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#raymondcarver — Public Fediverse posts

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  1. La brida, de Raymond Carver: los sueños son aquello de lo que uno se despierta

    Hacía más de dos semanas que no publicaba nada por aquí. Para un blog que venía soltando una entrada cada dos o tres días, es un parón largo, y se nota.

    La razón es la menos épica de todas: he estado liado. Un tiempo de esos en los que todo lo que no es urgente se queda esperando, y el blog fue de lo primero que se quedó sin atender. No me gusta dejarlo tanto tiempo parado, pero prefiero volver con algo que he leído de verdad que con una entrada de relleno.

    Y vuelvo con lo que me tocaba. Acabo de terminar «La brida», de Catedral. Si me seguís, ya sabéis cómo funciona esto: voy leyendo el libro relato a relato y escribo sobre cada uno mientras lo tengo fresco. Este es el siguiente.

    Foto: Dee.lite, Wikimedia Commons, dominio público

    Una mujer que mira desde fuera

    Marge, la narradora, y su marido Harley llevan un edificio de apartamentos en Arizona. Ella, además, arregla el pelo a las vecinas por su cuenta. Es ella quien cuenta toda la historia, con una voz sencilla y bastante amable, de las que dicen las cosas tal cual y sin adornos.

    Lo curioso es que casi todo lo que cuenta es de los demás. De sí misma habla poco, y en Carver eso suele ser lo importante: lo que Marge no dice cuenta más de ella que lo que dice. Es una mujer que mira cómo pasa la vida de otros desde la puerta de su propio edificio.

    Una familia que ha perdido la granja

    En verano llegan los Holits en una ranchera. Vienen de Minnesota y han perdido la granja. Marge les enseña un apartamento de dos habitaciones y se lo quedan. Él es un agricultor que se ha quedado sin tierra.

    Betty tiene un gesto raro que Marge no pasa por alto: chasquea los dedos sin venir a cuento y se pasa las uñas por el mostrador. No lo explica nadie. Está ahí, y ya sabemos que esta mujer vive con los nervios a flor de piel.

    Acaba yendo a que Marge le arregle el pelo, y mientras se lo hace le cuenta cómo han llegado hasta ahí. Holits perdió dinero apostando a los caballos. Llegó a comprar uno, un caballo de carreras que no ganó nunca una carrera. Betty trabaja ahora de camarera en un restaurante italiano.

    También le cuenta que en el instituto una orientadora le preguntó una vez por sus sueños. Si se lo preguntaran ahora, dice, contestaría que los sueños son aquello de lo que uno se despierta.

    Lo que hace Carver con los detalles

    Este es el punto donde Carver se luce, como en todo lo suyo. No hay una explicación larga de cómo se sienten los Holits ni una página sobre lo que significa perder una granja. Hay conducta: una mujer que chasquea los dedos, otra que le arregla el pelo mientras escucha, un hombre que compró un caballo que no ganaba y siguió apostando.

    Con eso basta. Carver detalla al milímetro cómo se comporta la gente y deja que el lector saque la conclusión. Pasa en casi todos sus relatos. En «Cuidado», por ejemplo, media historia es un oído taponado, y ahí es donde se ve lo que de verdad les pasa a esos dos. Aquí, el caballo que nunca ganó y los dedos de Betty cuentan más que cualquier explicación.

    Foto: waferboard, Wikimedia Commons, CC BY 2.0

    La piscina del edificio

    Los niños pasan el verano en la piscina. Una noche, los vecinos están allí bebiendo, y Holits sufre un accidente: se golpea la cabeza y se lo llevan al hospital. Carver lo cuenta sin hacer ruido, igual que todo lo demás. No hay una gran escena ni un gran discurso, solo lo que pasa y lo que Marge ve.

    Después de aquello, los Holits recogen y se van con los niños, sin dar explicaciones. Así, sin más. La familia que llegó en la ranchera se marcha de la misma forma en que apareció.

    La brida

    Marge sube a limpiar el apartamento vacío y encuentra una brida que Holits se ha dejado. Se queda mirándola e imagina lo que sería llevar algo así entre los dientes. Piensa que, con eso puesto, sabrías que ha llegado la hora, que vas a algún sitio.

    Se puede leer así: Holits tenía un caballo que nunca ganó una carrera, y lo único que deja atrás es lo que sirve para llevarlo. Ellos se van. Marge, que no se va, es la que se queda con la brida en las manos.

