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149 results for “CarlosVitesse”
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263- El intermitente, ese gran olvidado
Photo by Peter Fazekas on Pexels.comhttps://open.spotify.com/episode/2wPLNC1uci1lAXA6WCRUdA?si=6a19e312f40e4391
¡Hola! ¿Qué tal, cómo estás? Soy Carlos Vitesse, y te doy la bienvenida a una nueva entrega de mi Bitácora Mental.
En el episodio anterior hablaba sobre quién conducía mejor, las mujeres o los hombres, y hoy continúo de alguna forma con el asunto, porque te traigo los resultados de un estudio publicado en Francia, de la Fundación VINCI Autoroutes, sobre el comportamiento de los europeos, como conductores de coches y motocicletas, pero también en lo que refiera a ciclistas, y peatones.
La muestra incluye más de 12.400 respuestas de personas que viven en diferentes países de Europa, de los cuales, aproximadamente un 20% fueron franceses. Y menciono esto último, porque el informe aporta datos generales de Europa, y también locales para Francia. Pero para no liar el asunto, solo voy a puntualizar diferencias, cuando sean más o menos significativas. Y como siempre, te voy a dejar enlace a la web donde está la información, porque en este episodio, solo voy a mencionar algunos datos.
Bien, vamos con algo de lo que arroja el estudio. Si hablamos de conductores de vehículos de cuatro ruedas, resulta que a nivel europeo, un 51% no utiliza el intermitente a la hora de cambiar de dirección, o adelantar, y dentro de Francia, el dato es peor, un 58%.
Otra conducta muy recurrente, es el aparcar en doble fila, algo que hace el 27% de los europeos, y en el caso particular de los franceses, algo menos, un 22%. Y si hablamos de no respetar el carril bus, el 17% de los conductores europeos los usan indebidamente, mientras que en Francia ese porcentaje cae hasta el 10%.
Y ahora vamos con cosas bastante más incívicas, y que demuestran poca empatía, como es el hecho de que en Europa el 11% reconoce aparcar en sitios reservados para discapacitados, mientras ese problema, si hablamos estrictamente de los franceses, es un 8%. También tenemos el dato de quienes no respetan las plazas de vehículos eléctricos, que a nivel europeo son un 13%, y la cifra baja al 9% en el caso de Francia.
Y pasamos a los datos sobre una práctica que se ve muchísimo en la calle en el día, y que es motivo de infinidad de accidentes, el uso del móvil al volante. Y sobre eso, ahora que temprano de mañana es de noche, y lo mismo ocurre por la tarde, es muy fácil ver lo que ocurre en el coche que va delante, al costado, o incluso detrás, y a diario alucino con la cantidad de gente que va sola, y mirando vídeos en YouTube. El dato del estudio es preocupante, porque habla de que de las personas que se mueven en coche, un 77% utilizan el móvil mientras conducen, y si hablamos de los franceses, la cifra es dos puntos porcentuales menos.
Se menciona, también, que a nivel general europeo, el 34% de las personas abren su puerta para bajar del coche, sin mirar si viene algún ciclista, y el 22% invade el carril bici. Sobre esto último, en Francia ocurre en un 29% de los casos.
Y ya que mencionábamos a los ciclistas, vamos con algunos datos sobre ellos.
A nivel europeo, un 71% dice que a veces circula por las aceras, mientras concretamente en Francia, el dato baja hasta un 60%. Pero algo más peligroso y preocupante, el 37% de los europeos consultados, no detienen su marcha ante un semáforo en rojo.
Otra práctica poco recomendable, es la que realiza un 49% de los ciclistas, que suelen adelantar a un autobús o camión por la derecha, mientras el dato concreto para Francia es bastante menor, un 33%. Y si hablamos de usar indebidamente el móvil sobre la bici, un 33% lo hace mientras circula, y concretamente en Francia, algo menos, el 27%.
Otro dato que nos aporta el informe, y respecto al uso regular de las bicicletas, es que como estaba previsto y sin sorpresas, los holandeses con un 60% son lo que más se mueven con dos ruedas, y tracción a sangre. A continuación, y bastante alejados, tenemos a los belgas con un 26%, y solo un punto por detrás, los polacos con un 25%. Luego tenemos un empate en el 12% entre franceses y griegos, justo delante de otro empate entre españoles y británicos, que se quedan apenas en un 7%. Finalmente, si tomamos el dato a nivel medio europeo, son un 21% las personas que utilizan regularmente la bicicleta, como medio de movilidad a la hora de sus desplazamientos.
Y ahora vamos con los “pecados”, de la gente que se mueve en dos ruedas motorizadas.
El 61% dice que muchas veces aparca sobre la acera, y en este apartado, los franceses llegan al 76%. Los que lo hacen en carriles bici a nivel europeo son un 55%, y en Francia un 61%. En cuanto a los motoristas que directamente utilizan el carril bici para circular, el dato medio de Europa es un 40%.
Y respecto al móvil, el vicio de consultarlo de forma reiterada y conduciendo “cabellera al viento”, también es muy fuerte, porque es algo que confirma hacer un 44% de los conductores europeos, mientras en ese aspecto, los franceses parecen algo más responsables, quedándose esa mala práctica en un 34%.
Y ahora vamos con los peatones, que tampoco son ningunos santos.
El 56% de los europeos cruzan cuando el semáforo está en rojo, y en Francia la cosa está peor, porque un 70% de las personas, admiten hacerlo. Paralelamente, un 77% a nivel general dice que cruza en cualquier sitio, aunque tenga un paso de cebra a menos de 50 metros. Y sinceramente, este punto me da risa, porque a diario uno ve que la gente cruza por cualquier sitio, aun teniendo ese tipo de paso a menos de 5 metros, así que poco se podría esperar de tenerlo 10 veces más lejos.
Y finalmente tenemos que un 57% de los peatones, caminan mirando el móvil, dato que no me extrañaría fuera mayor, o al menos en aumento, porque basta poner un poco de atención no importa la situación o lugar donde te encuentres, para comprobar que la mayoría de las personas se desplazan como verdaderos zombies. Y es que van talmente absortos en su mundo, y sin saber qué está ocurriendo a su alrededor, una práctica demasiado peligrosa para como está el tráfico hoy en día, al que le encajaría perfectamente como banda sonora, “Welcome to the jungle”, de los Guns N’ Roses.
Y esto es lo que quería compartir en mi Bitácora Mental de hoy. Solo me resta agradecerte, como siempre tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
Puedes escuchar Bitácora Mental #Podcast en cualquiera de éstas plataformas y aplicaciones:
También en Ivoox
Aquí tienes el Feed del podcast.
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También en el fediverso
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#conduccion #encuesta #europea #infracciones #motociclistas #peatones
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263- El intermitente, ese gran olvidado
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¡Hola! ¿Qué tal, cómo estás? Soy Carlos Vitesse, y te doy la bienvenida a una nueva entrega de mi Bitácora Mental.
En el episodio anterior hablaba sobre quién conducía mejor, las mujeres o los hombres, y hoy continúo de alguna forma con el asunto, porque te traigo los resultados de un estudio publicado en Francia, de la Fundación VINCI Autoroutes, sobre el comportamiento de los europeos, como conductores de coches y motocicletas, pero también en lo que refiera a ciclistas, y peatones.
La muestra incluye más de 12.400 respuestas de personas que viven en diferentes países de Europa, de los cuales, aproximadamente un 20% fueron franceses. Y menciono esto último, porque el informe aporta datos generales de Europa, y también locales para Francia. Pero para no liar el asunto, solo voy a puntualizar diferencias, cuando sean más o menos significativas. Y como siempre, te voy a dejar enlace a la web donde está la información, porque en este episodio, solo voy a mencionar algunos datos.
Bien, vamos con algo de lo que arroja el estudio. Si hablamos de conductores de vehículos de cuatro ruedas, resulta que a nivel europeo, un 51% no utiliza el intermitente a la hora de cambiar de dirección, o adelantar, y dentro de Francia, el dato es peor, un 58%.
Otra conducta muy recurrente, es el aparcar en doble fila, algo que hace el 27% de los europeos, y en el caso particular de los franceses, algo menos, un 22%. Y si hablamos de no respetar el carril bus, el 17% de los conductores europeos los usan indebidamente, mientras que en Francia ese porcentaje cae hasta el 10%.
Y ahora vamos con cosas bastante más incívicas, y que demuestran poca empatía, como es el hecho de que en Europa el 11% reconoce aparcar en sitios reservados para discapacitados, mientras ese problema, si hablamos estrictamente de los franceses, es un 8%. También tenemos el dato de quienes no respetan las plazas de vehículos eléctricos, que a nivel europeo son un 13%, y la cifra baja al 9% en el caso de Francia.
Y pasamos a los datos sobre una práctica que se ve muchísimo en la calle en el día, y que es motivo de infinidad de accidentes, el uso del móvil al volante. Y sobre eso, ahora que temprano de mañana es de noche, y lo mismo ocurre por la tarde, es muy fácil ver lo que ocurre en el coche que va delante, al costado, o incluso detrás, y a diario alucino con la cantidad de gente que va sola, y mirando vídeos en YouTube. El dato del estudio es preocupante, porque habla de que de las personas que se mueven en coche, un 77% utilizan el móvil mientras conducen, y si hablamos de los franceses, la cifra es dos puntos porcentuales menos.
Se menciona, también, que a nivel general europeo, el 34% de las personas abren su puerta para bajar del coche, sin mirar si viene algún ciclista, y el 22% invade el carril bici. Sobre esto último, en Francia ocurre en un 29% de los casos.
Y ya que mencionábamos a los ciclistas, vamos con algunos datos sobre ellos.
A nivel europeo, un 71% dice que a veces circula por las aceras, mientras concretamente en Francia, el dato baja hasta un 60%. Pero algo más peligroso y preocupante, el 37% de los europeos consultados, no detienen su marcha ante un semáforo en rojo.
Otra práctica poco recomendable, es la que realiza un 49% de los ciclistas, que suelen adelantar a un autobús o camión por la derecha, mientras el dato concreto para Francia es bastante menor, un 33%. Y si hablamos de usar indebidamente el móvil sobre la bici, un 33% lo hace mientras circula, y concretamente en Francia, algo menos, el 27%.
Otro dato que nos aporta el informe, y respecto al uso regular de las bicicletas, es que como estaba previsto y sin sorpresas, los holandeses con un 60% son lo que más se mueven con dos ruedas, y tracción a sangre. A continuación, y bastante alejados, tenemos a los belgas con un 26%, y solo un punto por detrás, los polacos con un 25%. Luego tenemos un empate en el 12% entre franceses y griegos, justo delante de otro empate entre españoles y británicos, que se quedan apenas en un 7%. Finalmente, si tomamos el dato a nivel medio europeo, son un 21% las personas que utilizan regularmente la bicicleta, como medio de movilidad a la hora de sus desplazamientos.
Y ahora vamos con los “pecados”, de la gente que se mueve en dos ruedas motorizadas.
El 61% dice que muchas veces aparca sobre la acera, y en este apartado, los franceses llegan al 76%. Los que lo hacen en carriles bici a nivel europeo son un 55%, y en Francia un 61%. En cuanto a los motoristas que directamente utilizan el carril bici para circular, el dato medio de Europa es un 40%.
Y respecto al móvil, el vicio de consultarlo de forma reiterada y conduciendo “cabellera al viento”, también es muy fuerte, porque es algo que confirma hacer un 44% de los conductores europeos, mientras en ese aspecto, los franceses parecen algo más responsables, quedándose esa mala práctica en un 34%.
Y ahora vamos con los peatones, que tampoco son ningunos santos.
El 56% de los europeos cruzan cuando el semáforo está en rojo, y en Francia la cosa está peor, porque un 70% de las personas, admiten hacerlo. Paralelamente, un 77% a nivel general dice que cruza en cualquier sitio, aunque tenga un paso de cebra a menos de 50 metros. Y sinceramente, este punto me da risa, porque a diario uno ve que la gente cruza por cualquier sitio, aun teniendo ese tipo de paso a menos de 5 metros, así que poco se podría esperar de tenerlo 10 veces más lejos.
Y finalmente tenemos que un 57% de los peatones, caminan mirando el móvil, dato que no me extrañaría fuera mayor, o al menos en aumento, porque basta poner un poco de atención no importa la situación o lugar donde te encuentres, para comprobar que la mayoría de las personas se desplazan como verdaderos zombies. Y es que van talmente absortos en su mundo, y sin saber qué está ocurriendo a su alrededor, una práctica demasiado peligrosa para como está el tráfico hoy en día, al que le encajaría perfectamente como banda sonora, “Welcome to the jungle”, de los Guns N’ Roses.
Y esto es lo que quería compartir en mi Bitácora Mental de hoy. Solo me resta agradecerte, como siempre tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
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262- ¿Quién conduce mejor, hombres o mujeres?
Photo by Cleyton Ewerton on Pexels.comhttps://open.spotify.com/episode/2K4M7cQOXGTQbfP1yjiYGK?si=6287831db4ea4e0d
https://open.spotify.com/episode/42IePzSZqEaZHGmSaBKXJW?si=5133762223ca4b2c
¡Hola! ¿Qué tal? ¿Cómo estás? Soy Carlos Vitesse, y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Estos días, parece que el tema estrella es la baliza V16, y la verdad no puedo menos que estar de acuerdo, con todas las críticas que está teniendo la obligación en el uso de este dispositivo, a partir del próximo 1 de enero.
Pero no voy a extenderme en el asunto, porque ya satura tanto sobre lo mismo. Además, no parece que quienes tienen que escuchar todo esto, estén por la labor de repensar el asunto. Y lo triste es qué, como en tantas otras ocasiones, todo esto huele a cosa forzada, poco pensada, menos aún probada, pero sobre todo a un grandísimo negocio, y que -a través de impuestos-, le permitirá al estado, un ingreso extra de muchísimos millones de euros.
En resumen, que nos meten una vez más, “la mano en el bolsillo” en nombre de nuestra seguridad, cuando perfectamente se podría haber resuelto el tema, con los mismos triángulos, y sumando la geolocalización, a través de una app móvil.
Y que quede claro que estoy totalmente de acuerdo en mejorar, -si cabe- la señalización de vehículos detenidos en el sitio que sea, porque además, el tráfico está hecho un verdadero asco, allí por donde vayas, no importa si es un pueblo, carretera, o una gran ciudad. Entre la mala planificación urbanística de muchos ayuntamientos, y la pésima conducta y actitud al volante, por parte de demasiados usuarios de las 2 y 4 ruedas con y sin motor, las calles son un verdadero peligro.
Y cualquiera que se desplace por ciudad o carretera unos cuantos kilómetros diarios, lo tendrá perfectamente comprobado en carne propia. Si pudiéramos llevar una dash cam, y compartir libremente el contenido, petaríamos internet cada día, con imágenes de vehículos, cuyos conductores han cometido todo tipo de infracciones al volante, poniendo y poniéndose en peligro innecesariamente, en muchas ocasiones con resultados tan desagradables, como lamentables.
Y seguramente cada uno de nosotros ya tendrá su propio análisis del perfil de conductor o conductora, e incluso tipo de vehículo, frente al que debe estar muy atento, porque en cualquier momento hará “de las suyas”, y casualmente estaba leyendo un artículo sobre las infracciones que comenten hombres y mujeres, y quiero compartir contigo algunos datos.
La información es sobre Reino Unido, pero hoy día, y en este mundo globalizado, creo que es perfectamente extrapolable a lo que ocurre en las calles de cualquier otro país, porque el ser humano se repite, y salvo alguna excepción concreta, lo que ocurre en un sitio no difiere de la realidad en otro, allí donde vivas.
El spoiler del tema, es que los hombres cometemos más infracciones que las mujeres. Pero mientras leía eso, me dio curiosidad saber qué cantidad de mujeres conducen o tienen carnet al menos en España y que porcentaje representan sobre el total. Y te cuento que según datos del año pasado (2024) son algo más de 12.200.000, representando un 43.4% de personas con carnet, que en nuestro país ascienden a 28.150.000 personas.
Y llegados a este punto, es interesante ver cómo ha evolucionado en las últimas décadas el incremento de mujeres conductoras, lo que habla sin duda de una modernización de la sociedad española.
Si tomamos el año 1990, vemos que en ese momento había algo más de 4.800.000 mujeres con carnet, mientras los hombres eran unos 11.520.000. Diez años más tarde, las conductoras había dado un salto importante, pasando a más de 7.612.000, mientras los conductores del sexo masculino eran unos 13.804.000.
En 2010 las mujeres con carnet ya eran 10.370.000 y los hombres 15.428.000 siempre redondeando ambas cifras, y los datos de 2020 el año de la pandemia, arrojan más de 11.682.000 conductoras, frente a 15.523.000 conductores, siendo como decía antes el último dato, -de 2024-, más de 12.206.000 mujeres con carnet, y en el caso de los hombres, unos 15.936.000.
Resulta evidente el tremendo incremento del porcentaje de mujeres que en las últimas décadas se han puesto al volante, porque mientras ellas han crecido un notable 254%, en el caso de los hombres, solo han aumentado poco más del 38%.
Pero yendo a la información que mencionaba antes, sobre quienes cometen más infracciones, -y reitero datos del Reino Unido, pero seguramente extrapolables a nuestro día a día en España-, resulta que los hombres pagan anualmente un 250% más en multas, que las mujeres.
Se menciona que el 43% de los hombres suelen consultar el móvil al volante, frente al 26% de las mujeres. Y también los hombres se distraen más con el infoentretenimiento que traen los vehículos nuevos, siendo un 36% frente a un 15% o con el navegador, un 14% frente al 8% en el caso de las conductoras.
Y hay algún otro dato, pero si acaso te interesa, aquí tienes un enlace al artículo. Y para redondear el tema, queda bastante claro que los hombres conducen más rápido, y toman mayores riesgos innecesariamente, que luego se terminan pagando, -nunca mejor dicho-, y quizá al momento de estar al volante, a más de uno le vendría bien recordar aquello de que: “más vale perder un minuto en la vida, que la vida en un minuto”.
Y hasta aquí lo que quería compartir contigo hoy, en mi Bitácora Mental. Muchas gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
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262- ¿Quién conduce mejor, hombres o mujeres?
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¡Hola! ¿Qué tal? ¿Cómo estás? Soy Carlos Vitesse, y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Estos días, parece que el tema estrella es la baliza V16, y la verdad no puedo menos que estar de acuerdo, con todas las críticas que está teniendo la obligación en el uso de este dispositivo, a partir del próximo 1 de enero.
Pero no voy a extenderme en el asunto, porque ya satura tanto sobre lo mismo. Además, no parece que quienes tienen que escuchar todo esto, estén por la labor de repensar el asunto. Y lo triste es qué, como en tantas otras ocasiones, todo esto huele a cosa forzada, poco pensada, menos aún probada, pero sobre todo a un grandísimo negocio, y que -a través de impuestos-, le permitirá al estado, un ingreso extra de muchísimos millones de euros.
En resumen, que nos meten una vez más, “la mano en el bolsillo” en nombre de nuestra seguridad, cuando perfectamente se podría haber resuelto el tema, con los mismos triángulos, y sumando la geolocalización, a través de una app móvil.
Y que quede claro que estoy totalmente de acuerdo en mejorar, -si cabe- la señalización de vehículos detenidos en el sitio que sea, porque además, el tráfico está hecho un verdadero asco, allí por donde vayas, no importa si es un pueblo, carretera, o una gran ciudad. Entre la mala planificación urbanística de muchos ayuntamientos, y la pésima conducta y actitud al volante, por parte de demasiados usuarios de las 2 y 4 ruedas con y sin motor, las calles son un verdadero peligro.
Y cualquiera que se desplace por ciudad o carretera unos cuantos kilómetros diarios, lo tendrá perfectamente comprobado en carne propia. Si pudiéramos llevar una dash cam, y compartir libremente el contenido, petaríamos internet cada día, con imágenes de vehículos, cuyos conductores han cometido todo tipo de infracciones al volante, poniendo y poniéndose en peligro innecesariamente, en muchas ocasiones con resultados tan desagradables, como lamentables.
Y seguramente cada uno de nosotros ya tendrá su propio análisis del perfil de conductor o conductora, e incluso tipo de vehículo, frente al que debe estar muy atento, porque en cualquier momento hará “de las suyas”, y casualmente estaba leyendo un artículo sobre las infracciones que comenten hombres y mujeres, y quiero compartir contigo algunos datos.
La información es sobre Reino Unido, pero hoy día, y en este mundo globalizado, creo que es perfectamente extrapolable a lo que ocurre en las calles de cualquier otro país, porque el ser humano se repite, y salvo alguna excepción concreta, lo que ocurre en un sitio no difiere de la realidad en otro, allí donde vivas.
El spoiler del tema, es que los hombres cometemos más infracciones que las mujeres. Pero mientras leía eso, me dio curiosidad saber qué cantidad de mujeres conducen o tienen carnet al menos en España y que porcentaje representan sobre el total. Y te cuento que según datos del año pasado (2024) son algo más de 12.200.000, representando un 43.4% de personas con carnet, que en nuestro país ascienden a 28.150.000 personas.
Y llegados a este punto, es interesante ver cómo ha evolucionado en las últimas décadas el incremento de mujeres conductoras, lo que habla sin duda de una modernización de la sociedad española.
Si tomamos el año 1990, vemos que en ese momento había algo más de 4.800.000 mujeres con carnet, mientras los hombres eran unos 11.520.000. Diez años más tarde, las conductoras había dado un salto importante, pasando a más de 7.612.000, mientras los conductores del sexo masculino eran unos 13.804.000.
En 2010 las mujeres con carnet ya eran 10.370.000 y los hombres 15.428.000 siempre redondeando ambas cifras, y los datos de 2020 el año de la pandemia, arrojan más de 11.682.000 conductoras, frente a 15.523.000 conductores, siendo como decía antes el último dato, -de 2024-, más de 12.206.000 mujeres con carnet, y en el caso de los hombres, unos 15.936.000.
Resulta evidente el tremendo incremento del porcentaje de mujeres que en las últimas décadas se han puesto al volante, porque mientras ellas han crecido un notable 254%, en el caso de los hombres, solo han aumentado poco más del 38%.
Pero yendo a la información que mencionaba antes, sobre quienes cometen más infracciones, -y reitero datos del Reino Unido, pero seguramente extrapolables a nuestro día a día en España-, resulta que los hombres pagan anualmente un 250% más en multas, que las mujeres.
Se menciona que el 43% de los hombres suelen consultar el móvil al volante, frente al 26% de las mujeres. Y también los hombres se distraen más con el infoentretenimiento que traen los vehículos nuevos, siendo un 36% frente a un 15% o con el navegador, un 14% frente al 8% en el caso de las conductoras.
Y hay algún otro dato, pero si acaso te interesa, aquí tienes un enlace al artículo. Y para redondear el tema, queda bastante claro que los hombres conducen más rápido, y toman mayores riesgos innecesariamente, que luego se terminan pagando, -nunca mejor dicho-, y quizá al momento de estar al volante, a más de uno le vendría bien recordar aquello de que: “más vale perder un minuto en la vida, que la vida en un minuto”.
Y hasta aquí lo que quería compartir contigo hoy, en mi Bitácora Mental. Muchas gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
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238- El secreto
Edgar Watson Howe, novelista, y editor de periódicos y revistas, nacido en 1853 y fallecido en 1937, dijo: “El hombre que sabe guardar un secreto puede ser sabio, pero no es la mitad de sabio, que aquel que no tiene secretos que guardar”.
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Hola, ¿qué tal, cómo estás? Soy Carlos Vitesse, y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental. Si eres más de escuchar que de leer, aquí tienes la versión audio:
Según la Real Academia Española, en su diccionario de la lengua española y en primera acepción, define “secreto” como: “Cosa que cuidadosamente se tiene reservada y oculta”. Y Si lo combinamos con las palabras de Watson Howe, sin duda da para mucho juego.
Como se suele decir, la vida da mil vueltas, y en ella, cuanto más años llevamos en este planeta, evidentemente mayor ha sido la cantidad de momentos y situaciones que nos han tocado vivir. A veces de las buenas, pero también de las que nos gustaría olvidar, y en ocasiones resulta imposible, aunque digan que: “el tiempo, todo lo cura”.
Cada día está lleno de infinitas oportunidades de generar secretos, que pueden venir a partir de situaciones de las más variadas, en las que hemos participado: voluntariamente, involuntariamente, o incluso como meros espectadores.
Cada momento puede albergar una información que resulte importante para nosotros, algo que consideremos de valor, y que puede ser ventajoso o perjudicial. Por tanto, según la ocasión, el hecho puede ir a un cajón mental permanente, o ser liberado en el momento que creemos más conveniente.
Y no es ningún secreto que guardar un secreto, -y valga la redundancia-, muchas veces no es nada sencillo. Obviamente, eso depende mucho de cada persona, porque sabido es que las hay, de las que no son capaces de guardarse nada, pero también aquellas que, como se suele decir, “se lo llevan a la tumba”. Y eso aplica tanto a cuestiones personales, como también en los casos en alguien le confía su secreto a otro, y habiendo elegido mal, resulta traicionado.
Está claro que si no queremos que algo se sepa, la única forma de mantener esa información a buen recaudo, es no compartirla. Pero como dije antes, la vida da mil vueltas, y a determinada edad, todos tenemos algún secreto importante, o incluso varios. Pero seguramente son pocos, aquellos capaces de hacer que los suyos, nunca vean la luz.
Y eso que nos guardamos, puede ser desde lo más tonto, hasta cosas verdaderamente serias. A veces ocultamos las cosas porque nos conviene, y la decisión es voluntaria, pero en otras tenemos una presión extra por lo que pueda pasar, y conservar ese secreto significa cargar en el día a día con una losa muy pesada sobre la espalda, algo muy difícil de llevar.
El miedo puede tener mucho que ver en estos casos. Miedo a lo que pueda ocurrir, lo que pueda provocar en otros, y cómo afecte nuestras vidas. Porque revelar los hechos, podría significar la total pérdida de control de lo que estamos viviendo, y poner todo patas arriba, desde lo más personal, pasando por lo familiar, y llegando incluso al mundo laboral.
Pero más allá de los que nos haya tocado vivir a cada uno, es bueno hacer un análisis objetivo y realista de cada situación, aunque muchas puedan ser percibidas como complicadas, y la primera reacción sea esconderlas en favor de una supuesta autoprotección. Sea cual sea la situación, es importante plantearse la posibilidad de soltar ese lastre, porque algunos secretos verdaderamente lo son.
Y es posible que cueste muchísimo dar el paso, porque por ejemplo: ¿quién querría confesarle a su pareja que le ha sido infiel? O cualquier otra situación en la que existe cierto miedo, como una persona que haya llevado gran parte de la vida ocultando sus preferencias sexuales -o lo que fuera- y viviendo tranquila. ¿Querría exponerse al riesgo de transmitirle a su entorno más cercano, que no es como asumían que era?
Son apenas dos situaciones de ejemplo, pero hay infinidad de ellas, algunas con temas -digamos- delicados, cuestiones que pueden darle vuelta a la vida de las personas, y como decía antes, también a la de otros. Por eso planteaba lo oportuno y necesario de analizar objetivamente, porque en ocasiones lo que a priori parece que podría acabar en desastre, incluso aunque ocurriera, no lo sería. Porque la verdad es liberadora, y todo lo que se construye sobre la mentira -o el secreto que pueda afectar a otros-, tiene pies de barro.
Por más miedo que se pueda tener, y si el hacer lo correcto se resiste porque no estamos preparados para asumir las consecuencias, siempre es buen momento para plantearse “qué tenemos para ganar, y que para perder”. Porque muchas veces la balanza se inclina hacia las ventajas de revelar el hecho, superarlo, y construir hacia adelante con más solidez y tranquilidad. Sin duda habrá casos en que aplique aquello de que: “es peor el remedio, que la enfermedad”, pero recuerda otra verdad importante, y es que la gente se arrepiente más de las cosas que no hizo, que de las cosas que hizo.
En resumen, que algunas personas tienen todo muy claro, pero otras luchan cada jornada en su interior, donde dos fuerzas se enfrentan, y el “decirlo o no decirlo” llega a monopolizar sus pensamientos, obstaculizando su desempeño diario en las distintas facetas de la vida. Por eso, y porque he visto cómo pueden cambiar las cosas cuando sueltas un lastre, nunca es tarde para ocuparse de algo pendiente, y que puedas considerar importante de tu pasado o el presente, pero sobre todo, para tu futuro.
Y hasta aquí la entrega de hoy en Bitácora Mental. Gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
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238- El secreto
Edgar Watson Howe, novelista, y editor de periódicos y revistas, nacido en 1853 y fallecido en 1937, dijo: “El hombre que sabe guardar un secreto puede ser sabio, pero no es la mitad de sabio, que aquel que no tiene secretos que guardar”.
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Hola, ¿qué tal, cómo estás? Soy Carlos Vitesse, y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental. Si eres más de escuchar que de leer, aquí tienes la versión audio:
Según la Real Academia Española, en su diccionario de la lengua española y en primera acepción, define “secreto” como: “Cosa que cuidadosamente se tiene reservada y oculta”. Y Si lo combinamos con las palabras de Watson Howe, sin duda da para mucho juego.
Como se suele decir, la vida da mil vueltas, y en ella, cuanto más años llevamos en este planeta, evidentemente mayor ha sido la cantidad de momentos y situaciones que nos han tocado vivir. A veces de las buenas, pero también de las que nos gustaría olvidar, y en ocasiones resulta imposible, aunque digan que: “el tiempo, todo lo cura”.
Cada día está lleno de infinitas oportunidades de generar secretos, que pueden venir a partir de situaciones de las más variadas, en las que hemos participado: voluntariamente, involuntariamente, o incluso como meros espectadores.
Cada momento puede albergar una información que resulte importante para nosotros, algo que consideremos de valor, y que puede ser ventajoso o perjudicial. Por tanto, según la ocasión, el hecho puede ir a un cajón mental permanente, o ser liberado en el momento que creemos más conveniente.
Y no es ningún secreto que guardar un secreto, -y valga la redundancia-, muchas veces no es nada sencillo. Obviamente, eso depende mucho de cada persona, porque sabido es que las hay, de las que no son capaces de guardarse nada, pero también aquellas que, como se suele decir, “se lo llevan a la tumba”. Y eso aplica tanto a cuestiones personales, como también en los casos en alguien le confía su secreto a otro, y habiendo elegido mal, resulta traicionado.
Está claro que si no queremos que algo se sepa, la única forma de mantener esa información a buen recaudo, es no compartirla. Pero como dije antes, la vida da mil vueltas, y a determinada edad, todos tenemos algún secreto importante, o incluso varios. Pero seguramente son pocos, aquellos capaces de hacer que los suyos, nunca vean la luz.
Y eso que nos guardamos, puede ser desde lo más tonto, hasta cosas verdaderamente serias. A veces ocultamos las cosas porque nos conviene, y la decisión es voluntaria, pero en otras tenemos una presión extra por lo que pueda pasar, y conservar ese secreto significa cargar en el día a día con una losa muy pesada sobre la espalda, algo muy difícil de llevar.
