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  1. Historias perras

    Acá en Aalborg no hay perros vagando en las calles y toda la gente pasea a su perro con correa. Por lo general los perros no se acercan a nadie que no sea su humano. Casi nadie acaricia a un perro extraño como en Chile, donde es muy común hacerle cariño a cualquier perro en la calle.

    Hace unos días yo venía caminando por un sendero y de frente caminaba una anciana con su perro. De pronto, el perro corrió hacia mí ladrando no amistoso y la anciana, en vez de acortar la correa, la soltó más y me dijo en danés que no hacía nada. Pero esas frases tranquilizadoras no sirven para uno que ha tenido un trauma con los perros.

    Yo no entendí cuál fue la intención de la anciana al dejar que el perro poco amistoso se acerque a mi. Con voz suave le dije: por qué me ladras perro feo. Sabiendo que ni el perro, ni ella entendían español agregue en danés du er en smuk hund (eres un perro hermoso). El perro dejó de ladrar y se fue corriendo donde su humana. Está situación me hizo volver a la memoria el pánico que sentía hacia los perros.

    A diferencia de Aalborg, en Chile es muy común ver perros en las calles. Muchos han sido abandonados por sus propios dueños, luego tienen crías y la población perruna aumenta en las calles.

    La siguiente historia es de hace años. Yo trabajaba en un centro comercial en la comuna de Las Condes. Todos los días me iba a trabajar en bicicleta. Eran más o menos unos 17 kilómetros desde mi casa al trabajo.

    Una mañana que voy pasando en bicicleta por el sector de Plaza Italia, esquina de Vicuña Mackenna con Providencia, unas palomas buscaban comida en la calle y unos perros perseguían autos. Las palomas volaron, el semáforo cambió a rojo, esperé la luz verde e intenté retomar mi camino. En ese momento sentí algo que me atrapó. Un crash y dolor agudo en uno de mis hermosos gastrocnemios. Un lindo perro tenía mi pierna atrapada en su hocico. Me salió un grito desesperado y el caballero que vendía sandwiches a la salida de la estación del metro fue en mi rescate. Con un diario en mano le gritó al perro: suelta! suelta te dicen! El perro soltó mi pierna y me mostró una sonrisa no amistosa. Miré qué tan grave era la mordida. Un hilo de sangre y un pequeño desgarro de piel, no se veía grave. Continué camino a trabajar con mi pantalón al más top estilo homeless chic.

    Cuando llegué al trabajo pase a la enfermería del centro comercial para curarme la herida, pero como era mordida de perro callejero, para una mejor atención me llevaron en ambulancia al Hospital de la Fach. Creo que fue la primera vez que me subía a una ambulancia, no tengo recuerdos de otra ocasión. Me curaron la herida y me pusieron las primeras dosis de las vacunas antirrábicas y tétanos. Fui muy bien atendida. Mi jefe al enterarse de mi suceso con el perro me invitó a desayunar al Starbucks. Después de todo, no estuvo tan mal la mordida de perro.

    En la tarde noche cuando regresé a mi casa, con mi herida muy bien vendada, casi no tenía molestias. Me sentía feliz pedaleando por el Parque Balmaceda. Los guarencitos se cruzaban de árbol en árbol, las parejas enamoradas se ocultaban en las sombras, los perro lovers compartían un café entre ellos y comentaban las gracias de sus hijes perris. La temperatura estaba agradable y todo era perfecto. Entre toda esa hermosa armonía salió de la oscuridad una sombra negra que saltó sobre mí. En un segundo paso toda mi vida, mi bicicleta saltó lejos y yo quedé tirada de espaldas en el suelo polvoriento. Sobre mi pecho, un gran pastor alemán apoyaba sus patas. Su hocico estaba a un centímetro de mi cuello, mostrándome sus afilados dientes. Me quedé paralizada como en una pesadilla. Me salió una voz de súplica, por favor, por favor, no me muerdas, y el perro sacó sus patas de mi pecho y dio un paso atrás. Yo estaba quieta sin respirar. Entonces salió una pareja de entre el arbusto y llamó a Charly.