    Si estás empezando con Carver, aquí tienes por dónde empezar a leerlo.

    ¿Creéis que Marge se queda porque quiere o porque no sabe cómo irse? Contádmelo en los comentarios.

    Sigo con este hilo de Catedral. Si os apetece que analice otro relato del libro, decídmelo.

    Sigue leyendo en Rincones de papel:

    Y si queréis más, también escribo notas cortas en mi Substack.

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  2. Leo sobre el universo por la misma razón por la que leo cuentos: el misterio

    Primer campo profundo del telescopio James Webb. Foto: NASA, ESA, CSA y STScI (dominio público)

    En agosto escribí que en septiembre volvería a las reseñas y a la literatura, y lo he cumplido. Pero lo otro no se ha ido a ninguna parte, así que hoy vuelvo un rato a ello.

    Llevo meses leyendo sobre el universo, y me he dado cuenta de una cosa que al principio me pareció una casualidad y ya no me lo parece: leo divulgación científica por la misma razón por la que leo cuentos. No por aprender, no por cultura general. Por el misterio.

    Lo que engancha no es lo que se explica

    Piénsalo con los números. Toda la materia que conocemos, la de las estrellas, los planetas, las galaxias que salen en la foto de arriba y nosotros mismos, es alrededor de un cinco por ciento de lo que hay. El resto, ese noventa y cinco por ciento largo, es materia y energía oscuras. Y oscura significa exactamente lo que parece: sabemos que está ahí porque tira de las cosas, pero no sabemos qué es.

    O sea que llevamos siglos construyendo telescopios cada vez mejores para descubrir que casi todo lo que existe sigue sin tener nombre.

    A mucha gente eso le resulta frustrante. A mí me parece lo más interesante que he leído nunca. Y cuando me paré a pensar por qué, me di cuenta de que es lo mismo que me pasa con los relatos que comento aquí.

    Lo que no se dice, lo que no se ve

    En un cuento de Raymond Carver nunca pasa lo importante delante de ti. Un matrimonio habla de un tapón de cera en un oído, y por debajo está todo lo que llevan quince años sin decirse. Lo que sostiene el relato es lo que falta, la parte que Carver decidió no escribir.

    En Murakami pasa algo parecido por otro camino. Un hombre desaparece entre dos plantas de una escalera y nadie explica jamás adónde fue. Si lo explicara, el relato se vendría abajo.

    Y en el universo el mecanismo es idéntico. Lo que nos tiene mirando hacia arriba no es lo que ya sabemos, es la parte que se resiste.

    Los tres funcionan igual: un hueco lo bastante grande para que quepas tú dentro. El lector rellena el silencio de Carver, el que mira el cielo rellena la materia oscura. En los dos casos la gracia está en que no te den la respuesta.

    Campo ultraprofundo del Hubble: casi cada punto de luz es una galaxia entera. Foto: NASA y ESA (dominio público)

    La diferencia, que también la hay

    No quiero vender que sean lo mismo, porque no lo son, y la diferencia es lo más interesante.

    El hueco de Carver está puesto ahí a propósito. Es una decisión de escritor: sabe lo que no va a contar y calcula el efecto. El silencio está diseñado.

    El hueco del universo no lo ha puesto nadie. Está ahí porque todavía no llegamos. Nadie decidió que la materia oscura fuera un misterio, simplemente lo es de momento, y algún día dejará de serlo.

    Uno es un silencio construido y el otro es una ignorancia temporal. Y sin embargo producen la misma sensación al leerlos, que es lo que a mí me sigue pareciendo raro y bonito.

    Por qué escribo esto en un blog de libros

    Porque he acabado convencido de que leer ciencia me ha hecho leer mejor literatura.

    Antes, cuando terminaba un relato sin final claro, me quedaba con la sensación de que le faltaba algo. Ahora entiendo que estaba pidiéndole al cuento lo que tampoco le pido al cielo. Nadie cierra un libro de cosmología quejándose de que no expliquen qué es el noventa y cinco por ciento del universo. Se acepta que hay cosas que se miran sin resolverse.

    Los buenos cuentos hacen exactamente eso, solo que en pequeño y con gente dentro.

