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El algoritmo silencioso: Los nuevos catálogos que deciden lo que es verdad y lo que podemos ver en la red
Cuando platicamos sobre la historia del Index Librorum Prohibitorum, ese viejo catálogo con el que la Iglesia vigilaba y prohibía libros en el siglo XVI, nos suele parecer algo muy lejano en el tiempo. Pensamos en censores revisando estantes, confiscando rollos y quemando textos en las plazas públicas como una muestra de control absoluto que ya quedó en el pasado. Sin embargo, si miramos con atención la forma en que consumimos información hoy en día en internet, se vuelve evidente que los grandes buscadores y las plataformas tecnológicas actuales están aplicando un sistema muy similar para resguardar sus propios intereses económicos y políticos.
La gran diferencia entre el pasado y el presente es el método. La censura de la Iglesia era directa, ruidosa y transparente en su prohibición; te decían con nombre y apellido qué autor no podías leer bajo la amenaza de la excomunión. Hoy, las empresas que controlan los principales motores de búsqueda no necesitan emitir decretos ni borrar páginas web de forma explícita. Les basta con modificar un par de líneas en su código y alterar el algoritmo para enviar un artículo independiente, un blog de opinión o una investigación incómoda a la página diez o cincuenta de los resultados de búsqueda. En la práctica, volver un sitio invisible para el 99% de los usuarios de internet tiene exactamente el mismo efecto que haberlo quemado en una plaza pública en el siglo XVI.
A este control algorítmico se le suma el factor del dinero y el negocio publicitario. En los catálogos modernos de la red existe una regla que la Iglesia nunca permitió: la visibilidad al mejor postor. Quien tiene el capital suficiente puede pagar tarifas altísimas para que sus narrativas, productos o visiones del mundo se mantengan fijas en los primeros lugares de las pantallas, mientras que las voces comunes y las opciones alternativas quedan sepultadas bajo toneladas de contenido patrocinado. Ya no se protege el monopolio de la fe, sino el monopolio del mercado y el flujo de clics que genera ganancias. El entender que la relevancia en nuestras pantallas está completamente manipulada es el primer paso para buscar alternativas fuera de los jardines amurallados de las grandes corporaciones.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
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