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¿Sabían que en la Edad Media existió una red de ciudades habitadas exclusivamente por mujeres que trabajaban de forma independiente y que la Iglesia perseguía por no querer casarse ni ser monjas?
A finales del siglo XII, en varias regiones de Europa y especialmente en la zona de Flandes, surgió un movimiento de mujeres solteras y viudas conocidas como las beguinas. Estas mujeres decidieron organizarse para vivir juntas en barrios cerrados llamados beaterios, los cuales contaban con sus propias casas, calles, huertos e iglesias, funcionando como pequeñas ciudades independientes dentro de las grandes urbes medievales. La gran diferencia con la sociedad de la época es que ellas no dependían económicamente de ningún hombre ni hacían votos religiosos permanentes, por lo que tenían la total libertad de abandonar la comunidad en el momento que quisieran para regresar a su vida anterior o contraer matrimonio.
Para mantenerse por sí mismas sin pedirle dinero a nadie, las beguinas tejían telas, cultivaban alimentos, confeccionaban el famoso encaje de bolillos y trabajaban de forma activa como maestras y enfermeras cuidando a los enfermos de los hospitales locales. Esta independencia económica y social resultó sumamente incómoda para las autoridades eclesiásticas del siglo XIV, ya que estas mujeres no encajaban en el modelo tradicional de esposa sumisa ni seguían la estricta disciplina de un convento de monjas. La desconfianza de la Iglesia hacia este estilo de vida libre provocó persecuciones muy severas bajo acusaciones de herejía, siendo el caso más documentado el de la escritora francesa Margarita Porete, quien fue condenada y quemada en la hoguera en la ciudad de París el 1 de junio de 1310 por negarse a destruir su libro titulado El espejo de las almas simples.
A pesar de la violencia y el constante rechazo de los sectores más conservadores, muchas de estas comunidades lograron sobrevivir a lo largo del tiempo gracias al enorme apoyo de los habitantes y de los gobiernos de las ciudades donde residían. El Beaterio de Brujas, en Bélgica, es uno de los ejemplos más famosos de esta resistencia histórica, manteniendo sus puertas abiertas y su organización comunitaria intacta durante más de 700 años hasta que la última beguina que habitó el recinto de forma tradicional falleció en el año 1927.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
Alt text via @altbot y @TeLoDescribot
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𝑪𝒖𝒓𝒊𝒐𝒔𝒊𝒅𝒂𝒅𝒆𝒔
Paseando por Brujas es fácil quedarse embobado con sus canales, sus puentes y sus casas medievales.
Pero hay un rincón que esconde una historia muy distinta.
Un lugar donde, hace casi ocho siglos, las mujeres decidieron vivir sin depender de un marido ni encerrarse para siempre en un convento.
Ese lugar es el Beaterio de Brujas (Begijnhof Ten Wijngaarde).A primera vista parece un remanso de paz, con sus casitas blancas, sus árboles y un silencio que sorprende.
Sin embargo, durante la Edad Media fue una pequeña ciudad habitada únicamente por mujeres que desafiaron, a su manera, las normas de su tiempo.Las beguinas aparecieron en Europa a finales del siglo XII y principios del XIII.
Eran, en su mayoría, mujeres solteras o viudas que querían llevar una vida de recogimiento, trabajo y ayuda a los demás, pero sin ingresar en una orden religiosa.Y ahí estaba la gran diferencia.
No hacían votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia como las monjas.
Si en algún momento cambiaban de opinión, podían abandonar la comunidad, recuperar su vida anterior e incluso casarse.
Aquello era algo completamente inusual para la época.Eran mujeres profundamente religiosas, pero también independientes.
Las beguinas no dependían económicamente de ningún hombre.
Se mantenían gracias a su esfuerzo diario.Cultivaban pequeños huertos, confeccionaban ropa, hilaban lana, tejían telas y, sobre todo en Flandes, elaboraban el famoso encaje de bolillos que hizo célebre a Brujas durante siglos.
Además, muchas trabajaban como enfermeras, cuidadoras o maestras, atendiendo a enfermos, ancianos y personas necesitadas de la ciudad.
Su forma de vida demostraba que una mujer podía mantenerse por sí misma en una época en la que eso era casi impensable.
El Beaterio estaba rodeado por canales, muros y una gran puerta de acceso.
Al caer la noche, esa puerta se cerraba.
En su interior había casas, jardines, una iglesia, patios y todos los espacios necesarios para la vida diaria.
Era casi una pequeña ciudad independiente donde solo vivían mujeres.No era una fortaleza militar, pero sí un lugar pensado para ofrecer seguridad en una época en la que viajar sola o vivir sin la protección de un hombre podía ser muy peligroso.
¿Por qué despertaban tantas sospechas?
Precisamente porque rompían con el modelo tradicional.
No eran esposas.
No eran monjas.
No obedecían directamente a un marido ni seguían la disciplina estricta de una orden religiosa.
Esa independencia hizo que algunos sectores de la Iglesia las miraran con desconfianza.
En varias ocasiones fueron acusadas de difundir ideas consideradas heréticas y algunas comunidades de beguinas sufrieron persecuciones.
La más conocida fue Margarita Porete, una beguina francesa que fue condenada por herejía y quemada en la hoguera en París en 1310 por negarse a retractarse de su obra "El espejo de las almas simples".Aun así, muchas comunidades lograron sobrevivir durante siglos gracias al apoyo de las ciudades donde residían.
El Beaterio de Brujas siguió habitado por beguinas hasta bien entrado el siglo XX.
La última beguina que vivió allí falleció en 1927.
Desde entonces, el lugar pasó a ser ocupado por una comunidad de monjas benedictinas, que todavía mantienen vivo su ambiente de recogimiento.En 1998, el Beaterio de Brujas, junto con otros doce beaterios flamencos, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, como reconocimiento a un modelo de vida único en la Europa medieval.
Hoy, algunas antiguas viviendas vinculadas a estos históricos beaterios —aunque no las que forman parte del recinto protegido de Brujas— se han transformado en pequeños hoteles y acogedores Bed & Breakfast. Dormir en una de esas casas permite imaginar cómo era la vida de aquellas mujeres que, hace más de setecientos años, decidieron escribir su propia historia cuando casi nadie esperaba que pudieran hacerlo.
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