    Y ahora os pregunto a vosotros: ¿leéis cosas que no tienen nada que ver con lo que soléis leer? ¿Os ha cambiado alguna la forma de leer lo demás? Contádmelo en los comentarios, que estas conversaciones son las que más me gustan de tener un blog.

    Si os gustan estas mezclas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo y de lo que se me ocurre entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #astronomia #booklovers #bookreview #bookstodon #ciencia #cosmologia #divulgacioncientifica #lectura #leer #libros #Literatura #Murakami #raymondcarver #universo
  3. Ellos no son tu marido, de Raymond Carver: el machismo que cabe en una cafetería

    Barra del Modern Diner, Pawtucket. Foto: HABS, Library of Congress (dominio público), vía Wikimedia Commons

    Sigo con ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, el primer libro de relatos de Raymond Carver, y he llegado a “Ellos no son tu marido”. De todos los que llevo leídos este verano es el que peor cuerpo me ha dejado, y lo raro del caso es que no pasa nada. Nadie muere, nadie levanta la mano, nadie se va de casa. Un hombre entra en la cafetería donde trabaja su mujer y se sienta en la barra a tomar un café.

    Lo que ocurre, que es casi nada

    Earl Ober es vendedor y está sin trabajo. Doreen, su mujer, sirve en una cafetería abierta toda la noche. Una madrugada él va a verla, se sienta en la barra y pide algo. Doreen se agacha detrás del mostrador, el uniforme se le sube y dos hombres trajeados que están al lado comentan lo que ven. No lo dicen con deseo. Lo dicen con asco: fíjate en eso, qué barbaridad, a mí que no me sirvan nada aquí.

    Earl no contesta. Paga y se marcha. En casa espera a que ella llegue, la hace subirse a la báscula del baño y le dice que tiene que adelgazar. A partir de ahí el relato es la gestión de esa idea. Él le lleva la cuenta de lo que come, la vigila, la corrige, la felicita. Doreen pierde peso. Se le queda mala cara, se marea en el trabajo, las compañeras le preguntan si está enferma. A Earl le parece que la cosa va bien.

    El final es lo mejor del relato y también lo más difícil de tragar. Earl vuelve a la cafetería, se sienta al lado de un desconocido y le señala a su mujer para que diga algo, para que un hombre cualquiera dé el visto bueno al resultado. El otro se incomoda y se va. Una camarera pregunta quién es ese tipo. Y Doreen contesta: es mi marido.

    Un hombre en paro y un cuerpo que administrar

    Aquí el relato deja de ser una anécdota desagradable. Estamos en la América de principios de los setenta, con un modelo de matrimonio que casi no hace falta explicar porque en España funcionó igual: el hombre trae el sueldo, la mujer sostiene la casa, y si ella trabaja fuera se entiende como algo provisional o como una ayuda.

    Earl ha perdido su parte del trato. No tiene sueldo ni sitio al que ir por la mañana. Lo único que le queda de marido es la autoridad, así que la ejerce sobre lo único que tiene a mano, que es el cuerpo de Doreen. El título viene de la frase que lo resume todo: cuando ella le cuenta que en la cafetería le dicen que está muy delgada, él le responde que ellos no son su marido. Traducido: la opinión que cuenta es la mía, porque tú eres mía.

    Lo que hiere a Earl tampoco es que su mujer lo esté pasando mal. Es haber quedado en evidencia delante de otros dos hombres. Su vergüenza es de propietario, y por eso el remedio que se le ocurre es exhibirla después para que otro hombre la valore al alza. Y todo esto sin un grito, sin un golpe, sin una sola escena que en un juicio serviría de algo. Una báscula, una dieta y alguien apuntando lo que comes. Así funcionaba el machismo de aquella época en muchísimas casas: no como violencia, sino como administración.

    Carver, además, no lo denuncia. No hay una sola línea que diga que esto está mal. Lo que hace es enseñar quién habla y quién calla. Earl decide, los clientes opinan sobre un cuerpo que no es suyo, y de lo que piensa Doreen apenas sabemos nada hasta esas tres palabras del final. El hueco lo tiene que llenar el lector, y el lector lo llena bastante rápido.

    Foto: Visitor7, CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons

    Lo cotidiano como escenario del daño

    Me interesa mucho el sitio donde Carver decide poner la cámara. Aquí no hay un escenario dramático. Hay un uniforme, unos taburetes, una taza de café, una báscula de baño y un turno de noche. El daño no entra por una puerta grande, entra por el pasillo de casa un martes cualquiera.

