🧿𝑫𝒐𝒓𝒐𝒕𝒉𝒚 𝑪𝒓𝒐𝒘𝒇𝒐𝒐𝒕 𝑯𝒐𝒅𝒈𝒌𝒊𝒏 🧿
Dorothy Crowfoot Hodgkin tenía las manos deformadas por la artritis reumatoide.
Los dedos se le fueron torciendo con los años, caminar se convirtió en una dificultad y acabó necesitando una silla de ruedas.
Hasta las tareas más sencillas podían resultarle dolorosas, pero siguió trabajando en aquello a lo que había dedicado buena parte de su vida: averiguar cómo estaban construidas algunas de las moléculas más importantes para los seres vivos.
Había nacido en El Cairo el 12 de mayo de 1910, donde su padre, John Winter Crowfoot, trabajaba como arqueólogo.
Su madre, Grace Mary Hood, era una mujer culta, interesada en la botánica y en las ciencias naturales.
Dorothy pasó su infancia entre libros, plantas, fósiles y conversaciones sobre el mundo que la rodeaba.
A los diez años ya sentía una enorme curiosidad por los cristales y sus formas geométricas.
Le fascinaba que una sustancia pudiera organizarse siguiendo una estructura tan precisa, aunque todavía no podía imaginar hasta dónde la llevaría aquel interés.
En 1928 entró en Somerville College, en Oxford, para estudiar Química.
Allí descubrió la cristalografía de rayos X, una técnica que permitía investigar la estructura de la materia sin necesidad de ver directamente sus átomos.
Se hacía pasar un haz de rayos X a través de un cristal y se estudiaba el patrón que aparecía al otro lado.
Interpretando aquellas señales mediante cálculos matemáticos, era posible reconstruir la disposición de los átomos que componían una molécula.
Lo que para otros podían ser manchas difíciles de interpretar, para Dorothy era una manera de averiguar cómo estaba organizado un mundo invisible.
A los 24 años le diagnosticaron artritis reumatoide, una enfermedad inflamatoria que fue dañándole las articulaciones de las manos y los pies.
Los tratamientos disponibles entonces eran muy limitados y su movilidad empeoró con el paso del tiempo.
Tuvo que adaptar su forma de trabajar y apoyarse en sus colaboradores para determinadas tareas, pero no abandonó la investigación.
Su trabajo requería paciencia, cálculos complejos y años de observaciones; precisamente por eso, cada avance suponía resolver una dificultad científica considerable.
Uno de sus primeros grandes retos fue la penicilina.
Durante la Segunda Guerra Mundial, este antibiótico se había convertido en una herramienta fundamental para combatir infecciones, pero todavía era necesario conocer con precisión su estructura química.
Dorothy y su equipo recurrieron a la cristalografía de rayos X para estudiarla y en 1945 lograron determinar su estructura.
El resultado ayudó a confirmar la presencia del anillo beta-lactámico, una parte esencial de la molécula y una pieza clave para comprender cómo estaban construidos estos antibióticos.
Después se enfrentó a la vitamina B12, una molécula mucho más compleja de lo que podían abordar fácilmente las técnicas de la época.
El trabajo exigió años de investigación y cálculos, hasta que en 1955 su equipo consiguió determinar su estructura.
Aquello supuso un avance extraordinario para la química estructural y consolidó la reputación de Dorothy Hodgkin como una de las investigadoras más destacadas de su campo.
Pero había otro problema al que llevaba dedicando tiempo desde 1934: la insulina.
Se trataba de una proteína cuya estructura tridimensional era especialmente difícil de descifrar con los medios disponibles.
Dorothy continuó trabajando en ella durante décadas, mientras su artritis avanzaba y las limitaciones físicas se hacían cada vez más evidentes.
Finalmente, en 1969, su equipo consiguió determinar la estructura de la insulina.
Habían transcurrido unos 35 años desde que comenzó a estudiarla, una muestra de lo complicado que resultaba aquel trabajo antes de disponer de las herramientas informáticas y experimentales actuales.
Cinco años después de que comenzara aquella investigación, en 1964, Dorothy había recibido el Premio Nobel de Química por sus determinaciones mediante cristalografía de rayos X de las estructuras de importantes sustancias bioquímicas.
Tenía 54 años y se convertía en una de las científicas más reconocidas del mundo.
Sin embargo, algunos periódicos británicos presentaron la noticia haciendo hincapié en que era una «ama de casa».
Resulta llamativo que, ante una investigadora que había realizado descubrimientos fundamentales para la química, parte de la prensa destacara su condición de mujer casada antes que su trayectoria científica.
Su vida tampoco se limitó al laboratorio.
Dorothy defendió la cooperación internacional entre científicos y participó en el movimiento Pugwash, dedicado a promover el diálogo sobre los peligros de las armas nucleares.
Consideraba que quienes trabajaban en ciencia también tenían una responsabilidad con la sociedad y debían pensar en las consecuencias de sus descubrimientos.
Además, se preocupó por las dificultades a las que se enfrentaban las mujeres que querían desarrollar una carrera científica sin renunciar a su vida familiar.
Ella misma había tenido tres hijos y conocía bien los problemas de conciliar ambas cosas.
En Somerville College apoyó la creación de una guardería y destinó parte del dinero de su Nobel a contribuir a su financiación.
Entre las personas que pasaron por sus clases estuvo Margaret Thatcher, que estudió Química en Oxford antes de convertirse en primera ministra británica.
Sus ideas políticas eran muy diferentes, pero mantuvieron el contacto a lo largo de los años.
La relación entre ambas es una de esas curiosidades que acompañan a la biografía de Dorothy, aunque su legado científico fue, con diferencia, mucho más importante que cualquier vínculo personal.
Se jubiló oficialmente de Oxford en 1977, pero siguió vinculada a la investigación y a la comunidad científica.
Murió el 29 de julio de 1994, a los 84 años, después de una vida dedicada a estudiar estructuras que no podían observarse directamente.
Su trabajo ayudó a demostrar hasta dónde podía llegar la cristalografía de rayos X y abrió nuevas posibilidades para comprender moléculas esenciales para la vida.
Quizá su nombre no resulte tan familiar para el público como el de Marie Curie, pero sus investigaciones dejaron una huella profunda en la química y la biología.
Conocer la estructura de la penicilina, la vitamina B12 o la insulina no era un simple ejercicio teórico: permitía comprender mejor cómo funcionaban estas sustancias y proporcionaba información fundamental para futuras investigaciones.
La artritis nunca desapareció y Dorothy no tuvo un final milagroso en el que la enfermedad dejara de limitarla.
Aprendió a trabajar con las dificultades que tenía, recurrió a la colaboración de otras personas y siguió investigando durante décadas.
Su historia no necesita adornos: una niña fascinada por los cristales acabó convirtiéndose en una de las científicas que más contribuyeron a revelar la arquitectura invisible de la vida.
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➡️ 𝐷𝑜𝑐𝑢𝑚𝑒𝑛𝑡𝑎𝑙
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