El miedo puede tener mucho que ver en estos casos. Miedo a lo que pueda ocurrir, lo que pueda provocar en otros, y cómo afecte nuestras vidas. Porque revelar los hechos, podría significar la total pérdida de control de lo que estamos viviendo, y poner todo patas arriba, desde lo más personal, pasando por lo familiar, y llegando incluso al mundo laboral.
Pero más allá de los que nos haya tocado vivir a cada uno, es bueno hacer un análisis objetivo y realista de cada situación, aunque muchas puedan ser percibidas como complicadas, y la primera reacción sea esconderlas en favor de una supuesta autoprotección. Sea cual sea la situación, es importante plantearse la posibilidad de soltar ese lastre, porque algunos secretos verdaderamente lo son.
Y es posible que cueste muchísimo dar el paso, porque por ejemplo: ¿quién querría confesarle a su pareja que le ha sido infiel? O cualquier otra situación en la que existe cierto miedo, como una persona que haya llevado gran parte de la vida ocultando sus preferencias sexuales -o lo que fuera- y viviendo tranquila. ¿Querría exponerse al riesgo de transmitirle a su entorno más cercano, que no es como asumían que era?
Son apenas dos situaciones de ejemplo, pero hay infinidad de ellas, algunas con temas -digamos- delicados, cuestiones que pueden darle vuelta a la vida de las personas, y como decía antes, también a la de otros. Por eso planteaba lo oportuno y necesario de analizar objetivamente, porque en ocasiones lo que a priori parece que podría acabar en desastre, incluso aunque ocurriera, no lo sería. Porque la verdad es liberadora, y todo lo que se construye sobre la mentira -o el secreto que pueda afectar a otros-, tiene pies de barro.
Por más miedo que se pueda tener, y si el hacer lo correcto se resiste porque no estamos preparados para asumir las consecuencias, siempre es buen momento para plantearse “qué tenemos para ganar, y que para perder”. Porque muchas veces la balanza se inclina hacia las ventajas de revelar el hecho, superarlo, y construir hacia adelante con más solidez y tranquilidad. Sin duda habrá casos en que aplique aquello de que: “es peor el remedio, que la enfermedad”, pero recuerda otra verdad importante, y es que la gente se arrepiente más de las cosas que no hizo, que de las cosas que hizo.
En resumen, que algunas personas tienen todo muy claro, pero otras luchan cada jornada en su interior, donde dos fuerzas se enfrentan, y el “decirlo o no decirlo” llega a monopolizar sus pensamientos, obstaculizando su desempeño diario en las distintas facetas de la vida. Por eso, y porque he visto cómo pueden cambiar las cosas cuando sueltas un lastre, nunca es tarde para ocuparse de algo pendiente, y que puedas considerar importante de tu pasado o el presente, pero sobre todo, para tu futuro.
Y hasta aquí la entrega de hoy en Bitácora Mental. Gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
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236- ¿Rutinas o manías?
Estaba escuchando “Los Pódcast de la Penúltima Osadía”, -y aprovecho para enviarle desde aquí un saludo a su host, el Sr. Peter-, que en el episodio más reciente, “La simetría de las cosas”, nos contaba sobre sus preferencias respecto al orden y ubicación de las cosas en su casa, e incluso fuera de ella.La verdad es que me sentí identificado, y hoy pesaba hablar de otro tema, pero quería dejarle un comentario, así que voy a aprovechar para hacerlo en formato audio, y desde aquí mismo.
https://open.spotify.com/episode/4pU5Zb7HO7kTS1ZmAt4gIu?si=15b2ce6b0a7c4406
Hola, ¿qué tal, cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Decía que de alguna forma me sentía identificado con lo que se comentaba en el episodio “La simetría de las cosas”, porque creo que, en mayor o menor medida, todos tenemos nuestras manías. Desde lo que podríamos decir que son tonterías, hasta cuestiones complejas, que podrían ser incluso temas delicados. En mi caso, creo que ninguno de esos comportamientos llega a un nivel, digamos preocupante, pero sí que reconozco que alguno pueden causar risa a quien lo observa.
Evidentemente, cada persona tiene sus gustos, rutinas, y ¿por qué no? Sus propias manías, aunque no lo reconozca o no sepa identificarlas, creyendo que son simplemente preferencias, o la mejor opción o solución ante tal o cual asunto, problema o situación. Y es fácil encontrarse con gente que se repite en sus actitudes. Por ejemplo, -y me incluyo en una bastante vista-, el hecho de ir habitualmente al mismo supermercado, e intentar aparcar cada vez, exactamente en el mismo sitio.
Sobre esto, siempre admiro a esos que ves llegar y aparcan casi en modo robótico, donde sea, sin perder un solo segundo, y el coche queda como queda. Da igual si sobresale de las líneas que marcan la plaza, invadiendo otra o directamente haciendo el demasiado visto 2×1, y demás cuestiones que demuestran una preocupación nula en eso que acaban de hacer.
Ante eso, a algunos nos se les moverá un pelo, y en otros casos puede que alguien se vea perjudicado por esa acción. Pero más allá de lo anterior, está quien observa y reconoce, que no podría hacerlo de ese modo, por lo que sea.
Yo soy uno de ellos… ya he comentado en otro episodio que hace décadas tuve una desagradable sorpresa al salir a ver mi coche aparcado, y no fue la única vez. Hubo algún otro incidente, y siempre habiéndolo dejado como se diría “correctamente”, por lo que es un tema en el que pongo atención, y quizá demasiada en algunas situaciones. Es que soy de los que siempre intenta reducir la posibilidad de generar problemas innecesariamente, y sobre todo para mí mismo.
Y si vas al supermercado el mismo día cada semana, a la misma hora, y eres de los que intenta aparcar siempre en la misma plaza, seguro ya te habrás dado cuenta de que otros hacen lo mismo, y muy seguido te encuentras con coches que reconoces de haber visto haciendo lo mismo que tú, una y otra vez. Es que somos bicho de costumbre, y aunque la mayoría no lo diga, la rutina nos gusta, sobre todo cuando se tienen ya cierta edad.
Pero lo de aparcar buscando el mismo sitio no solo ocurre centros comerciales o el supermercado, también se ve en la calle. Al menos eso ocurre en mi barrio, donde sabes si tal o cual vecino está, porque su coche ocupa el sitio donde habitualmente lo ves. Y eso significa que muchas personas practican la misma rutina, porque con lo codiciados que están los espacios públicos por la tremenda cantidad de vehículos que duermen a diario en las calles, solo mucha gente que se repite, puede provocar eso que comento.
Pero no quiero extenderme más con esto, y quería comentar algunas otras actitudes que practico a diario, y que quizá otras personas compartan, o no. Y en ese caso puede que hasta les parezca raro, o jocoso.
Muchas veces escucho episodios, en los que el podcaster de turno, cuenta que se olvidó las llaves de su casa y no pudo entrar, o que al llegar al trabajo se dio cuenta de que se había dejado el móvil sobre la mesa del salón, y así cantidad y cantidad de situaciones, que causan problemas de mayor o menor envergadura.
Incluso en casa me ocurre con mi mujer, algo que me cuesta aceptar porque desde años inmemoriales intento que copie mi “sistema”, para evitar estas molestias, pero no hay caso. Cada poco salimos, y me dice “me he olvidado de tal o cual cosa”, y tenemos que volver a buscar lo que ha tocado esa vez.
Durante mucho tiempo de joven, intenté recordar mentalmente lo que tenía que llevar al salir de casa, pero todo comenzó a funcionar mejor cuando me armé del sistema de contar del 1 al 6, y así no olvidarme de nada. Es algo muy simple, y que incluso sin importar el orden de los elementos, si no están los 6, sabes que te falta algo.
Te cuento… para mí el 1 son las llaves del coche. El 2 son las de casa. El 3 la cartera con los documentos. El 4 los papeles del coche. El 5 el móvil, y el 6 es la gorra que toque según el clima. Y como decía, no necesariamente tiene que ir en orden, igual se detecta en desorden. Por tanto, antes de abrir la puerta para salir de casa, paso lista, y si no cuento 6 cosas, sé que algo falta, y así me evito problemas y pérdidas de tiempo. Aunque a veces eso también tienen su parte buena, imagina que los padres en la peli “solo en casa” hubiera usado mi sistema, nos habrían privado de un entretenimiento genial, así que como también he comentado en otro episodio, la misma receta no siempre funciona para todos.
Pero volviendo a mi método, como todo, no es infalible. Bueno en realidad el problema está en quien lo aplica, porque confieso que en algún caso, de esos que te ocurren 1 vez o 2 al año como mucho, me he dejado por ejemplo la gorra, y al bajar a la calle con frío, me di cuenta de que con las prisas no había aplicado el método, y terminé dándome cuenta de que se me estaban enfriando los pensamientos más de la cuenta. Pero ya digo, salir sin las llaves del coche, móvil, o documentos, es algo con bajísimas probabilidades de que me ocurra, porque no cuesta nada hacer ese recuento, que te cubre en toda ocasión por si acaso, al punto de que aunque parezca exagerado, lo aplico incluso al momento de bajar simplemente a tirar la basura, y salgo con más de lo que necesito. Es que la rutina es la mejor forma de evitar errores.
Y si hablamos del comportamiento dentro de casa, soy de dejar las cosas siempre en el mismo sitio, algo que mi mujer no hace y siempre estamos buscando algo que no sabe donde se ha dejado En mi caso, si una vez has mirado donde estaban las llaves de mi coche, no tienes que preguntarlo, siempre estarán allí. Y lo mismo con todo, abrigos, objetos personales como documentos, etc., etc.
Tengo que decir que actúo de forma similar con otras cosas, y quizá allí entremos en el terreno de las manías, porque reconozco que me puedo perder varios segundos cuando apago el televisor, dejando los mandos en un orden y ubicación específico, día tras día, incluso como decía Peter, simétricamente.
También soy de los que tienen una rutina muy concreta a la hora de irse a la cama, revisando puertas, ventanas, llaves del gas, grifos y todo aquello que sea factible de por error, dejar mal cerrado o conectado. Pero incluso así, en ocasiones te puedes llevar una sorpresa, y darte cuenta de que algo se te ha escapado, o te la han jugado. Por ejemplo, los “amigos” de una conocida compañía proveedora de servicios de telefonía, Televisión y demás, con la que tú apagas el decodificador, y ellos te lo encienden para hacer sus actualizaciones y lo que sea. Entonces, en la oscuridad del ambiente, algunos minutos después, cuando haces la segunda pasada de revisión, como el sereno ese que cobra por la ronda, te encuentras la luz roja encendida, y sabes que están tocando algo.
También me pongo un poco meticuloso con las persianas. Me gusta cerrarlas hasta determinada altura, y si en casa las veo de otro forma, les doy un toque para que queden como me gusta. Seguramente eso sea una manía. Pero puedo dormir sin la perfección mental, y la paz que me proporciona el ver que las cosas están como quiero. Aunque reconozco que le dedico a más de un asunto, una atención y tiempo que probablemente mucha gente no haga, y dedique a otras cosas. Pero es que lo hago porque me siento más tranquilo. Por ejemplo, sabiendo que un móvil no sonará de madrugada y me hará saltar hasta el techo del susto.
Acabo de recordar ahora mismo una publicación de Papá Friki en Mastodon, donde decía que iba a reiniciar su móvil después de 27 días de tenerlo encendido día y noche. Y le respondía que alucinaba con eso, porque en casa los apagamos cada noche, y por eso revisto todo. Es que el de mi mujer, cada tanto cuando le doy la mirada en la vuelta final de perro antes de echarse a dormir, resulta que había quedado encendido. Sé que hay mucha gente que por las cuestiones que sea, sobre todo familiares, dejan encendidos los móviles, pero en nuestro caso los familiares están a más de 10.000 kilómetros de distancia, y con una diferencia horaria de 5 horas o 4 horas dependiendo de la estación del año. Eso hizo que durante un tiempo nuestras noches españolas fueran caóticas, no pudiendo pegar ojo, por lo que fue inevitable tomar la decisión de apagarlos a diario al momento de irnos a dormir, y encenderlos temprano por la mañana.
Considero que el caso que acabo de decir seguramente suena necesario y justificado, pero para el resto no voy a poner excusas, aunque en mi defensa he de decir que la satisfacción o comodidad que me proporciona el mantener ciertas rutinas o incluso manías, da una satisfacción tranquilidad que compensa. Eso sí, no soy capaz de cosas como las que cuenta Peter, de ir a un bar, ver un cuadro torcido, y saltar a ponerlo “estéticamente correcto”. Pero sí que me pierdo cierto tiempo, para que algunos elementos dentro de casa, ocupen al milímetro ese lugar donde los encuentro más cómodos de utilizar.
Y me hacía gracia lo que contaba Peter de que su mujer iba moviendo algunas cosas, y él la seguía poniendo todo en el sitio que a él le gusta tenerlas, porque me ocurre algo similar, al punto que en algunos casos no quiero que me las toquen y me ocupo yo.
Aquí cuando hay que mover muebles para limpiar, al momento de dejar todo en su sitio, si alguien me estuviera mirando, probablemente en ciertos casos lo encontraría exagerado. Un ejemplo típico el mueble sobre el que descasa la TV del salón. Cuando eso se mueve, aparezco con la cinta métrica para dejarlo exactamente en el sitio que estaba, y con la pantalla a los mismos centímetros de la pared que antes. Y por supuesto, midiendo cada extremo, para comprobar que viéndola de frente está derecha, y así todo, simétrico, como diría Peter.
Es que lo de los muebles no es menor. Puede que haya quien no lo entienda, pero seguramente otros compartirán conmigo esa idea de que cuando uno encuentra una posición y una forma de poner las cosas que realmente le agrada y le da comodidad, aunque mínimos, hay cambios que se notan, y para algunos, nos resultan incluso molestos, o inaceptables.
Por eso recuerdo una vez hace ya unos cuantos años, cuando tenía una oficina en la que trabajábamos 3 o 4 personas. Era un ambiente pequeño, en el que había una mesa con una fotocopiadora, escritorios, y otro mueble con ordenador de aquellos con Windows 98, monitor de tubo, impresora y demás cuestiones que ocupaban bastante sitio. Resulta que un día decidí pintar, y no quería que aquella armonía se perdiera. Me había costado ubicar todo, de forma de que cada uno tuviera un espacio agradable para trabajar. Así que, lejos de apilar todo en un rincón y moverlo de acuerdo a como avanzaba la obra, decidí hacerlo lo mínimo, todo perfectamente protegido para no mancharse, y antes dejando marcado en el suelo exactamente el sitio donde estaba cada cosa, al milímetro.
Era como cuando en las películas hay un asesinato, y dibujan la silueta de la víctima en la escena del crimen. En mi oficina el crimen era no dejar constancia de como estaban distribuidos los muebles, así que dejé constancia de sus siluetas, y al terminar la obra, todo pudo regresar exactamente a su ubicación, y evitarme esa incomodidad de que algo no encajaba, sobre todo en mi cabeza, claro.
En fin, que como decía antes, no es una cuestión obsesiva porque soy capaz de dormir sin que algo no esté 100% de acuerdo a lo que creo conveniente, pero sí que me gusta guardar ciertas rutinas y formas de hacer las cosas, digamos tener mi propio “orden del desorden”. Y no dudo que, a ojos de otros, podría ser un caos, pero como suelo decir, cada persona es un mundo, y lo importante es hacer lo necesario para que el tuyo funcione para ti, de la mejor forma. Y si además eso no incomoda al resto, y respeta el espacio ajeno en todo sentido, que más se puede pedir, en busca de una paz mental, que cada vez es más necesaria. Así que… sin dejarse dominar por la obsesión, ya que ahí entraríamos en un terreno más complicado, creo que siempre es saludable practicar aquello de: “cada maestrillo tiene su librillo”.
Soy Carlos Vitesse y hasta aquí mi Bitácora Mental de hoy. Gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
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Estaba escuchando “Los Pódcast de la Penúltima Osadía”, -y aprovecho para enviarle desde aquí un saludo a su host, el Sr. Peter-, que en el episodio más reciente, “La simetría de las cosas”, nos contaba sobre sus preferencias respecto al orden y ubicación de las cosas en su casa, e incluso fuera de ella. La verdad es que me sentí identificado, y hoy pensaba hablar de otro tema, pero quería dejarle un comentario, así que voy a aprovechar para hacerlo en formato audio, y desde aquí mismo.
https://open.spotify.com/episode/4pU5Zb7HO7kTS1ZmAt4gIu?si=15b2ce6b0a7c4406
Hola, ¿qué tal, cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Decía que de alguna forma me sentía identificado con lo que se comentaba en el episodio “La simetría de las cosas”, porque creo que, en mayor o menor medida, todos tenemos nuestras manías. Desde lo que podríamos decir que son tonterías, hasta cuestiones complejas, que podrían ser incluso temas delicados. En mi caso, creo que ninguno de esos comportamientos llega a un nivel, digamos preocupante, pero sí que reconozco que alguno pueden causar risa a quien lo observa.
Evidentemente, cada persona tiene sus gustos, rutinas, y ¿por qué no? Sus propias manías, aunque no lo reconozca o no sepa identificarlas, creyendo que son simplemente preferencias, o la mejor opción o solución ante tal o cual asunto, problema o situación. Y es fácil encontrarse con gente que se repite en sus actitudes. Por ejemplo, -y me incluyo en una bastante vista-, el hecho de ir habitualmente al mismo supermercado, e intentar aparcar cada vez, exactamente en el mismo sitio.
Sobre esto, siempre admiro a esos que ves llegar y aparcan casi en modo robótico, donde sea, sin perder un solo segundo, y el coche queda como queda. Da igual si sobresale de las líneas que marcan la plaza, invadiendo otra o directamente haciendo el demasiado visto 2×1, y demás cuestiones que demuestran una preocupación nula en eso que acaban de hacer.
Ante eso, a algunos nos se les moverá un pelo, y en otros casos puede que alguien se vea perjudicado por esa acción. Pero más allá de lo anterior, está quien observa y reconoce, que no podría hacerlo de ese modo, por lo que sea.
Yo soy uno de ellos… ya he comentado en otro episodio que hace décadas tuve una desagradable sorpresa al salir a ver mi coche aparcado, y no fue la única vez. Hubo algún otro incidente, y siempre habiéndolo dejado como se diría “correctamente”, por lo que es un tema en el que pongo atención, y quizá demasiada en algunas situaciones. Es que soy de los que siempre intenta reducir la posibilidad de generar problemas innecesariamente, y sobre todo para mí mismo.
Y si vas al supermercado el mismo día cada semana, a la misma hora, y eres de los que intenta aparcar siempre en la misma plaza, seguro ya te habrás dado cuenta de que otros hacen lo mismo, y muy seguido te encuentras con coches que reconoces de haber visto haciendo lo mismo que tú, una y otra vez. Es que somos bicho de costumbre, y aunque la mayoría no lo diga, la rutina nos gusta, sobre todo cuando se tienen ya cierta edad.
Pero lo de aparcar buscando el mismo sitio no solo ocurre centros comerciales o el supermercado, también se ve en la calle. Al menos eso ocurre en mi barrio, donde sabes si tal o cual vecino está, porque su coche ocupa el sitio donde habitualmente lo ves. Y eso significa que muchas personas practican la misma rutina, porque con lo codiciados que están los espacios públicos por la tremenda cantidad de vehículos que duermen a diario en las calles, solo mucha gente que se repite, puede provocar eso que comento.
Pero no quiero extenderme más con esto, y quería comentar algunas otras actitudes que practico a diario, y que quizá otras personas compartan, o no. Y en ese caso puede que hasta les parezca raro, o jocoso.
Muchas veces escucho episodios, en los que el podcaster de turno, cuenta que se olvidó las llaves de su casa y no pudo entrar, o que al llegar al trabajo se dio cuenta de que se había dejado el móvil sobre la mesa del salón, y así cantidad y cantidad de situaciones, que causan problemas de mayor o menor envergadura.
Incluso en casa me ocurre con mi mujer, algo que me cuesta aceptar porque desde años inmemoriales intento que copie mi “sistema”, para evitar estas molestias, pero no hay caso. Cada poco salimos, y me dice “me he olvidado de tal o cual cosa”, y tenemos que volver a buscar lo que ha tocado esa vez.
Durante mucho tiempo de joven, intenté recordar mentalmente lo que tenía que llevar al salir de casa, pero todo comenzó a funcionar mejor cuando me armé del sistema de contar del 1 al 6, y así no olvidarme de nada. Es algo muy simple, y que incluso sin importar el orden de los elementos, si no están los 6, sabes que te falta algo.
Te cuento… para mí el 1 son las llaves del coche. El 2 son las de casa. El 3 la cartera con los documentos. El 4 los papeles del coche. El 5 el móvil, y el 6 es la gorra que toque según el clima. Y como decía, no necesariamente tiene que ir en orden, igual se detecta en desorden. Por tanto, antes de abrir la puerta para salir de casa, paso lista, y si no cuento 6 cosas, sé que algo falta, y así me evito problemas y pérdidas de tiempo. Aunque a veces eso también tienen su parte buena, imagina que los padres en la peli “solo en casa” hubiera usado mi sistema, nos habrían privado de un entretenimiento genial, así que como también he comentado en otro episodio, la misma receta no siempre funciona para todos.
Pero volviendo a mi método, como todo, no es infalible. Bueno en realidad el problema está en quien lo aplica, porque confieso que en algún caso, de esos que te ocurren 1 vez o 2 al año como mucho, me he dejado por ejemplo la gorra, y al bajar a la calle con frío, me di cuenta de que con las prisas no había aplicado el método, y terminé dándome cuenta de que se me estaban enfriando los pensamientos más de la cuenta. Pero ya digo, salir sin las llaves del coche, móvil, o documentos, es algo con bajísimas probabilidades de que me ocurra, porque no cuesta nada hacer ese recuento, que te cubre en toda ocasión por si acaso, al punto de que aunque parezca exagerado, lo aplico incluso al momento de bajar simplemente a tirar la basura, y salgo con más de lo que necesito. Es que la rutina es la mejor forma de evitar errores.
Y si hablamos del comportamiento dentro de casa, soy de dejar las cosas siempre en el mismo sitio, algo que mi mujer no hace y siempre estamos buscando algo que no sabe donde se ha dejado En mi caso, si una vez has mirado donde estaban las llaves de mi coche, no tienes que preguntarlo, siempre estarán allí. Y lo mismo con todo, abrigos, objetos personales como documentos, etc., etc.
Tengo que decir que actúo de forma similar con otras cosas, y quizá allí entremos en el terreno de las manías, porque reconozco que me puedo perder varios segundos cuando apago el televisor, dejando los mandos en un orden y ubicación específico, día tras día, incluso como decía Peter, simétricamente.
También soy de los que tienen una rutina muy concreta a la hora de irse a la cama, revisando puertas, ventanas, llaves del gas, grifos y todo aquello que sea factible de por error, dejar mal cerrado o conectado. Pero incluso así, en ocasiones te puedes llevar una sorpresa, y darte cuenta de que algo se te ha escapado, o te la han jugado. Por ejemplo, los “amigos” de una conocida compañía proveedora de servicios de telefonía, Televisión y demás, con la que tú apagas el decodificador, y ellos te lo encienden para hacer sus actualizaciones y lo que sea. Entonces, en la oscuridad del ambiente, algunos minutos después, cuando haces la segunda pasada de revisión, como el sereno ese que cobra por la ronda, te encuentras la luz roja encendida, y sabes que están tocando algo.
También me pongo un poco meticuloso con las persianas. Me gusta cerrarlas hasta determinada altura, y si en casa las veo de otro forma, les doy un toque para que queden como me gusta. Seguramente eso sea una manía. Pero puedo dormir sin la perfección mental, y la paz que me proporciona el ver que las cosas están como quiero. Aunque reconozco que le dedico a más de un asunto, una atención y tiempo que probablemente mucha gente no haga, y dedique a otras cosas. Pero es que lo hago porque me siento más tranquilo. Por ejemplo, sabiendo que un móvil no sonará de madrugada y me hará saltar hasta el techo del susto.
Acabo de recordar ahora mismo una publicación de Papá Friki en Mastodon, donde decía que iba a reiniciar su móvil después de 27 días de tenerlo encendido día y noche. Y le respondía que alucinaba con eso, porque en casa los apagamos cada noche, y por eso revisto todo. Es que el de mi mujer, cada tanto cuando le doy la mirada en la vuelta final de perro antes de echarse a dormir, resulta que había quedado encendido. Sé que hay mucha gente que por las cuestiones que sea, sobre todo familiares, dejan encendidos los móviles, pero en nuestro caso los familiares están a más de 10.000 kilómetros de distancia, y con una diferencia horaria de 5 horas o 4 horas dependiendo de la estación del año. Eso hizo que durante un tiempo nuestras noches españolas fueran caóticas, no pudiendo pegar ojo, por lo que fue inevitable tomar la decisión de apagarlos a diario al momento de irnos a dormir, y encenderlos temprano por la mañana.
Considero que el caso que acabo de decir seguramente suena necesario y justificado, pero para el resto no voy a poner excusas, aunque en mi defensa he de decir que la satisfacción o comodidad que me proporciona el mantener ciertas rutinas o incluso manías, da una satisfacción tranquilidad que compensa. Eso sí, no soy capaz de cosas como las que cuenta Peter, de ir a un bar, ver un cuadro torcido, y saltar a ponerlo “estéticamente correcto”. Pero sí que me pierdo cierto tiempo, para que algunos elementos dentro de casa, ocupen al milímetro ese lugar donde los encuentro más cómodos de utilizar.
Y me hacía gracia lo que contaba Peter de que su mujer iba moviendo algunas cosas, y él la seguía poniendo todo en el sitio que a él le gusta tenerlas, porque me ocurre algo similar, al punto que en algunos casos no quiero que me las toquen y me ocupo yo.
Aquí cuando hay que mover muebles para limpiar, al momento de dejar todo en su sitio, si alguien me estuviera mirando, probablemente en ciertos casos lo encontraría exagerado. Un ejemplo típico el mueble sobre el que descasa la TV del salón. Cuando eso se mueve, aparezco con la cinta métrica para dejarlo exactamente en el sitio que estaba, y con la pantalla a los mismos centímetros de la pared que antes. Y por supuesto, midiendo cada extremo, para comprobar que viéndola de frente está derecha, y así todo, simétrico, como diría Peter.
Es que lo de los muebles no es menor. Puede que haya quien no lo entienda, pero seguramente otros compartirán conmigo esa idea de que cuando uno encuentra una posición y una forma de poner las cosas que realmente le agrada y le da comodidad, aunque mínimos, hay cambios que se notan, y para algunos, nos resultan incluso molestos, o inaceptables.
Por eso recuerdo una vez hace ya unos cuantos años, cuando tenía una oficina en la que trabajábamos 3 o 4 personas. Era un ambiente pequeño, en el que había una mesa con una fotocopiadora, escritorios, y otro mueble con ordenador de aquellos con Windows 98, monitor de tubo, impresora y demás cuestiones que ocupaban bastante sitio. Resulta que un día decidí pintar, y no quería que aquella armonía se perdiera. Me había costado ubicar todo, de forma de que cada uno tuviera un espacio agradable para trabajar. Así que, lejos de apilar todo en un rincón y moverlo de acuerdo a como avanzaba la obra, decidí hacerlo lo mínimo, todo perfectamente protegido para no mancharse, y antes dejando marcado en el suelo exactamente el sitio donde estaba cada cosa, al milímetro.
Era como cuando en las películas hay un asesinato, y dibujan la silueta de la víctima en la escena del crimen. En mi oficina el crimen era no dejar constancia de como estaban distribuidos los muebles, así que dejé constancia de sus siluetas, y al terminar la obra, todo pudo regresar exactamente a su ubicación, y evitarme esa incomodidad de que algo no encajaba, sobre todo en mi cabeza, claro.
En fin, que como decía antes, no es una cuestión obsesiva porque soy capaz de dormir sin que algo no esté 100% de acuerdo a lo que creo conveniente, pero sí que me gusta guardar ciertas rutinas y formas de hacer las cosas, digamos tener mi propio “orden del desorden”. Y no dudo que, a ojos de otros, podría ser un caos, pero como suelo decir, cada persona es un mundo, y lo importante es hacer lo necesario para que el tuyo funcione para ti, de la mejor forma. Y si además eso no incomoda al resto, y respeta el espacio ajeno en todo sentido, que más se puede pedir, en busca de una paz mental, que cada vez es más necesaria. Así que… sin dejarse dominar por la obsesión, ya que ahí entraríamos en un terreno más complicado, creo que siempre es saludable practicar aquello de: “cada maestrillo tiene su librillo”.
Soy Carlos Vitesse y hasta aquí mi Bitácora Mental de hoy. Gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
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Estaba escuchando “Los Pódcast de la Penúltima Osadía”, -y aprovecho para enviarle desde aquí un saludo a su host, el Sr. Peter-, que en el episodio más reciente, “La simetría de las cosas”, nos contaba sobre sus preferencias respecto al orden y ubicación de las cosas en su casa, e incluso fuera de ella.La verdad es que me sentí identificado, y hoy pesaba hablar de otro tema, pero quería dejarle un comentario, así que voy a aprovechar para hacerlo en formato audio, y desde aquí mismo.
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Hola, ¿qué tal, cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Decía que de alguna forma me sentía identificado con lo que se comentaba en el episodio “La simetría de las cosas”, porque creo que, en mayor o menor medida, todos tenemos nuestras manías. Desde lo que podríamos decir que son tonterías, hasta cuestiones complejas, que podrían ser incluso temas delicados. En mi caso, creo que ninguno de esos comportamientos llega a un nivel, digamos preocupante, pero sí que reconozco que alguno pueden causar risa a quien lo observa.
Evidentemente, cada persona tiene sus gustos, rutinas, y ¿por qué no? Sus propias manías, aunque no lo reconozca o no sepa identificarlas, creyendo que son simplemente preferencias, o la mejor opción o solución ante tal o cual asunto, problema o situación. Y es fácil encontrarse con gente que se repite en sus actitudes. Por ejemplo, -y me incluyo en una bastante vista-, el hecho de ir habitualmente al mismo supermercado, e intentar aparcar cada vez, exactamente en el mismo sitio.
Sobre esto, siempre admiro a esos que ves llegar y aparcan casi en modo robótico, donde sea, sin perder un solo segundo, y el coche queda como queda. Da igual si sobresale de las líneas que marcan la plaza, invadiendo otra o directamente haciendo el demasiado visto 2×1, y demás cuestiones que demuestran una preocupación nula en eso que acaban de hacer.
Ante eso, a algunos nos se les moverá un pelo, y en otros casos puede que alguien se vea perjudicado por esa acción. Pero más allá de lo anterior, está quien observa y reconoce, que no podría hacerlo de ese modo, por lo que sea.