    Es lo mismo que hace en Vecinos, donde un piso ajeno vale para desmontar a un matrimonio entero, o en Desde donde llamo. Carver se dio cuenta antes que casi nadie de que la vida de la gente corriente no está hecha de escenas de tribunal ni de grandes decisiones, sino de turnos, facturas, frases dichas de pasada y conversaciones que se cortan a la mitad. Si quieres contar cómo vive de verdad la mayoría, ahí es donde tienes que mirar.

    Técnicamente lo consigue con tres cosas: objetos que cargan con el significado en lugar de explicarlo, diálogo plano sin una gota de retórica, y elipsis. Nunca te dice lo que siente nadie. Te pone delante una báscula y te deja solo con ella. Si queréis el mismo mecanismo llevado a un extremo casi absurdo, está en Cobradores.

    Por qué me fijo tanto en esto

    Por lo que escribo yo. En Nadie te espera, mi libro sobre el viaje de un inmigrante senegalés a España, lo que sostiene el texto no son los momentos grandes. Son los pequeños: la espera, una llamada de teléfono, cómo te miran cuando entras en una tienda. Si intentas contar un viaje así a base de escenas dramáticas, el libro se convierte en otra cosa y deja de parecerse a la vida de nadie.

    Y por lo que investigo. En la tesis analizo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y el discurso más duro casi nunca llega en forma de discurso solemne. Llega en un comentario de tres líneas escrito mientras alguien cenaba, con faltas y con una naturalidad total. Lo cotidiano no es el decorado de las cosas importantes. Es el sitio donde pasan.

    Por eso un relato de doce páginas dice más sobre cómo funcionaba un matrimonio en aquella América que muchos ensayos de la época. Y por eso incomoda tanto: porque el mecanismo se reconoce.

    Si queréis empezar por aquí

    “Ellos no son tu marido” está en ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976), el primer libro de Carver, del que ya hablé en general por aquí. Es corto, es de los más accesibles del volumen y funciona bien como puerta de entrada. Si os gusta, seguid con La esposa del estudiante, que mira al mismo tipo de matrimonio desde el otro lado de la cama.

    Os pregunto una cosa que me interesa de verdad: ¿os pasa que los relatos que peor sientan son justo los que no tienen ninguna escena fuerte? A mí me cuesta más leer a un hombre pesando a su mujer en el baño que casi cualquier escena violenta de una novela. Contádmelo en los comentarios, que me gusta saber si es cosa mía.

    Y si os interesan estas lecturas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo entre entrada y entrada. Para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

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  4. Cobradores, de Raymond Carver: el relato más kafkiano del realismo sucio

    Foto: Unsplash

    Sigo leyendo ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, el primer libro de relatos de Raymond Carver, y me he encontrado con «Cobradores», que es distinto a casi todo lo demás del volumen. Aquí no hay un matrimonio deshaciéndose en la cocina. Hay un hombre solo en una casa y alguien llamando a la puerta.

    Un hombre en paro y alguien llamando a la puerta

    El narrador está sin trabajo. Lleva días esperando una carta que le confirme un empleo, y mientras tanto no hace nada, tumbado, escuchando. Llaman a la puerta. Es un vendedor, Aubrey Bell, que anuncia que la señora Slater ha ganado en un sorteo una limpieza de alfombras gratuita.

    El narrador le dice que la señora Slater no está. Y aquí empieza lo raro: nunca dice si él es el señor Slater. No lo confirma, no lo niega, deja la pregunta sin respuesta durante todo el relato. Bell entra igualmente. Y una vez dentro, ya no se va.

    La aspiradora, el colchón y lo que sale de dentro

    Lo que sigue es una demostración comercial que se alarga hasta hacerse insoportable. Bell aspira la casa mientras habla de cosas que no vienen a cuento, tranquilo, como si tuviera todo el tiempo del mundo y todo el derecho a estar ahí. En un momento aspira el colchón y le enseña al narrador lo que ha sacado de dentro: la suciedad y los restos de piel muerta acumulados en la cama donde duerme.

