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  1. 🧿 𝑬𝒍 𝒔𝒆𝒄𝒓𝒆𝒕𝒐 𝒅𝒆𝒍 𝑼-𝟓𝟎𝟓 🧿

    «Yo iré», dijo en voz baja.

    Y con esas dos palabras dio un paso hacia una muerte que parecía segura.

    El U-505 se estaba muriendo.

    El submarino alemán se balanceaba entre las olas del Atlántico, frente a África occidental, con el casco destrozado y el agua entrando a raudales en sus entrañas.
    En algún lugar de aquella oscuridad, las cargas de hundimiento colocadas por su propia tripulación seguían activadas.
    Explosivos preparados para volarlo antes de que los estadounidenses pudieran apoderarse de él.

    Todos los marineros del USS Pillsbury sabían lo que eso significaba.
    En segundos, quizá en minutos, aquel submarino podía convertirse en una tumba de acero y fuego.

    La decisión sensata era evidente: mantenerse atrás, observar desde una distancia segura y dejar que se hundiera.

    El teniente Albert David decidió lo contrario.

    No era un novato temerario.
    Era un oficial joven, sí, pero con años de servicio a sus espaldas.
    Nadie le habría reprochado quedarse atrás o esperar a que otro se ofreciera.
    Pero David entendía algo que los demás también intuían.

    Aquel no era un submarino cualquiera.

    Dentro de aquella trampa mortal que se hundía podía haber algo que los Aliados necesitaban desesperadamente: libros de claves alemanes, material de comunicaciones, documentos navales… tal vez incluso una máquina Enigma, el sistema que el alto mando nazi utilizaba para cifrar sus órdenes más secretas.

    El tipo de información capaz de revelar planes enemigos, anticipar manadas de submarinos y salvar miles de vidas en los convoyes del Atlántico.

    ¿Valía la pena arriesgar la vida por ello?

    David no dudó demasiado.

    Reunió a un pequeño grupo de abordaje y subió a una lancha neumática. Las olas de aquel junio de 1944 los lanzaban hacia el U-505 como si fueran juguetes.
    La sal les cegaba los ojos y el olor a combustible y explosivos llenaba el aire.

    Cuando alcanzaron el submarino, este se inclinaba peligrosamente.
    El agua mezclada con aceite corría por la cubierta.
    Bajo sus pies, en algún lugar del casco, las cargas de hundimiento seguían siendo una amenaza.

    David encontró la escotilla principal y miró hacia abajo.

    Solo oscuridad.

    El aire que subía desde el interior apestaba a sudor, agua de mar y miedo.
    Cables chisporroteaban.
    El submarino crujía como un animal herido.

    Y aun así bajó.

    El interior era un laberinto asfixiante de tuberías, relojes y maquinaria.
    Todo estaba rotulado en alemán.
    El agua goteaba sin parar y el casco vibraba como si en cualquier momento fuese a rendirse.

    «¡Busquen las válvulas de inundación!», gritó.

    Su equipo se movió a tientas por la penumbra.
    Las manos temblaban, no solo por el miedo, sino por la adrenalina.
    Cada segundo contaba.

    Finalmente las encontraron.

    Cerraron las válvulas y el agua dejó de entrar con la misma violencia.
    Poco a poco, el submarino dejó de hundirse.

    Pero el peligro aún no había terminado.

    Las cargas seguían activas.

    David avanzó más hacia el interior del submarino.
    Pasó junto a los tubos lanzatorpedos y compartimentos donde la tripulación alemana había dejado comidas a medio terminar y literas desordenadas.
    Habían abandonado el barco con tanta prisa que dejaron casi todo atrás.

    Incluido exactamente lo que David había ido a buscar.

    En la sala de radio aparecieron los verdaderos premios de guerra: libros de claves, cartas navales, equipos de radio y material de cifrado alemán de enorme valor.

    Entre ellos, documentación fundamental para descifrar comunicaciones navales.