Yo soy uno de ellos… ya he comentado en otro episodio que hace décadas tuve una desagradable sorpresa al salir a ver mi coche aparcado, y no fue la única vez. Hubo algún otro incidente, y siempre habiéndolo dejado como se diría “correctamente”, por lo que es un tema en el que pongo atención, y quizá demasiada en algunas situaciones. Es que soy de los que siempre intenta reducir la posibilidad de generar problemas innecesariamente, y sobre todo para mí mismo.
Y si vas al supermercado el mismo día cada semana, a la misma hora, y eres de los que intenta aparcar siempre en la misma plaza, seguro ya te habrás dado cuenta de que otros hacen lo mismo, y muy seguido te encuentras con coches que reconoces de haber visto haciendo lo mismo que tú, una y otra vez. Es que somos bicho de costumbre, y aunque la mayoría no lo diga, la rutina nos gusta, sobre todo cuando se tienen ya cierta edad.
Pero lo de aparcar buscando el mismo sitio no solo ocurre centros comerciales o el supermercado, también se ve en la calle. Al menos eso ocurre en mi barrio, donde sabes si tal o cual vecino está, porque su coche ocupa el sitio donde habitualmente lo ves. Y eso significa que muchas personas practican la misma rutina, porque con lo codiciados que están los espacios públicos por la tremenda cantidad de vehículos que duermen a diario en las calles, solo mucha gente que se repite, puede provocar eso que comento.
Pero no quiero extenderme más con esto, y quería comentar algunas otras actitudes que practico a diario, y que quizá otras personas compartan, o no. Y en ese caso puede que hasta les parezca raro, o jocoso.
Muchas veces escucho episodios, en los que el podcaster de turno, cuenta que se olvidó las llaves de su casa y no pudo entrar, o que al llegar al trabajo se dio cuenta de que se había dejado el móvil sobre la mesa del salón, y así cantidad y cantidad de situaciones, que causan problemas de mayor o menor envergadura.
Incluso en casa me ocurre con mi mujer, algo que me cuesta aceptar porque desde años inmemoriales intento que copie mi “sistema”, para evitar estas molestias, pero no hay caso. Cada poco salimos, y me dice “me he olvidado de tal o cual cosa”, y tenemos que volver a buscar lo que ha tocado esa vez.
Durante mucho tiempo de joven, intenté recordar mentalmente lo que tenía que llevar al salir de casa, pero todo comenzó a funcionar mejor cuando me armé del sistema de contar del 1 al 6, y así no olvidarme de nada. Es algo muy simple, y que incluso sin importar el orden de los elementos, si no están los 6, sabes que te falta algo.
Te cuento… para mí el 1 son las llaves del coche. El 2 son las de casa. El 3 la cartera con los documentos. El 4 los papeles del coche. El 5 el móvil, y el 6 es la gorra que toque según el clima. Y como decía, no necesariamente tiene que ir en orden, igual se detecta en desorden. Por tanto, antes de abrir la puerta para salir de casa, paso lista, y si no cuento 6 cosas, sé que algo falta, y así me evito problemas y pérdidas de tiempo. Aunque a veces eso también tienen su parte buena, imagina que los padres en la peli “solo en casa” hubiera usado mi sistema, nos habrían privado de un entretenimiento genial, así que como también he comentado en otro episodio, la misma receta no siempre funciona para todos.
Pero volviendo a mi método, como todo, no es infalible. Bueno en realidad el problema está en quien lo aplica, porque confieso que en algún caso, de esos que te ocurren 1 vez o 2 al año como mucho, me he dejado por ejemplo la gorra, y al bajar a la calle con frío, me di cuenta de que con las prisas no había aplicado el método, y terminé dándome cuenta de que se me estaban enfriando los pensamientos más de la cuenta. Pero ya digo, salir sin las llaves del coche, móvil, o documentos, es algo con bajísimas probabilidades de que me ocurra, porque no cuesta nada hacer ese recuento, que te cubre en toda ocasión por si acaso, al punto de que aunque parezca exagerado, lo aplico incluso al momento de bajar simplemente a tirar la basura, y salgo con más de lo que necesito. Es que la rutina es la mejor forma de evitar errores.
Y si hablamos del comportamiento dentro de casa, soy de dejar las cosas siempre en el mismo sitio, algo que mi mujer no hace y siempre estamos buscando algo que no sabe donde se ha dejado En mi caso, si una vez has mirado donde estaban las llaves de mi coche, no tienes que preguntarlo, siempre estarán allí. Y lo mismo con todo, abrigos, objetos personales como documentos, etc., etc.
Tengo que decir que actúo de forma similar con otras cosas, y quizá allí entremos en el terreno de las manías, porque reconozco que me puedo perder varios segundos cuando apago el televisor, dejando los mandos en un orden y ubicación específico, día tras día, incluso como decía Peter, simétricamente.
También soy de los que tienen una rutina muy concreta a la hora de irse a la cama, revisando puertas, ventanas, llaves del gas, grifos y todo aquello que sea factible de por error, dejar mal cerrado o conectado. Pero incluso así, en ocasiones te puedes llevar una sorpresa, y darte cuenta de que algo se te ha escapado, o te la han jugado. Por ejemplo, los “amigos” de una conocida compañía proveedora de servicios de telefonía, Televisión y demás, con la que tú apagas el decodificador, y ellos te lo encienden para hacer sus actualizaciones y lo que sea. Entonces, en la oscuridad del ambiente, algunos minutos después, cuando haces la segunda pasada de revisión, como el sereno ese que cobra por la ronda, te encuentras la luz roja encendida, y sabes que están tocando algo.
También me pongo un poco meticuloso con las persianas. Me gusta cerrarlas hasta determinada altura, y si en casa las veo de otro forma, les doy un toque para que queden como me gusta. Seguramente eso sea una manía. Pero puedo dormir sin la perfección mental, y la paz que me proporciona el ver que las cosas están como quiero. Aunque reconozco que le dedico a más de un asunto, una atención y tiempo que probablemente mucha gente no haga, y dedique a otras cosas. Pero es que lo hago porque me siento más tranquilo. Por ejemplo, sabiendo que un móvil no sonará de madrugada y me hará saltar hasta el techo del susto.
Acabo de recordar ahora mismo una publicación de Papá Friki en Mastodon, donde decía que iba a reiniciar su móvil después de 27 días de tenerlo encendido día y noche. Y le respondía que alucinaba con eso, porque en casa los apagamos cada noche, y por eso revisto todo. Es que el de mi mujer, cada tanto cuando le doy la mirada en la vuelta final de perro antes de echarse a dormir, resulta que había quedado encendido. Sé que hay mucha gente que por las cuestiones que sea, sobre todo familiares, dejan encendidos los móviles, pero en nuestro caso los familiares están a más de 10.000 kilómetros de distancia, y con una diferencia horaria de 5 horas o 4 horas dependiendo de la estación del año. Eso hizo que durante un tiempo nuestras noches españolas fueran caóticas, no pudiendo pegar ojo, por lo que fue inevitable tomar la decisión de apagarlos a diario al momento de irnos a dormir, y encenderlos temprano por la mañana.
Considero que el caso que acabo de decir seguramente suena necesario y justificado, pero para el resto no voy a poner excusas, aunque en mi defensa he de decir que la satisfacción o comodidad que me proporciona el mantener ciertas rutinas o incluso manías, da una satisfacción tranquilidad que compensa. Eso sí, no soy capaz de cosas como las que cuenta Peter, de ir a un bar, ver un cuadro torcido, y saltar a ponerlo “estéticamente correcto”. Pero sí que me pierdo cierto tiempo, para que algunos elementos dentro de casa, ocupen al milímetro ese lugar donde los encuentro más cómodos de utilizar.
Y me hacía gracia lo que contaba Peter de que su mujer iba moviendo algunas cosas, y él la seguía poniendo todo en el sitio que a él le gusta tenerlas, porque me ocurre algo similar, al punto que en algunos casos no quiero que me las toquen y me ocupo yo.
Aquí cuando hay que mover muebles para limpiar, al momento de dejar todo en su sitio, si alguien me estuviera mirando, probablemente en ciertos casos lo encontraría exagerado. Un ejemplo típico el mueble sobre el que descasa la TV del salón. Cuando eso se mueve, aparezco con la cinta métrica para dejarlo exactamente en el sitio que estaba, y con la pantalla a los mismos centímetros de la pared que antes. Y por supuesto, midiendo cada extremo, para comprobar que viéndola de frente está derecha, y así todo, simétrico, como diría Peter.
Es que lo de los muebles no es menor. Puede que haya quien no lo entienda, pero seguramente otros compartirán conmigo esa idea de que cuando uno encuentra una posición y una forma de poner las cosas que realmente le agrada y le da comodidad, aunque mínimos, hay cambios que se notan, y para algunos, nos resultan incluso molestos, o inaceptables.
Por eso recuerdo una vez hace ya unos cuantos años, cuando tenía una oficina en la que trabajábamos 3 o 4 personas. Era un ambiente pequeño, en el que había una mesa con una fotocopiadora, escritorios, y otro mueble con ordenador de aquellos con Windows 98, monitor de tubo, impresora y demás cuestiones que ocupaban bastante sitio. Resulta que un día decidí pintar, y no quería que aquella armonía se perdiera. Me había costado ubicar todo, de forma de que cada uno tuviera un espacio agradable para trabajar. Así que, lejos de apilar todo en un rincón y moverlo de acuerdo a como avanzaba la obra, decidí hacerlo lo mínimo, todo perfectamente protegido para no mancharse, y antes dejando marcado en el suelo exactamente el sitio donde estaba cada cosa, al milímetro.
Era como cuando en las películas hay un asesinato, y dibujan la silueta de la víctima en la escena del crimen. En mi oficina el crimen era no dejar constancia de como estaban distribuidos los muebles, así que dejé constancia de sus siluetas, y al terminar la obra, todo pudo regresar exactamente a su ubicación, y evitarme esa incomodidad de que algo no encajaba, sobre todo en mi cabeza, claro.
En fin, que como decía antes, no es una cuestión obsesiva porque soy capaz de dormir sin que algo no esté 100% de acuerdo a lo que creo conveniente, pero sí que me gusta guardar ciertas rutinas y formas de hacer las cosas, digamos tener mi propio “orden del desorden”. Y no dudo que, a ojos de otros, podría ser un caos, pero como suelo decir, cada persona es un mundo, y lo importante es hacer lo necesario para que el tuyo funcione para ti, de la mejor forma. Y si además eso no incomoda al resto, y respeta el espacio ajeno en todo sentido, que más se puede pedir, en busca de una paz mental, que cada vez es más necesaria. Así que… sin dejarse dominar por la obsesión, ya que ahí entraríamos en un terreno más complicado, creo que siempre es saludable practicar aquello de: “cada maestrillo tiene su librillo”.
Soy Carlos Vitesse y hasta aquí mi Bitácora Mental de hoy. Gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
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236- ¿Rutinas o manías?
Estaba escuchando “Los Pódcast de la Penúltima Osadía”, -y aprovecho para enviarle desde aquí un saludo a su host, el Sr. Peter-, que en el episodio más reciente, “La simetría de las cosas”, nos contaba sobre sus preferencias respecto al orden y ubicación de las cosas en su casa, e incluso fuera de ella. La verdad es que me sentí identificado, y hoy pensaba hablar de otro tema, pero quería dejarle un comentario, así que voy a aprovechar para hacerlo en formato audio, y desde aquí mismo.
https://open.spotify.com/episode/4pU5Zb7HO7kTS1ZmAt4gIu?si=15b2ce6b0a7c4406
Hola, ¿qué tal, cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Decía que de alguna forma me sentía identificado con lo que se comentaba en el episodio “La simetría de las cosas”, porque creo que, en mayor o menor medida, todos tenemos nuestras manías. Desde lo que podríamos decir que son tonterías, hasta cuestiones complejas, que podrían ser incluso temas delicados. En mi caso, creo que ninguno de esos comportamientos llega a un nivel, digamos preocupante, pero sí que reconozco que alguno pueden causar risa a quien lo observa.
Evidentemente, cada persona tiene sus gustos, rutinas, y ¿por qué no? Sus propias manías, aunque no lo reconozca o no sepa identificarlas, creyendo que son simplemente preferencias, o la mejor opción o solución ante tal o cual asunto, problema o situación. Y es fácil encontrarse con gente que se repite en sus actitudes. Por ejemplo, -y me incluyo en una bastante vista-, el hecho de ir habitualmente al mismo supermercado, e intentar aparcar cada vez, exactamente en el mismo sitio.
Sobre esto, siempre admiro a esos que ves llegar y aparcan casi en modo robótico, donde sea, sin perder un solo segundo, y el coche queda como queda. Da igual si sobresale de las líneas que marcan la plaza, invadiendo otra o directamente haciendo el demasiado visto 2×1, y demás cuestiones que demuestran una preocupación nula en eso que acaban de hacer.
Ante eso, a algunos nos se les moverá un pelo, y en otros casos puede que alguien se vea perjudicado por esa acción. Pero más allá de lo anterior, está quien observa y reconoce, que no podría hacerlo de ese modo, por lo que sea.
Yo soy uno de ellos… ya he comentado en otro episodio que hace décadas tuve una desagradable sorpresa al salir a ver mi coche aparcado, y no fue la única vez. Hubo algún otro incidente, y siempre habiéndolo dejado como se diría “correctamente”, por lo que es un tema en el que pongo atención, y quizá demasiada en algunas situaciones. Es que soy de los que siempre intenta reducir la posibilidad de generar problemas innecesariamente, y sobre todo para mí mismo.
Y si vas al supermercado el mismo día cada semana, a la misma hora, y eres de los que intenta aparcar siempre en la misma plaza, seguro ya te habrás dado cuenta de que otros hacen lo mismo, y muy seguido te encuentras con coches que reconoces de haber visto haciendo lo mismo que tú, una y otra vez. Es que somos bicho de costumbre, y aunque la mayoría no lo diga, la rutina nos gusta, sobre todo cuando se tienen ya cierta edad.
Pero lo de aparcar buscando el mismo sitio no solo ocurre centros comerciales o el supermercado, también se ve en la calle. Al menos eso ocurre en mi barrio, donde sabes si tal o cual vecino está, porque su coche ocupa el sitio donde habitualmente lo ves. Y eso significa que muchas personas practican la misma rutina, porque con lo codiciados que están los espacios públicos por la tremenda cantidad de vehículos que duermen a diario en las calles, solo mucha gente que se repite, puede provocar eso que comento.
Pero no quiero extenderme más con esto, y quería comentar algunas otras actitudes que practico a diario, y que quizá otras personas compartan, o no. Y en ese caso puede que hasta les parezca raro, o jocoso.
Muchas veces escucho episodios, en los que el podcaster de turno, cuenta que se olvidó las llaves de su casa y no pudo entrar, o que al llegar al trabajo se dio cuenta de que se había dejado el móvil sobre la mesa del salón, y así cantidad y cantidad de situaciones, que causan problemas de mayor o menor envergadura.
Incluso en casa me ocurre con mi mujer, algo que me cuesta aceptar porque desde años inmemoriales intento que copie mi “sistema”, para evitar estas molestias, pero no hay caso. Cada poco salimos, y me dice “me he olvidado de tal o cual cosa”, y tenemos que volver a buscar lo que ha tocado esa vez.
Durante mucho tiempo de joven, intenté recordar mentalmente lo que tenía que llevar al salir de casa, pero todo comenzó a funcionar mejor cuando me armé del sistema de contar del 1 al 6, y así no olvidarme de nada. Es algo muy simple, y que incluso sin importar el orden de los elementos, si no están los 6, sabes que te falta algo.
Te cuento… para mí el 1 son las llaves del coche. El 2 son las de casa. El 3 la cartera con los documentos. El 4 los papeles del coche. El 5 el móvil, y el 6 es la gorra que toque según el clima. Y como decía, no necesariamente tiene que ir en orden, igual se detecta en desorden. Por tanto, antes de abrir la puerta para salir de casa, paso lista, y si no cuento 6 cosas, sé que algo falta, y así me evito problemas y pérdidas de tiempo. Aunque a veces eso también tienen su parte buena, imagina que los padres en la peli “solo en casa” hubiera usado mi sistema, nos habrían privado de un entretenimiento genial, así que como también he comentado en otro episodio, la misma receta no siempre funciona para todos.
Pero volviendo a mi método, como todo, no es infalible. Bueno en realidad el problema está en quien lo aplica, porque confieso que en algún caso, de esos que te ocurren 1 vez o 2 al año como mucho, me he dejado por ejemplo la gorra, y al bajar a la calle con frío, me di cuenta de que con las prisas no había aplicado el método, y terminé dándome cuenta de que se me estaban enfriando los pensamientos más de la cuenta. Pero ya digo, salir sin las llaves del coche, móvil, o documentos, es algo con bajísimas probabilidades de que me ocurra, porque no cuesta nada hacer ese recuento, que te cubre en toda ocasión por si acaso, al punto de que aunque parezca exagerado, lo aplico incluso al momento de bajar simplemente a tirar la basura, y salgo con más de lo que necesito. Es que la rutina es la mejor forma de evitar errores.
Y si hablamos del comportamiento dentro de casa, soy de dejar las cosas siempre en el mismo sitio, algo que mi mujer no hace y siempre estamos buscando algo que no sabe donde se ha dejado En mi caso, si una vez has mirado donde estaban las llaves de mi coche, no tienes que preguntarlo, siempre estarán allí. Y lo mismo con todo, abrigos, objetos personales como documentos, etc., etc.
Tengo que decir que actúo de forma similar con otras cosas, y quizá allí entremos en el terreno de las manías, porque reconozco que me puedo perder varios segundos cuando apago el televisor, dejando los mandos en un orden y ubicación específico, día tras día, incluso como decía Peter, simétricamente.
También soy de los que tienen una rutina muy concreta a la hora de irse a la cama, revisando puertas, ventanas, llaves del gas, grifos y todo aquello que sea factible de por error, dejar mal cerrado o conectado. Pero incluso así, en ocasiones te puedes llevar una sorpresa, y darte cuenta de que algo se te ha escapado, o te la han jugado. Por ejemplo, los “amigos” de una conocida compañía proveedora de servicios de telefonía, Televisión y demás, con la que tú apagas el decodificador, y ellos te lo encienden para hacer sus actualizaciones y lo que sea. Entonces, en la oscuridad del ambiente, algunos minutos después, cuando haces la segunda pasada de revisión, como el sereno ese que cobra por la ronda, te encuentras la luz roja encendida, y sabes que están tocando algo.
También me pongo un poco meticuloso con las persianas. Me gusta cerrarlas hasta determinada altura, y si en casa las veo de otro forma, les doy un toque para que queden como me gusta. Seguramente eso sea una manía. Pero puedo dormir sin la perfección mental, y la paz que me proporciona el ver que las cosas están como quiero. Aunque reconozco que le dedico a más de un asunto, una atención y tiempo que probablemente mucha gente no haga, y dedique a otras cosas. Pero es que lo hago porque me siento más tranquilo. Por ejemplo, sabiendo que un móvil no sonará de madrugada y me hará saltar hasta el techo del susto.
Acabo de recordar ahora mismo una publicación de Papá Friki en Mastodon, donde decía que iba a reiniciar su móvil después de 27 días de tenerlo encendido día y noche. Y le respondía que alucinaba con eso, porque en casa los apagamos cada noche, y por eso revisto todo. Es que el de mi mujer, cada tanto cuando le doy la mirada en la vuelta final de perro antes de echarse a dormir, resulta que había quedado encendido. Sé que hay mucha gente que por las cuestiones que sea, sobre todo familiares, dejan encendidos los móviles, pero en nuestro caso los familiares están a más de 10.000 kilómetros de distancia, y con una diferencia horaria de 5 horas o 4 horas dependiendo de la estación del año. Eso hizo que durante un tiempo nuestras noches españolas fueran caóticas, no pudiendo pegar ojo, por lo que fue inevitable tomar la decisión de apagarlos a diario al momento de irnos a dormir, y encenderlos temprano por la mañana.
Considero que el caso que acabo de decir seguramente suena necesario y justificado, pero para el resto no voy a poner excusas, aunque en mi defensa he de decir que la satisfacción o comodidad que me proporciona el mantener ciertas rutinas o incluso manías, da una satisfacción tranquilidad que compensa. Eso sí, no soy capaz de cosas como las que cuenta Peter, de ir a un bar, ver un cuadro torcido, y saltar a ponerlo “estéticamente correcto”. Pero sí que me pierdo cierto tiempo, para que algunos elementos dentro de casa, ocupen al milímetro ese lugar donde los encuentro más cómodos de utilizar.
Y me hacía gracia lo que contaba Peter de que su mujer iba moviendo algunas cosas, y él la seguía poniendo todo en el sitio que a él le gusta tenerlas, porque me ocurre algo similar, al punto que en algunos casos no quiero que me las toquen y me ocupo yo.
Aquí cuando hay que mover muebles para limpiar, al momento de dejar todo en su sitio, si alguien me estuviera mirando, probablemente en ciertos casos lo encontraría exagerado. Un ejemplo típico el mueble sobre el que descasa la TV del salón. Cuando eso se mueve, aparezco con la cinta métrica para dejarlo exactamente en el sitio que estaba, y con la pantalla a los mismos centímetros de la pared que antes. Y por supuesto, midiendo cada extremo, para comprobar que viéndola de frente está derecha, y así todo, simétrico, como diría Peter.
Es que lo de los muebles no es menor. Puede que haya quien no lo entienda, pero seguramente otros compartirán conmigo esa idea de que cuando uno encuentra una posición y una forma de poner las cosas que realmente le agrada y le da comodidad, aunque mínimos, hay cambios que se notan, y para algunos, nos resultan incluso molestos, o inaceptables.
Por eso recuerdo una vez hace ya unos cuantos años, cuando tenía una oficina en la que trabajábamos 3 o 4 personas. Era un ambiente pequeño, en el que había una mesa con una fotocopiadora, escritorios, y otro mueble con ordenador de aquellos con Windows 98, monitor de tubo, impresora y demás cuestiones que ocupaban bastante sitio. Resulta que un día decidí pintar, y no quería que aquella armonía se perdiera. Me había costado ubicar todo, de forma de que cada uno tuviera un espacio agradable para trabajar. Así que, lejos de apilar todo en un rincón y moverlo de acuerdo a como avanzaba la obra, decidí hacerlo lo mínimo, todo perfectamente protegido para no mancharse, y antes dejando marcado en el suelo exactamente el sitio donde estaba cada cosa, al milímetro.
Era como cuando en las películas hay un asesinato, y dibujan la silueta de la víctima en la escena del crimen. En mi oficina el crimen era no dejar constancia de como estaban distribuidos los muebles, así que dejé constancia de sus siluetas, y al terminar la obra, todo pudo regresar exactamente a su ubicación, y evitarme esa incomodidad de que algo no encajaba, sobre todo en mi cabeza, claro.
En fin, que como decía antes, no es una cuestión obsesiva porque soy capaz de dormir sin que algo no esté 100% de acuerdo a lo que creo conveniente, pero sí que me gusta guardar ciertas rutinas y formas de hacer las cosas, digamos tener mi propio “orden del desorden”. Y no dudo que, a ojos de otros, podría ser un caos, pero como suelo decir, cada persona es un mundo, y lo importante es hacer lo necesario para que el tuyo funcione para ti, de la mejor forma. Y si además eso no incomoda al resto, y respeta el espacio ajeno en todo sentido, que más se puede pedir, en busca de una paz mental, que cada vez es más necesaria. Así que… sin dejarse dominar por la obsesión, ya que ahí entraríamos en un terreno más complicado, creo que siempre es saludable practicar aquello de: “cada maestrillo tiene su librillo”.
Soy Carlos Vitesse y hasta aquí mi Bitácora Mental de hoy. Gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
Puedes escuchar Bitácora Mental #Podcast en cualquiera de éstas plataformas y aplicaciones:
También en Ivoox
Aquí tienes el Feed del podcast.
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También en el fediverso
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236- ¿Rutinas o manías?
Estaba escuchando “Los Pódcast de la Penúltima Osadía”, -y aprovecho para enviarle desde aquí un saludo a su host, el Sr. Peter-, que en el episodio más reciente, “La simetría de las cosas”, nos contaba sobre sus preferencias respecto al orden y ubicación de las cosas en su casa, e incluso fuera de ella.La verdad es que me sentí identificado, y hoy pesaba hablar de otro tema, pero quería dejarle un comentario, así que voy a aprovechar para hacerlo en formato audio, y desde aquí mismo.
https://open.spotify.com/episode/4pU5Zb7HO7kTS1ZmAt4gIu?si=15b2ce6b0a7c4406
Hola, ¿qué tal, cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Decía que de alguna forma me sentía identificado con lo que se comentaba en el episodio “La simetría de las cosas”, porque creo que, en mayor o menor medida, todos tenemos nuestras manías. Desde lo que podríamos decir que son tonterías, hasta cuestiones complejas, que podrían ser incluso temas delicados. En mi caso, creo que ninguno de esos comportamientos llega a un nivel, digamos preocupante, pero sí que reconozco que alguno pueden causar risa a quien lo observa.
Evidentemente, cada persona tiene sus gustos, rutinas, y ¿por qué no? Sus propias manías, aunque no lo reconozca o no sepa identificarlas, creyendo que son simplemente preferencias, o la mejor opción o solución ante tal o cual asunto, problema o situación. Y es fácil encontrarse con gente que se repite en sus actitudes. Por ejemplo, -y me incluyo en una bastante vista-, el hecho de ir habitualmente al mismo supermercado, e intentar aparcar cada vez, exactamente en el mismo sitio.
Sobre esto, siempre admiro a esos que ves llegar y aparcan casi en modo robótico, donde sea, sin perder un solo segundo, y el coche queda como queda. Da igual si sobresale de las líneas que marcan la plaza, invadiendo otra o directamente haciendo el demasiado visto 2×1, y demás cuestiones que demuestran una preocupación nula en eso que acaban de hacer.
Ante eso, a algunos nos se les moverá un pelo, y en otros casos puede que alguien se vea perjudicado por esa acción. Pero más allá de lo anterior, está quien observa y reconoce, que no podría hacerlo de ese modo, por lo que sea.
Yo soy uno de ellos… ya he comentado en otro episodio que hace décadas tuve una desagradable sorpresa al salir a ver mi coche aparcado, y no fue la única vez. Hubo algún otro incidente, y siempre habiéndolo dejado como se diría “correctamente”, por lo que es un tema en el que pongo atención, y quizá demasiada en algunas situaciones. Es que soy de los que siempre intenta reducir la posibilidad de generar problemas innecesariamente, y sobre todo para mí mismo.
Y si vas al supermercado el mismo día cada semana, a la misma hora, y eres de los que intenta aparcar siempre en la misma plaza, seguro ya te habrás dado cuenta de que otros hacen lo mismo, y muy seguido te encuentras con coches que reconoces de haber visto haciendo lo mismo que tú, una y otra vez. Es que somos bicho de costumbre, y aunque la mayoría no lo diga, la rutina nos gusta, sobre todo cuando se tienen ya cierta edad.
Pero lo de aparcar buscando el mismo sitio no solo ocurre centros comerciales o el supermercado, también se ve en la calle. Al menos eso ocurre en mi barrio, donde sabes si tal o cual vecino está, porque su coche ocupa el sitio donde habitualmente lo ves. Y eso significa que muchas personas practican la misma rutina, porque con lo codiciados que están los espacios públicos por la tremenda cantidad de vehículos que duermen a diario en las calles, solo mucha gente que se repite, puede provocar eso que comento.
Pero no quiero extenderme más con esto, y quería comentar algunas otras actitudes que practico a diario, y que quizá otras personas compartan, o no. Y en ese caso puede que hasta les parezca raro, o jocoso.
Muchas veces escucho episodios, en los que el podcaster de turno, cuenta que se olvidó las llaves de su casa y no pudo entrar, o que al llegar al trabajo se dio cuenta de que se había dejado el móvil sobre la mesa del salón, y así cantidad y cantidad de situaciones, que causan problemas de mayor o menor envergadura.
Incluso en casa me ocurre con mi mujer, algo que me cuesta aceptar porque desde años inmemoriales intento que copie mi “sistema”, para evitar estas molestias, pero no hay caso. Cada poco salimos, y me dice “me he olvidado de tal o cual cosa”, y tenemos que volver a buscar lo que ha tocado esa vez.
Durante mucho tiempo de joven, intenté recordar mentalmente lo que tenía que llevar al salir de casa, pero todo comenzó a funcionar mejor cuando me armé del sistema de contar del 1 al 6, y así no olvidarme de nada. Es algo muy simple, y que incluso sin importar el orden de los elementos, si no están los 6, sabes que te falta algo.
Te cuento… para mí el 1 son las llaves del coche. El 2 son las de casa. El 3 la cartera con los documentos. El 4 los papeles del coche. El 5 el móvil, y el 6 es la gorra que toque según el clima. Y como decía, no necesariamente tiene que ir en orden, igual se detecta en desorden. Por tanto, antes de abrir la puerta para salir de casa, paso lista, y si no cuento 6 cosas, sé que algo falta, y así me evito problemas y pérdidas de tiempo. Aunque a veces eso también tienen su parte buena, imagina que los padres en la peli “solo en casa” hubiera usado mi sistema, nos habrían privado de un entretenimiento genial, así que como también he comentado en otro episodio, la misma receta no siempre funciona para todos.
Pero volviendo a mi método, como todo, no es infalible. Bueno en realidad el problema está en quien lo aplica, porque confieso que en algún caso, de esos que te ocurren 1 vez o 2 al año como mucho, me he dejado por ejemplo la gorra, y al bajar a la calle con frío, me di cuenta de que con las prisas no había aplicado el método, y terminé dándome cuenta de que se me estaban enfriando los pensamientos más de la cuenta. Pero ya digo, salir sin las llaves del coche, móvil, o documentos, es algo con bajísimas probabilidades de que me ocurra, porque no cuesta nada hacer ese recuento, que te cubre en toda ocasión por si acaso, al punto de que aunque parezca exagerado, lo aplico incluso al momento de bajar simplemente a tirar la basura, y salgo con más de lo que necesito. Es que la rutina es la mejor forma de evitar errores.
Y si hablamos del comportamiento dentro de casa, soy de dejar las cosas siempre en el mismo sitio, algo que mi mujer no hace y siempre estamos buscando algo que no sabe donde se ha dejado En mi caso, si una vez has mirado donde estaban las llaves de mi coche, no tienes que preguntarlo, siempre estarán allí. Y lo mismo con todo, abrigos, objetos personales como documentos, etc., etc.
Tengo que decir que actúo de forma similar con otras cosas, y quizá allí entremos en el terreno de las manías, porque reconozco que me puedo perder varios segundos cuando apago el televisor, dejando los mandos en un orden y ubicación específico, día tras día, incluso como decía Peter, simétricamente.
