psicología #historiasreales

  10. 🧿 𝑬𝒅𝒘𝒂𝒓𝒅 𝑨𝒍𝒐𝒚𝒔𝒊𝒖𝒔 𝑴𝒖𝒓𝒑𝒉𝒚 𝑱𝒓.🧿

    Edward Aloysius Murphy Jr. nació el 11 de enero de 1918 en la Zona del Canal de Panamá, cuando aquello todavía era territorio administrado por Estados Unidos.
    Fue el mayor de cinco hermanos, hijo de Edward Aloysius Murphy Sr. y Alice Mary Coughlin.
    La familia acabó viviendo en Maryland y él pasó parte de su juventud en Nueva Jersey.

    No tuvo precisamente una infancia de película.
    Estudió en Nueva Jersey y después entró en West Point, donde se graduó en 1940.
    Ese mismo año comenzó su carrera militar y posteriormente recibió formación como piloto.
    Durante la Segunda Guerra Mundial estuvo destinado en el Pacífico, India, China y Birmania, llegando al rango de mayor.

    Después de la guerra siguió con lo suyo: ingeniería, investigación y cacharros destinados a medir cosas que podían acabar bastante mal si algo fallaba.
    En 1947 pasó por el Air Force Institute of Technology y terminó trabajando en el Wright Air Development Center, en la base de Wright-Patterson.

    Y aquí aparece la famosa ley.

    En 1949 participó en los experimentos MX981, aquellos en los que el ejército lanzaba un trineo propulsado por cohetes para estudiar qué demonios le ocurría al cuerpo humano cuando frenaba de golpe.
    El proyecto estaba dirigido por John Paul Stapp, que tenía bastante poco respeto por la comodidad personal. 😏

    Murphy había diseñado unos sensores para medir las fuerzas soportadas durante la prueba.
    Los colocaron... y marcaron cero.

    Resultó que estaban instalados al revés.

    Ahí nació la famosa frase.
    O al menos la historia que acabó convirtiéndose en ella.
    Porque aquí también hay lío: algunos miembros del equipo recordaron que Murphy culpó al técnico y dijo algo parecido a que, si había una manera de hacerlo mal, alguien acabaría haciéndolo.
    Su hijo Robert sostuvo después que la frase original de su padre era más bien una advertencia sobre diseñar los sistemas teniendo en cuenta que las personas pueden equivocarse.

    Vamos, que Murphy no estaba diciendo exactamente «el universo me odia».
    Era ingeniero.
    Lo que estaba diciendo, en esencia, era: si existe una forma de montar algo mal, más vale diseñarlo para que nadie pueda hacerlo.

    Pero la humanidad, que siempre ha tenido talento para simplificar las cosas, convirtió aquello en: «Si algo puede salir mal, saldrá mal».

    Y la frase se hizo inmortal.

    De su vida privada sabemos bastante menos.
    Se casó con Effie Hill Hampton y tuvo al menos un hijo, Robert, que años después salió en defensa de su padre y de su versión sobre el origen de la famosa ley.

    ¿Amantes, divorcios escandalosos, enfermedades terribles, borracheras, peleas familiares o algún cadáver escondido en el armario?
    Pues no hay pruebas serias de semejante novela.
    Y prefiero decirlo antes que inventarnos una biografía de culebrón porque queda más entretenida.

    Murphy murió el 17 de julio de 1990, a los 72 años, en Greenville, Carolina del Sur, después de sufrir un infarto.
    Fue enterrado en el Cementerio Nacional de Arlington, en Virginia.

    Y hay una última ironía bastante buena.

    El hombre que se hizo famoso por advertir que las cosas podían salir mal pasó buena parte de su vida trabajando precisamente para conseguir que no salieran mal.

    No era pesimismo.

    Era ingeniería.