    Las manos de David temblaron al recoger aquellos documentos.
    Aquello podía cambiar mucho más que una batalla.
    Podía ayudar a los criptoanalistas aliados a leer mensajes alemanes, anticipar ataques de submarinos y proteger convoyes enteros.

    Pero antes había que asegurarse de que el U-505 no explotara.

    El tiempo corría.

    Entonces David escuchó un ruido extraño procedente de la sala de máquinas.

    Se abrió paso por un pasillo tan estrecho que apenas cabían sus hombros.
    Allí, entre la maquinaria, localizaron el problema y trabajaron con rapidez para neutralizar lo que aún amenazaba el submarino.

    El ruido cesó.

    El silencio llenó el interior del U-505.

    El submarino ya no era alemán.

    Ahora era suyo.

    Mientras el USS Guadalcanal y su grupo de escolta remolcaban el submarino capturado hacia Bermudas, bajo el más estricto secreto y en completo silencio de radio, David aún no podía imaginar la magnitud de lo que habían conseguido.

    La captura del U-505 fue uno de los secretos mejor guardados de la Segunda Guerra Mundial.
    Si los alemanes descubrían que el submarino había sido capturado intacto, podrían sospechar que sus códigos estaban comprometidos.

    Así que el silencio era vital.

    Dentro del submarino había algo más que un trofeo de guerra: el libro de direcciones de la cuadrícula naval alemana, tablas de claves y material relacionado con el sistema de cifrado Enigma, esa compleja máquina con rotores móviles y panel de clavijas que protegía las comunicaciones del Tercer Reich.

    Toda esa información ayudaría a los Aliados a explotar mejor las comunicaciones navales alemanas durante el resto de la guerra.

    Convoyes salvados.
    Ataques evitados.
    Vidas preservadas.

    Por sus acciones aquel día, Albert David recibió la Medalla de Honor, la máxima condecoración militar de Estados Unidos.

    De manera póstuma.

    Y ahí aparece uno de esos giros irónicos que la historia a veces tiene.

    David sobrevivió a la misión más peligrosa de su vida dentro de aquel submarino que podía haber explotado en cualquier momento… pero murió el 17 de septiembre de 1945, apenas unos días después de terminar la guerra, a causa de un ataque al corazón.

    Tenía solo 33 años.

    Hoy, el U-505 se conserva en el Museo Griffin de Ciencia e Industria de Chicago.
    Cada año cientos de miles de visitantes recorren sus estrechos pasillos, tocan las mismas tuberías que David tocó y se detienen en los mismos compartimentos donde él trabajó.

    La mayoría nunca escucha su nombre.

    Y deberían.

    Porque Albert David no solo ayudó a capturar un submarino enemigo aquel día.

    Aferró una oportunidad cuando todo parecía perdido.
    Eligió el valor cuando la prudencia aconsejaba lo contrario.

    Hizo lo que había que hacer sabiendo que el precio podía ser absoluto.

    Algunos héroes tienen estatuas.

    Otros simplemente dan un paso al frente cuando alguien pregunta:

    «¿Quién está dispuesto a ir?»

    Y a veces, el mundo cambia porque alguien responde.