También soy de los que tienen una rutina muy concreta a la hora de irse a la cama, revisando puertas, ventanas, llaves del gas, grifos y todo aquello que sea factible de por error, dejar mal cerrado o conectado. Pero incluso así, en ocasiones te puedes llevar una sorpresa, y darte cuenta de que algo se te ha escapado, o te la han jugado. Por ejemplo, los “amigos” de una conocida compañía proveedora de servicios de telefonía, Televisión y demás, con la que tú apagas el decodificador, y ellos te lo encienden para hacer sus actualizaciones y lo que sea. Entonces, en la oscuridad del ambiente, algunos minutos después, cuando haces la segunda pasada de revisión, como el sereno ese que cobra por la ronda, te encuentras la luz roja encendida, y sabes que están tocando algo.
También me pongo un poco meticuloso con las persianas. Me gusta cerrarlas hasta determinada altura, y si en casa las veo de otro forma, les doy un toque para que queden como me gusta. Seguramente eso sea una manía. Pero puedo dormir sin la perfección mental, y la paz que me proporciona el ver que las cosas están como quiero. Aunque reconozco que le dedico a más de un asunto, una atención y tiempo que probablemente mucha gente no haga, y dedique a otras cosas. Pero es que lo hago porque me siento más tranquilo. Por ejemplo, sabiendo que un móvil no sonará de madrugada y me hará saltar hasta el techo del susto.
Acabo de recordar ahora mismo una publicación de Papá Friki en Mastodon, donde decía que iba a reiniciar su móvil después de 27 días de tenerlo encendido día y noche. Y le respondía que alucinaba con eso, porque en casa los apagamos cada noche, y por eso revisto todo. Es que el de mi mujer, cada tanto cuando le doy la mirada en la vuelta final de perro antes de echarse a dormir, resulta que había quedado encendido. Sé que hay mucha gente que por las cuestiones que sea, sobre todo familiares, dejan encendidos los móviles, pero en nuestro caso los familiares están a más de 10.000 kilómetros de distancia, y con una diferencia horaria de 5 horas o 4 horas dependiendo de la estación del año. Eso hizo que durante un tiempo nuestras noches españolas fueran caóticas, no pudiendo pegar ojo, por lo que fue inevitable tomar la decisión de apagarlos a diario al momento de irnos a dormir, y encenderlos temprano por la mañana.
Considero que el caso que acabo de decir seguramente suena necesario y justificado, pero para el resto no voy a poner excusas, aunque en mi defensa he de decir que la satisfacción o comodidad que me proporciona el mantener ciertas rutinas o incluso manías, da una satisfacción tranquilidad que compensa. Eso sí, no soy capaz de cosas como las que cuenta Peter, de ir a un bar, ver un cuadro torcido, y saltar a ponerlo “estéticamente correcto”. Pero sí que me pierdo cierto tiempo, para que algunos elementos dentro de casa, ocupen al milímetro ese lugar donde los encuentro más cómodos de utilizar.
Y me hacía gracia lo que contaba Peter de que su mujer iba moviendo algunas cosas, y él la seguía poniendo todo en el sitio que a él le gusta tenerlas, porque me ocurre algo similar, al punto que en algunos casos no quiero que me las toquen y me ocupo yo.
Aquí cuando hay que mover muebles para limpiar, al momento de dejar todo en su sitio, si alguien me estuviera mirando, probablemente en ciertos casos lo encontraría exagerado. Un ejemplo típico el mueble sobre el que descasa la TV del salón. Cuando eso se mueve, aparezco con la cinta métrica para dejarlo exactamente en el sitio que estaba, y con la pantalla a los mismos centímetros de la pared que antes. Y por supuesto, midiendo cada extremo, para comprobar que viéndola de frente está derecha, y así todo, simétrico, como diría Peter.
Es que lo de los muebles no es menor. Puede que haya quien no lo entienda, pero seguramente otros compartirán conmigo esa idea de que cuando uno encuentra una posición y una forma de poner las cosas que realmente le agrada y le da comodidad, aunque mínimos, hay cambios que se notan, y para algunos, nos resultan incluso molestos, o inaceptables.
Por eso recuerdo una vez hace ya unos cuantos años, cuando tenía una oficina en la que trabajábamos 3 o 4 personas. Era un ambiente pequeño, en el que había una mesa con una fotocopiadora, escritorios, y otro mueble con ordenador de aquellos con Windows 98, monitor de tubo, impresora y demás cuestiones que ocupaban bastante sitio. Resulta que un día decidí pintar, y no quería que aquella armonía se perdiera. Me había costado ubicar todo, de forma de que cada uno tuviera un espacio agradable para trabajar. Así que, lejos de apilar todo en un rincón y moverlo de acuerdo a como avanzaba la obra, decidí hacerlo lo mínimo, todo perfectamente protegido para no mancharse, y antes dejando marcado en el suelo exactamente el sitio donde estaba cada cosa, al milímetro.
Era como cuando en las películas hay un asesinato, y dibujan la silueta de la víctima en la escena del crimen. En mi oficina el crimen era no dejar constancia de como estaban distribuidos los muebles, así que dejé constancia de sus siluetas, y al terminar la obra, todo pudo regresar exactamente a su ubicación, y evitarme esa incomodidad de que algo no encajaba, sobre todo en mi cabeza, claro.
En fin, que como decía antes, no es una cuestión obsesiva porque soy capaz de dormir sin que algo no esté 100% de acuerdo a lo que creo conveniente, pero sí que me gusta guardar ciertas rutinas y formas de hacer las cosas, digamos tener mi propio “orden del desorden”. Y no dudo que, a ojos de otros, podría ser un caos, pero como suelo decir, cada persona es un mundo, y lo importante es hacer lo necesario para que el tuyo funcione para ti, de la mejor forma. Y si además eso no incomoda al resto, y respeta el espacio ajeno en todo sentido, que más se puede pedir, en busca de una paz mental, que cada vez es más necesaria. Así que… sin dejarse dominar por la obsesión, ya que ahí entraríamos en un terreno más complicado, creo que siempre es saludable practicar aquello de: “cada maestrillo tiene su librillo”.
Soy Carlos Vitesse y hasta aquí mi Bitácora Mental de hoy. Gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
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231- A todo Vitesse
https://open.spotify.com/episode/0owqEQivSzNa0Wj0E8QfB3?si=9377a3c4d8004dc6
El título de hoy suena a programa del motor -incluso con toque narcisista-, al haber aprovechado para sustituir “velocidad”, por su equivalente en francés. Pero es un simple juego de palabras, un recurso para sintetizar una situación, de la que te voy a hablar a continuación.
Photo by Tommy Lopez on Pexels.comHola que tal ¿Cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Hace unos cuarenta años, recuerdo que por donde vivía en aquellos tiempos, había un programa de radio -temprano por la mañana-, que se llamaba “Velocidad”. Así lo habían denominado, inequívocamente en busca de transmitir la idea de su dinamismo, e iba de periodismo, actualidad, y todas esas cosas que la radio nos lleva entregando desde toda la vida a través de las ondas hertzianas, a aquellos que la sintonizamos en el comienzo de la jornada, para saber como ha amanecido el país, el mundo, pero también como va evolucionando todo durante el día. Y si bien el programa tenía su ritmo, probablemente hoy sería visto como, en cámara lenta.
Y no digo que la radio de hace cuatro décadas sea hoy obsoleta -y no me refiero a las cuestiones técnicas-, lo hago en cuanto a la forma de tratar y hacer llegar la información al oyente, porque la realidad es que en muchos aspectos, los programas matinales actuales, no es que hayan cambiado mucho. Sin duda la tecnología les ha dado nuevas armas, pero sus pilares, y las necesidades del oyente que busca informarse en el inicio de su jornada, son mas o menos las mismas. Lo que sí tenemos que reconocer, es que la forma de consumo, -y el tiempo de escucha-, ha cambiado mucho.
Retener audiencias hoy es harto complicado para todos, -incluso en el caso de los profesionales-, porque el público ha diversificado sus gustos, incentivado por una abanico de propuestas, que merecerían días de 48 horas.
Radio, podcast, streaming, vídeos, redes sociales, y mas cosas que hoy se disputan la atención diaria de millones de personas, y que intentan robarle al otro ese tiempo, que como dice el dicho “es oro”. Porque mas allá de las frases hechas, no existe ninguna duda de que el tiempo es dinero, y de esa atención viven todos aquellos que sostienen el sistema, plataforma, medio, o lo que sea a través de lo cual te llega un contenido que consumes.
Para todo se necesita dinero, directa o indirectamente. Y tanto a nivel amateur o profesional, no hay nada sostenible sin el vil metal, porque entre otras cosas, seguimos teniendo la costumbre de querer comer varias veces al día. Por tanto, gratis solo queda el discurso a pulmón en la plaza del pueblo, pero hoy su repercusión es tan baja, que ni se intenta. Y para cualquier alternativa, necesitas servirte de tecnología y los medios necesarios para llegar a donde quieras llegar, lo que inevitablemente antes o después, pasa por tener el dinero para poder hacerlo, aunque comunicar para ti sea un hobby.
Y una vez que lo tienes montado, sin importar quien sea, te metes en el baile de tener que llamar la atención, pero sobre todo conseguir que quien te escucha, o ve, se quede el mayor tiempo, y que vuelva una y otra vez. Además si es posible, que le cuente a otros sobre ese contenido, y que el proyecto vaya creciendo.
Es un gran curro el que se necesita para ver florecer cualquier propuesta, y que tenga mas o menos éxito. Y para esa tarea, cada uno emplea las armas que cree convenientes, y necesarias.
Pero si hay algo común hoy en casi todo los casos, es la velocidad a la que se entregan eso contenidos, y sobre todo a la que se transmiten, y lo digo en el sentido mas básico de la comunicación humana, el habla.
Desde hace bastante tiempo, es normal encontrarse audios o vídeos en lo que no se deja un solo segundo sin que ocurra algo. No hay tiempo ni para respirar, incluyendo a quien se expresa en cada caso, porque -a criterio de quien edita-, se quitan incluso las respiraciones, o cualquier espacio “prescindible”.
Algunos afirman rotundamente que es la forma de no perder la atención del consumidor, esa que estudios varios, arrojan que cada vez es menor, y ya no somos capaces de retener casi nada.
Datos científicos dicen que el coeficiente intelectual viene bajando -creo desde los 90s-, y seguramente no estamos haciendo nada para cambiarlo. La tendencia viene siendo contenidos cortos y a mayor velocidad, porque no se da abasto para ver y escuchar todo lo que se ofrece.
La realidad es que hemos entrado en un círculo vicioso, en el que cada vez vamos mas rápido, pero al mismo tiempo somos mas lentos respecto a nuestras necesidades. Estamos inmersos en una especie de desesperación que va en aumento, un cóctel de emociones, insatisfacciones, y procesos mentales contaminantes, surgidos a partir de esos contenidos que se van consumido.
En resumen, que nada ayuda a la salud mental, y he leído palabras de algún catedrático, diciendo que los niveles de la enseñanza se vienen bajando desde hace tiempo, porque los alumnos no dan la talla. Y decía que si se pidiera hoy aprobar con la misma exigencia que hace algunas décadas, los suspensos serían de una magnitud descomunal.
La triste realidad es que los jóvenes -y no tan jóvenes-, ya no parecen ser capaces ni de atender, ni de entender, pensar o razonar, como hace algún tiempo. Y todo esto nos lleva por un camino acelerado a un mundo “idiotizado”, del que ya hay verdaderos referentes, cuando no reyes.
Pero volviendo a la velocidad y la comunicación, sabemos perfectamente que la radio en vivo o la TV aun hoy tienen unas estructuras bastante rígidas, con conexiones locales o regionales, y demás cuestiones que hacen que en determinados momentos, muchas veces un locutor o sus colaboradores, tengan que apretar el acelerador, o incluso el freno, de forma de cumplir los horarios fijados. Lo que no se entiende es que en contenidos que no son en vivo, muchas veces se vaya a velocidades absolutamente innecesarias, con los perjuicios que eso implica: equivocaciones, prisas que no permiten buena dicción, o redondear ideas, y demás.
Desde mi punto de vista, las pausas e incluso en ocasiones las respiraciones, son parte fundamental en el puzzle de la comunicación. Considero que los silencios, muchas veces dicen mas que el lenguaje verbal, y son necesarios para procesar y entender el mensaje. Y del mismo modo que los gestos transmiten muchas cosas cuando se está frente a alguien que está diciendo algo, en el caso del audio, el tono de voz, ritmo, y los silencios durante una locución, son parte de la “orquesta de la voz” de quien se está expresado con palabras. Por tanto, me parece un desperdicio desaprovechar -por ejemplo en el formato podcast- una de las grandes ventajas que nos brinda, justamente la posibilidad tomarnos el tiempo necesario para comunicar algo, de forma clara y sin prisas.
Pero como siempre, esta es solo una opinión, y obviamente cada uno tiene la suya, por lo que si quieres compartirla, estaré encantado de conocerla.
Y hasta aquí el Bitácora Mental de hoy, gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
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El título de hoy suena a programa del motor -incluso con toque narcisista-, al haber aprovechado para sustituir “velocidad”, por su equivalente en francés. Pero es un simple juego de palabras, un recurso para sintetizar una situación, de la que te voy a hablar a continuación.
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Hace unos cuarenta años, recuerdo que por donde vivía en aquellos tiempos, había un programa de radio -temprano por la mañana-, que se llamaba “Velocidad”. Así lo habían denominado, inequívocamente en busca de transmitir la idea de su dinamismo, e iba de periodismo, actualidad, y todas esas cosas que la radio nos lleva entregando desde toda la vida a través de las ondas hertzianas, a aquellos que la sintonizamos en el comienzo de la jornada, para saber como ha amanecido el país, el mundo, pero también como va evolucionando todo durante el día. Y si bien el programa tenía su ritmo, probablemente hoy sería visto como, en cámara lenta.
Y no digo que la radio de hace cuatro décadas sea hoy obsoleta -y no me refiero a las cuestiones técnicas-, lo hago en cuanto a la forma de tratar y hacer llegar la información al oyente, porque la realidad es que en muchos aspectos, los programas matinales actuales, no es que hayan cambiado mucho. Sin duda la tecnología les ha dado nuevas armas, pero sus pilares, y las necesidades del oyente que busca informarse en el inicio de su jornada, son mas o menos las mismas. Lo que sí tenemos que reconocer, es que la forma de consumo, -y el tiempo de escucha-, ha cambiado mucho.
Retener audiencias hoy es harto complicado para todos, -incluso en el caso de los profesionales-, porque el público ha diversificado sus gustos, incentivado por una abanico de propuestas, que merecerían días de 48 horas.
Radio, podcast, streaming, vídeos, redes sociales, y mas cosas que hoy se disputan la atención diaria de millones de personas, y que intentan robarle al otro ese tiempo, que como dice el dicho “es oro”. Porque mas allá de las frases hechas, no existe ninguna duda de que el tiempo es dinero, y de esa atención viven todos aquellos que sostienen el sistema, plataforma, medio, o lo que sea a través de lo cual te llega un contenido que consumes.
Para todo se necesita dinero, directa o indirectamente. Y tanto a nivel amateur o profesional, no hay nada sostenible sin el vil metal, porque entre otras cosas, seguimos teniendo la costumbre de querer comer varias veces al día. Por tanto, gratis solo queda el discurso a pulmón en la plaza del pueblo, pero hoy su repercusión es tan baja, que ni se intenta. Y para cualquier alternativa, necesitas servirte de tecnología y los medios necesarios para llegar a donde quieras llegar, lo que inevitablemente antes o después, pasa por tener el dinero para poder hacerlo, aunque comunicar para ti sea un hobby.
Y una vez que lo tienes montado, sin importar quien sea, te metes en el baile de tener que llamar la atención, pero sobre todo conseguir que quien te escucha, o ve, se quede el mayor tiempo, y que vuelva una y otra vez. Además si es posible, que le cuente a otros sobre ese contenido, y que el proyecto vaya creciendo.
Es un gran curro el que se necesita para ver florecer cualquier propuesta, y que tenga mas o menos éxito. Y para esa tarea, cada uno emplea las armas que cree convenientes, y necesarias.
Pero si hay algo común hoy en casi todo los casos, es la velocidad a la que se entregan eso contenidos, y sobre todo a la que se transmiten, y lo digo en el sentido mas básico de la comunicación humana, el habla.
Desde hace bastante tiempo, es normal encontrarse audios o vídeos en lo que no se deja un solo segundo sin que ocurra algo. No hay tiempo ni para respirar, incluyendo a quien se expresa en cada caso, porque -a criterio de quien edita-, se quitan incluso las respiraciones, o cualquier espacio “prescindible”.
Algunos afirman rotundamente que es la forma de no perder la atención del consumidor, esa que estudios varios, arrojan que cada vez es menor, y ya no somos capaces de retener casi nada.
Datos científicos dicen que el coeficiente intelectual viene bajando -creo desde los 90s-, y seguramente no estamos haciendo nada para cambiarlo. La tendencia viene siendo contenidos cortos y a mayor velocidad, porque no se da abasto para ver y escuchar todo lo que se ofrece.
La realidad es que hemos entrado en un círculo vicioso, en el que cada vez vamos mas rápido, pero al mismo tiempo somos mas lentos respecto a nuestras necesidades. Estamos inmersos en una especie de desesperación que va en aumento, un cóctel de emociones, insatisfacciones, y procesos mentales contaminantes, surgidos a partir de esos contenidos que se van consumido.
En resumen, que nada ayuda a la salud mental, y he leído palabras de algún catedrático, diciendo que los niveles de la enseñanza se vienen bajando desde hace tiempo, porque los alumnos no dan la talla. Y decía que si se pidiera hoy aprobar con la misma exigencia que hace algunas décadas, los suspensos serían de una magnitud descomunal.
La triste realidad es que los jóvenes -y no tan jóvenes-, ya no parecen ser capaces ni de atender, ni de entender, pensar o razonar, como hace algún tiempo. Y todo esto nos lleva por un camino acelerado a un mundo “idiotizado”, del que ya hay verdaderos referentes, cuando no reyes.
Pero volviendo a la velocidad y la comunicación, sabemos perfectamente que la radio en vivo o la TV aun hoy tienen unas estructuras bastante rígidas, con conexiones locales o regionales, y demás cuestiones que hacen que en determinados momentos, muchas veces un locutor o sus colaboradores, tengan que apretar el acelerador, o incluso el freno, de forma de cumplir los horarios fijados. Lo que no se entiende es que en contenidos que no son en vivo, muchas veces se vaya a velocidades absolutamente innecesarias, con los perjuicios que eso implica: equivocaciones, prisas que no permiten buena dicción, o redondear ideas, y demás.
Desde mi punto de vista, las pausas e incluso en ocasiones las respiraciones, son parte fundamental en el puzzle de la comunicación. Considero que los silencios, muchas veces dicen mas que el lenguaje verbal, y son necesarios para procesar y entender el mensaje. Y del mismo modo que los gestos transmiten muchas cosas cuando se está frente a alguien que está diciendo algo, en el caso del audio, el tono de voz, ritmo, y los silencios durante una locución, son parte de la “orquesta de la voz” de quien se está expresado con palabras. Por tanto, me parece un desperdicio desaprovechar -por ejemplo en el formato podcast- una de las grandes ventajas que nos brinda, justamente la posibilidad tomarnos el tiempo necesario para comunicar algo, de forma clara y sin prisas.
Pero como siempre, esta es solo una opinión, y obviamente cada uno tiene la suya, por lo que si quieres compartirla, estaré encantado de conocerla.
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Hace unos cuarenta años, recuerdo que por donde vivía en aquellos tiempos, había un programa de radio -temprano por la mañana-, que se llamaba “Velocidad”. Así lo habían denominado, inequívocamente en busca de transmitir la idea de su dinamismo, e iba de periodismo, actualidad, y todas esas cosas que la radio nos lleva entregando desde toda la vida a través de las ondas hertzianas, a aquellos que la sintonizamos en el comienzo de la jornada, para saber como ha amanecido el país, el mundo, pero también como va evolucionando todo durante el día. Y si bien el programa tenía su ritmo, probablemente hoy sería visto como, en cámara lenta.
Y no digo que la radio de hace cuatro décadas sea hoy obsoleta -y no me refiero a las cuestiones técnicas-, lo hago en cuanto a la forma de tratar y hacer llegar la información al oyente, porque la realidad es que en muchos aspectos, los programas matinales actuales, no es que hayan cambiado mucho. Sin duda la tecnología les ha dado nuevas armas, pero sus pilares, y las necesidades del oyente que busca informarse en el inicio de su jornada, son mas o menos las mismas. Lo que sí tenemos que reconocer, es que la forma de consumo, -y el tiempo de escucha-, ha cambiado mucho.
Retener audiencias hoy es harto complicado para todos, -incluso en el caso de los profesionales-, porque el público ha diversificado sus gustos, incentivado por una abanico de propuestas, que merecerían días de 48 horas.
Radio, podcast, streaming, vídeos, redes sociales, y mas cosas que hoy se disputan la atención diaria de millones de personas, y que intentan robarle al otro ese tiempo, que como dice el dicho “es oro”. Porque mas allá de las frases hechas, no existe ninguna duda de que el tiempo es dinero, y de esa atención viven todos aquellos que sostienen el sistema, plataforma, medio, o lo que sea a través de lo cual te llega un contenido que consumes.
Para todo se necesita dinero, directa o indirectamente. Y tanto a nivel amateur o profesional, no hay nada sostenible sin el vil metal, porque entre otras cosas, seguimos teniendo la costumbre de querer comer varias veces al día. Por tanto, gratis solo queda el discurso a pulmón en la plaza del pueblo, pero hoy su repercusión es tan baja, que ni se intenta. Y para cualquier alternativa, necesitas servirte de tecnología y los medios necesarios para llegar a donde quieras llegar, lo que inevitablemente antes o después, pasa por tener el dinero para poder hacerlo, aunque comunicar para ti sea un hobby.
Y una vez que lo tienes montado, sin importar quien sea, te metes en el baile de tener que llamar la atención, pero sobre todo conseguir que quien te escucha, o ve, se quede el mayor tiempo, y que vuelva una y otra vez. Además si es posible, que le cuente a otros sobre ese contenido, y que el proyecto vaya creciendo.
Es un gran curro el que se necesita para ver florecer cualquier propuesta, y que tenga mas o menos éxito. Y para esa tarea, cada uno emplea las armas que cree convenientes, y necesarias.
Pero si hay algo común hoy en casi todo los casos, es la velocidad a la que se entregan eso contenidos, y sobre todo a la que se transmiten, y lo digo en el sentido mas básico de la comunicación humana, el habla.
Desde hace bastante tiempo, es normal encontrarse audios o vídeos en lo que no se deja un solo segundo sin que ocurra algo. No hay tiempo ni para respirar, incluyendo a quien se expresa en cada caso, porque -a criterio de quien edita-, se quitan incluso las respiraciones, o cualquier espacio “prescindible”.
Algunos afirman rotundamente que es la forma de no perder la atención del consumidor, esa que estudios varios, arrojan que cada vez es menor, y ya no somos capaces de retener casi nada.
Datos científicos dicen que el coeficiente intelectual viene bajando -creo desde los 90s-, y seguramente no estamos haciendo nada para cambiarlo. La tendencia viene siendo contenidos cortos y a mayor velocidad, porque no se da abasto para ver y escuchar todo lo que se ofrece.
La realidad es que hemos entrado en un círculo vicioso, en el que cada vez vamos mas rápido, pero al mismo tiempo somos mas lentos respecto a nuestras necesidades. Estamos inmersos en una especie de desesperación que va en aumento, un cóctel de emociones, insatisfacciones, y procesos mentales contaminantes, surgidos a partir de esos contenidos que se van consumido.
En resumen, que nada ayuda a la salud mental, y he leído palabras de algún catedrático, diciendo que los niveles de la enseñanza se vienen bajando desde hace tiempo, porque los alumnos no dan la talla. Y decía que si se pidiera hoy aprobar con la misma exigencia que hace algunas décadas, los suspensos serían de una magnitud descomunal.
La triste realidad es que los jóvenes -y no tan jóvenes-, ya no parecen ser capaces ni de atender, ni de entender, pensar o razonar, como hace algún tiempo. Y todo esto nos lleva por un camino acelerado a un mundo “idiotizado”, del que ya hay verdaderos referentes, cuando no reyes.
Pero volviendo a la velocidad y la comunicación, sabemos perfectamente que la radio en vivo o la TV aun hoy tienen unas estructuras bastante rígidas, con conexiones locales o regionales, y demás cuestiones que hacen que en determinados momentos, muchas veces un locutor o sus colaboradores, tengan que apretar el acelerador, o incluso el freno, de forma de cumplir los horarios fijados. Lo que no se entiende es que en contenidos que no son en vivo, muchas veces se vaya a velocidades absolutamente innecesarias, con los perjuicios que eso implica: equivocaciones, prisas que no permiten buena dicción, o redondear ideas, y demás.
Desde mi punto de vista, las pausas e incluso en ocasiones las respiraciones, son parte fundamental en el puzzle de la comunicación. Considero que los silencios, muchas veces dicen mas que el lenguaje verbal, y son necesarios para procesar y entender el mensaje. Y del mismo modo que los gestos transmiten muchas cosas cuando se está frente a alguien que está diciendo algo, en el caso del audio, el tono de voz, ritmo, y los silencios durante una locución, son parte de la “orquesta de la voz” de quien se está expresado con palabras. Por tanto, me parece un desperdicio desaprovechar -por ejemplo en el formato podcast- una de las grandes ventajas que nos brinda, justamente la posibilidad tomarnos el tiempo necesario para comunicar algo, de forma clara y sin prisas.
Pero como siempre, esta es solo una opinión, y obviamente cada uno tiene la suya, por lo que si quieres compartirla, estaré encantado de conocerla.
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230- Cobrar por denunciar
https://open.spotify.com/episode/5hD78n2uEZAAOT9I0ZoQtx?si=04844fa6998d4024
Supongamos que estás al volante de tu coche, y delante tuyo, otro conductor hace una maniobra de esas que inequívocamente están prohibidas. Algo que de ser visto por un agente de la ley, o captado por alguna cámara de tráfico, terminaría en multa. ¿Denunciarías el hecho si te pagaran por hacerlo?
Photo by Caspar Rae on UnsplashHola que tal… ¿Cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
No se si ya has respondido mentalmente a la pregunta que acabo de hacerte, una decisión que en España difícilmente tengas que tomar -al menos por ahora-, pero que sepas que en otros países, esto es una realidad.
Te cuento que estaba leyendo un artículo sobre este asunto, y mas concretamente en relación a Vietnam, donde con el fin de reducir las infracciones de tráfico, -entre otras medidas- resulta que los conductores pueden denunciar a otros a través de una app, y cobrar por esa colaboración ciudadana anónima. Evidentemente en cada caso es necesario aportar las pruebas del caso, pero con tecnología actual sabemos que es muy sencillo. Por tanto, probablemente mas de un “chivato” consiga llevarse a casa un sobresueldo, simplemente reportando infracciones que ve en su día a día.
La verdad… no he investigado sobre el asunto, pero me consta que hay otros sitios en lo que este sistema funcionó, o sigue funcionando. Por ejemplo a partir de 2019 en New York, donde se comenzó a compensar económicamente a personas que denunciaran ciertas infracciones de tráfico. Creo que el primer tipo que se puso en práctica, fue el de perseguir a conductores detenidos en la vía pública, con el motor encendido mas de tres minutos. La intención era reducir la contaminación ambiental, y cualquier ciudadano estaba en posibilidad de comunicar infracciones de ese tipo demostrando el hecho, teniendo la posibilidad de obtener a cambio un 25% del importe de la multa. Y según parece, había mucha gente que se dedicaba a perseguir este tipo de infracciones, al punto de que en algún caso, hubo quien consiguió más de 120.000 euros dedicándose a esa “actividad”.
Otra ciudad que se menciona dentro de las que también tuvo campañas con premio a ciudadanos que delataran infractores, fue Austin (Texas-EEUU). La información dice que en 2022, se aprobaron mas tipos de infracciones denunciables para quien quisiera colaborar. Desconozco si en 2025 continúa vigente el sistema, y ahora mismo estoy pensando en Ernesto Acosta del podcast “Como pienso digo”, que justamente vive en esa zona de EEUU, y que si escucha este episodio, igual le interesa comentar algo sobre el asunto, cuando en alguno de sus episodios el tema le cuadre con su contenido.
Pero hay mas países en la lista de los que pagan a los ciudadanos que denuncian a conductores infractores. Por ejemplo Francia, donde una noticia de hace un par de años, decía que pagaban 1.500 euros mensuales a ciudadanos que instalaran un radar móvil en sus coches, significando para el estado una recaudación extra de más de 50 millones de euros, gracias a las multas por exceso de velocidad.
En Reino Unido también hubo o quizá continúe este tema de la posibilidad de denunciar infractores, pero no tengo claro que hubiera compensación económica. Lo que sí leí es que en algún momento la cosa se puso complicada, incluso con casos de amenazas de muerte por este tipo de “chivatazos”, y supongo habrá sido debido a un mal manejo de la privacidad del denunciante.
Y como decía, no he investigado, pero recuerdo haber leído que en Argentina, -o al menos en alguna ciudad-, hace años se alentaba a la gente para que utilizara una app oficial, que permitía luchar contra las infracciones de tránsito. Pero creo que por allí tampoco se manejaba dinero a cambio. Misma situación tenemos en España, donde puedes chivarte, pero supongo que lo hará muy poca gente, y sobre todo aquella que se vea perjudicada directamente, por actos incívicos.
Hablando de eso, recuerdo que hace algunos años, en el barrio teníamos un problema de ese tipo. Eran infinidad de conductores diarios los que obstaculizaban un vado, única entrada y salida del parking de varios edificios. Pues se hicieron gestiones a través de la asociación de vecinos, y determinado día en reunión con la autoridad competente, la recomendación fue que lo mejor era renunciar al derecho de quejarse mediante la denuncia de los infractores, porque “por experiencia profesional”, era una situación clara de esas en que “el remedio es peor que la enfermedad”. Y como uno también tienen claro aquello de que “a buen entendedor, pocas palabras”, el problema continúa como hace diez, veinte, o mas años, pero al menos estamos aquí enteros para contarlo.
Y termino como al principio… ¿Si te pagaran por denunciar a un conductor que ha hecho una infracción, lo harías, o callarías porque aquello del “hoy por ti, mañana por mí?
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Photo by Caspar Rae on UnsplashHola que tal… ¿Cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
No se si ya has respondido mentalmente a la pregunta que acabo de hacerte, una decisión que en España difícilmente tengas que tomar -al menos por ahora-, pero que sepas que en otros países, esto es una realidad.
Te cuento que estaba leyendo un artículo sobre este asunto, y mas concretamente en relación a Vietnam, donde con el fin de reducir las infracciones de tráfico, -entre otras medidas- resulta que los conductores pueden denunciar a otros a través de una app, y cobrar por esa colaboración ciudadana anónima. Evidentemente en cada caso es necesario aportar las pruebas del caso, pero con tecnología actual sabemos que es muy sencillo. Por tanto, probablemente mas de un “chivato” consiga llevarse a casa un sobresueldo, simplemente reportando infracciones que ve en su día a día.