    Era de no creer. En un día había tenido dos incidentes con perros. Estos dos incidentes generaron en mí mucho miedo a los perros. Después, cada vez que veía a un perro en mi camino, buscaba otro camino. Hasta los perros de peluche me causaban miedo. Aunque el perro se viera muy amistoso y me moviera la cola yo desconfiaba, me aterraba que se acercara a mí.

    Después de mi traumática experiencia con los perros. Un fin de semana que fui a la playa conocí a un tierno cocker spaniel, el Otto. Aunque era tranquilo y pacífico, yo le tenía miedo y lo evitaba. Mientras que el Otto me miraba con ternura, como diciendo no te haré nada. El Otto fue mi terapeuta. Me ayudó a controlar ese miedo que sentía hacia los perros.

    Con el tiempo fui teniendo más seguridad y ya no huía de los perros de la calle. Cuando salía tarde del trabajo, siempre me escoltaban hasta la puerta del edificio unos simpáticos perros. Me sentía protegida con ellos, ya no les temía. Y aunque nunca he sido una perro lovers, algunos perros me conquistaron.

    Hay perros que dejan su huella marcada en el corazón de un humano. Estos seres peludos de cuatro patas llegan a nuestras vidas, las llenan de amor y alegrías. Estrechamos vínculos tan fuertes con ellos, que cuando parten de esta tierra nos dejan un gran vacío.

    Uno de esos peludos que dejó una gran huella en mi corazón fue Koki. Aunque no era mío, era parte de mi vida.

    Koki era un samoyedo muy inteligente, tierno y juguetón. Era un perro valiente. Una noche se enfrentó a unos ladrones que estaban entrando a la casa de sus humanos. Koki vivía en Puerto Varas con sus humanos que lo adoraban. Yo viajaba a visitar a estos humanos que amo y pasaba unos días con ellos. Disfrutaba mucho con Koki. Le gustaba ir a despertarme temprano. No le gustaba bañarse ni peinarse. Cuando hacía una maldad se escondía. Le encantaba el filete asado, correr en la playa, meter las patas en el lago y salir de paseo en auto. Ladrarle a otros perros era su pasatiempo favorito. Jugaba a la escondida y se escondía debajo de una silla donde se veía enteró. Aullaba como un lobo y hacía reverencias. Era tan lindo. En Puerto Varas pasé junto a Koki y sus humanos muchos momentos hermosos de risas y alegrías. El año pasado nos avisaron que Koki enfermó de un cáncer invasivo y a los pocos días dejó esta tierra. Fue una pena enorme para sus humanos y para mí. Mi hermoso Koki, dejaste tu huella en mi corazón.

    Koki

    Y en esta pasada por el corazón de perritos que dejan huellas como no recordar a esos peludos que les guardo un cariño especial.

    Corbata era un perro gentil y bonachón. Dimos muchos paseos por las calles y la plaza del pueblo de Hualañé.

    Corbata

    Sarita la trekkera, siempre entusiasta para subir los cerros e ir a la termas. Aunque eras una tierna y pequeña Pug disfrutabas de la aventura.

    Sarita

    Sacha cuando saliste corriendo a saludarme yo no sabía si salir corriendo o quedarme paralizada, pero tú te tiraste al suelo y en señal de amistad me mostrastes tu pancita para que te haga cariño. Solo tenías la apariencia de un Rottweiler feroz. Eras pura ternura.

    Sacha

    Los años te alcanzaron, Otto terapeuta sanador de mis miedos.

    Otto

    Apolo Grey, la primera vez que te vi eras unas tiernas y grandes orejas negras. Reí mucho con las travesuras que le hacías a tu humana. Ella te amaba infinito y te perdonaba cualquier destrozo.

    Apolo Grey

    Luchito tan pequeñito y tan aperrao. No tenías problemas para acompañame a subir el cerro en bicicleta ni caminar por las montañas. Hasta corriste una perroton.

    Luchito

    Dedico este post a todos esos perritos que ya no están y que marcaron sus huellas en el corazón de un humano.

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