    Es una escena doméstica y a la vez profundamente violenta, aunque nadie levante la voz. Un desconocido está sacando a la vista lo que este hombre tiene debajo, literalmente, y el hombre lo mira sin moverse. No lo echa. No dice que no quiere la aspiradora. No dice casi nada.

    Foto: Unsplash

    Por qué esto es Kafka con moqueta

    Este relato funciona con la misma mecánica que Kafka, aunque el decorado sea una casa cualquiera de la América de los setenta y no un tribunal.

    Primero, el intruso con autoridad inexplicable. Bell entra amparado en un trámite absurdo, un sorteo que nadie recuerda haber jugado, y ese papeleo mínimo le basta para ocupar la casa. Es exactamente lo que hacen los guardias que despiertan a Josef K. en El proceso: llegan a su habitación, se instalan, y la explicación de por qué pueden hacerlo nunca llega.

    Segundo, la pasividad del protagonista. En Kafka nadie da un puñetazo en la mesa. Se discute, se pregunta, se colabora con el procedimiento. Aquí igual: el narrador podría cerrar la puerta en cualquier momento y no lo hace.

    Y tercero, la identidad que se disuelve. Josef K. es una inicial. El narrador de Carver es un hombre que no llega a decir su nombre en su propia casa. Cuando alguien pierde el trabajo y espera una carta que decida por él, deja de tener nombre y pasa a ser un caso pendiente.

    La carta

    El final es lo mejor y no lo voy a destripar del todo, pero tiene que ver con esa carta que el narrador lleva todo el relato esperando. Carver no explica nada, no cierra nada y no le da al lector la escena que estaría pidiendo. Se limita a colocar el objeto en el sitio equivocado y a irse.

    Ahí está la diferencia con Kafka, por cierto. Kafka construye un mundo entero con sus reglas absurdas. Carver no construye nada: coge una tarde normal, mete a un vendedor dentro y deja que la cosa se pudra sola. El resultado es igual de opresivo con la mitad de los medios.

    Si os interesa este libro, escribí una entrada general sobre la colección entera, y también sobre «Vecinos», que es el otro relato del volumen donde alguien acaba dentro de una casa que no es la suya. Del Carver más tardío hablé hace poco en «Desde donde llamo».

    ¿Veis vosotros también ese parentesco entre Carver y Kafka, o os parece que fuerzo la comparación? Decídmelo en los comentarios, que este es de los temas que me pueden tener discutiendo un rato largo. Y si queréis lo que voy leyendo y pensando entre entrada y entrada, ando en Substack con notas más cortas que no llegan al blog.

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  5. Desde donde llamo: Carver y la cotidianeidad hecha prominente

    Foto: Unsplash

    Acabo de cerrar Catedral, de Raymond Carver, con «Desde donde llamo», que ha sido el último relato de la colección que he leído. No es el que cierra el libro en el índice (ese lugar es para «Catedral», el que le da título), pero es el que más me ha interesado comentar de toda mi lectura de este verano.

    Un hombre en un centro de desintoxicación, contando historias

    El narrador está internado en la casa de Frank Martin, un centro de desintoxicación en California. Ahí conoce a J.P., otro paciente, que le va contando su vida a trozos: cómo se hizo deshollinador de niño, metiéndose por chimeneas de casas ajenas; cómo conoció a Roxy, también deshollinadora, en una boda; cómo el oficio y el matrimonio se fueron pareciendo cada vez más a una rutina, y cómo el alcohol se los fue comiendo despacio, sin un solo golpe de efecto. El narrador, mientras tanto, piensa en su propia mujer y en su propia amante, en las llamadas que podría hacer y no hace. Al final del relato hay un teléfono de pago y la promesa, aplazada, de una llamada en Nochebuena.

    Foto: Unsplash

    Lo aburrido hecho prominente

    Esto es lo que más me interesa de Carver, y de este relato en concreto: coge la cotidianeidad más burda (el café recalentado del centro, las tareas del día, las conversaciones de sobremesa entre pacientes que no tienen nada especial que contarse) y la pone en primer plano hasta que ahí, en ese fondo gris, es donde ocurre todo lo importante. No hay elipsis dramática ni un giro de guion. Hay una llamada que no se hace, una historia de un deshollinador contada por otro paciente, y aun así el peso del relato no está en ningún suceso extraordinario. Está en cómo se cuenta lo ordinario. Carver no dramatiza la adicción con una escena de gran quiebre: la deja transcurrir en diálogos triviales y en silencios entre frase y frase, y el lector va notando el peso sin que nadie se lo señale.

