#balduinoiv — Public Fediverse posts
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Las cosechas habían sido malas y una fuerte sequía castigaba la región.
En 1180 acordaron una tregua.
Durante ese tiempo se permitió el paso de comerciantes y caravanas entre ambos territorios, algo fundamental para la economía de la zona.
Parecía que, al menos durante un tiempo, la paz sería posible.
Pero había un hombre dispuesto a destruir cualquier intento de entendimiento.
Reinaldo de Châtillon, el hombre que incendió Oriente
Si hubo alguien capaz de sacar de quicio incluso a Saladino, ese fue Reinaldo de Châtillon.
Era uno de los nobles más temidos del Reino de Jerusalén.
Valiente en combate, sí.
Pero también impulsivo, brutal y completamente imprevisible.
Había pasado años prisionero de los musulmanes y, tras recuperar la libertad, juró no volver a respetar ningún acuerdo con ellos.
Mientras la tregua seguía vigente, atacó caravanas musulmanas que viajaban bajo protección diplomática, saqueó mercancías y capturó viajeros.
Incluso llegó a amenazar con atacar La Meca y Medina, las dos ciudades más sagradas del islam.
Para Saladino aquello fue una provocación intolerable.
Envió protestas al rey Balduino exigiendo justicia.
El problema era que el monarca ya apenas podía gobernar.
La lepra seguía destruyendo lentamente el cuerpo del rey.
Primero perdió la sensibilidad.
Después dejó de poder utilizar una mano.
Más tarde comenzaron los problemas de visión.
Finalmente quedó prácticamente ciego y necesitaba ayuda incluso para subir al caballo.
Aun así continuó tomando decisiones políticas y militares siempre que su salud se lo permitió.
Consciente de que su muerte estaba cerca, intentó asegurar la sucesión para evitar una guerra civil.
No lo consiguió.
Las luchas entre las distintas familias nobles continuaban mientras la salud del rey empeoraba día tras día.
El 16 de marzo de 1185, Balduino IV murió en Jerusalén.
Tenía apenas veinticuatro años.
Nunca se casó.
Nunca tuvo hijos.
Toda su vida estuvo marcada por una enfermedad que, lejos de convertirlo en un rey débil, hizo de él uno de los gobernantes más admirados de las Cruzadas.
Fue enterrado en la Iglesia del Santo Sepulcro, el lugar más sagrado del cristianismo.
Con su muerte desaparecía el principal obstáculo que había frenado durante años el avance de Saladino.
Dos años después llegó el momento que llevaba décadas esperando.
En 1187 derrotó de forma aplastante al ejército cruzado en la batalla de Hattin.
Aquella victoria abrió el camino hacia Jerusalén.
La ciudad cayó pocos meses después.
A diferencia de la conquista cristiana de 1099, cuando gran parte de la población musulmana y judía fue masacrada, Saladino permitió que muchos habitantes rescataran su libertad pagando un rescate y evitó una matanza generalizada, aunque también tomó miles de prisioneros.
Eso no significa que fuera un gobernante perfecto.
Tras Hattin ordenó ejecutar a numerosos Caballeros Templarios y Hospitalarios capturados, al considerarlos guerreros religiosos demasiado peligrosos para dejarlos con vida.
Tampoco olvidó su promesa respecto a Reinaldo de Châtillon.
El propio Saladino lo ejecutó personalmente por haber violado repetidamente las treguas y atacar las caravanas musulmanas.
Dos enemigos unidos por la historia
Las crónicas musulmanas cuentan que, cuando Saladino supo de la muerte de Balduino IV, no celebró la desaparición de su mayor enemigo.
Al contrario.
Reconoció públicamente el valor de aquel joven rey que, pese a la lepra, había conseguido contener durante más de una década al ejército más poderoso de Oriente.
Quizá esa sea la mayor prueba del respeto que existió entre ambos.
Uno gobernó mientras su cuerpo se consumía lentamente.
El otro construyó uno de los mayores imperios del mundo islámico.
Lucharon por Jerusalén desde bandos opuestos, pero ambos pasaron a la historia como dos de los estrategas más brillantes y carismáticos de las Cruzadas.
Más de ocho siglos después, Balduino IV y Saladino siguen siendo el ejemplo de que incluso entre enemigos puede existir admiración...
Saladino sobrevivió ocho años a Balduino IV.
Tras conquistar Jerusalén en 1187 y convertirse en el hombre más poderoso de Oriente Próximo, pasó sus últimos años intentando mantener unido su inmenso imperio.
Murió el 4 de marzo de 1193 en Damasco, probablemente a causa de unas fuertes fiebres provocadas por la fiebre tifoidea o alguna enfermedad infecciosa similar.
Tenía unos 55 o 56 años.
Su muerte sorprendió a muchos porque, pese a haber gobernado un imperio que se extendía desde Egipto hasta Siria, apenas dejó riquezas personales.
Las crónicas cuentan que había repartido gran parte de su fortuna entre los pobres, los soldados y obras benéficas, hasta el punto de que no quedaba dinero suficiente para costear un entierro acorde a su rango.
Hoy sigue enterrado junto a la Gran Mezquita de los Omeyas, en Damasco, donde su tumba continúa siendo un lugar de enorme valor histórico.▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣
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Las cosechas habían sido malas y una fuerte sequía castigaba la región.