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    🎬 𝘜-571 (2000)
    ▪️𝘛𝘪́𝘵𝘶𝘭𝘰 𝘰𝘳𝘪𝘨𝘪𝘯𝘢𝘭: 𝘜-571
    ▪️𝘋𝘪𝘳𝘦𝘤𝘤𝘪𝘰́𝘯: 𝘑𝘰𝘯𝘢𝘵𝘩𝘢𝘯 𝘔𝘰𝘴𝘵𝘰𝘸
    ▪️𝘗𝘢𝘪́𝘴: 𝘌𝘴𝘵𝘢𝘥𝘰𝘴 𝘜𝘯𝘪𝘥𝘰𝘴
    ▪️𝘙𝘦𝘱𝘢𝘳𝘵𝘰: 𝘔𝘢𝘵𝘵𝘩𝘦𝘸 𝘔𝘤𝘊𝘰𝘯𝘢𝘶𝘨𝘩𝘦𝘺, 𝘏𝘢𝘳𝘷𝘦𝘺 𝘒𝘦𝘪𝘵𝘦𝘭, 𝘑𝘰𝘯 𝘉𝘰𝘯 𝘑𝘰𝘷𝘪, 𝘉𝘪𝘭𝘭 𝘗𝘢𝘹𝘵𝘰𝘯, 𝘋𝘢𝘷𝘪𝘥 𝘒𝘦𝘪𝘵𝘩, 𝘛𝘩𝘰𝘮𝘢𝘴 𝘒𝘳𝘦𝘵𝘴𝘤𝘩𝘮𝘢𝘯𝘯, 𝘞𝘪𝘭𝘭 𝘌𝘴𝘵𝘦𝘴 𝘺 𝘑𝘢𝘬𝘦 𝘞𝘦𝘣𝘦𝘳.
    ▪️𝘚𝘪𝘯𝘰𝘱𝘴𝘪𝘴: 𝘌𝘯 𝘱𝘭𝘦𝘯𝘢 𝘚𝘦𝘨𝘶𝘯𝘥𝘢 𝘎𝘶𝘦𝘳𝘳𝘢 𝘔𝘶𝘯𝘥𝘪𝘢𝘭, 𝘶𝘯 𝘴𝘶𝘣𝘮𝘢𝘳𝘪𝘯𝘰 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘥𝘰𝘶𝘯𝘪𝘥𝘦𝘯𝘴𝘦 𝘳𝘦𝘤𝘪𝘣𝘦 𝘭𝘢 𝘮𝘪𝘴𝘪𝘰́𝘯 𝘥𝘦 𝘢𝘣𝘰𝘳𝘥𝘢𝘳 𝘶𝘯 𝘴𝘶𝘣𝘮𝘢𝘳𝘪𝘯𝘰 𝘢𝘭𝘦𝘮𝘢𝘯 𝘢𝘷𝘦𝘳𝘪𝘢𝘥𝘰 𝘺 𝘩𝘢𝘤𝘦𝘳𝘴𝘦 𝘤𝘰𝘯 𝘴𝘶 𝘮𝘢𝘲𝘶𝘪𝘯𝘢 𝘌𝘯𝘪𝘨𝘮𝘢, 𝘶𝘵𝘪𝘭𝘪𝘻𝘢𝘥𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘰𝘴 𝘯𝘢𝘻𝘪𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘤𝘪𝘧𝘳𝘢𝘳 𝘴𝘶𝘴 𝘤𝘰𝘮𝘶𝘯𝘪𝘤𝘢𝘤𝘪𝘰𝘯𝘦𝘴.
    𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘭𝘢 𝘰𝘱𝘦𝘳𝘢𝘤𝘪𝘰́𝘯 𝘴𝘦 𝘤𝘰𝘮𝘱𝘭𝘪𝘤𝘢 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘭𝘰𝘴 𝘩𝘰𝘮𝘣𝘳𝘦𝘴 𝘲𝘶𝘦𝘥𝘢𝘯 𝘢𝘵𝘳𝘢𝘱𝘢𝘥𝘰𝘴 𝘢 𝘣𝘰𝘳𝘥𝘰 𝘥𝘦 𝘶𝘯 𝘴𝘶𝘣𝘮𝘢𝘳𝘪𝘯𝘰 𝘦𝘯𝘦𝘮𝘪𝘨𝘰 𝘺 𝘥𝘦𝘣𝘦𝘯 𝘴𝘰𝘣𝘳𝘦𝘷𝘪𝘷𝘪𝘳 𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢𝘴 𝘪𝘯𝘵𝘦𝘯𝘵𝘢𝘯 𝘭𝘭𝘦𝘷𝘢𝘳𝘴𝘦 𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘦𝘤𝘪𝘢𝘥𝘰 𝘥𝘪𝘴𝘱𝘰𝘴𝘪𝘵𝘪𝘷𝘰.