    J.P. y Roxy: la misma casa, el mismo humo

    El propio oficio de J.P. y Roxy es revelador: consiste en limpiar lo que se acumula sin que nadie lo vea, el hollín dentro del tubo de una chimenea que por fuera sigue pareciendo una casa normal, con su humo saliendo tranquilamente. Carver no lo subraya como metáfora, no hace falta, la deja ahí, funcionando sola: por fuera, la vida de J.P. y Roxy también parece una casa normal con humo saliendo por la chimenea, hasta que alguien mira dentro del tubo.

    Por qué me ha interesado como escritor

    Yo escribo sobre todo relatos donde suele pasar algo extraordinario o inquietante, pero también no ficción, y ver a Carver sostener un texto entero sin ninguno de esos dos recursos (ni el giro especulativo, ni el hecho documentado) es casi una lección de contención. Aquí el terror, si se le puede llamar así, no es sobrenatural ni institucional, es la vida repitiéndose sin que nadie la interrumpa. Y la va a interrumpir uno mismo, o no. Esa incertidumbre pequeña, doméstica, sostenida solo con diálogo y detalle cotidiano, pesa más que muchos finales con sobresalto.

    Si esto os ha gustado, ya escribí sobre otros dos relatos de Carver que van en la misma línea: «Vecinos», el abismo escondido en lo cotidiano, y «La esposa del estudiante», dentro de esta misma colección.

    ¿Y a vosotros, qué relato de Carver os parece el mejor de toda su obra? Contádmelo en los comentarios, con esto de Carver me pica siempre la curiosidad. Y si os interesa cómo voy leyendo y escribiendo entre libro y libro, ando también en Substack, donde suelto notas más cortas y espontáneas que no acaban en el blog.

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  6. El universo te cambia la escala de los problemas (y luego no te deja dormir)

    Este verano me ha dado por escribir de vez en cuando algo distinto por aquí, ideas que me rondan la cabeza, antes de volver en septiembre con más reseñas y más literatura. Esta es una de esas.

    Foto: Stellar_speck / Unsplash

    El universo te cambia el tamaño de los problemas

    Llevo semanas metido en libros sobre el universo, y hay algo que me pasa cada vez con más frecuencia. Pienso en algo que me preocupa, algo del trabajo, algo pendiente, y de repente me acuerdo de la escala de lo que estoy leyendo, galaxias que ni siquiera hemos visto, distancias que no caben en la cabeza, y el problema se me queda pequeño. No es que deje de importarme, es que cambia de tamaño.

    No sé si es un truco mental barato o si de verdad hay algo ahí. Pero funciona. Miras algo tan grande que no lo puedes abarcar, y lo tuyo, que hace un momento ocupaba toda la cabeza, se hace más manejable.

    Foto: Jonatan Pie / Unsplash

    ¿Y de noche? ¿Te calma o te desvela?

    Aquí es donde la cosa se complica. Porque de día pensar en el universo me tranquiliza, pero de noche, antes de dormir, me pasa lo contrario. Empiezo a pensar en las distancias, en lo poco que sabemos, en lo grande que es todo esto, y en vez de relajarme, me desvelo. Es la misma idea, pero en otro momento del día hace justo lo opuesto.

    Hace poco escribí aquí sobre La esposa del estudiante, de Raymond Carver, un relato sobre una mujer que no puede dormir mientras su marido duerme profundamente al lado. Ahí el insomnio viene de otro sitio, de la soledad dentro de un matrimonio, no de pensar en galaxias. Pero la sensación de estar despierto de noche, dándole vueltas a algo demasiado grande para resolver esa noche, es prácticamente la misma. Carver lo escribió sobre un matrimonio. A mí me pasa con el universo. El insomnio, por lo visto, no es muy original en sus formas.

    ¿A vosotros qué os quita el sueño en verano? Contádmelo en los comentarios.

    Este tipo de reflexiones también las comparto en mi Substack, por si quieres seguirlas ahí. Y si prefieres quedarte por aquí, ya sabes dónde suscribirte para no perderte la próxima. En unas semanas, de vuelta a las reseñas de siempre.