La verdad… no he investigado sobre el asunto, pero me consta que hay otros sitios en lo que este sistema funcionó, o sigue funcionando. Por ejemplo a partir de 2019 en New York, donde se comenzó a compensar económicamente a personas que denunciaran ciertas infracciones de tráfico. Creo que el primer tipo que se puso en práctica, fue el de perseguir a conductores detenidos en la vía pública, con el motor encendido mas de tres minutos. La intención era reducir la contaminación ambiental, y cualquier ciudadano estaba en posibilidad de comunicar infracciones de ese tipo demostrando el hecho, teniendo la posibilidad de obtener a cambio un 25% del importe de la multa. Y según parece, había mucha gente que se dedicaba a perseguir este tipo de infracciones, al punto de que en algún caso, hubo quien consiguió más de 120.000 euros dedicándose a esa “actividad”.
Otra ciudad que se menciona dentro de las que también tuvo campañas con premio a ciudadanos que delataran infractores, fue Austin (Texas-EEUU). La información dice que en 2022, se aprobaron mas tipos de infracciones denunciables para quien quisiera colaborar. Desconozco si en 2025 continúa vigente el sistema, y ahora mismo estoy pensando en Ernesto Acosta del podcast “Como pienso digo”, que justamente vive en esa zona de EEUU, y que si escucha este episodio, igual le interesa comentar algo sobre el asunto, cuando en alguno de sus episodios el tema le cuadre con su contenido.
Pero hay mas países en la lista de los que pagan a los ciudadanos que denuncian a conductores infractores. Por ejemplo Francia, donde una noticia de hace un par de años, decía que pagaban 1.500 euros mensuales a ciudadanos que instalaran un radar móvil en sus coches, significando para el estado una recaudación extra de más de 50 millones de euros, gracias a las multas por exceso de velocidad.
En Reino Unido también hubo o quizá continúe este tema de la posibilidad de denunciar infractores, pero no tengo claro que hubiera compensación económica. Lo que sí leí es que en algún momento la cosa se puso complicada, incluso con casos de amenazas de muerte por este tipo de “chivatazos”, y supongo habrá sido debido a un mal manejo de la privacidad del denunciante.
Y como decía, no he investigado, pero recuerdo haber leído que en Argentina, -o al menos en alguna ciudad-, hace años se alentaba a la gente para que utilizara una app oficial, que permitía luchar contra las infracciones de tránsito. Pero creo que por allí tampoco se manejaba dinero a cambio. Misma situación tenemos en España, donde puedes chivarte, pero supongo que lo hará muy poca gente, y sobre todo aquella que se vea perjudicada directamente, por actos incívicos.
Hablando de eso, recuerdo que hace algunos años, en el barrio teníamos un problema de ese tipo. Eran infinidad de conductores diarios los que obstaculizaban un vado, única entrada y salida del parking de varios edificios. Pues se hicieron gestiones a través de la asociación de vecinos, y determinado día en reunión con la autoridad competente, la recomendación fue que lo mejor era renunciar al derecho de quejarse mediante la denuncia de los infractores, porque “por experiencia profesional”, era una situación clara de esas en que “el remedio es peor que la enfermedad”. Y como uno también tienen claro aquello de que “a buen entendedor, pocas palabras”, el problema continúa como hace diez, veinte, o mas años, pero al menos estamos aquí enteros para contarlo.
Y termino como al principio… ¿Si te pagaran por denunciar a un conductor que ha hecho una infracción, lo harías, o callarías porque aquello del “hoy por ti, mañana por mí?
Y hasta aquí el Bitácora Mental de hoy, gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
Puedes escuchar Bitácora Mental #Podcast en cualquiera de éstas plataformas y aplicaciones:
También en Ivoox
Aquí tienes el Feed del podcast.
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230- Cobrar por denunciar
https://open.spotify.com/episode/5hD78n2uEZAAOT9I0ZoQtx?si=04844fa6998d4024
Supongamos que estás al volante de tu coche, y delante tuyo, otro conductor hace una maniobra de esas que inequívocamente están prohibidas. Algo que de ser visto por un agente de la ley, o captado por alguna cámara de tráfico, terminaría en multa. ¿Denunciarías el hecho si te pagaran por hacerlo?
Photo by Caspar Rae on UnsplashHola que tal… ¿Cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
No se si ya has respondido mentalmente a la pregunta que acabo de hacerte, una decisión que en España difícilmente tengas que tomar -al menos por ahora-, pero que sepas que en otros países, esto es una realidad.
Te cuento que estaba leyendo un artículo sobre este asunto, y mas concretamente en relación a Vietnam, donde con el fin de reducir las infracciones de tráfico, -entre otras medidas- resulta que los conductores pueden denunciar a otros a través de una app, y cobrar por esa colaboración ciudadana anónima. Evidentemente en cada caso es necesario aportar las pruebas del caso, pero con tecnología actual sabemos que es muy sencillo. Por tanto, probablemente mas de un “chivato” consiga llevarse a casa un sobresueldo, simplemente reportando infracciones que ve en su día a día.
La verdad… no he investigado sobre el asunto, pero me consta que hay otros sitios en lo que este sistema funcionó, o sigue funcionando. Por ejemplo a partir de 2019 en New York, donde se comenzó a compensar económicamente a personas que denunciaran ciertas infracciones de tráfico. Creo que el primer tipo que se puso en práctica, fue el de perseguir a conductores detenidos en la vía pública, con el motor encendido mas de tres minutos. La intención era reducir la contaminación ambiental, y cualquier ciudadano estaba en posibilidad de comunicar infracciones de ese tipo demostrando el hecho, teniendo la posibilidad de obtener a cambio un 25% del importe de la multa. Y según parece, había mucha gente que se dedicaba a perseguir este tipo de infracciones, al punto de que en algún caso, hubo quien consiguió más de 120.000 euros dedicándose a esa “actividad”.
Otra ciudad que se menciona dentro de las que también tuvo campañas con premio a ciudadanos que delataran infractores, fue Austin (Texas-EEUU). La información dice que en 2022, se aprobaron mas tipos de infracciones denunciables para quien quisiera colaborar. Desconozco si en 2025 continúa vigente el sistema, y ahora mismo estoy pensando en Ernesto Acosta del podcast “Como pienso digo”, que justamente vive en esa zona de EEUU, y que si escucha este episodio, igual le interesa comentar algo sobre el asunto, cuando en alguno de sus episodios el tema le cuadre con su contenido.
Pero hay mas países en la lista de los que pagan a los ciudadanos que denuncian a conductores infractores. Por ejemplo Francia, donde una noticia de hace un par de años, decía que pagaban 1.500 euros mensuales a ciudadanos que instalaran un radar móvil en sus coches, significando para el estado una recaudación extra de más de 50 millones de euros, gracias a las multas por exceso de velocidad.
En Reino Unido también hubo o quizá continúe este tema de la posibilidad de denunciar infractores, pero no tengo claro que hubiera compensación económica. Lo que sí leí es que en algún momento la cosa se puso complicada, incluso con casos de amenazas de muerte por este tipo de “chivatazos”, y supongo habrá sido debido a un mal manejo de la privacidad del denunciante.
Y como decía, no he investigado, pero recuerdo haber leído que en Argentina, -o al menos en alguna ciudad-, hace años se alentaba a la gente para que utilizara una app oficial, que permitía luchar contra las infracciones de tránsito. Pero creo que por allí tampoco se manejaba dinero a cambio. Misma situación tenemos en España, donde puedes chivarte, pero supongo que lo hará muy poca gente, y sobre todo aquella que se vea perjudicada directamente, por actos incívicos.
Hablando de eso, recuerdo que hace algunos años, en el barrio teníamos un problema de ese tipo. Eran infinidad de conductores diarios los que obstaculizaban un vado, única entrada y salida del parking de varios edificios. Pues se hicieron gestiones a través de la asociación de vecinos, y determinado día en reunión con la autoridad competente, la recomendación fue que lo mejor era renunciar al derecho de quejarse mediante la denuncia de los infractores, porque “por experiencia profesional”, era una situación clara de esas en que “el remedio es peor que la enfermedad”. Y como uno también tienen claro aquello de que “a buen entendedor, pocas palabras”, el problema continúa como hace diez, veinte, o mas años, pero al menos estamos aquí enteros para contarlo.
Y termino como al principio… ¿Si te pagaran por denunciar a un conductor que ha hecho una infracción, lo harías, o callarías porque aquello del “hoy por ti, mañana por mí?
Y hasta aquí el Bitácora Mental de hoy, gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
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225- Tu acento ¿condiciona la audiencia?
https://open.spotify.com/episode/7eLOgmZluj01VbFNT0N6tm?si=fd90da9d9b5d402c
Bastante antes de que comenzara la pandemia, cierto día manteniendo una conversación con alguien con quien años después -allá por 2019-, lanzaríamos un podcast, mientras hablábamos de nuestro día a día en España, sobre seguidores, posicionarse, y tantas otras cosas, me hizo ver que quizá no había tenido en cuenta la desventaja que significaba -o podría significar- en la repercusión de un contenido o directamente al “hacerse oír”, el hecho de ser inmigrante, que no es algo que en mi caso salte a la vista, pero si al oído. Por eso hoy te quiero hablar del acento, mi acento.
Foto de Amir Mortezaie en Unsplash
Hola que tal ¿Cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Después de casi 20 años viviendo en España, y mas precisamente en Catalunya, hay algo que todavía no tengo claro, y es si mi forma de hablar causa simpatía, o rechazo. Descarto la opción de indiferencia, porque ese podría ser el resultado de estar absolutamente mimetizado con el lenguaje local, algo que nunca me consideré capaz de conseguir, sobre todo porque no hablamos ya de un acento español, sino de comunicarse en catalán. Un idioma que por cierto estudié en los primeros tiempos que estuve por éstas tierras, y que abandoné relativamente rápido, por cuestiones de trabajo.
Confieso que desde mi llegada a la península, tuve la intención de integrarme en todo sentido, quedando comprendido también lo relativo al lenguaje, un tema no menor, y que pronto descubrí sería tarea complicada, incluso rozando la utopía.
Cambiar costumbres resultaba un tema que pasaba exclusivamente por la voluntad, y por mas arraigadas que uno trajera un montón de cuestiones, y una forma de vida con la que había recorrido ya 40 años por los caminos de este mundo, la tarea se presentaba accesible, y hasta cómoda. Muy diferente pintaba el ser capaz de expresarse en el castellano de la zona, y bastante peor en catalán, al menos haciéndolo con el respeto que me impongo en este tipo de cuestiones. Así fue que pronto me di cuenta de que convertirme en catalano-parlante no era algo que me hiciera feliz, porque teniendo tanto puntos de contacto con el castellano, estaba haciéndome dudar de cosas que tenía perfectamente aprendidas.
La cerveza con “s” en vez de “z”, el móvil con “b” en vez de “v”, y tantas y tantas otras cuestiones, estaban haciendo que cada vez escribiera peor mi castellano rioplatense de toda la vida, y actualizado al de la península ibérica, aunque con ciertas licencias del hemisferio sur, como era de esperar. Y probablemente, aunque no atribuible a la leyenda de la “crisis de los 40s”, la edad o la pereza disimulada en resistencia mental, no paraba de enviarme mensajes de alerta con titulares en rojo, donde quedaba claro que el riesgo de quedarme a medio camino entre castellano y catalán, -perdiendo facultades en el primero-, iba a ser una realidad a muy corto plazo. Y eso me hizo pensar rápidamente en aquello de “aprendiz de todo, oficial de nada”.
Y fue así que decidí que no malgastaría energías nadando contra corriente, que evidentemente bajaba con una fuerza superior a la que sentía como propia para hacerle frente. Y asumí entonces que -en mi caso- lo mas inteligente era intentar conocer al máximo el catalán desde la propia calle, conseguir entenderlo perfectamente ya fuera hablado o escrito, pero a la hora de expresarme, hacerlo de la única forma en la que me sentía capaz, la misma que había utilizado toda la vida, aunque como decía antes, quizá con ciertos cambios, adecuados a mi nueva residencia. Y así he transitado las casi dos décadas que he visto pasar desde este hemisferio, y que sumadas a las de mi historia anterior, pronto me convertirán en eso que llaman “sexagenario”, que en mi juventud era casi un desprecio hacia la experiencia y la vida de alguien con cierto recorrido, y que hoy en este mundo de etiquetas, dependiendo de quien rotule y con qué intenciones, igual puedes ser un desgraciado, que el mas excéntrico de los mortales. En lo personal, me tiene sin cuidado la clasificación asignada por otros, ya que cada persona es un mundo, y solo el individuo involucrado sabe de que ha ido, y sobre todo de que va el suyo, qué gira a su alrededor, y qué órbitas considera de interés recorrer, en el tiempo que le sea concedido para ese viaje vital.
Pero intentando no divagar mas de la cuenta, y volviendo al principio, lo del acento y sus repercusiones no es un asunto intrascendente. Es mucho mas relevante de lo que parece, sobre todo porque la forma en que uno se comunica puede ser el detonante de muchas cuestiones. Situaciones en algún caso agradables, pero también otras muy desagradables, porque no nos engañemos, estamos también en puerta de jardines como la discriminación, el racismo, y cuestiones varias que evidentemente afectan a la vida de las personas, y en muchos casos, no precisamente de forma leve.
En lo que a mi respecta, tengo que decir que nunca me he sentido discriminado o de alguna forma ninguneado viviendo en España, aunque debería decir Catalunya porque a pesar de que he viajado y conocido otras comunidades y varios pueblos y ciudades, mi residencia permanente siempre ha estado dentro de la provincia de Barcelona. Y decía que no me he sentido extranjero, a pesar de ser consciente de mi condición de foráneo, porque quizá desde el aspecto personal, pasando por mis progenitores valenciano e italiana, pero sobre todo por mi respeto y disposición para ser siempre uno mas allí donde me encuentre, seguramente me han hecho las cosas un poco mas fáciles que aquellos que pretenden vivir en un sitio, como si estuvieran haciéndolo donde llegaron a este mundo, o incluso según la cultura de sus padres y demás familiares. Pero eso no quita que uno no se haya encontrado a más de un energúmeno, que apelando a su condición de nativo, e intentando defender lo indefendible, haya utilizado esa bajeza típica de quien hecha mano de lo que sea, para compensar el no estar a la altura. Pero mas allá de eso, no tengo nada que decir, uno es lo que es, y lo importante es dar la mejor versión de si mismo, y no intentar ponerse un disfraz para interpretar algo que no es, porque la autenticidad, la honestidad, y el respeto, son valores internacionales que suman allí donde los practiques, sin importar donde.
Y hablando de practicar, pasan los años, pero a pesar de que utilizo algunas palabras en sustitución de otras que por estas tierras no se utilizan, -aunque muchas veces están en el diccionario de la RAE y no precisamente como modismos del hemisferio sur-, no termino de sentirme cómodo con esa práctica a la hora de interactuar con la gente. Siento que no soy yo mismo y que no expreso el 100% de lo que quiero decir. Es una sensación rara, y no sé como explicarla, pero se me ocurre pensar en alguien de cierta edad que tiene conocimientos de inglés, pero que no le habían hecho falta, hasta que tras mudarse, la lengua de Shakespeare se convierte en su nueva realidad. Esa persona está acostumbrada a pensar en castellano, y tiene que adaptarse, utilizando las palabras del idioma local que significan o mas se acercan a lo que quiere transmitir. El tema es que esa sustitución de palabras se puede hacer, pero para quien las pronuncia, en su interior el proceso de comunicación no se vive de la misma forma, el sentimiento es diferente.
Y para dar una idea de a que me refiero, esto ocurre mucho cuando ante una situación inesperada, la persona lanza un improperio. En esa reacción inmediata y casi automática, el subconsciente nos traiciona y se espeta aquello que uno tiene arraigado en lo mas profundo de su ser. Esas palabras que sin lugar a duda expresan al 100% un sentimiento, una queja, una reacción de sorpresa, susto, insulto o lo que pudiera cuadrar según el caso. Uno puede estar todo el día hablando y sustituyendo cosas de su lenguaje para hacer más fácil una conversación a los oídos del interlocutor, pero de ocurrir ese imprevisto, esa situación disparadora, es prácticamente un hecho de que la persona inmigrante se exprese de la forma y con el lenguaje con el que ha crecido, porque para su yo profundo, es lo que verdaderamente representa en sonidos, aquello que está viviendo.
Dicen que el tiempo todo lo cura. Puede que así sea, y que vaya transformando las costumbres y rutinas de las personas, hasta conseguir adaptarlas y fusionar esos dos lenguajes, haciendo que la nueva residencia sea la dominante a la hora de hablar o escribir. Pero supongo que eso también depende de infinidad de factores, y el tiempo viviendo en un sitio afecta o incide de forma diferente a cada persona. Algunos rápidamente -y casi sin darse cuenta- comienzan a manifestarse incorporando inequívocamente un cierto tono, ritmo, o canto típico de la zona geográfica en la que se encuentran. Pero también son una realidad aquellos individuos que incluso después de 50, 60 o 70 años viviendo en otro ambiente con apenas algunos matices de diferencia, nunca consiguen hacer suya esa forma de expresarse. Y sin ir mas lejos, lo he vivido con mi propio padre que a punto de cumplir 98 años, y habiendo salido de Catarroja cuando tenía 25, no ha perdido detalles puntuales que sin lugar a duda lo siguen identificando con valenciano. Y no es que se lo haya propuesto, simplemente así se han dado las cosas. Caso totalmente opuesto, mi madre, que habiendo partido de Nápoles con menos edad que mi padre, desde mi niñez si no me hubieran dicho que era italiana, no lo hubiera adivinado. En realidad pensaría en un origen también español, porque no ha adquirido el vocabulario del que viene siendo su hogar desde prácticamente toda la vida, y su castellano tiene bastantes tintes ibéricos, probablemente influida por mi padre y los 60 y pico de años que llevan juntos.
En resumen, que después de casi 20 años instalado en la madre patria, no me nace decir “vale”, porque desde niño he usado muchísimas expresiones que para esos casos mi cerebro me exige pronunciar. Y solo por mencionar alguna, diré: Ok, perfecto, bien, sí, fenómeno, genial, buenísimo, comprendido, y una larga lista de palabras que además de querer decir “vale”, le otorgan cierto matiz de información al interlocutor, mostrándole mi grado de conformidad, resignación, aceptación, etc. Pero si acaso tuviera que quedarme con solo una respuesta equivalente a ese “vale”, en mi caso y el de aquellos que nacimos en Uruguay -al menos hace ya unos cuantos años-, sería “tá”, una abreviación de “está”, y que en 2 letras conjuga inequívocamente el estar asintiendo afirmativamente a lo que se nos dice. La verdad no recuerdo de donde viene, ni cuando el acervo cultural uruguayo incorporó el archi utilizado “tá”, pero desde que tengo memoria se ha usado de mil formas, y en las mas variadas situaciones, alguna de ellas famosas, como en la voz de Víctor Hugo Morales que desde los 70s escuchaba relatando fútbol y haciendo uso de esa muletilla. Recurso local que quizá se dio a conocer mundialmente allá por el 22 de junio de 1986, cuando desde su garganta puso voz al relato de lo que se conoce como “el gol de siglo”, durante el partido por el Mundial de México, en el que Argentina en los pies de Diego Armando Maradona convierte frente a Inglaterra, y en la que Víctor Hugo al micrófono despliega todo su arte y verborragia, inmortalizando entre otras cosas una variante del uso del “tá”, repitiéndolo como preámbulo de la máxima explosión de alegría futbolera, el esperado gol.
Pero volviendo al tema que nos ocupa y para ir redondeando ya el asunto, el problema, -mi problema- no es el vale, que no uso, pero tampoco sustituyo por el “tá”. La cuestión es mucho mas amplia, y resulta en la “incapacidad” de adopción de cantidad de palabras y frases de uso y costumbre local que no soy capaz de decir, porque de hacerlo sería como estar actuando en una obra de teatro con capa y espada. Y no quiero extenderme con cosas similares, porque si acaso ya haré algún día un episodio en el que aborde palabras o incluso frases del día a día en la península, y como serían en el Río de la Plata.
Y quiero enfatizar en el hecho de que no es que me niegue por mantener un acento, o defender algún tipo de cultura o idea, es que simplemente -al menos de momento- sigo sin poder expresarme de una forma en la que perciba mas propia de la interpretación de un personaje, que de ser yo mismo. No es una resistencia gratuita, es una lucha por la autenticidad del sentimiento y la comunicación, porque de la misma forma que no le diría a alguien algo para engañarlo, tampoco puedo decir aquello que en mi mente no suena auténtico expresado en palabras.
Y ya para cerrar, seguramente alguien podría pensar, pero… “entonces nunca serás capaz de hablar otro idioma”. Y pensando por ejemplo otra vez en el inglés, las cosas son diferentes, porque no hay puntos de contacto, la traducción es total y no de “matices”, con lo que se me hace mas fácil. No así con el catalán, que como decía al principio, no tardé mucho en darme cuenta de que entenderlo era una cosa, pero hablarlo decentemente según mi criterio de exigencia, implicaba un nivel para el que no estaba preparado, ni me consideraba capaz de conseguir.
Por tanto, después de estos minutos vuelvo al principio, y quizá con mas tiempo algo pueda cambiar, y finalmente sea capaz de quitarme esa especie de disfraz de actor con sensación de impostor cada vez que me veo forzado a expresarme de una forma que no refleja el 100% de lo que el subconsciente me dicta en primera instancia, pero de momento no lo consigo. Por eso estoy muchas veces “entre dos aguas”, con el permiso del maestro Paco de Lucía, utilizando aquí el título de su magnífica canción, para referirme a esta situación en la que 10.000 km de distancia que separan dos castellanos de la misma madre patria, por el camino de los tiempos tuvieron vida propia.
Y como decía, van casi 20 años y el tiempo sigue corriendo, mientras desde hace muchísimo tiempo, a la hora de ver una serie de tv o escuchar un podcast, los prefiero en español. Se me hace raro incluso escuchar algo argentino o con mi propio acento, y del mismo modo el de países de otras latitudes del continente americano, incluido el hemisferio norte. Mis oídos ya no están habituados, no sienten esa comodidad y placer al consumir un contenido en audio o vídeo y que ese sentido no identifique claramente con España.
En fin, que no te robo mas tiempo, pero analizando lo que acabo de decir, creo que la persona que citaba al principio, tenía razón al hacerme ver que no había reparado en un detalle quizá importante a la hora de grabar un podcast, o en todas estas cuestiones de redes sociales. Sobre todo porque en mi caso no pretendo hablar o escribir para un público de mis orígenes, es mas… Carlos Vitesse ha sido creado justamente hace dos décadas como seudónimo en internet para marcar claramente un antes y un después. Dos etapas bien diferenciadas e inconexas. Pero al menos en el terreno del lenguaje, esos dos tercios del camino recorrido, siguen tirando todavía mucho en los escenarios de la mente.
Y hasta aquí el Bitácora Mental de hoy. Muchas gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en la próxima entrega.
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225- Tu acento ¿condiciona la audiencia?
https://open.spotify.com/episode/7eLOgmZluj01VbFNT0N6tm?si=fd90da9d9b5d402c
Bastante antes de que comenzara la pandemia, cierto día manteniendo una conversación con alguien con quien años después -allá por 2019-, lanzaríamos un podcast, mientras hablábamos de nuestro día a día en España, sobre seguidores, posicionarse, y tantas otras cosas, me hizo ver que quizá no había tenido en cuenta la desventaja que significaba -o podría significar- en la repercusión de un contenido o directamente al “hacerse oír”, el hecho de ser inmigrante, que no es algo que en mi caso salte a la vista, pero si al oído. Por eso hoy te quiero hablar del acento, mi acento.
Foto de Amir Mortezaie en Unsplash
Hola que tal ¿Cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Después de casi 20 años viviendo en España, y mas precisamente en Catalunya, hay algo que todavía no tengo claro, y es si mi forma de hablar causa simpatía, o rechazo. Descarto la opción de indiferencia, porque ese podría ser el resultado de estar absolutamente mimetizado con el lenguaje local, algo que nunca me consideré capaz de conseguir, sobre todo porque no hablamos ya de un acento español, sino de comunicarse en catalán. Un idioma que por cierto estudié en los primeros tiempos que estuve por éstas tierras, y que abandoné relativamente rápido, por cuestiones de trabajo.
Confieso que desde mi llegada a la península, tuve la intención de integrarme en todo sentido, quedando comprendido también lo relativo al lenguaje, un tema no menor, y que pronto descubrí sería tarea complicada, incluso rozando la utopía.
Cambiar costumbres resultaba un tema que pasaba exclusivamente por la voluntad, y por mas arraigadas que uno trajera un montón de cuestiones, y una forma de vida con la que había recorrido ya 40 años por los caminos de este mundo, la tarea se presentaba accesible, y hasta cómoda. Muy diferente pintaba el ser capaz de expresarse en el castellano de la zona, y bastante peor en catalán, al menos haciéndolo con el respeto que me impongo en este tipo de cuestiones. Así fue que pronto me di cuenta de que convertirme en catalano-parlante no era algo que me hiciera feliz, porque teniendo tanto puntos de contacto con el castellano, estaba haciéndome dudar de cosas que tenía perfectamente aprendidas.
La cerveza con “s” en vez de “z”, el móvil con “b” en vez de “v”, y tantas y tantas otras cuestiones, estaban haciendo que cada vez escribiera peor mi castellano rioplatense de toda la vida, y actualizado al de la península ibérica, aunque con ciertas licencias del hemisferio sur, como era de esperar. Y probablemente, aunque no atribuible a la leyenda de la “crisis de los 40s”, la edad o la pereza disimulada en resistencia mental, no paraba de enviarme mensajes de alerta con titulares en rojo, donde quedaba claro que el riesgo de quedarme a medio camino entre castellano y catalán, -perdiendo facultades en el primero-, iba a ser una realidad a muy corto plazo. Y eso me hizo pensar rápidamente en aquello de “aprendiz de todo, oficial de nada”.
Y fue así que decidí que no malgastaría energías nadando contra corriente, que evidentemente bajaba con una fuerza superior a la que sentía como propia para hacerle frente. Y asumí entonces que -en mi caso- lo mas inteligente era intentar conocer al máximo el catalán desde la propia calle, conseguir entenderlo perfectamente ya fuera hablado o escrito, pero a la hora de expresarme, hacerlo de la única forma en la que me sentía capaz, la misma que había utilizado toda la vida, aunque como decía antes, quizá con ciertos cambios, adecuados a mi nueva residencia. Y así he transitado las casi dos décadas que he visto pasar desde este hemisferio, y que sumadas a las de mi historia anterior, pronto me convertirán en eso que llaman “sexagenario”, que en mi juventud era casi un desprecio hacia la experiencia y la vida de alguien con cierto recorrido, y que hoy en este mundo de etiquetas, dependiendo de quien rotule y con qué intenciones, igual puedes ser un desgraciado, que el mas excéntrico de los mortales. En lo personal, me tiene sin cuidado la clasificación asignada por otros, ya que cada persona es un mundo, y solo el individuo involucrado sabe de que ha ido, y sobre todo de que va el suyo, qué gira a su alrededor, y qué órbitas considera de interés recorrer, en el tiempo que le sea concedido para ese viaje vital.
Pero intentando no divagar mas de la cuenta, y volviendo al principio, lo del acento y sus repercusiones no es un asunto intrascendente. Es mucho mas relevante de lo que parece, sobre todo porque la forma en que uno se comunica puede ser el detonante de muchas cuestiones. Situaciones en algún caso agradables, pero también otras muy desagradables, porque no nos engañemos, estamos también en puerta de jardines como la discriminación, el racismo, y cuestiones varias que evidentemente afectan a la vida de las personas, y en muchos casos, no precisamente de forma leve.
En lo que a mi respecta, tengo que decir que nunca me he sentido discriminado o de alguna forma ninguneado viviendo en España, aunque debería decir Catalunya porque a pesar de que he viajado y conocido otras comunidades y varios pueblos y ciudades, mi residencia permanente siempre ha estado dentro de la provincia de Barcelona. Y decía que no me he sentido extranjero, a pesar de ser consciente de mi condición de foráneo, porque quizá desde el aspecto personal, pasando por mis progenitores valenciano e italiana, pero sobre todo por mi respeto y disposición para ser siempre uno mas allí donde me encuentre, seguramente me han hecho las cosas un poco mas fáciles que aquellos que pretenden vivir en un sitio, como si estuvieran haciéndolo donde llegaron a este mundo, o incluso según la cultura de sus padres y demás familiares. Pero eso no quita que uno no se haya encontrado a más de un energúmeno, que apelando a su condición de nativo, e intentando defender lo indefendible, haya utilizado esa bajeza típica de quien hecha mano de lo que sea, para compensar el no estar a la altura. Pero mas allá de eso, no tengo nada que decir, uno es lo que es, y lo importante es dar la mejor versión de si mismo, y no intentar ponerse un disfraz para interpretar algo que no es, porque la autenticidad, la honestidad, y el respeto, son valores internacionales que suman allí donde los practiques, sin importar donde.
Y hablando de practicar, pasan los años, pero a pesar de que utilizo algunas palabras en sustitución de otras que por estas tierras no se utilizan, -aunque muchas veces están en el diccionario de la RAE y no precisamente como modismos del hemisferio sur-, no termino de sentirme cómodo con esa práctica a la hora de interactuar con la gente. Siento que no soy yo mismo y que no expreso el 100% de lo que quiero decir. Es una sensación rara, y no sé como explicarla, pero se me ocurre pensar en alguien de cierta edad que tiene conocimientos de inglés, pero que no le habían hecho falta, hasta que tras mudarse, la lengua de Shakespeare se convierte en su nueva realidad. Esa persona está acostumbrada a pensar en castellano, y tiene que adaptarse, utilizando las palabras del idioma local que significan o mas se acercan a lo que quiere transmitir. El tema es que esa sustitución de palabras se puede hacer, pero para quien las pronuncia, en su interior el proceso de comunicación no se vive de la misma forma, el sentimiento es diferente.
Y para dar una idea de a que me refiero, esto ocurre mucho cuando ante una situación inesperada, la persona lanza un improperio. En esa reacción inmediata y casi automática, el subconsciente nos traiciona y se espeta aquello que uno tiene arraigado en lo mas profundo de su ser. Esas palabras que sin lugar a duda expresan al 100% un sentimiento, una queja, una reacción de sorpresa, susto, insulto o lo que pudiera cuadrar según el caso. Uno puede estar todo el día hablando y sustituyendo cosas de su lenguaje para hacer más fácil una conversación a los oídos del interlocutor, pero de ocurrir ese imprevisto, esa situación disparadora, es prácticamente un hecho de que la persona inmigrante se exprese de la forma y con el lenguaje con el que ha crecido, porque para su yo profundo, es lo que verdaderamente representa en sonidos, aquello que está viviendo.