    ▪️𝘋𝘢𝘵𝘰 𝘤𝘶𝘳𝘪𝘰𝘴𝘰: 𝘓𝘢 𝘱𝘦𝘭𝘪́𝘤𝘶𝘭𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘪𝘯𝘴𝘱𝘪𝘳𝘢𝘥𝘢 𝘦𝘯 𝘩𝘦𝘤𝘩𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘢𝘭𝘦𝘴 𝘳𝘦𝘭𝘢𝘤𝘪𝘰𝘯𝘢𝘥𝘰𝘴 𝘤𝘰𝘯 𝘭𝘢 𝘤𝘢𝘱𝘵𝘶𝘳𝘢 𝘥𝘦 𝘮𝘢𝘲𝘶𝘪𝘯𝘢𝘴 𝘌𝘯𝘪𝘨𝘮𝘢 𝘺 𝘥𝘰𝘤𝘶𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰𝘴 𝘢𝘭𝘦𝘮𝘢𝘯𝘦𝘴, 𝘱𝘦𝘳𝘰 𝘭𝘢 𝘩𝘪𝘴𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢 𝘥𝘦 𝘜-571 𝘺 𝘴𝘶𝘴 𝘱𝘳𝘰𝘵𝘢𝘨𝘰𝘯𝘪𝘴𝘵𝘢𝘴 𝘦𝘴 𝘧𝘪𝘤𝘵𝘪𝘤𝘪𝘢. 𝘓𝘢 𝘱𝘦𝘭𝘪́𝘤𝘶𝘭𝘢 𝘨𝘦𝘯𝘦𝘳𝘰́ 𝘣𝘢𝘴𝘵𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘱𝘰𝘭𝘦́𝘮𝘪𝘤𝘢 𝘦𝘯 𝘙𝘦𝘪𝘯𝘰 𝘜𝘯𝘪𝘥𝘰 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘢𝘵𝘳𝘪𝘣𝘶𝘺𝘰́ 𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘥𝘰𝘶𝘯𝘪𝘥𝘦𝘯𝘴𝘦𝘴 𝘶𝘯𝘢 𝘤𝘢𝘱𝘵𝘶𝘳𝘢 𝘥𝘦 𝘌𝘯𝘪𝘨𝘮𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘩𝘪𝘴𝘵𝘰́𝘳𝘪𝘤𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘧𝘶𝘦 𝘳𝘦𝘢𝘭𝘪𝘻𝘢𝘥𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘮𝘢𝘳𝘪𝘯𝘰𝘴 𝘣𝘳𝘪𝘵𝘢𝘯𝘪𝘤𝘰𝘴.
    ▪️𝘗𝘳𝘦𝘮𝘪𝘰𝘴: 🏆 𝘎𝘢𝘯𝘰́ 𝘦𝘭 𝘖́𝘴𝘤𝘢𝘳 𝘢𝘭 𝘮𝘦𝘫𝘰𝘳 𝘮𝘰𝘯𝘵𝘢𝘫𝘦 𝘥𝘦 𝘴𝘰𝘯𝘪𝘥𝘰.