En 1180 acordaron una tregua.
Durante ese tiempo se permitió el paso de comerciantes y caravanas entre ambos territorios, algo fundamental para la economía de la zona.
Parecía que, al menos durante un tiempo, la paz sería posible.
Pero había un hombre dispuesto a destruir cualquier intento de entendimiento.
Reinaldo de Châtillon, el hombre que incendió Oriente
Si hubo alguien capaz de sacar de quicio incluso a Saladino, ese fue Reinaldo de Châtillon.
Era uno de los nobles más temidos del Reino de Jerusalén.
Valiente en combate, sí.
Pero también impulsivo, brutal y completamente imprevisible.
Había pasado años prisionero de los musulmanes y, tras recuperar la libertad, juró no volver a respetar ningún acuerdo con ellos.
Mientras la tregua seguía vigente, atacó caravanas musulmanas que viajaban bajo protección diplomática, saqueó mercancías y capturó viajeros.
Incluso llegó a amenazar con atacar La Meca y Medina, las dos ciudades más sagradas del islam.
Para Saladino aquello fue una provocación intolerable.
Envió protestas al rey Balduino exigiendo justicia.
El problema era que el monarca ya apenas podía gobernar.
La lepra seguía destruyendo lentamente el cuerpo del rey.
Primero perdió la sensibilidad.
Después dejó de poder utilizar una mano.
Más tarde comenzaron los problemas de visión.
Finalmente quedó prácticamente ciego y necesitaba ayuda incluso para subir al caballo.
Aun así continuó tomando decisiones políticas y militares siempre que su salud se lo permitió.
Consciente de que su muerte estaba cerca, intentó asegurar la sucesión para evitar una guerra civil.
No lo consiguió.
Las luchas entre las distintas familias nobles continuaban mientras la salud del rey empeoraba día tras día.
El 16 de marzo de 1185, Balduino IV murió en Jerusalén.
Tenía apenas veinticuatro años.
Nunca se casó.
Nunca tuvo hijos.
Toda su vida estuvo marcada por una enfermedad que, lejos de convertirlo en un rey débil, hizo de él uno de los gobernantes más admirados de las Cruzadas.
Fue enterrado en la Iglesia del Santo Sepulcro, el lugar más sagrado del cristianismo.
Con su muerte desaparecía el principal obstáculo que había frenado durante años el avance de Saladino.
Dos años después llegó el momento que llevaba décadas esperando.
En 1187 derrotó de forma aplastante al ejército cruzado en la batalla de Hattin.
Aquella victoria abrió el camino hacia Jerusalén.
La ciudad cayó pocos meses después.
A diferencia de la conquista cristiana de 1099, cuando gran parte de la población musulmana y judía fue masacrada, Saladino permitió que muchos habitantes rescataran su libertad pagando un rescate y evitó una matanza generalizada, aunque también tomó miles de prisioneros.
Eso no significa que fuera un gobernante perfecto.
Tras Hattin ordenó ejecutar a numerosos Caballeros Templarios y Hospitalarios capturados, al considerarlos guerreros religiosos demasiado peligrosos para dejarlos con vida.
Tampoco olvidó su promesa respecto a Reinaldo de Châtillon.
El propio Saladino lo ejecutó personalmente por haber violado repetidamente las treguas y atacar las caravanas musulmanas.
Dos enemigos unidos por la historia
Las crónicas musulmanas cuentan que, cuando Saladino supo de la muerte de Balduino IV, no celebró la desaparición de su mayor enemigo.
Al contrario.
Reconoció públicamente el valor de aquel joven rey que, pese a la lepra, había conseguido contener durante más de una década al ejército más poderoso de Oriente.
Quizá esa sea la mayor prueba del respeto que existió entre ambos.
Uno gobernó mientras su cuerpo se consumía lentamente.
El otro construyó uno de los mayores imperios del mundo islámico.
Lucharon por Jerusalén desde bandos opuestos, pero ambos pasaron a la historia como dos de los estrategas más brillantes y carismáticos de las Cruzadas.
Más de ocho siglos después, Balduino IV y Saladino siguen siendo el ejemplo de que incluso entre enemigos puede existir admiración...
Saladino sobrevivió ocho años a Balduino IV.
Tras conquistar Jerusalén en 1187 y convertirse en el hombre más poderoso de Oriente Próximo, pasó sus últimos años intentando mantener unido su inmenso imperio.
Murió el 4 de marzo de 1193 en Damasco, probablemente a causa de unas fuertes fiebres provocadas por la fiebre tifoidea o alguna enfermedad infecciosa similar.
Tenía unos 55 o 56 años.
Su muerte sorprendió a muchos porque, pese a haber gobernado un imperio que se extendía desde Egipto hasta Siria, apenas dejó riquezas personales.
Las crónicas cuentan que había repartido gran parte de su fortuna entre los pobres, los soldados y obras benéficas, hasta el punto de que no quedaba dinero suficiente para costear un entierro acorde a su rango.
Hoy sigue enterrado junto a la Gran Mezquita de los Omeyas, en Damasco, donde su tumba continúa siendo un lugar de enorme valor histórico.▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