    #booklovers #bookreview #bookstodon #insomnio #lectura #leer #libros #Literatura #RaymondCarver #reflexion #universo #verano
  7. J'embarque dans une lecture au long cours : la biographie de Raymond Carver (1938-1988) par Carol Sklenicka parue en France en 2015. Carver était considéré comme le Tchekhov étatsunien, en fiction il n'a écrit que des nouvelles et des poèmes. Deux de ses recueils lus récemment m'ont convaincu qu'il me fallait pousser plus loin dans mes recherches sur cet écrivain majeur du XXe siècle. 780 pages grand format m'attendent ! @Montag ne me contredira pas...
    #VendrediLecture
    #Biographie
    #RaymondCarver
    #LittératureEtatsUnienne
    #ÉditionsDeLOlivier

  8. Cuidado, de Raymond Carver: cuando arreglas el oído y no el matrimonio

    Sigo con Catedral. Normalmente voy creando entradas sobre los relatos que me voy leyendo, para tenerlos frescos mientras avanzo en el libro, y el último que he terminado es «Cuidado». Después de «Vitaminas» y «Plumas», este es de los más tristes que llevo, aunque tenga momentos casi cómicos.

    Foto: Unsplash

    Un hombre solo en un ático

    Lloyd es alcohólico y acaba de separarse de su mujer, Inez. Vive en la habitación de un ático diminuto e intenta controlar la bebida sin conseguirlo. Carver no necesita explicar mucho más: con la habitación, con la botella, con el silencio, ya deja claro que aquí hay un hombre que se está cayendo a pedazos despacio.

    Él e Inez, según cuenta Lloyd, antes casi se leían el pensamiento. Ahora ya no consiguen ni hablar bien.

    El oído que no destapa

    Lloyd tiene un oído taponado de cera. No oye bien, y encima pierde el equilibrio. Lo intenta arreglar a golpes en la cabeza, sin éxito. Cuando Inez lo visita, prueba con una lima envuelta en un papel, y tampoco. Al final, un poco de aceite templado que le presta la casera es lo único que funciona.

    Es un detalle casi ridículo, y ahí está la gracia amarga de Carver: mientras los dos deberían estar hablando de su matrimonio, se pasan la escena entera peleándose con un oído tapado.

    Foto: Unsplash

    La visita que no llega a nada

    Inez se presenta después de dos semanas separados, con un vestido de primavera que Lloyd no le había visto nunca. Va con la intención de hablar de algo importante entre ellos, seguramente de cómo sigue esto a partir de ahora. Pero el oído de Lloyd se lo impide: toda la visita se va en resolver ese problema tonto, y la conversación de verdad queda aplazada.

    En cuanto el oído se destapa, Inez se marcha rápido, diciendo que ya hablarán con calma, más tarde, comiendo juntos. Lloyd se queda solo, aliviado por el oído, pero no por nada más de lo importante. Abre una botella de champán, e intenta convencerse a sí mismo de que esta vez sí, de que va a poder con todo.

    ¿Alguna vez habéis usado un problema insignificante y tonto para no afrontar uno de verdad? Contádmelo, tengo curiosidad.

    Sigo con este hilo de Catedral. Si os apetece que analice otro relato del libro, decídmelo.

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  9. Plumas, de Raymond Carver: el pavo real, el bebé feo y la vida que no tuvieron

    Sigo con Catedral. Después de «Vitaminas», vuelvo al principio del libro, a «Plumas», el relato que de verdad lo abre. Y es un buen sitio para empezar: en unas pocas páginas, Carver mete un pavo real, un bebé espantoso y un molde de escayola con una dentadura torcida, y con eso construye una de sus historias más raras y más tristes.

    Foto: Unsplash

    Una cena en el campo

    Jack y Fran llevan una vida tranquila, sin hijos, contentos con lo poco que tienen. Un compañero de trabajo de Jack, Bud, los invita a cenar a su casa, veinte kilómetros fuera de la ciudad. Fran no tiene ganas de ir, pero acaban aceptando y se presentan con un pan casero.

    Nada más llegar, un pavo real llamado Joey se posa sobre el capó del coche. Dentro de la casa conocen a Olla, la mujer de Bud, que les prepara una cena por todo lo alto. Y entre los adornos del salón hay algo que no esperan: un molde de escayola con la dentadura torcida y espantosa que Olla tenía antes de que Bud le pagara el aparato para arreglársela. Lo enseña con un orgullo extraño, como un trofeo de lo que ya no es.