    youtu.be/kw9USRFkW38

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  2. Esteban Pérez Bolívar @estebanperezbolivar.wordpress.com@estebanperezbolivar.wordpress.com ·

    CINE Y MAR III – LA VERDAD TRAS LA MENTIRA

    El tercer largometraje de la exitosa saga Aeropuerto —centrada en desastres aéreos— presentó un percance tan espectacular como imposible: el hundimiento de un Boeing 747 cuyos ocupantes quedan atrapados, con vida, dentro del avión.

    El filme fue un gran éxito internacional

    En los foros sobre la película surgidos a lo largo de los años se comenta que una situación semejante sería extremadamente improbable. Entre las razones está la presión del agua, que comprometería el fuselaje e inundaría el interior. Pero también existe el argumento contrario: un avión presurizado y sin vías de agua se comportaría, en cierto modo, como un gigantesco flotador con forma de avión y tendría dificultades para hundirse.

    Eso sin tomar en cuenta el oxímoron que representa la expresión «amerizaje sin averías». Ningún amerizaje deja un avión en perfecto estado, ni siquiera el famoso caso del río Hudson retratado en el filme Sully.

    En síntesis, lo de que un 747 se hunda en casi perfecto estado y que sus pasajeros sobrevivan durante horas dentro es… ¡mentira!

    El 747 hundido visto desde un A6 Intruder de la US Navy

    Las películas de desastres no son documentales. Necesitan exagerar, simplificar y, en ocasiones, desafiar abiertamente las leyes de la física.

    Lo curioso es que los propios productores de Aeropuerto 77 lo reconocen… ¡en la propia película!

    Justo antes de los créditos finales aparece un texto que dice:

    «El incidente presentado en este filme es ficticio; las capacidades de rescate de la US Navy son reales.»

    Esa frase fue la chispa que originó este tercer artículo de la serie «Cine y Mar».

    Porque Aeropuerto 77 contó con la colaboración de la US Navy, que puso a disposición de la producción barcos, buzos y equipos especializados en rescate submarinos.

    Así que vamos a olvidarnos por un momento del drama del amerizaje, de los pasajeros atrapados y de las inevitables licencias cinematográficas.

    Vamos a fijarnos en lo que ocurre después.

    Porque cuando llega el momento de rescatar el avión hundido, Hollywood empieza a contar una historia mucho más real.

    ¿Por qué viajar hasta finales de los años 70?

    Porque las capacidades actuales de la US Navy para rescatar submarinos y sus tripulaciones resultan, vistas desde aquella época, casi increíbles: drones, sistemas autónomos, vehículos operados remotamente, sensores y cálculos de flotabilidad realizados con una precisión inimaginable para los pioneros del salvamento submarino.

    Pero todo ese desarrollo tecnológico tiene antecedentes.

    El primer submarino que perdió la US Navy en el siglo XX fue el USS F-4, hundido en aguas de Hawái en 1915.

    Arriba, plano de los submarinos de la serie F. Abajo, el esquema del exclusivo 747 del millonario Phillip Stevens, dueño de la Corporación Stevens, mostrado a los pasajeros por una aeromoza

    Allí comienza también una historia de aprendizaje porque la lista de submarinos norteamericanos perdidos por accidentes o colisiones no es corta. Cada accidente obligó a la US Navy a aprender y perfeccionar sus procedimientos para rescatar a las tripulaciones —si permanecían con vida— y, cuando eso ya no era posible, recuperar los cuerpos y el propio submarino.

    Uno de los grandes avances llegó precisamente con el F-4: los pontones.

    Los pontones eran enormes cilindros metálicos que se llenaban de agua. Se colocaban por parejas, unidos por cadenas, a ambos lados del submarino hundido.

    Una vez situados en posición, se expulsaba el agua y se introducía aire.

    Ilustración de la época que muestra el reflotamiento y remolque a puerto del F-4

    El resultado era sencillo en su principio y extraordinariamente complejo en su ejecución: aumentar la flotabilidad hasta conseguir que el submarino ascendiera.

    El sistema se mantuvo durante décadas. En 1939, por ejemplo, el USS Squalus también fue reflotado mediante pontones.

    Con el paso del tiempo, los materiales evolucionaron y los grandes cilindros metálicos fueron sustituidos por bolsas de aire.

    El principio, sin embargo, seguía siendo exactamente el mismo: colocar bolsas a ambos lados del objeto hundido, unirlas mediante resistentes cinchas que pasan por debajo del casco y llenarlas de aire.

    Aquí es donde Aeropuerto 77 deja de ser una película de desastres para mostrar escenas reales de rescate submarino.

    Buzos reales de la US Navy colocan las bolsas de aire alrededor del fuselaje del 747

    Hay incluso un detalle especialmente interesante.

    Una secuencia muestra a los buzos utilizando una lanza curva para abrirse paso bajo el fuselaje.