Dicen que el tiempo todo lo cura. Puede que así sea, y que vaya transformando las costumbres y rutinas de las personas, hasta conseguir adaptarlas y fusionar esos dos lenguajes, haciendo que la nueva residencia sea la dominante a la hora de hablar o escribir. Pero supongo que eso también depende de infinidad de factores, y el tiempo viviendo en un sitio afecta o incide de forma diferente a cada persona. Algunos rápidamente -y casi sin darse cuenta- comienzan a manifestarse incorporando inequívocamente un cierto tono, ritmo, o canto típico de la zona geográfica en la que se encuentran. Pero también son una realidad aquellos individuos que incluso después de 50, 60 o 70 años viviendo en otro ambiente con apenas algunos matices de diferencia, nunca consiguen hacer suya esa forma de expresarse. Y sin ir mas lejos, lo he vivido con mi propio padre que a punto de cumplir 98 años, y habiendo salido de Catarroja cuando tenía 25, no ha perdido detalles puntuales que sin lugar a duda lo siguen identificando con valenciano. Y no es que se lo haya propuesto, simplemente así se han dado las cosas. Caso totalmente opuesto, mi madre, que habiendo partido de Nápoles con menos edad que mi padre, desde mi niñez si no me hubieran dicho que era italiana, no lo hubiera adivinado. En realidad pensaría en un origen también español, porque no ha adquirido el vocabulario del que viene siendo su hogar desde prácticamente toda la vida, y su castellano tiene bastantes tintes ibéricos, probablemente influida por mi padre y los 60 y pico de años que llevan juntos.
En resumen, que después de casi 20 años instalado en la madre patria, no me nace decir “vale”, porque desde niño he usado muchísimas expresiones que para esos casos mi cerebro me exige pronunciar. Y solo por mencionar alguna, diré: Ok, perfecto, bien, sí, fenómeno, genial, buenísimo, comprendido, y una larga lista de palabras que además de querer decir “vale”, le otorgan cierto matiz de información al interlocutor, mostrándole mi grado de conformidad, resignación, aceptación, etc. Pero si acaso tuviera que quedarme con solo una respuesta equivalente a ese “vale”, en mi caso y el de aquellos que nacimos en Uruguay -al menos hace ya unos cuantos años-, sería “tá”, una abreviación de “está”, y que en 2 letras conjuga inequívocamente el estar asintiendo afirmativamente a lo que se nos dice. La verdad no recuerdo de donde viene, ni cuando el acervo cultural uruguayo incorporó el archi utilizado “tá”, pero desde que tengo memoria se ha usado de mil formas, y en las mas variadas situaciones, alguna de ellas famosas, como en la voz de Víctor Hugo Morales que desde los 70s escuchaba relatando fútbol y haciendo uso de esa muletilla. Recurso local que quizá se dio a conocer mundialmente allá por el 22 de junio de 1986, cuando desde su garganta puso voz al relato de lo que se conoce como “el gol de siglo”, durante el partido por el Mundial de México, en el que Argentina en los pies de Diego Armando Maradona convierte frente a Inglaterra, y en la que Víctor Hugo al micrófono despliega todo su arte y verborragia, inmortalizando entre otras cosas una variante del uso del “tá”, repitiéndolo como preámbulo de la máxima explosión de alegría futbolera, el esperado gol.
Pero volviendo al tema que nos ocupa y para ir redondeando ya el asunto, el problema, -mi problema- no es el vale, que no uso, pero tampoco sustituyo por el “tá”. La cuestión es mucho mas amplia, y resulta en la “incapacidad” de adopción de cantidad de palabras y frases de uso y costumbre local que no soy capaz de decir, porque de hacerlo sería como estar actuando en una obra de teatro con capa y espada. Y no quiero extenderme con cosas similares, porque si acaso ya haré algún día un episodio en el que aborde palabras o incluso frases del día a día en la península, y como serían en el Río de la Plata.
Y quiero enfatizar en el hecho de que no es que me niegue por mantener un acento, o defender algún tipo de cultura o idea, es que simplemente -al menos de momento- sigo sin poder expresarme de una forma en la que perciba mas propia de la interpretación de un personaje, que de ser yo mismo. No es una resistencia gratuita, es una lucha por la autenticidad del sentimiento y la comunicación, porque de la misma forma que no le diría a alguien algo para engañarlo, tampoco puedo decir aquello que en mi mente no suena auténtico expresado en palabras.
Y ya para cerrar, seguramente alguien podría pensar, pero… “entonces nunca serás capaz de hablar otro idioma”. Y pensando por ejemplo otra vez en el inglés, las cosas son diferentes, porque no hay puntos de contacto, la traducción es total y no de “matices”, con lo que se me hace mas fácil. No así con el catalán, que como decía al principio, no tardé mucho en darme cuenta de que entenderlo era una cosa, pero hablarlo decentemente según mi criterio de exigencia, implicaba un nivel para el que no estaba preparado, ni me consideraba capaz de conseguir.
Por tanto, después de estos minutos vuelvo al principio, y quizá con mas tiempo algo pueda cambiar, y finalmente sea capaz de quitarme esa especie de disfraz de actor con sensación de impostor cada vez que me veo forzado a expresarme de una forma que no refleja el 100% de lo que el subconsciente me dicta en primera instancia, pero de momento no lo consigo. Por eso estoy muchas veces “entre dos aguas”, con el permiso del maestro Paco de Lucía, utilizando aquí el título de su magnífica canción, para referirme a esta situación en la que 10.000 km de distancia que separan dos castellanos de la misma madre patria, por el camino de los tiempos tuvieron vida propia.
Y como decía, van casi 20 años y el tiempo sigue corriendo, mientras desde hace muchísimo tiempo, a la hora de ver una serie de tv o escuchar un podcast, los prefiero en español. Se me hace raro incluso escuchar algo argentino o con mi propio acento, y del mismo modo el de países de otras latitudes del continente americano, incluido el hemisferio norte. Mis oídos ya no están habituados, no sienten esa comodidad y placer al consumir un contenido en audio o vídeo y que ese sentido no identifique claramente con España.
En fin, que no te robo mas tiempo, pero analizando lo que acabo de decir, creo que la persona que citaba al principio, tenía razón al hacerme ver que no había reparado en un detalle quizá importante a la hora de grabar un podcast, o en todas estas cuestiones de redes sociales. Sobre todo porque en mi caso no pretendo hablar o escribir para un público de mis orígenes, es mas… Carlos Vitesse ha sido creado justamente hace dos décadas como seudónimo en internet para marcar claramente un antes y un después. Dos etapas bien diferenciadas e inconexas. Pero al menos en el terreno del lenguaje, esos dos tercios del camino recorrido, siguen tirando todavía mucho en los escenarios de la mente.
Y hasta aquí el Bitácora Mental de hoy. Muchas gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en la próxima entrega.
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225- Tu acento ¿condiciona la audiencia?
https://open.spotify.com/episode/7eLOgmZluj01VbFNT0N6tm?si=fd90da9d9b5d402c
Bastante antes de que comenzara la pandemia, cierto día manteniendo una conversación con alguien con quien años después -allá por 2019-, lanzaríamos un podcast, mientras hablábamos de nuestro día a día en España, sobre seguidores, posicionarse, y tantas otras cosas, me hizo ver que quizá no había tenido en cuenta la desventaja que significaba -o podría significar- en la repercusión de un contenido o directamente al “hacerse oír”, el hecho de ser inmigrante, que no es algo que en mi caso salte a la vista, pero si al oído. Por eso hoy te quiero hablar del acento, mi acento.
Foto de Amir Mortezaie en Unsplash
Hola que tal ¿Cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Después de casi 20 años viviendo en España, y mas precisamente en Catalunya, hay algo que todavía no tengo claro, y es si mi forma de hablar causa simpatía, o rechazo. Descarto la opción de indiferencia, porque ese podría ser el resultado de estar absolutamente mimetizado con el lenguaje local, algo que nunca me consideré capaz de conseguir, sobre todo porque no hablamos ya de un acento español, sino de comunicarse en catalán. Un idioma que por cierto estudié en los primeros tiempos que estuve por éstas tierras, y que abandoné relativamente rápido, por cuestiones de trabajo.
Confieso que desde mi llegada a la península, tuve la intención de integrarme en todo sentido, quedando comprendido también lo relativo al lenguaje, un tema no menor, y que pronto descubrí sería tarea complicada, incluso rozando la utopía.
Cambiar costumbres resultaba un tema que pasaba exclusivamente por la voluntad, y por mas arraigadas que uno trajera un montón de cuestiones, y una forma de vida con la que había recorrido ya 40 años por los caminos de este mundo, la tarea se presentaba accesible, y hasta cómoda. Muy diferente pintaba el ser capaz de expresarse en el castellano de la zona, y bastante peor en catalán, al menos haciéndolo con el respeto que me impongo en este tipo de cuestiones. Así fue que pronto me di cuenta de que convertirme en catalano-parlante no era algo que me hiciera feliz, porque teniendo tanto puntos de contacto con el castellano, estaba haciéndome dudar de cosas que tenía perfectamente aprendidas.
La cerveza con “s” en vez de “z”, el móvil con “b” en vez de “v”, y tantas y tantas otras cuestiones, estaban haciendo que cada vez escribiera peor mi castellano rioplatense de toda la vida, y actualizado al de la península ibérica, aunque con ciertas licencias del hemisferio sur, como era de esperar. Y probablemente, aunque no atribuible a la leyenda de la “crisis de los 40s”, la edad o la pereza disimulada en resistencia mental, no paraba de enviarme mensajes de alerta con titulares en rojo, donde quedaba claro que el riesgo de quedarme a medio camino entre castellano y catalán, -perdiendo facultades en el primero-, iba a ser una realidad a muy corto plazo. Y eso me hizo pensar rápidamente en aquello de “aprendiz de todo, oficial de nada”.
Y fue así que decidí que no malgastaría energías nadando contra corriente, que evidentemente bajaba con una fuerza superior a la que sentía como propia para hacerle frente. Y asumí entonces que -en mi caso- lo mas inteligente era intentar conocer al máximo el catalán desde la propia calle, conseguir entenderlo perfectamente ya fuera hablado o escrito, pero a la hora de expresarme, hacerlo de la única forma en la que me sentía capaz, la misma que había utilizado toda la vida, aunque como decía antes, quizá con ciertos cambios, adecuados a mi nueva residencia. Y así he transitado las casi dos décadas que he visto pasar desde este hemisferio, y que sumadas a las de mi historia anterior, pronto me convertirán en eso que llaman “sexagenario”, que en mi juventud era casi un desprecio hacia la experiencia y la vida de alguien con cierto recorrido, y que hoy en este mundo de etiquetas, dependiendo de quien rotule y con qué intenciones, igual puedes ser un desgraciado, que el mas excéntrico de los mortales. En lo personal, me tiene sin cuidado la clasificación asignada por otros, ya que cada persona es un mundo, y solo el individuo involucrado sabe de que ha ido, y sobre todo de que va el suyo, qué gira a su alrededor, y qué órbitas considera de interés recorrer, en el tiempo que le sea concedido para ese viaje vital.
Pero intentando no divagar mas de la cuenta, y volviendo al principio, lo del acento y sus repercusiones no es un asunto intrascendente. Es mucho mas relevante de lo que parece, sobre todo porque la forma en que uno se comunica puede ser el detonante de muchas cuestiones. Situaciones en algún caso agradables, pero también otras muy desagradables, porque no nos engañemos, estamos también en puerta de jardines como la discriminación, el racismo, y cuestiones varias que evidentemente afectan a la vida de las personas, y en muchos casos, no precisamente de forma leve.
En lo que a mi respecta, tengo que decir que nunca me he sentido discriminado o de alguna forma ninguneado viviendo en España, aunque debería decir Catalunya porque a pesar de que he viajado y conocido otras comunidades y varios pueblos y ciudades, mi residencia permanente siempre ha estado dentro de la provincia de Barcelona. Y decía que no me he sentido extranjero, a pesar de ser consciente de mi condición de foráneo, porque quizá desde el aspecto personal, pasando por mis progenitores valenciano e italiana, pero sobre todo por mi respeto y disposición para ser siempre uno mas allí donde me encuentre, seguramente me han hecho las cosas un poco mas fáciles que aquellos que pretenden vivir en un sitio, como si estuvieran haciéndolo donde llegaron a este mundo, o incluso según la cultura de sus padres y demás familiares. Pero eso no quita que uno no se haya encontrado a más de un energúmeno, que apelando a su condición de nativo, e intentando defender lo indefendible, haya utilizado esa bajeza típica de quien hecha mano de lo que sea, para compensar el no estar a la altura. Pero mas allá de eso, no tengo nada que decir, uno es lo que es, y lo importante es dar la mejor versión de si mismo, y no intentar ponerse un disfraz para interpretar algo que no es, porque la autenticidad, la honestidad, y el respeto, son valores internacionales que suman allí donde los practiques, sin importar donde.
Y hablando de practicar, pasan los años, pero a pesar de que utilizo algunas palabras en sustitución de otras que por estas tierras no se utilizan, -aunque muchas veces están en el diccionario de la RAE y no precisamente como modismos del hemisferio sur-, no termino de sentirme cómodo con esa práctica a la hora de interactuar con la gente. Siento que no soy yo mismo y que no expreso el 100% de lo que quiero decir. Es una sensación rara, y no sé como explicarla, pero se me ocurre pensar en alguien de cierta edad que tiene conocimientos de inglés, pero que no le habían hecho falta, hasta que tras mudarse, la lengua de Shakespeare se convierte en su nueva realidad. Esa persona está acostumbrada a pensar en castellano, y tiene que adaptarse, utilizando las palabras del idioma local que significan o mas se acercan a lo que quiere transmitir. El tema es que esa sustitución de palabras se puede hacer, pero para quien las pronuncia, en su interior el proceso de comunicación no se vive de la misma forma, el sentimiento es diferente.
Y para dar una idea de a que me refiero, esto ocurre mucho cuando ante una situación inesperada, la persona lanza un improperio. En esa reacción inmediata y casi automática, el subconsciente nos traiciona y se espeta aquello que uno tiene arraigado en lo mas profundo de su ser. Esas palabras que sin lugar a duda expresan al 100% un sentimiento, una queja, una reacción de sorpresa, susto, insulto o lo que pudiera cuadrar según el caso. Uno puede estar todo el día hablando y sustituyendo cosas de su lenguaje para hacer más fácil una conversación a los oídos del interlocutor, pero de ocurrir ese imprevisto, esa situación disparadora, es prácticamente un hecho de que la persona inmigrante se exprese de la forma y con el lenguaje con el que ha crecido, porque para su yo profundo, es lo que verdaderamente representa en sonidos, aquello que está viviendo.
Dicen que el tiempo todo lo cura. Puede que así sea, y que vaya transformando las costumbres y rutinas de las personas, hasta conseguir adaptarlas y fusionar esos dos lenguajes, haciendo que la nueva residencia sea la dominante a la hora de hablar o escribir. Pero supongo que eso también depende de infinidad de factores, y el tiempo viviendo en un sitio afecta o incide de forma diferente a cada persona. Algunos rápidamente -y casi sin darse cuenta- comienzan a manifestarse incorporando inequívocamente un cierto tono, ritmo, o canto típico de la zona geográfica en la que se encuentran. Pero también son una realidad aquellos individuos que incluso después de 50, 60 o 70 años viviendo en otro ambiente con apenas algunos matices de diferencia, nunca consiguen hacer suya esa forma de expresarse. Y sin ir mas lejos, lo he vivido con mi propio padre que a punto de cumplir 98 años, y habiendo salido de Catarroja cuando tenía 25, no ha perdido detalles puntuales que sin lugar a duda lo siguen identificando con valenciano. Y no es que se lo haya propuesto, simplemente así se han dado las cosas. Caso totalmente opuesto, mi madre, que habiendo partido de Nápoles con menos edad que mi padre, desde mi niñez si no me hubieran dicho que era italiana, no lo hubiera adivinado. En realidad pensaría en un origen también español, porque no ha adquirido el vocabulario del que viene siendo su hogar desde prácticamente toda la vida, y su castellano tiene bastantes tintes ibéricos, probablemente influida por mi padre y los 60 y pico de años que llevan juntos.
En resumen, que después de casi 20 años instalado en la madre patria, no me nace decir “vale”, porque desde niño he usado muchísimas expresiones que para esos casos mi cerebro me exige pronunciar. Y solo por mencionar alguna, diré: Ok, perfecto, bien, sí, fenómeno, genial, buenísimo, comprendido, y una larga lista de palabras que además de querer decir “vale”, le otorgan cierto matiz de información al interlocutor, mostrándole mi grado de conformidad, resignación, aceptación, etc. Pero si acaso tuviera que quedarme con solo una respuesta equivalente a ese “vale”, en mi caso y el de aquellos que nacimos en Uruguay -al menos hace ya unos cuantos años-, sería “tá”, una abreviación de “está”, y que en 2 letras conjuga inequívocamente el estar asintiendo afirmativamente a lo que se nos dice. La verdad no recuerdo de donde viene, ni cuando el acervo cultural uruguayo incorporó el archi utilizado “tá”, pero desde que tengo memoria se ha usado de mil formas, y en las mas variadas situaciones, alguna de ellas famosas, como en la voz de Víctor Hugo Morales que desde los 70s escuchaba relatando fútbol y haciendo uso de esa muletilla. Recurso local que quizá se dio a conocer mundialmente allá por el 22 de junio de 1986, cuando desde su garganta puso voz al relato de lo que se conoce como “el gol de siglo”, durante el partido por el Mundial de México, en el que Argentina en los pies de Diego Armando Maradona convierte frente a Inglaterra, y en la que Víctor Hugo al micrófono despliega todo su arte y verborragia, inmortalizando entre otras cosas una variante del uso del “tá”, repitiéndolo como preámbulo de la máxima explosión de alegría futbolera, el esperado gol.
Pero volviendo al tema que nos ocupa y para ir redondeando ya el asunto, el problema, -mi problema- no es el vale, que no uso, pero tampoco sustituyo por el “tá”. La cuestión es mucho mas amplia, y resulta en la “incapacidad” de adopción de cantidad de palabras y frases de uso y costumbre local que no soy capaz de decir, porque de hacerlo sería como estar actuando en una obra de teatro con capa y espada. Y no quiero extenderme con cosas similares, porque si acaso ya haré algún día un episodio en el que aborde palabras o incluso frases del día a día en la península, y como serían en el Río de la Plata.
Y quiero enfatizar en el hecho de que no es que me niegue por mantener un acento, o defender algún tipo de cultura o idea, es que simplemente -al menos de momento- sigo sin poder expresarme de una forma en la que perciba mas propia de la interpretación de un personaje, que de ser yo mismo. No es una resistencia gratuita, es una lucha por la autenticidad del sentimiento y la comunicación, porque de la misma forma que no le diría a alguien algo para engañarlo, tampoco puedo decir aquello que en mi mente no suena auténtico expresado en palabras.
Y ya para cerrar, seguramente alguien podría pensar, pero… “entonces nunca serás capaz de hablar otro idioma”. Y pensando por ejemplo otra vez en el inglés, las cosas son diferentes, porque no hay puntos de contacto, la traducción es total y no de “matices”, con lo que se me hace mas fácil. No así con el catalán, que como decía al principio, no tardé mucho en darme cuenta de que entenderlo era una cosa, pero hablarlo decentemente según mi criterio de exigencia, implicaba un nivel para el que no estaba preparado, ni me consideraba capaz de conseguir.
Por tanto, después de estos minutos vuelvo al principio, y quizá con mas tiempo algo pueda cambiar, y finalmente sea capaz de quitarme esa especie de disfraz de actor con sensación de impostor cada vez que me veo forzado a expresarme de una forma que no refleja el 100% de lo que el subconsciente me dicta en primera instancia, pero de momento no lo consigo. Por eso estoy muchas veces “entre dos aguas”, con el permiso del maestro Paco de Lucía, utilizando aquí el título de su magnífica canción, para referirme a esta situación en la que 10.000 km de distancia que separan dos castellanos de la misma madre patria, por el camino de los tiempos tuvieron vida propia.
Y como decía, van casi 20 años y el tiempo sigue corriendo, mientras desde hace muchísimo tiempo, a la hora de ver una serie de tv o escuchar un podcast, los prefiero en español. Se me hace raro incluso escuchar algo argentino o con mi propio acento, y del mismo modo el de países de otras latitudes del continente americano, incluido el hemisferio norte. Mis oídos ya no están habituados, no sienten esa comodidad y placer al consumir un contenido en audio o vídeo y que ese sentido no identifique claramente con España.
En fin, que no te robo mas tiempo, pero analizando lo que acabo de decir, creo que la persona que citaba al principio, tenía razón al hacerme ver que no había reparado en un detalle quizá importante a la hora de grabar un podcast, o en todas estas cuestiones de redes sociales. Sobre todo porque en mi caso no pretendo hablar o escribir para un público de mis orígenes, es mas… Carlos Vitesse ha sido creado justamente hace dos décadas como seudónimo en internet para marcar claramente un antes y un después. Dos etapas bien diferenciadas e inconexas. Pero al menos en el terreno del lenguaje, esos dos tercios del camino recorrido, siguen tirando todavía mucho en los escenarios de la mente.
Y hasta aquí el Bitácora Mental de hoy. Muchas gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en la próxima entrega.
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Llevamos muchos años en dirección a un mundo sin dinero físico. Un camino que comenzó hace décadas con las tarjetas de crédito, y que con la aparición de internet consiguió un grandísimo impulso, en el que los pagos online a través de todo tipo de sistemas y plataformas, han hecho de “lo virtual” nuestro día a día. Estamos tan acostumbrados a utilizar plásticos, o directamente aplicaciones de móvil y páginas webs para mover nuestros bienes mas líquidos, dando casi por sentado que no hay nada mejor, y peor aun, que es lo mismo que el “vil metal” contante y sonante. Pero ¿de verdad es así?
Photo by cottonbro studio on Pexels.comHola que tal ¿Cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Estaba leyendo un artículo -del que como siempre te voy a dejar enlace en las notas del programa–, en el que se habla de un tema muy actual, la desaparición del dinero en efectivo, y en este caso, los pasos que ha dado Suecia a ese respecto. Y dice el texto -citando literalmente las palabras de Daniel Larson, destacada personalidad de la fiscalía general sueca dedicado a los delitos económicos-, que, “Suecia se había convertido en el Sillicon Valley del emprendimiento criminal”. Sin duda es una frase para tener en cuenta, y evidencia un grandísimo problema que está ocurriendo también en muchos otros países, el preocupante aumento de las ciberestafas.
Suecia lleva años trabajando en una economía basada en pagos digitales, y el artículo comenta que junto con Noruega, son los países donde resulta mas complicado tener acceso al dinero físico, porque hay muy pocos sitios donde encontrar un cajero automático o sucursal bancaria, a tales efectos.
Y para muestra de lo lejos que ha llegado la digitalización, se menciona que en 2020 solo un 8% de la gente había hecho algún pago reciente en efectivo. Y en 2018, dicen que el dinero movido en efectivo, representó apenas el 1% del PIB, mientras en ese momento a nivel europeo era del 11%.
Evidentemente el uso de dinero electrónico reduce el riesgo de robos y atracos “al viejo estilo”, trayendo de alguna forma cierto respiro en algunos ámbitos. Pero el mundo no es un sitio perfecto, y es mas que conocido aquello de que todo tiene sus ventajas y sus desventajas. Y en referencia a esto último, Larson explica que del año 2021 a 2023, se han duplicado las cantidades obtenidas por los delincuentes en estafas online, significando un equivalente al 2,5% del PIB sueco.
Y esto, al igual que la realidad que se está viviendo en infinidad de países, incluida España, es un asunto muy preocupante. En Suecia, -siempre según el artículo- el poder ejecutivo y el parlamento están estudiando acciones a tomar, mientras se la ha llamado la atención a los bancos, pidiéndoles que mejoren la seguridad de sus sistemas, con el fin de proteger debidamente a los clientes.
Y lo mas relevante de este asunto, es que las autoridades suecas se han dado cuenta de que no pueden eliminar el dinero en efectivo, y que debe ser mas accesible a las personas, para que puedan utilizarlo y hacer que circule.
Otro asunto que ha motivado este cambio de rumbo, son los continuos hackeos -de los que en España ya conocemos demasiado a todo nivel, incluso gubernamental-, mostrando que la falta de seguridad, puede tornarse en un escollo insalvable, a la hora de confiar en la digitalización de una economía. Y recordemos también otras aristas del problema digital, como las caídas de redes que hemos tenido en España, donde no se podía operar de ninguna forma que no fuera en efectivo.
La falta de electricidad durante algunos días, o interrupciones de internet del tipo que sea, podrían causar un caos sin precedentes, y es algo que ningún gobierno quiere, pero son cosas que pueden ocurrir y de hecho ocurren, como los hackeos de los que en España estamos teniendo un pico de casos, y resulta mas que preocupante.
Obviamente este asunto no afecta a pocos países, es un tema mundial porque como decía antes, la tecnología nos va llevando hacia sistemas de cobro y pago basados exclusivamente en lo digital, y eso ha hecho que los delincuentes se pongan las botas con millones de personas, que -en su buena fe-, han sido víctimas de todo tipo de estafas. La suplantación de identidades clonando voces, imagen, o el simple uso de información privilegia con el fin de inducir a la víctima a hacer movimientos que no haría en otras situaciones presenciales, es un triste realidad.
Seguramente no queda nadie hoy en España que no haya recibido un SMS, correo, Whatsapp, o alguna llamada telefónica en la que hayan querido estafarle con cuentos de los mas variados. Incluso haciendo que el número de teléfono desde el que supuestamente se estaba haciendo la comunicación, coincidiera con el del banco y sucursal de la víctima. Y además utilizando información que solo podría tener el banco, o en su defecto quien la hubiera sustraído ilegalmente, o comprado en las profundidades de la “dark web”, donde por cierto ya no debe haber sitio para mas datos españoles robados, porque entre los ataques a la DGT, Hacienda, Ministerio de Trabajo, Bancos, Hospitales, empresas de todo tipo, etc., obteniendo información sensible de los sufridos contribuyentes, aquello debe ser de un volumen increíble.
Y decía el artículo que según un informe de UK Finance, el fraude que mas creció en 2023 fue el robo de credenciales de identificación bancaria de particulares, reportándose pérdidas de unos 80 millones de libras.
Está claro que la intención de digitalizar todo los movimientos de dinero, además de tener controlados a los ciudadanos, -el tipo de cosas a las que ningún gobierno que se precie de estar bien informado gusta de renunciar-, también tiene o tenía su parte de justificación en cuanto a la economía sumergida. Pero la cruda realidad, es que los amigos de lo ajeno, y aquellos que practican el deporte del ilícito como forma de vida, tienen ahora una posibilidad muy jugosa de estar tomando el sol en la playa mas alejada del mundo, y a la vez vaciar cuentas de empresas y personas del otro lado del planeta, permaneciendo en el mas absoluto e impune anonimato. Y el problema es que no hablamos de cuatro gatos robando para el bocadillo, hablamos de organizaciones delictivas que mueven millones y millones, que se invierten o utilizan de las mas variadas formas, dando vida a un submundo que se quería como poco controlar -si no evitar-, y que cada vez se transforman mas en grupos peligrosos con capacidades operativas en cualquier continente y zona, al servicio del mejor postor, y con los fines mas oscuros, lo que representa un peligro constante, y la posibilidad de acciones de cualquier tipo y nivel, incluso de las mas temidas no solo por una sociedad, sino por un continente entero.
Mientras tanto, los bancos -como de un tiempo a ésta parte-, continúan informando a sus clientes, sobre riesgos y formas de prevenir el ser víctimas “de los malos”, mientras redactan nuevos contratos de acceso a sus servicios, donde el cliente tiene que aceptar cláusulas que inequívocamente ponen la pelota de la responsabilidad en en área del usuario, y lo que haga con sus dispositivos, comunicaciones, y demás cuestiones de su día a día en las que pueda ponerse en riesgo, o sin buscarlo, ser víctima de un ilícito que afecte a sus cuentas.
En fin, que soy consciente de que es muy difícil encontrar un punto de equilibrio entre practicidad y seguridad, pero lo que está claro es que nos están vendiendo un presente y un futuro perfecto, pero que tiene mas carencias, fallos y riesgos, de los que quieren y también queremos reconocer. Igual es todo culpa nuestra, que nos han vendido espejitos de colores, y resulta que estamos muy confiados en que nuestro dinero está a salvo, y con la app del banco y un móvil tenemos la vida resuelta, pero resulta que te pueden robar el móvil o ciber estafarte de las forma mas ingeniosa, y en tres minutos tu vida se pone patas arriba, echando por tierra décadas de trabajo y ahorro. Porque una cosa es el dinero físico, que sin duda tiene mil riesgos, y otra, que todas tus pertenencias sean ceros y unos en algún servidor al que todos quieren acceder, para quedarte con lo tuyo.
Es un tema muy complicado, y uno de esos casos en los que habrá que hilar muy fino, para que “el invento no mate el inventor”
Y hasta aquí el Bitácora Mental de hoy, muchas gracias por el tiempo que has dedicado a leer o escuchar éste episodio, y te espero en el próximo. Chauuuu…
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Estaba leyendo un artículo -del que como siempre te voy a dejar enlace en las notas del programa–, en el que se habla de un tema muy actual, la desaparición del dinero en efectivo, y en este caso, los pasos que ha dado Suecia a ese respecto. Y dice el texto -citando literalmente las palabras de Daniel Larson, destacada personalidad de la fiscalía general sueca dedicado a los delitos económicos-, que, “Suecia se había convertido en el Sillicon Valley del emprendimiento criminal”. Sin duda es una frase para tener en cuenta, y evidencia un grandísimo problema que está ocurriendo también en muchos otros países, el preocupante aumento de las ciberestafas.
Suecia lleva años trabajando en una economía basada en pagos digitales, y el artículo comenta que junto con Noruega, son los países donde resulta mas complicado tener acceso al dinero físico, porque hay muy pocos sitios donde encontrar un cajero automático o sucursal bancaria, a tales efectos.
Y para muestra de lo lejos que ha llegado la digitalización, se menciona que en 2020 solo un 8% de la gente había hecho algún pago reciente en efectivo. Y en 2018, dicen que el dinero movido en efectivo, representó apenas el 1% del PIB, mientras en ese momento a nivel europeo era del 11%.
Evidentemente el uso de dinero electrónico reduce el riesgo de robos y atracos “al viejo estilo”, trayendo de alguna forma cierto respiro en algunos ámbitos. Pero el mundo no es un sitio perfecto, y es mas que conocido aquello de que todo tiene sus ventajas y sus desventajas. Y en referencia a esto último, Larson explica que del año 2021 a 2023, se han duplicado las cantidades obtenidas por los delincuentes en estafas online, significando un equivalente al 2,5% del PIB sueco.