    Aunque, visto cómo funciona el mundo, quizá las dos cosas se parecen bastante. 😏

    La formulación más conocida es:

    «Si hay dos o más maneras de hacer algo, y una de ellas puede acabar en desastre, alguien terminará haciéndolo así.»

    Y de ahí nació la versión popular que todos conocemos:

    «Si algo puede salir mal, saldrá mal.»

    ▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣

    youtube.com/watch?v=a356UPRL5Fc

    #historia #curiosidades #leydeMurphy #ingeniería #ciencia #tecnología #estadosunidos #segundaGuerramundial #aviación #psicología #historiasreales

  11. 🧿 𝑬𝒍 𝒄𝒐𝒑𝒊𝒍𝒐𝒕𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒄𝒐𝒏𝒗𝒊𝒓𝒕𝒊𝒐́ 𝒖𝒏 𝒗𝒖𝒆𝒍𝒐 𝒆𝒏 𝒖𝒏𝒂 𝒕𝒓𝒂𝒈𝒆𝒅𝒊𝒂 🧿

    El 24 de marzo de 2015, el vuelo 9525 de Germanwings despegó del aeropuerto de Barcelona con destino a Düsseldorf.
    A bordo viajaban 144 pasajeros y 6 miembros de la tripulación.
    Era un trayecto rutinario de poco más de dos horas que miles de personas hacían cada año.

    Nadie podía imaginar que ninguno de ellos llegaría a su destino.

    A las 10:41 de la mañana, el Airbus A320 alcanzó la altitud de crucero sobre el sur de Francia.
    Todo transcurría con absoluta normalidad hasta que el comandante, **Patrick Sondenheimer**, salió unos minutos de la cabina para ir al baño.

    Fue entonces cuando ocurrió lo impensable.

    El copiloto, **Andreas Lubitz**, accionó el sistema de bloqueo de la puerta blindada desde el interior.
    En cuestión de segundos, el comandante quedó fuera de la cabina sin posibilidad de regresar.

    A continuación, Lubitz modificó manualmente la configuración del piloto automático para iniciar un descenso continuo desde unos 38.000 pies hasta una altitud de apenas 100 pies, una maniobra incompatible con un vuelo seguro.

    Al principio, los controladores aéreos pensaron que podía tratarse de un problema técnico.

    No hubo ninguna llamada de socorro.

    Ninguna explicación.

    Solo silencio.

    Las grabaciones de la caja negra revelarían después uno de los momentos más angustiosos de la historia de la aviación.

    El comandante llamó varias veces a la puerta.

    Primero con calma.

    Después con insistencia.

    Finalmente intentó derribarla utilizando un hacha de emergencia y una palanca mientras pedía desesperadamente que le abrieran.

    Desde el otro lado no hubo respuesta.

    Los investigadores solo escucharon la respiración tranquila y constante de Lubitz.

    Nunca pronunció una sola palabra.

    A las 10:41:06 comenzó el descenso.

    A las 10:41:51 el control aéreo intentó contactar con la tripulación.

    No obtuvo respuesta.

    Durante casi diez minutos el avión descendió de forma constante hacia los Alpes franceses mientras los pasajeros apenas comprendían lo que estaba ocurriendo.

    Cuando el terreno comenzó a aparecer por las ventanillas, los gritos inundaron la cabina.

    A las 10:50:05, el Airbus impactó contra la montaña a unos 700 kilómetros por hora.

    No hubo supervivientes.

    Las 150 personas murieron en el acto.

    La investigación, dirigida por la Oficina francesa de Investigación y Análisis para la Seguridad de la Aviación Civil (BEA), descartó rápidamente un fallo mecánico.

    Todo había sido deliberado.

    La gran pregunta era por qué.

    Andreas Lubitz tenía solo 27 años.

    Había nacido en Neuburg an der Donau y crecido en Montabaur, una tranquila localidad alemana.
    Procedía de una familia estable de clase media.
    Su padre era ingeniero y su madre profesora de piano.

    Desde muy joven soñó con volar.