    Un buzo sostiene la lanza curva

    Otro buzo acopla un alargador a medida que la lanza se abre paso bajo el fuselaje

    Una vez alcanzado el otro lado, se pasa la cincha, se unen las bolsa y…

    … se inicia su llenado con aire

    La herramienta formaba parte del equipo empleado en las operaciones de salvamento de aquella época. Una boquilla situada en su extremo expulsaba aire para remover la arena o el limo y permitir que la lanza avanzara por debajo del casco.

    Después, otro buzo va añadiendo extensiones hasta conseguir atravesar completamente por debajo del avión.

    Una vez alcanzado el otro lado, se pasa la cincha; se unen las bolsas y se sopla aire dentro hasta que… ¡el 747 empieza a subir!

    Lo mismo habría ocurrido con un submarino.

     Finalmente, el avión alcanza la superficie y comienza la angustiosa evacuación de los pasajeros.

    Tras este apogeo -nunca mejor dicho- Aeropuerto 77 vuelve a hacer lo que mejor sabían hacer las películas de desastres de los años 70, llevar la realidad hasta el límite… ¡y superarlo!, porque el hundimiento final del 747 es ficticio. Jamás habría durado tanto tiempo en la superficie pero, de lo contrario los espectadores no habrían apretado los reposabrazos de las butacas hasta arrancarles el tapizado.

    Los botes; equipos y buzos eran de la US Navy

    Jack Lemmon —piloto del 747— salva in extremis a su amada

    Lo importante es que los procedimientos empleados para intentar devolverlo a la superficie no son ficticios, que es, para mí, lo más interesante de esta película.

    La película miente sobre el accidente, pero dice la verdad sobre el rescate.

    Quizá esa sea una de las cosas más fascinantes del cine: incluso cuando inventa una catástrofe imposible, puede mostrarnos una tecnología real, un procedimiento auténtico o una historia que merece ser conocida.

    Arriba, despliegue de la US Navy para reflotar al USS Squalus (1939). Abajo, despliegue de la US Navy para reflotar al 747 del filme

    En Aeropuerto 77, detrás de un Boeing 747 hundido en la ficción, encontramos casi medio siglo de experiencia de la US Navy en una de las disciplinas más difíciles de la ingeniería naval: encontrar, alcanzar y devolver a la superficie lo que yace bajo el mar.

    Pero hay una última conexión que me gustaría añadir.

    La siguiente fotografía fue tomada en 1939, durante las operaciones de rescate del USS Squalus. En ella aparece otro submarino: el USS Sculpin.

    USS Sculpin durante las operaciones para reflotar al USS Squalus, en 1939. El submarino, gemelo del accidentado, sirvió como referencia durante los trabajos de rescate

    El Sculpin era gemelo del Squalus y permaneció en la zona durante la operación de salvamento. Su semejanza con el submarino accidentado permitió utilizarlo como modelo para resolver algunos de los problemas técnicos de la operación, entre ellos el delicado acoplamiento de la campana de rescate que permitió salvar a parte de la tripulación del Squalus.

    Cuando encontré esta fotografía, difícilmente podía imaginar que aquel submarino acabaría teniendo un papel tan importante en mi propia obra ya que el USS Sculpin es el protagonista de mi novela Silencio en el Pacífico: El comodoro, el submarino y la Batalla de Tarawa.

    La novela comienza en noviembre de 1943, cuando el Sculpin recibe la misión de interceptar un convoy japonés mientras a bordo viaja el comodoro John P. Cromwell, depositario de secretos que no pueden caer en manos del enemigo. A partir de ahí, la historia conduce a su tripulación hasta uno de los episodios más dramáticos de la guerra submarina en el Pacífico.

    Así que esta fotografía tiene para mí un significado especial.

    El Sculpin mostrado en este artículo todavía está en 1939, participando en una exitosa operación de salvamento de la historia de la US Navy.

    Cuatro años después, el mismo submarino y su tripulación se encontrarían al otro lado de la trama, ya no como salvadores, sino como hombres que podrían necesitar ser salvados.

    Pero, esa es otra historia… Historia que cuento en Silencio en el Pacífico.

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