Y esto, al igual que la realidad que se está viviendo en infinidad de países, incluida España, es un asunto muy preocupante. En Suecia, -siempre según el artículo- el poder ejecutivo y el parlamento están estudiando acciones a tomar, mientras se la ha llamado la atención a los bancos, pidiéndoles que mejoren la seguridad de sus sistemas, con el fin de proteger debidamente a los clientes.
Y lo mas relevante de este asunto, es que las autoridades suecas se han dado cuenta de que no pueden eliminar el dinero en efectivo, y que debe ser mas accesible a las personas, para que puedan utilizarlo y hacer que circule.
Otro asunto que ha motivado este cambio de rumbo, son los continuos hackeos -de los que en España ya conocemos demasiado a todo nivel, incluso gubernamental-, mostrando que la falta de seguridad, puede tornarse en un escollo insalvable, a la hora de confiar en la digitalización de una economía. Y recordemos también otras aristas del problema digital, como las caídas de redes que hemos tenido en España, donde no se podía operar de ninguna forma que no fuera en efectivo.
La falta de electricidad durante algunos días, o interrupciones de internet del tipo que sea, podrían causar un caos sin precedentes, y es algo que ningún gobierno quiere, pero son cosas que pueden ocurrir y de hecho ocurren, como los hackeos de los que en España estamos teniendo un pico de casos, y resulta mas que preocupante.
Obviamente este asunto no afecta a pocos países, es un tema mundial porque como decía antes, la tecnología nos va llevando hacia sistemas de cobro y pago basados exclusivamente en lo digital, y eso ha hecho que los delincuentes se pongan las botas con millones de personas, que -en su buena fe-, han sido víctimas de todo tipo de estafas. La suplantación de identidades clonando voces, imagen, o el simple uso de información privilegia con el fin de inducir a la víctima a hacer movimientos que no haría en otras situaciones presenciales, es un triste realidad.
Seguramente no queda nadie hoy en España que no haya recibido un SMS, correo, Whatsapp, o alguna llamada telefónica en la que hayan querido estafarle con cuentos de los mas variados. Incluso haciendo que el número de teléfono desde el que supuestamente se estaba haciendo la comunicación, coincidiera con el del banco y sucursal de la víctima. Y además utilizando información que solo podría tener el banco, o en su defecto quien la hubiera sustraído ilegalmente, o comprado en las profundidades de la “dark web”, donde por cierto ya no debe haber sitio para mas datos españoles robados, porque entre los ataques a la DGT, Hacienda, Ministerio de Trabajo, Bancos, Hospitales, empresas de todo tipo, etc., obteniendo información sensible de los sufridos contribuyentes, aquello debe ser de un volumen increíble.
Y decía el artículo que según un informe de UK Finance, el fraude que mas creció en 2023 fue el robo de credenciales de identificación bancaria de particulares, reportándose pérdidas de unos 80 millones de libras.
Está claro que la intención de digitalizar todo los movimientos de dinero, además de tener controlados a los ciudadanos, -el tipo de cosas a las que ningún gobierno que se precie de estar bien informado gusta de renunciar-, también tiene o tenía su parte de justificación en cuanto a la economía sumergida. Pero la cruda realidad, es que los amigos de lo ajeno, y aquellos que practican el deporte del ilícito como forma de vida, tienen ahora una posibilidad muy jugosa de estar tomando el sol en la playa mas alejada del mundo, y a la vez vaciar cuentas de empresas y personas del otro lado del planeta, permaneciendo en el mas absoluto e impune anonimato. Y el problema es que no hablamos de cuatro gatos robando para el bocadillo, hablamos de organizaciones delictivas que mueven millones y millones, que se invierten o utilizan de las mas variadas formas, dando vida a un submundo que se quería como poco controlar -si no evitar-, y que cada vez se transforman mas en grupos peligrosos con capacidades operativas en cualquier continente y zona, al servicio del mejor postor, y con los fines mas oscuros, lo que representa un peligro constante, y la posibilidad de acciones de cualquier tipo y nivel, incluso de las mas temidas no solo por una sociedad, sino por un continente entero.
Mientras tanto, los bancos -como de un tiempo a ésta parte-, continúan informando a sus clientes, sobre riesgos y formas de prevenir el ser víctimas “de los malos”, mientras redactan nuevos contratos de acceso a sus servicios, donde el cliente tiene que aceptar cláusulas que inequívocamente ponen la pelota de la responsabilidad en en área del usuario, y lo que haga con sus dispositivos, comunicaciones, y demás cuestiones de su día a día en las que pueda ponerse en riesgo, o sin buscarlo, ser víctima de un ilícito que afecte a sus cuentas.
En fin, que soy consciente de que es muy difícil encontrar un punto de equilibrio entre practicidad y seguridad, pero lo que está claro es que nos están vendiendo un presente y un futuro perfecto, pero que tiene mas carencias, fallos y riesgos, de los que quieren y también queremos reconocer. Igual es todo culpa nuestra, que nos han vendido espejitos de colores, y resulta que estamos muy confiados en que nuestro dinero está a salvo, y con la app del banco y un móvil tenemos la vida resuelta, pero resulta que te pueden robar el móvil o ciber estafarte de las forma mas ingeniosa, y en tres minutos tu vida se pone patas arriba, echando por tierra décadas de trabajo y ahorro. Porque una cosa es el dinero físico, que sin duda tiene mil riesgos, y otra, que todas tus pertenencias sean ceros y unos en algún servidor al que todos quieren acceder, para quedarte con lo tuyo.
Es un tema muy complicado, y uno de esos casos en los que habrá que hilar muy fino, para que “el invento no mate el inventor”
Y hasta aquí el Bitácora Mental de hoy, muchas gracias por el tiempo que has dedicado a leer o escuchar éste episodio, y te espero en el próximo. Chauuuu…
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237- El tiempo entre bisagras
Vivimos en un mundo, en el que no solo cada segundo que marca el reloj se vuelve obsoleto y parte del pasado, debido a la vorágine en la que estamos inmersos, en un efecto licuadora a máximas revoluciones, haciendo que todo cambie de forma permanente, muchas veces, sin el menor sentido.
En ocasiones, evolucionar puede resultar perfectamente lo contrario, pero aun así, intentan vendértelo como positivo, con el argumento de que es lo que necesitas. Algo nuevo, revolucionario y de última generación. Por eso resulta muy extraño buscar algo que ya tiene como treinta años, porque crees que ya no existe, pero resulta que incluso hoy, todavía hay espacio para las sorpresas.
https://open.spotify.com/episode/0gCoeW5oG4N5QFKInlOmQP?si=4bef6026cada4d03
Hola, ¿qué tal, cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
El edificio en el que vivo desde hace una década, fue construido hace tres. Y los primeros dueños del piso desde el que estoy grabando este episodio, decidieron hacer un mueble a medida en el dormitorio principal. Un armario del suelo al techo, compuesto por dos partes diferenciadas: cuatro puertas a los lados del espacio que ocupa la cama matrimonial, con una altura aproximada a los dos metros, y por encima, de punta a punta de la habitación y hasta el techo, otras ocho, mas pequeñas.
Es un mueble normalito, de madera y con su color natural, pero que evidentemente ha quedado bastante pasado de moda, teniendo en cuenta la impresionante variedad de opciones que hay desde hace bastante tiempo, a la hora de equipar una habitación.
Por eso, cuando nos mudamos hace diez años, mi primera intención fue darle un nuevo aspecto a ese mueble, porque desarmarlo y poner otro que encajara igual, iba a llevar demasiado tiempo y dinero, algo que no se ajustaba a nuestras necesidades del momento. Por tanto, para darle un toque de luz y modernidad al ambiente, lo más rápido y sencillo era pintarlo de blanco.
Sin duda, siempre existe la posibilidad de hacer un Juan Palomo, pero uno es consciente de sus limitaciones. Y teniendo en cuenta el tamaño del armario, que además tiene una parte en la que cambia su forma, para dar espacio a la cama y quedar como cabecero, donde en la parte superior y en sendos planos inclinados simétricos, lleva grandes espejos que recogen lo que ocurre en el lecho conyugal y sus alrededores, me pareció que hablar con profesionales era lo más inteligente.
Fue así que incluso antes de mudarnos, me pasé por un sitio con bastante prestigio, con la intención de conseguir un presupuesto aproximado, para laquear el mueble en cuestión. Les expliqué con detalle, pero no quisieron aventurarse a darme una cifra, cosa que vi correcto, y accedí a lo que me pedían: un absoluto detalle de formas, medidas, y características de las más diversas, que describieran a la perfección lo que tenía en el dormitorio, que para dejarlo blanco, con sus 12 puertas y 28 bisagras, ya me temía que sería un trabajo caro.
Como no teníamos claro cuánto tiempo se quedaría en la habitación, antes de que hacer cambios en esa y otras dependencias del piso, con mi mujer pensamos que algo provisorio, ya nos valía. Y eso significaba laquear simplemente la parte exterior, porque hacerlo al completo con todos los metros cuadrados que tiene, estantes interiores, y demás complicaciones del caso, iba a salir tan caro que no se justificaba. Y digo complicaciones del caso, porque probablemente habría que hacerle modificaciones varias, para cambiar también las bisagras, lo que podría afectar la forma de apertura de las puertas, y tener que pensar en todavía más cosas.
En resumen, que nos interesaba laquear en blanco el exterior, que suponíamos sería más fácil, rápido, y probablemente también conveniente para nuestros bolsillos. Y teniendo en cuenta el color y material de las bisagras, ya me había hecho a la idea de sacarlas yo mismo, y buscar una solución para adecuarlas al cambio, haciéndoles algún tratamiento, o sustituyéndolas por algo blanco que pudiera encajar.
Fue así que me llevó su tiempo, pero le presenté a la empresa que me iba a dar el presupuesto, toda la información necesaria para que nos dieran una idea bastante cercana al coste del trabajo. Que si estaba dentro del margen de nuestras previsiones, siempre podríamos ajustar —de ser necesario—, a la hora de revisar el mueble en el lugar, antes de ponerse manos a la obra.
Bien, nos dijeron que tardarían unos días y no nos extrañó, porque fuera de comprar algo con el sistema de IKEA —que ya sabemos cómo va—, todo lo demás tiene sus complicaciones. Así que fuimos preparando la mudanza, con la intención de ir pintando el piso en los ambientes que fuera posible, dejando el dormitorio principal para el final.
Pues, esperamos, esperamos, nos mudamos, llevamos diez años viviendo en el piso, y resulta que el presupuesto aún no ha llegado. Y como he dicho más de una vez y en otros episodios, el ser humano es un bicho de costumbre, así que lo que nos parecía viejo y feo antes de entrar a vivir, a fuerza de tener que verlo a diario, terminó por hacerse invisible, como todo aquello que se usa, o con lo que se convive. Llega un punto, en el que aquella primera impresión se diluye de tal forma, que casi no concebimos las cosas de forma diferente. O mejor dicho, no nos parece tan horrible o urgente cambiarlo, opinión que sin lugar a duda no compartiría quien lo viera por primera vez, como nos ocurrió a nosotros en su momento.
Pues bien, como acabo de decir, el mueble se mimetizó con nuestras vidas, pero los años no vienen solos, y hace tiempo pude observar que una de las puertas grandes y más usadas, tenía las bisagras en mal estado. Al poco tiempo se rompió una, y pensando que no existiría nada igual, seguimos estirando la cosa, porque total… en cualquier momento “habría que cambiarlas todas”.
El tema es que poco después una segunda comenzó a mostrar señales claras de fatiga, y una tercera colapsó y fue inevitable ocuparse del asunto. Ese día, y viendo que el tema era más grave de lo que pensaba, me di cuenta de que lo mejor era quitar la puerta en ese mismo momento. Ya estaba entrando la noche, y no tenía ninguna intención de que en la madrugada y en pleno silencio, terminara en el suelo. Con su peso, quedaría incluso registrado en algún sismógrafo de la zona, conspirando peligrosamente contra mi salud cardíaca, y sin duda afectando negativamente a las buenas relaciones con los vecinos, sobre todo con quien vive debajo.
Quité entonces la puerta esa noche, y al otro día me puse a buscar bisagras sin ninguna esperanza. Como dije, el edificio tiene treinta años, y me podía esperar cualquier cosa, incluso tener que cambiar el mueble completo, al no poder conseguir algo compatible, o funcional para el caso. Pero ocurrió lo único que no espera que ocurriera treinta años después, y es que se siguen vendiendo las mismas bisagras.
Pues sí, en este mundo donde un día te compras el último móvil, y al otro, en el trayecto de tu casa al supermercado ya están sacando una nueva versión, resulta que -al menos en este caso- se podría decir que “treinta años no son nada”, porque conseguí exactamente las mismas bisagras y del mismo fabricante, algo que me dejó alucinado.
Confieso que tirando de buscador con palabras genéricas, para encontrar algo parecido, al ver el producto ofrecido en una web, pensé que en su momento se habrían hecho millones, y se trataba de un viejo stock. Y que la fábrica o ya no existiría, o como otras empresas, ahora se estaría dedicando a otras cosas, más que nada pensando en que la mayoría de la gente compra muebles de Ikea. Pero me equivoqué, la empresa sigue existiendo, se ha modernizado, y me alegro muchísimo. Así que vía web compré más bisagras de las que necesitaba, por si acaso tengo que sustituir las de otras puertas, mientras me llega el presupuesto del laqueado. Porque seguimos interesados, así que si tienes que hacer un trabajo de esos en tu casa, no me pidas que te diga cuál es la empresa, no sea cosa que te pongan delante de nosotros en la lista, y nos toque esperar diez años más, que ya lo dice el dicho: «el que espera, desespera».
Soy Carlos Vitesse y hasta aquí mi Bitácora Mental de hoy. Gracias por tu tiempo al leer o escuchar este contenido, y te espero en el próximo.
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237- El tiempo entre bisagras
Vivimos en un mundo, en el que no solo cada segundo que marca el reloj se vuelve obsoleto y parte del pasado, debido a la vorágine en la que estamos inmersos, en un efecto licuadora a máximas revoluciones, haciendo que todo cambie de forma permanente, muchas veces, sin el menor sentido.
En ocasiones, evolucionar puede resultar perfectamente lo contrario, pero aun así, intentan vendértelo como positivo, con el argumento de que es lo que necesitas. Algo nuevo, revolucionario y de última generación. Por eso resulta muy extraño buscar algo que ya tiene como treinta años, porque crees que ya no existe, pero resulta que incluso hoy, todavía hay espacio para las sorpresas.
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El edificio en el que vivo desde hace una década, fue construido hace tres. Y los primeros dueños del piso desde el que estoy grabando este episodio, decidieron hacer un mueble a medida en el dormitorio principal. Un armario del suelo al techo, compuesto por dos partes diferenciadas: cuatro puertas a los lados del espacio que ocupa la cama matrimonial, con una altura aproximada a los dos metros, y por encima, de punta a punta de la habitación y hasta el techo, otras ocho, mas pequeñas.
Es un mueble normalito, de madera y con su color natural, pero que evidentemente ha quedado bastante pasado de moda, teniendo en cuenta la impresionante variedad de opciones que hay desde hace bastante tiempo, a la hora de equipar una habitación.
Por eso, cuando nos mudamos hace diez años, mi primera intención fue darle un nuevo aspecto a ese mueble, porque desarmarlo y poner otro que encajara igual, iba a llevar demasiado tiempo y dinero, algo que no se ajustaba a nuestras necesidades del momento. Por tanto, para darle un toque de luz y modernidad al ambiente, lo más rápido y sencillo era pintarlo de blanco.
Sin duda, siempre existe la posibilidad de hacer un Juan Palomo, pero uno es consciente de sus limitaciones. Y teniendo en cuenta el tamaño del armario, que además tiene una parte en la que cambia su forma, para dar espacio a la cama y quedar como cabecero, donde en la parte superior y en sendos planos inclinados simétricos, lleva grandes espejos que recogen lo que ocurre en el lecho conyugal y sus alrededores, me pareció que hablar con profesionales era lo más inteligente.
Fue así que incluso antes de mudarnos, me pasé por un sitio con bastante prestigio, con la intención de conseguir un presupuesto aproximado, para laquear el mueble en cuestión. Les expliqué con detalle, pero no quisieron aventurarse a darme una cifra, cosa que vi correcto, y accedí a lo que me pedían: un absoluto detalle de formas, medidas, y características de las más diversas, que describieran a la perfección lo que tenía en el dormitorio, que para dejarlo blanco, con sus 12 puertas y 28 bisagras, ya me temía que sería un trabajo caro.
Como no teníamos claro cuánto tiempo se quedaría en la habitación, antes de que hacer cambios en esa y otras dependencias del piso, con mi mujer pensamos que algo provisorio, ya nos valía. Y eso significaba laquear simplemente la parte exterior, porque hacerlo al completo con todos los metros cuadrados que tiene, estantes interiores, y demás complicaciones del caso, iba a salir tan caro que no se justificaba. Y digo complicaciones del caso, porque probablemente habría que hacerle modificaciones varias, para cambiar también las bisagras, lo que podría afectar la forma de apertura de las puertas, y tener que pensar en todavía más cosas.
En resumen, que nos interesaba laquear en blanco el exterior, que suponíamos sería más fácil, rápido, y probablemente también conveniente para nuestros bolsillos. Y teniendo en cuenta el color y material de las bisagras, ya me había hecho a la idea de sacarlas yo mismo, y buscar una solución para adecuarlas al cambio, haciéndoles algún tratamiento, o sustituyéndolas por algo blanco que pudiera encajar.
Fue así que me llevó su tiempo, pero le presenté a la empresa que me iba a dar el presupuesto, toda la información necesaria para que nos dieran una idea bastante cercana al coste del trabajo. Que si estaba dentro del margen de nuestras previsiones, siempre podríamos ajustar —de ser necesario—, a la hora de revisar el mueble en el lugar, antes de ponerse manos a la obra.
Bien, nos dijeron que tardarían unos días y no nos extrañó, porque fuera de comprar algo con el sistema de IKEA —que ya sabemos cómo va—, todo lo demás tiene sus complicaciones. Así que fuimos preparando la mudanza, con la intención de ir pintando el piso en los ambientes que fuera posible, dejando el dormitorio principal para el final.
Pues, esperamos, esperamos, nos mudamos, llevamos diez años viviendo en el piso, y resulta que el presupuesto aún no ha llegado. Y como he dicho más de una vez y en otros episodios, el ser humano es un bicho de costumbre, así que lo que nos parecía viejo y feo antes de entrar a vivir, a fuerza de tener que verlo a diario, terminó por hacerse invisible, como todo aquello que se usa, o con lo que se convive. Llega un punto, en el que aquella primera impresión se diluye de tal forma, que casi no concebimos las cosas de forma diferente. O mejor dicho, no nos parece tan horrible o urgente cambiarlo, opinión que sin lugar a duda no compartiría quien lo viera por primera vez, como nos ocurrió a nosotros en su momento.
Pues bien, como acabo de decir, el mueble se mimetizó con nuestras vidas, pero los años no vienen solos, y hace tiempo pude observar que una de las puertas grandes y más usadas, tenía las bisagras en mal estado. Al poco tiempo se rompió una, y pensando que no existiría nada igual, seguimos estirando la cosa, porque total… en cualquier momento “habría que cambiarlas todas”.
El tema es que poco después una segunda comenzó a mostrar señales claras de fatiga, y una tercera colapsó y fue inevitable ocuparse del asunto. Ese día, y viendo que el tema era más grave de lo que pensaba, me di cuenta de que lo mejor era quitar la puerta en ese mismo momento. Ya estaba entrando la noche, y no tenía ninguna intención de que en la madrugada y en pleno silencio, terminara en el suelo. Con su peso, quedaría incluso registrado en algún sismógrafo de la zona, conspirando peligrosamente contra mi salud cardíaca, y sin duda afectando negativamente a las buenas relaciones con los vecinos, sobre todo con quien vive debajo.
Quité entonces la puerta esa noche, y al otro día me puse a buscar bisagras sin ninguna esperanza. Como dije, el edificio tiene treinta años, y me podía esperar cualquier cosa, incluso tener que cambiar el mueble completo, al no poder conseguir algo compatible, o funcional para el caso. Pero ocurrió lo único que no espera que ocurriera treinta años después, y es que se siguen vendiendo las mismas bisagras.
Pues sí, en este mundo donde un día te compras el último móvil, y al otro, en el trayecto de tu casa al supermercado ya están sacando una nueva versión, resulta que -al menos en este caso- se podría decir que “treinta años no son nada”, porque conseguí exactamente las mismas bisagras y del mismo fabricante, algo que me dejó alucinado.
Confieso que tirando de buscador con palabras genéricas, para encontrar algo parecido, al ver el producto ofrecido en una web, pensé que en su momento se habrían hecho millones, y se trataba de un viejo stock. Y que la fábrica o ya no existiría, o como otras empresas, ahora se estaría dedicando a otras cosas, más que nada pensando en que la mayoría de la gente compra muebles de Ikea. Pero me equivoqué, la empresa sigue existiendo, se ha modernizado, y me alegro muchísimo. Así que vía web compré más bisagras de las que necesitaba, por si acaso tengo que sustituir las de otras puertas, mientras me llega el presupuesto del laqueado. Porque seguimos interesados, así que si tienes que hacer un trabajo de esos en tu casa, no me pidas que te diga cuál es la empresa, no sea cosa que te pongan delante de nosotros en la lista, y nos toque esperar diez años más, que ya lo dice el dicho: «el que espera, desespera».
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227- Cabreo Real
https://open.spotify.com/episode/6dQYuGMmqHQqqolRMJq9zk?si=b6f36a6a6ce8461c
Apreciado lector… ya estamos en 2025, y esperando hayas comenzado el año -como se suele decir, con “el pie derecho”, quiero aprovechar para reiterarte mis mejores deseos, de que tengas un excelente año, en el que se cumplan todas tus expectativas.
Y si hablamos esperar algo con mucha ilusión, por éstos días hay una importante parte de la población, que tiene esos sentimientos a flor de piel. Me refiero principalmente a los niños, que sin duda estarán contando las horas para la llegada de los Reyes Magos, portadores de juguetes, en respuesta a esas cartas ilusionadas que los mas pequeños habrán escrito -incluso con ayuda de sus padres-, diciendo que se han portado muy bien, y describiendo en ellas aquello que les gustaría recibir de sus majestades, en estas fechas.
Y teniendo en cuenta todo esto, quiero aprovechar para contarte brevemente un recuerdo que me vino a la mente, sobre un día de Reyes bastante lejano en el tiempo, pero -spoiler-, no va de regalos ni juguetes.
Photo by Robert Thiemann on UnsplashHola que tal ¿Cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Como acabo de decir, lo que te quiero comentar hoy, no tiene como protagonista el recuerdos de juguetes, o regalos recibidos un seis de enero. Se trata de un momento muy puntual ocurrido hace muchísimos años, y lo comparto porque el detalle que mencionaré puede que le sirva a alguien. Fue un momento con toda la inocencia del niño de aquellos días, y seguramente inesperado para mis padres.
Siempre he creído que lo mas bonito de las cosas es desearlas, porque en el momento que las consigues, ya sea por ti mismo, o al recibir un obsequio, -al menos en mi experiencia- comienza otra etapa, y esa sensación de euforia permanente se va desvaneciendo rápidamente, transformándose en pasado. El deseo tiene una fuerza tan espectacular, que te mantiene viviendo un cóctel de emociones tan especial y de forma sostenida, que la concreción de ese deseo, muchas veces no es capaz de mantener, mas allá de “un suspiro”.
Pero para no irme por la ramas, entrando en cuestiones que no vienen al caso ahora mismo analizar, te cuento lo ocurrido un seis de enero, que ubico temporalmente en el epílogo de los años 60s. Por aquellos días, vivía con mis padres en una casa que no era grande, y mas bien sencilla, pero había sido construida poco tiempo antes sobre un terreno muy amplio, con lo que su estado era muy bueno. Tenía techo de tejas a dos aguas, y disponía de dos dormitorios y 1 baño. La cocina era abierta con un pequeño comedor, y al costado hacia el fondo tenía una habitación multiuso, donde igual podías lavar y tender ropa si hacía mal tiempo, como reunirte con amigos y jugar sin problemas, aunque fuera lloviera a cántaros. Y por último, hacia el frente daba el estar, que se usaba muy poco y tenía una estufa a leña, que no recuerdo haber visto jamás encendida. Pero hablar de eso, sería entrar en explicaciones demasiado complejas, y no es el momento.
Tengo que decir que siempre me han cautivado las estufas a leña. Ver el fuego devorando la madera, con esos crujidos típicos que hipnotizan e invitan a contemplar la escena, sobre todo en invierno. Por cierto, aquella casa no tenía sistema de calefacción alguno, salvo lo que acabo de mencionar, pero que estaba digamos “vetada” en su uso.
Como había mencionado antes, la parcela era grande, y de ella, como fondo utilizábamos apenas los primeros metros, donde había una especia de tejido valla, que servía de frontera entre la parte en la que yo jugaba, y aquel territorio casi virgen, en el que había algunos árboles frutales y tierra para plantar lo que apeteciera para consumo doméstico, algo que en momentos puntuales se llevaba a cabo.
Finalmente, la propiedad en la parte que daba a la calle, tenía un jardín alargado, con césped y alguna decoración que lo hacían “dominable”, a la hora de tener prolija la propiedad, a la vista de los vecinos y familiares. Por aquel entonces estaban muy de moda los enanos de jardín, y en aquella casa teníamos uno muy bonito, que parecía haberse escapado de la película “Blanca Nieves”. Era bastante grande, y en una de sus manos sostenía un farol cuadrado, como si fuera iluminando el jardín, al abrirse paso en la noche.
Y llegó la tardedel 5 de enero del año en cuestión, momento en que alertado por mis padres, cumplí una tarea que me habían dicho era de vital importancia para recibir a sus majestades en la madrugada del seis. Con lo que consciente de la importancia de causar una buena impresión, y que eso ayudara aun mas para que los Reyes Magos me dejaran lo que había pedido, fui en busca de un balde pequeño de playa que tenía dentro de mis juguetes, y con el me puse manos a la obra, literalmente,- cortando césped para alimentar a los camellos.
El balde no quedó lleno, pero estaba satisfecho, y lo llevé dentro de la casa al estar, dejándolo dentro de la base de la chimenea, que como dije no se usaba, por lo que no había restos de leña, ni fuego. Pero quien llega con hambre, también suele tener sed, con lo que fui en busca de un segundo balde, que aunque también pequeño llené de agua a consciencia, en un grifo que teníamos en el propio jardín cerca del enano, y que se usaba obviamente para regar todo el frente.
Contento con mi labor, aquella noche me fui a dormir tranquilo, porque los Reyes Magos iban a poder descansar un poco en nuestro estar, y dar de comer a sus animales, teniendo en cuenta el arduo trabajo que tendrían, visitando a tantos niños en sus casas.
Y como suele suceder a esas edades, levantarse muy temprano voluntariamente, era algo que no solía suceder, salvo un seis de enero, cuando parecía que un despertador interno te expulsaba de la cama, para que pudieras ser el primero en ver como se habían portado Melchor, Gaspar y Baltasar.
Y de aquella mañana, confieso que no recuerdo absolutamente nada mas allá de acercarme a la chimenea, y comprobar que los Reyes Magos habían hecho la deseada visita a mi hogar. Pero resulta que los camellos no habían comido lo que les había dejado, y tampoco habían bebido agua. Y eso fue lo primero que les dije a mis padres, que quedaron bastante descolocados, porque toda mi atención estaba en lo que no había ocurrido, en vez de centrarme en los regalos que había en aquella habitación. Y seguramente fui bastante insistente en aquel momento expresando mi decepción, porque recuerdo que intentaron convencerme de que seguramente los animales se habrían alimentado en otro descaso por el barrio. Pero mas allá de sus intentos, yo seguía mosqueado, y no por haber estado cortando césped y cargando el agua inútilmente, sino porque tenía la ilusión del “buen anfitrión”, con lo que estaba casi “ofendido” porque habían estado, no habían comido ni bebido, y aquello no me gustó nada de nada. Y por mas extraño que parezca, con todo el tiempo que ha pasado desde aquella mañana de fines de los sesentas, ese es el recuerdo que tengo. Ni idea de que ocurrió, y si sus majestades me trajeron lo que les había pedido, aunque no tengo dudas de que hubo juguetes, y tras el fiasco, me lo habré pasado bien.
Y para finalizar, la moraleja: nunca se sabe lo que puede pasar por la cabeza de un niño, y en ocasiones sus intereses y distracciones pueden ser inesperadas. Por tanto, si eres papá o mamá, nunca está de mas controlar algunos detalles.
Desconozco si en 2025 todavía hay niños que dejan comida y bebida para los camellos, o ya estamos en la etapa en la que llegan en scooter con una aplicación de móvil, en la que aparecen las direcciones de los niños que se han portado bien. Pero sea como sea, conviene poner atención en esas pequeñas cosas que llevan al éxito total, en un momento de gran ilusión para toda la familia. Hay que procurar evitar que la experiencia pueda derivar en situaciones como la que acabo de comentar, donde aquellos regalos, las expectativas sobre ellos, y mi esperada reacción, quedaron relegadas inesperadamente por un detalle menor. Al punto de que como mencionaba antes, casi 6 décadas después el recuerdo de ese día sigue siendo únicamente del cabreo con los camellos, lo que no deja de ser en cierta forma jocoso, y a la vez probablemente una de las primeras experiencias de vida personales, donde uno comienza a aprender que el dinero, no compra la felicidad.
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Apreciado lector… ya estamos en 2025, y esperando hayas comenzado el año -como se suele decir, con “el pie derecho”, quiero aprovechar para reiterarte mis mejores deseos, de que tengas un excelente año, en el que se cumplan todas tus expectativas.
Y si hablamos esperar algo con mucha ilusión, por éstos días hay una importante parte de la población, que tiene esos sentimientos a flor de piel. Me refiero principalmente a los niños, que sin duda estarán contando las horas para la llegada de los Reyes Magos, portadores de juguetes, en respuesta a esas cartas ilusionadas que los mas pequeños habrán escrito -incluso con ayuda de sus padres-, diciendo que se han portado muy bien, y describiendo en ellas aquello que les gustaría recibir de sus majestades, en estas fechas.
Y teniendo en cuenta todo esto, quiero aprovechar para contarte brevemente un recuerdo que me vino a la mente, sobre un día de Reyes bastante lejano en el tiempo, pero -spoiler-, no va de regalos ni juguetes.
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Como acabo de decir, lo que te quiero comentar hoy, no tiene como protagonista el recuerdos de juguetes, o regalos recibidos un seis de enero. Se trata de un momento muy puntual ocurrido hace muchísimos años, y lo comparto porque el detalle que mencionaré puede que le sirva a alguien. Fue un momento con toda la inocencia del niño de aquellos días, y seguramente inesperado para mis padres.