    Ingresó en un club de vuelo sin motor cuando era adolescente y consiguió entrar en la prestigiosa escuela de pilotos de Lufthansa, un objetivo al alcance de muy pocos.

    Sin embargo, durante su formación apareció el primer aviso.

    En 2008 interrumpió sus estudios al sufrir un episodio grave de depresión con tendencias suicidas.
    Recibió tratamiento psiquiátrico durante varios meses y Lufthansa dejó constancia en su expediente de que debía someterse a controles médicos periódicos antes de continuar su carrera.

    Finalmente terminó su formación en Estados Unidos y comenzó a trabajar para Germanwings en 2013.

    Por fuera parecía haber recuperado la normalidad.

    Por dentro, la realidad era muy distinta.

    En los años previos al accidente visitó a decenas de médicos entre psiquiatras, neurólogos y oftalmólogos.
    Los investigadores contabilizaron más de cuarenta consultas médicas.

    Lubitz estaba convencido de que estaba perdiendo la vista.

    Sufría miodesopsias, las conocidas "moscas volantes", y desarrolló un miedo obsesivo a quedarse ciego.
    Aunque las pruebas médicas no detectaban una enfermedad que justificara esa preocupación, él creía que pronto perdería la licencia de piloto, el sueño que había perseguido desde niño.

    Ese temor fue creciendo hasta convertirse en una auténtica obsesión.

    Los registros encontrados tras la tragedia revelaron que, en las semanas anteriores, había buscado en internet información sobre métodos de suicidio y sobre el funcionamiento de las puertas blindadas de las cabinas de los Airbus A320.

    Los investigadores también descubrieron algo todavía más inquietante.

    Varios médicos le habían dado la baja laboral por considerar que no estaba en condiciones de volar.
    Uno de esos certificados cubría precisamente el día del accidente.

    Pero nunca llegó a la compañía.

    Lubitz rompió los partes médicos y los ocultó en su domicilio para que Germanwings no supiera que había sido declarado temporalmente no apto para trabajar.

    Durante la investigación también salió a la luz el testimonio de una antigua pareja.

    Según declaró, años antes él le había dicho una frase que, tras el accidente, adquirió un significado estremecedor:

    *"Un día haré algo que cambiará todo el sistema y entonces todo el mundo conocerá mi nombre."*

    Nunca pudo demostrarse cuál era exactamente su estado mental durante el vuelo, pero los especialistas concluyeron que sufría un grave trastorno psicológico que había permanecido oculto para la aerolínea.

    La tragedia también abrió un intenso debate sobre el secreto médico.

    En Alemania, los profesionales sanitarios estaban obligados a mantener la confidencialidad incluso cuando un paciente ejercía una profesión de enorme responsabilidad, salvo en circunstancias muy concretas.
    Ninguno de los médicos comunicó directamente a Germanwings la gravedad de la situación de Lubitz.

    Después del accidente, numerosas compañías aéreas modificaron sus protocolos.

    Muchas implantaron la norma de que nunca pudiera quedarse una sola persona en la cabina de mando y reforzaron los controles médicos y psicológicos de los pilotos.
    Aunque algunas aerolíneas han ajustado posteriormente esa medida tras nuevas evaluaciones de seguridad, el caso marcó un antes y un después en la forma de entender la salud mental en la aviación.

    Han pasado más de diez años desde aquel vuelo.

    Las familias de las víctimas continúan buscando respuestas que probablemente nunca llegarán.

    Lo que debía ser un viaje de rutina entre Barcelona y Düsseldorf terminó convirtiéndose en una de las mayores tragedias aéreas de Europa, causada no por un fallo técnico, ni por una tormenta, ni por un atentado, sino por la decisión consciente de la persona que, precisamente, tenía la responsabilidad de llevar a todos sanos y salvos hasta su destino.

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    youtube.com/watch?v=Ec9MGYef-3c

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