Siempre he creído que lo mas bonito de las cosas es desearlas, porque en el momento que las consigues, ya sea por ti mismo, o al recibir un obsequio, -al menos en mi experiencia- comienza otra etapa, y esa sensación de euforia permanente se va desvaneciendo rápidamente, transformándose en pasado. El deseo tiene una fuerza tan espectacular, que te mantiene viviendo un cóctel de emociones tan especial y de forma sostenida, que la concreción de ese deseo, muchas veces no es capaz de mantener, mas allá de “un suspiro”.
Pero para no irme por la ramas, entrando en cuestiones que no vienen al caso ahora mismo analizar, te cuento lo ocurrido un seis de enero, que ubico temporalmente en el epílogo de los años 60s. Por aquellos días, vivía con mis padres en una casa que no era grande, y mas bien sencilla, pero había sido construida poco tiempo antes sobre un terreno muy amplio, con lo que su estado era muy bueno. Tenía techo de tejas a dos aguas, y disponía de dos dormitorios y 1 baño. La cocina era abierta con un pequeño comedor, y al costado hacia el fondo tenía una habitación multiuso, donde igual podías lavar y tender ropa si hacía mal tiempo, como reunirte con amigos y jugar sin problemas, aunque fuera lloviera a cántaros. Y por último, hacia el frente daba el estar, que se usaba muy poco y tenía una estufa a leña, que no recuerdo haber visto jamás encendida. Pero hablar de eso, sería entrar en explicaciones demasiado complejas, y no es el momento.
Tengo que decir que siempre me han cautivado las estufas a leña. Ver el fuego devorando la madera, con esos crujidos típicos que hipnotizan e invitan a contemplar la escena, sobre todo en invierno. Por cierto, aquella casa no tenía sistema de calefacción alguno, salvo lo que acabo de mencionar, pero que estaba digamos “vetada” en su uso.
Como había mencionado antes, la parcela era grande, y de ella, como fondo utilizábamos apenas los primeros metros, donde había una especia de tejido valla, que servía de frontera entre la parte en la que yo jugaba, y aquel territorio casi virgen, en el que había algunos árboles frutales y tierra para plantar lo que apeteciera para consumo doméstico, algo que en momentos puntuales se llevaba a cabo.
Finalmente, la propiedad en la parte que daba a la calle, tenía un jardín alargado, con césped y alguna decoración que lo hacían “dominable”, a la hora de tener prolija la propiedad, a la vista de los vecinos y familiares. Por aquel entonces estaban muy de moda los enanos de jardín, y en aquella casa teníamos uno muy bonito, que parecía haberse escapado de la película “Blanca Nieves”. Era bastante grande, y en una de sus manos sostenía un farol cuadrado, como si fuera iluminando el jardín, al abrirse paso en la noche.
Y llegó la tardedel 5 de enero del año en cuestión, momento en que alertado por mis padres, cumplí una tarea que me habían dicho era de vital importancia para recibir a sus majestades en la madrugada del seis. Con lo que consciente de la importancia de causar una buena impresión, y que eso ayudara aun mas para que los Reyes Magos me dejaran lo que había pedido, fui en busca de un balde pequeño de playa que tenía dentro de mis juguetes, y con el me puse manos a la obra, literalmente,- cortando césped para alimentar a los camellos.
El balde no quedó lleno, pero estaba satisfecho, y lo llevé dentro de la casa al estar, dejándolo dentro de la base de la chimenea, que como dije no se usaba, por lo que no había restos de leña, ni fuego. Pero quien llega con hambre, también suele tener sed, con lo que fui en busca de un segundo balde, que aunque también pequeño llené de agua a consciencia, en un grifo que teníamos en el propio jardín cerca del enano, y que se usaba obviamente para regar todo el frente.
Contento con mi labor, aquella noche me fui a dormir tranquilo, porque los Reyes Magos iban a poder descansar un poco en nuestro estar, y dar de comer a sus animales, teniendo en cuenta el arduo trabajo que tendrían, visitando a tantos niños en sus casas.
Y como suele suceder a esas edades, levantarse muy temprano voluntariamente, era algo que no solía suceder, salvo un seis de enero, cuando parecía que un despertador interno te expulsaba de la cama, para que pudieras ser el primero en ver como se habían portado Melchor, Gaspar y Baltasar.
Y de aquella mañana, confieso que no recuerdo absolutamente nada mas allá de acercarme a la chimenea, y comprobar que los Reyes Magos habían hecho la deseada visita a mi hogar. Pero resulta que los camellos no habían comido lo que les había dejado, y tampoco habían bebido agua. Y eso fue lo primero que les dije a mis padres, que quedaron bastante descolocados, porque toda mi atención estaba en lo que no había ocurrido, en vez de centrarme en los regalos que había en aquella habitación. Y seguramente fui bastante insistente en aquel momento expresando mi decepción, porque recuerdo que intentaron convencerme de que seguramente los animales se habrían alimentado en otro descaso por el barrio. Pero mas allá de sus intentos, yo seguía mosqueado, y no por haber estado cortando césped y cargando el agua inútilmente, sino porque tenía la ilusión del “buen anfitrión”, con lo que estaba casi “ofendido” porque habían estado, no habían comido ni bebido, y aquello no me gustó nada de nada. Y por mas extraño que parezca, con todo el tiempo que ha pasado desde aquella mañana de fines de los sesentas, ese es el recuerdo que tengo. Ni idea de que ocurrió, y si sus majestades me trajeron lo que les había pedido, aunque no tengo dudas de que hubo juguetes, y tras el fiasco, me lo habré pasado bien.
Y para finalizar, la moraleja: nunca se sabe lo que puede pasar por la cabeza de un niño, y en ocasiones sus intereses y distracciones pueden ser inesperadas. Por tanto, si eres papá o mamá, nunca está de mas controlar algunos detalles.
Desconozco si en 2025 todavía hay niños que dejan comida y bebida para los camellos, o ya estamos en la etapa en la que llegan en scooter con una aplicación de móvil, en la que aparecen las direcciones de los niños que se han portado bien. Pero sea como sea, conviene poner atención en esas pequeñas cosas que llevan al éxito total, en un momento de gran ilusión para toda la familia. Hay que procurar evitar que la experiencia pueda derivar en situaciones como la que acabo de comentar, donde aquellos regalos, las expectativas sobre ellos, y mi esperada reacción, quedaron relegadas inesperadamente por un detalle menor. Al punto de que como mencionaba antes, casi 6 décadas después el recuerdo de ese día sigue siendo únicamente del cabreo con los camellos, lo que no deja de ser en cierta forma jocoso, y a la vez probablemente una de las primeras experiencias de vida personales, donde uno comienza a aprender que el dinero, no compra la felicidad.
Y hasta aquí el Bitácora Mental de hoy, gracias por tu tiempo al leer o escuchar éste contenido, y te espero en el próximo.
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227- Cabreo Real
https://open.spotify.com/episode/6dQYuGMmqHQqqolRMJq9zk?si=b6f36a6a6ce8461c
Apreciado lector… ya estamos en 2025, y esperando hayas comenzado el año -como se suele decir, con “el pie derecho”, quiero aprovechar para reiterarte mis mejores deseos, de que tengas un excelente año, en el que se cumplan todas tus expectativas.
Y si hablamos esperar algo con mucha ilusión, por éstos días hay una importante parte de la población, que tiene esos sentimientos a flor de piel. Me refiero principalmente a los niños, que sin duda estarán contando las horas para la llegada de los Reyes Magos, portadores de juguetes, en respuesta a esas cartas ilusionadas que los mas pequeños habrán escrito -incluso con ayuda de sus padres-, diciendo que se han portado muy bien, y describiendo en ellas aquello que les gustaría recibir de sus majestades, en estas fechas.
Y teniendo en cuenta todo esto, quiero aprovechar para contarte brevemente un recuerdo que me vino a la mente, sobre un día de Reyes bastante lejano en el tiempo, pero -spoiler-, no va de regalos ni juguetes.
Photo by Robert Thiemann on UnsplashHola que tal ¿Cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Como acabo de decir, lo que te quiero comentar hoy, no tiene como protagonista el recuerdos de juguetes, o regalos recibidos un seis de enero. Se trata de un momento muy puntual ocurrido hace muchísimos años, y lo comparto porque el detalle que mencionaré puede que le sirva a alguien. Fue un momento con toda la inocencia del niño de aquellos días, y seguramente inesperado para mis padres.
Siempre he creído que lo mas bonito de las cosas es desearlas, porque en el momento que las consigues, ya sea por ti mismo, o al recibir un obsequio, -al menos en mi experiencia- comienza otra etapa, y esa sensación de euforia permanente se va desvaneciendo rápidamente, transformándose en pasado. El deseo tiene una fuerza tan espectacular, que te mantiene viviendo un cóctel de emociones tan especial y de forma sostenida, que la concreción de ese deseo, muchas veces no es capaz de mantener, mas allá de “un suspiro”.
Pero para no irme por la ramas, entrando en cuestiones que no vienen al caso ahora mismo analizar, te cuento lo ocurrido un seis de enero, que ubico temporalmente en el epílogo de los años 60s. Por aquellos días, vivía con mis padres en una casa que no era grande, y mas bien sencilla, pero había sido construida poco tiempo antes sobre un terreno muy amplio, con lo que su estado era muy bueno. Tenía techo de tejas a dos aguas, y disponía de dos dormitorios y 1 baño. La cocina era abierta con un pequeño comedor, y al costado hacia el fondo tenía una habitación multiuso, donde igual podías lavar y tender ropa si hacía mal tiempo, como reunirte con amigos y jugar sin problemas, aunque fuera lloviera a cántaros. Y por último, hacia el frente daba el estar, que se usaba muy poco y tenía una estufa a leña, que no recuerdo haber visto jamás encendida. Pero hablar de eso, sería entrar en explicaciones demasiado complejas, y no es el momento.
Tengo que decir que siempre me han cautivado las estufas a leña. Ver el fuego devorando la madera, con esos crujidos típicos que hipnotizan e invitan a contemplar la escena, sobre todo en invierno. Por cierto, aquella casa no tenía sistema de calefacción alguno, salvo lo que acabo de mencionar, pero que estaba digamos “vetada” en su uso.
Como había mencionado antes, la parcela era grande, y de ella, como fondo utilizábamos apenas los primeros metros, donde había una especia de tejido valla, que servía de frontera entre la parte en la que yo jugaba, y aquel territorio casi virgen, en el que había algunos árboles frutales y tierra para plantar lo que apeteciera para consumo doméstico, algo que en momentos puntuales se llevaba a cabo.
Finalmente, la propiedad en la parte que daba a la calle, tenía un jardín alargado, con césped y alguna decoración que lo hacían “dominable”, a la hora de tener prolija la propiedad, a la vista de los vecinos y familiares. Por aquel entonces estaban muy de moda los enanos de jardín, y en aquella casa teníamos uno muy bonito, que parecía haberse escapado de la película “Blanca Nieves”. Era bastante grande, y en una de sus manos sostenía un farol cuadrado, como si fuera iluminando el jardín, al abrirse paso en la noche.
Y llegó la tardedel 5 de enero del año en cuestión, momento en que alertado por mis padres, cumplí una tarea que me habían dicho era de vital importancia para recibir a sus majestades en la madrugada del seis. Con lo que consciente de la importancia de causar una buena impresión, y que eso ayudara aun mas para que los Reyes Magos me dejaran lo que había pedido, fui en busca de un balde pequeño de playa que tenía dentro de mis juguetes, y con el me puse manos a la obra, literalmente,- cortando césped para alimentar a los camellos.
El balde no quedó lleno, pero estaba satisfecho, y lo llevé dentro de la casa al estar, dejándolo dentro de la base de la chimenea, que como dije no se usaba, por lo que no había restos de leña, ni fuego. Pero quien llega con hambre, también suele tener sed, con lo que fui en busca de un segundo balde, que aunque también pequeño llené de agua a consciencia, en un grifo que teníamos en el propio jardín cerca del enano, y que se usaba obviamente para regar todo el frente.
Contento con mi labor, aquella noche me fui a dormir tranquilo, porque los Reyes Magos iban a poder descansar un poco en nuestro estar, y dar de comer a sus animales, teniendo en cuenta el arduo trabajo que tendrían, visitando a tantos niños en sus casas.
Y como suele suceder a esas edades, levantarse muy temprano voluntariamente, era algo que no solía suceder, salvo un seis de enero, cuando parecía que un despertador interno te expulsaba de la cama, para que pudieras ser el primero en ver como se habían portado Melchor, Gaspar y Baltasar.
Y de aquella mañana, confieso que no recuerdo absolutamente nada mas allá de acercarme a la chimenea, y comprobar que los Reyes Magos habían hecho la deseada visita a mi hogar. Pero resulta que los camellos no habían comido lo que les había dejado, y tampoco habían bebido agua. Y eso fue lo primero que les dije a mis padres, que quedaron bastante descolocados, porque toda mi atención estaba en lo que no había ocurrido, en vez de centrarme en los regalos que había en aquella habitación. Y seguramente fui bastante insistente en aquel momento expresando mi decepción, porque recuerdo que intentaron convencerme de que seguramente los animales se habrían alimentado en otro descaso por el barrio. Pero mas allá de sus intentos, yo seguía mosqueado, y no por haber estado cortando césped y cargando el agua inútilmente, sino porque tenía la ilusión del “buen anfitrión”, con lo que estaba casi “ofendido” porque habían estado, no habían comido ni bebido, y aquello no me gustó nada de nada. Y por mas extraño que parezca, con todo el tiempo que ha pasado desde aquella mañana de fines de los sesentas, ese es el recuerdo que tengo. Ni idea de que ocurrió, y si sus majestades me trajeron lo que les había pedido, aunque no tengo dudas de que hubo juguetes, y tras el fiasco, me lo habré pasado bien.
Y para finalizar, la moraleja: nunca se sabe lo que puede pasar por la cabeza de un niño, y en ocasiones sus intereses y distracciones pueden ser inesperadas. Por tanto, si eres papá o mamá, nunca está de mas controlar algunos detalles.
Desconozco si en 2025 todavía hay niños que dejan comida y bebida para los camellos, o ya estamos en la etapa en la que llegan en scooter con una aplicación de móvil, en la que aparecen las direcciones de los niños que se han portado bien. Pero sea como sea, conviene poner atención en esas pequeñas cosas que llevan al éxito total, en un momento de gran ilusión para toda la familia. Hay que procurar evitar que la experiencia pueda derivar en situaciones como la que acabo de comentar, donde aquellos regalos, las expectativas sobre ellos, y mi esperada reacción, quedaron relegadas inesperadamente por un detalle menor. Al punto de que como mencionaba antes, casi 6 décadas después el recuerdo de ese día sigue siendo únicamente del cabreo con los camellos, lo que no deja de ser en cierta forma jocoso, y a la vez probablemente una de las primeras experiencias de vida personales, donde uno comienza a aprender que el dinero, no compra la felicidad.
Y hasta aquí el Bitácora Mental de hoy, gracias por tu tiempo al leer o escuchar éste contenido, y te espero en el próximo.
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Apreciado lector… ya estamos en 2025, y esperando hayas comenzado el año -como se suele decir, con “el pie derecho”, quiero aprovechar para reiterarte mis mejores deseos, de que tengas un excelente año, en el que se cumplan todas tus expectativas.
Y si hablamos esperar algo con mucha ilusión, por éstos días hay una importante parte de la población, que tiene esos sentimientos a flor de piel. Me refiero principalmente a los niños, que sin duda estarán contando las horas para la llegada de los Reyes Magos, portadores de juguetes, en respuesta a esas cartas ilusionadas que los mas pequeños habrán escrito -incluso con ayuda de sus padres-, diciendo que se han portado muy bien, y describiendo en ellas aquello que les gustaría recibir de sus majestades, en estas fechas.
Y teniendo en cuenta todo esto, quiero aprovechar para contarte brevemente un recuerdo que me vino a la mente, sobre un día de Reyes bastante lejano en el tiempo, pero -spoiler-, no va de regalos ni juguetes.
Photo by Robert Thiemann on UnsplashHola que tal ¿Cómo estás? Soy Carlos Vitesse y te doy la bienvenida a una nueva entrega de Bitácora Mental.
Como acabo de decir, lo que te quiero comentar hoy, no tiene como protagonista el recuerdos de juguetes, o regalos recibidos un seis de enero. Se trata de un momento muy puntual ocurrido hace muchísimos años, y lo comparto porque el detalle que mencionaré puede que le sirva a alguien. Fue un momento con toda la inocencia del niño de aquellos días, y seguramente inesperado para mis padres.
Siempre he creído que lo mas bonito de las cosas es desearlas, porque en el momento que las consigues, ya sea por ti mismo, o al recibir un obsequio, -al menos en mi experiencia- comienza otra etapa, y esa sensación de euforia permanente se va desvaneciendo rápidamente, transformándose en pasado. El deseo tiene una fuerza tan espectacular, que te mantiene viviendo un cóctel de emociones tan especial y de forma sostenida, que la concreción de ese deseo, muchas veces no es capaz de mantener, mas allá de “un suspiro”.
Pero para no irme por la ramas, entrando en cuestiones que no vienen al caso ahora mismo analizar, te cuento lo ocurrido un seis de enero, que ubico temporalmente en el epílogo de los años 60s. Por aquellos días, vivía con mis padres en una casa que no era grande, y mas bien sencilla, pero había sido construida poco tiempo antes sobre un terreno muy amplio, con lo que su estado era muy bueno. Tenía techo de tejas a dos aguas, y disponía de dos dormitorios y 1 baño. La cocina era abierta con un pequeño comedor, y al costado hacia el fondo tenía una habitación multiuso, donde igual podías lavar y tender ropa si hacía mal tiempo, como reunirte con amigos y jugar sin problemas, aunque fuera lloviera a cántaros. Y por último, hacia el frente daba el estar, que se usaba muy poco y tenía una estufa a leña, que no recuerdo haber visto jamás encendida. Pero hablar de eso, sería entrar en explicaciones demasiado complejas, y no es el momento.
Tengo que decir que siempre me han cautivado las estufas a leña. Ver el fuego devorando la madera, con esos crujidos típicos que hipnotizan e invitan a contemplar la escena, sobre todo en invierno. Por cierto, aquella casa no tenía sistema de calefacción alguno, salvo lo que acabo de mencionar, pero que estaba digamos “vetada” en su uso.
Como había mencionado antes, la parcela era grande, y de ella, como fondo utilizábamos apenas los primeros metros, donde había una especia de tejido valla, que servía de frontera entre la parte en la que yo jugaba, y aquel territorio casi virgen, en el que había algunos árboles frutales y tierra para plantar lo que apeteciera para consumo doméstico, algo que en momentos puntuales se llevaba a cabo.
Finalmente, la propiedad en la parte que daba a la calle, tenía un jardín alargado, con césped y alguna decoración que lo hacían “dominable”, a la hora de tener prolija la propiedad, a la vista de los vecinos y familiares. Por aquel entonces estaban muy de moda los enanos de jardín, y en aquella casa teníamos uno muy bonito, que parecía haberse escapado de la película “Blanca Nieves”. Era bastante grande, y en una de sus manos sostenía un farol cuadrado, como si fuera iluminando el jardín, al abrirse paso en la noche.
Y llegó la tardedel 5 de enero del año en cuestión, momento en que alertado por mis padres, cumplí una tarea que me habían dicho era de vital importancia para recibir a sus majestades en la madrugada del seis. Con lo que consciente de la importancia de causar una buena impresión, y que eso ayudara aun mas para que los Reyes Magos me dejaran lo que había pedido, fui en busca de un balde pequeño de playa que tenía dentro de mis juguetes, y con el me puse manos a la obra, literalmente,- cortando césped para alimentar a los camellos.
El balde no quedó lleno, pero estaba satisfecho, y lo llevé dentro de la casa al estar, dejándolo dentro de la base de la chimenea, que como dije no se usaba, por lo que no había restos de leña, ni fuego. Pero quien llega con hambre, también suele tener sed, con lo que fui en busca de un segundo balde, que aunque también pequeño llené de agua a consciencia, en un grifo que teníamos en el propio jardín cerca del enano, y que se usaba obviamente para regar todo el frente.
Contento con mi labor, aquella noche me fui a dormir tranquilo, porque los Reyes Magos iban a poder descansar un poco en nuestro estar, y dar de comer a sus animales, teniendo en cuenta el arduo trabajo que tendrían, visitando a tantos niños en sus casas.
Y como suele suceder a esas edades, levantarse muy temprano voluntariamente, era algo que no solía suceder, salvo un seis de enero, cuando parecía que un despertador interno te expulsaba de la cama, para que pudieras ser el primero en ver como se habían portado Melchor, Gaspar y Baltasar.
Y de aquella mañana, confieso que no recuerdo absolutamente nada mas allá de acercarme a la chimenea, y comprobar que los Reyes Magos habían hecho la deseada visita a mi hogar. Pero resulta que los camellos no habían comido lo que les había dejado, y tampoco habían bebido agua. Y eso fue lo primero que les dije a mis padres, que quedaron bastante descolocados, porque toda mi atención estaba en lo que no había ocurrido, en vez de centrarme en los regalos que había en aquella habitación. Y seguramente fui bastante insistente en aquel momento expresando mi decepción, porque recuerdo que intentaron convencerme de que seguramente los animales se habrían alimentado en otro descaso por el barrio. Pero mas allá de sus intentos, yo seguía mosqueado, y no por haber estado cortando césped y cargando el agua inútilmente, sino porque tenía la ilusión del “buen anfitrión”, con lo que estaba casi “ofendido” porque habían estado, no habían comido ni bebido, y aquello no me gustó nada de nada. Y por mas extraño que parezca, con todo el tiempo que ha pasado desde aquella mañana de fines de los sesentas, ese es el recuerdo que tengo. Ni idea de que ocurrió, y si sus majestades me trajeron lo que les había pedido, aunque no tengo dudas de que hubo juguetes, y tras el fiasco, me lo habré pasado bien.
Y para finalizar, la moraleja: nunca se sabe lo que puede pasar por la cabeza de un niño, y en ocasiones sus intereses y distracciones pueden ser inesperadas. Por tanto, si eres papá o mamá, nunca está de mas controlar algunos detalles.
Desconozco si en 2025 todavía hay niños que dejan comida y bebida para los camellos, o ya estamos en la etapa en la que llegan en scooter con una aplicación de móvil, en la que aparecen las direcciones de los niños que se han portado bien. Pero sea como sea, conviene poner atención en esas pequeñas cosas que llevan al éxito total, en un momento de gran ilusión para toda la familia. Hay que procurar evitar que la experiencia pueda derivar en situaciones como la que acabo de comentar, donde aquellos regalos, las expectativas sobre ellos, y mi esperada reacción, quedaron relegadas inesperadamente por un detalle menor. Al punto de que como mencionaba antes, casi 6 décadas después el recuerdo de ese día sigue siendo únicamente del cabreo con los camellos, lo que no deja de ser en cierta forma jocoso, y a la vez probablemente una de las primeras experiencias de vida personales, donde uno comienza a aprender que el dinero, no compra la felicidad.
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Apreciado lector… ya estamos en 2025, y esperando hayas comenzado el año -como se suele decir, con “el pie derecho”, quiero aprovechar para reiterarte mis mejores deseos, de que tengas un excelente año, en el que se cumplan todas tus expectativas.
Y si hablamos esperar algo con mucha ilusión, por éstos días hay una importante parte de la población, que tiene esos sentimientos a flor de piel. Me refiero principalmente a los niños, que sin duda estarán contando las horas para la llegada de los Reyes Magos, portadores de juguetes, en respuesta a esas cartas ilusionadas que los mas pequeños habrán escrito -incluso con ayuda de sus padres-, diciendo que se han portado muy bien, y describiendo en ellas aquello que les gustaría recibir de sus majestades, en estas fechas.
Y teniendo en cuenta todo esto, quiero aprovechar para contarte brevemente un recuerdo que me vino a la mente, sobre un día de Reyes bastante lejano en el tiempo, pero -spoiler-, no va de regalos ni juguetes.
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Como acabo de decir, lo que te quiero comentar hoy, no tiene como protagonista el recuerdos de juguetes, o regalos recibidos un seis de enero. Se trata de un momento muy puntual ocurrido hace muchísimos años, y lo comparto porque el detalle que mencionaré puede que le sirva a alguien. Fue un momento con toda la inocencia del niño de aquellos días, y seguramente inesperado para mis padres.
Siempre he creído que lo mas bonito de las cosas es desearlas, porque en el momento que las consigues, ya sea por ti mismo, o al recibir un obsequio, -al menos en mi experiencia- comienza otra etapa, y esa sensación de euforia permanente se va desvaneciendo rápidamente, transformándose en pasado. El deseo tiene una fuerza tan espectacular, que te mantiene viviendo un cóctel de emociones tan especial y de forma sostenida, que la concreción de ese deseo, muchas veces no es capaz de mantener, mas allá de “un suspiro”.
Pero para no irme por la ramas, entrando en cuestiones que no vienen al caso ahora mismo analizar, te cuento lo ocurrido un seis de enero, que ubico temporalmente en el epílogo de los años 60s. Por aquellos días, vivía con mis padres en una casa que no era grande, y mas bien sencilla, pero había sido construida poco tiempo antes sobre un terreno muy amplio, con lo que su estado era muy bueno. Tenía techo de tejas a dos aguas, y disponía de dos dormitorios y 1 baño. La cocina era abierta con un pequeño comedor, y al costado hacia el fondo tenía una habitación multiuso, donde igual podías lavar y tender ropa si hacía mal tiempo, como reunirte con amigos y jugar sin problemas, aunque fuera lloviera a cántaros. Y por último, hacia el frente daba el estar, que se usaba muy poco y tenía una estufa a leña, que no recuerdo haber visto jamás encendida. Pero hablar de eso, sería entrar en explicaciones demasiado complejas, y no es el momento.
Tengo que decir que siempre me han cautivado las estufas a leña. Ver el fuego devorando la madera, con esos crujidos típicos que hipnotizan e invitan a contemplar la escena, sobre todo en invierno. Por cierto, aquella casa no tenía sistema de calefacción alguno, salvo lo que acabo de mencionar, pero que estaba digamos “vetada” en su uso.
Como había mencionado antes, la parcela era grande, y de ella, como fondo utilizábamos apenas los primeros metros, donde había una especia de tejido valla, que servía de frontera entre la parte en la que yo jugaba, y aquel territorio casi virgen, en el que había algunos árboles frutales y tierra para plantar lo que apeteciera para consumo doméstico, algo que en momentos puntuales se llevaba a cabo.
Finalmente, la propiedad en la parte que daba a la calle, tenía un jardín alargado, con césped y alguna decoración que lo hacían “dominable”, a la hora de tener prolija la propiedad, a la vista de los vecinos y familiares. Por aquel entonces estaban muy de moda los enanos de jardín, y en aquella casa teníamos uno muy bonito, que parecía haberse escapado de la película “Blanca Nieves”. Era bastante grande, y en una de sus manos sostenía un farol cuadrado, como si fuera iluminando el jardín, al abrirse paso en la noche.
Y llegó la tardedel 5 de enero del año en cuestión, momento en que alertado por mis padres, cumplí una tarea que me habían dicho era de vital importancia para recibir a sus majestades en la madrugada del seis. Con lo que consciente de la importancia de causar una buena impresión, y que eso ayudara aun mas para que los Reyes Magos me dejaran lo que había pedido, fui en busca de un balde pequeño de playa que tenía dentro de mis juguetes, y con el me puse manos a la obra, literalmente,- cortando césped para alimentar a los camellos.
El balde no quedó lleno, pero estaba satisfecho, y lo llevé dentro de la casa al estar, dejándolo dentro de la base de la chimenea, que como dije no se usaba, por lo que no había restos de leña, ni fuego. Pero quien llega con hambre, también suele tener sed, con lo que fui en busca de un segundo balde, que aunque también pequeño llené de agua a consciencia, en un grifo que teníamos en el propio jardín cerca del enano, y que se usaba obviamente para regar todo el frente.
Contento con mi labor, aquella noche me fui a dormir tranquilo, porque los Reyes Magos iban a poder descansar un poco en nuestro estar, y dar de comer a sus animales, teniendo en cuenta el arduo trabajo que tendrían, visitando a tantos niños en sus casas.
Y como suele suceder a esas edades, levantarse muy temprano voluntariamente, era algo que no solía suceder, salvo un seis de enero, cuando parecía que un despertador interno te expulsaba de la cama, para que pudieras ser el primero en ver como se habían portado Melchor, Gaspar y Baltasar.
Y de aquella mañana, confieso que no recuerdo absolutamente nada mas allá de acercarme a la chimenea, y comprobar que los Reyes Magos habían hecho la deseada visita a mi hogar. Pero resulta que los camellos no habían comido lo que les había dejado, y tampoco habían bebido agua. Y eso fue lo primero que les dije a mis padres, que quedaron bastante descolocados, porque toda mi atención estaba en lo que no había ocurrido, en vez de centrarme en los regalos que había en aquella habitación. Y seguramente fui bastante insistente en aquel momento expresando mi decepción, porque recuerdo que intentaron convencerme de que seguramente los animales se habrían alimentado en otro descaso por el barrio. Pero mas allá de sus intentos, yo seguía mosqueado, y no por haber estado cortando césped y cargando el agua inútilmente, sino porque tenía la ilusión del “buen anfitrión”, con lo que estaba casi “ofendido” porque habían estado, no habían comido ni bebido, y aquello no me gustó nada de nada. Y por mas extraño que parezca, con todo el tiempo que ha pasado desde aquella mañana de fines de los sesentas, ese es el recuerdo que tengo. Ni idea de que ocurrió, y si sus majestades me trajeron lo que les había pedido, aunque no tengo dudas de que hubo juguetes, y tras el fiasco, me lo habré pasado bien.
Y para finalizar, la moraleja: nunca se sabe lo que puede pasar por la cabeza de un niño, y en ocasiones sus intereses y distracciones pueden ser inesperadas. Por tanto, si eres papá o mamá, nunca está de mas controlar algunos detalles.
Desconozco si en 2025 todavía hay niños que dejan comida y bebida para los camellos, o ya estamos en la etapa en la que llegan en scooter con una aplicación de móvil, en la que aparecen las direcciones de los niños que se han portado bien. Pero sea como sea, conviene poner atención en esas pequeñas cosas que llevan al éxito total, en un momento de gran ilusión para toda la familia. Hay que procurar evitar que la experiencia pueda derivar en situaciones como la que acabo de comentar, donde aquellos regalos, las expectativas sobre ellos, y mi esperada reacción, quedaron relegadas inesperadamente por un detalle menor. Al punto de que como mencionaba antes, casi 6 décadas después el recuerdo de ese día sigue siendo únicamente del cabreo con los camellos, lo que no deja de ser en cierta forma jocoso, y a la vez probablemente una de las primeras experiencias de vida personales, donde uno comienza a aprender que el dinero, no compra la felicidad.
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