    El pavo real y el bebé

    Después conocen a Harold, el hijo de Bud y Olla, un bebé tan feo que a Jack y Fran les cuesta disimular. Pero cuando Joey, el pavo real, entra en la casa y se acerca a la cuna, Fran se queda mirando la escena como hipnotizada. Algo en ese momento, el animal precioso junto al bebé feo, en esa casa rara y feliz, la conmueve de una forma que ni ella misma sabe explicar.

    Foto: Unsplash

    Lo que queda cuando la noche termina

    Esa misma noche, ya en casa, Fran le pide a Jack que la deje embarazada. Y ahí Carver da la vuelta a todo: los años que vienen después no se parecen en nada a lo que Fran sintió esa noche. Lo que había en casa de Bud y Olla (el pavo real entrando en la cocina, Olla orgullosa hasta de sus dientes torcidos de antes) era una vida imperfecta pero viva, de verdad compartida entre los dos. Jack y Fran tienen a su hijo y no encuentran nada de eso: Carver llega a decir que el niño ya tiene algo retorcido dentro. Fran deja de trabajar, y entre ellos ya casi no se habla. Jack, contándolo desde el presente, entiende que aquella noche no les regaló una vida mejor, solo les dejó ver, por unas horas, cómo podría haber sido la suya. De las plumas de pavo real que Olla les regaló al despedirse ya no queda casi color. Ahí está la lección amarga del relato: no se puede copiar la vida de nadie solo porque una noche lo pasaste bien en su casa.

    ¿Alguna vez una noche especial os hizo tomar una decisión que después no salió como esperabais? Contádmelo, tengo curiosidad.

    Sigo con este hilo de Catedral. Si os apetece que analice otro relato del libro, decídmelo.

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    #booklovers #bookreview #bookstodon #Catedral #cuento #lectura #leer #libros #Literatura #LiteraturaNorteamericana #RaymondCarver #RealismoSucio #relatos
  10. Vitaminas, de Raymond Carver: la noche en que todo se tuerce

    Cambio de libro. Después de ir desgranando ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, quiero abrir otro hilo con Catedral, la colección que para muchos es la obra más madura de Raymond Carver. Empiezo por «Vitaminas», el sexto relato del libro, porque es de los que mejor resume, en pocas páginas, lo que Carver sabe hacer.

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    Un matrimonio que se apaga sin ruido

    El narrador limpia un hospital por las noches, un trabajo que él mismo llama “de nada”. Su mujer, Patti, vende vitaminas a domicilio, y con el tiempo ha llegado a montar su propia oficina y llevar un pequeño equipo de vendedoras. No hay gritos ni portazos entre ellos. Hay algo peor: una vida que sigue funcionando por pura inercia, mientras por dentro ya no queda gran cosa.

    Entre las vendedoras de Patti está Donna. El narrador empieza a fijarse en ella después de un momento cómplice en una fiesta de Navidad, y esa atracción, tan poco dicha como todo en Carver, va a acabar llevándolos a los dos a un sitio del que no van a salir igual.

    La noche en el Off-Broadway

    Foto: Unsplash

    El narrador ve el coche de Donna aparcado junto a un bar de mala muerte, el Off-Broadway, y entra. Una copa lleva a otra, y unos conocidos les presentan a Nelson, un veterano que acaba de volver de Vietnam. Lo que empieza como una charla de bar se vuelve, poco a poco, amenazante.

    Nelson lleva encima una oreja humana reseca, un trofeo de guerra que enseña sin que nadie se lo pida. Cuando Donna lo rechaza, él responde con una propuesta explícita y sórdida, delante de todos. Solo la intervención del dueño del bar corta la escena antes de que vaya a más.

    Lo que queda después

    De camino a casa, ya en el coche, Donna confiesa que necesitaba el dinero que Nelson le ofrecía, y habla de irse a Portland, como quien busca una salida de toda esta vida. El narrador la deja y vuelve a la suya, donde encuentra a Patti sonámbula, a oscuras, buscando una aspirina que no aparece.

    Carver no explica qué siente el narrador con todo lo que ha pasado esa noche. Simplemente lo deja ahí, despierto, con su mujer perdida en su propio sueño y él cargando con algo que no va a poder contarle a nadie. Ese silencio final, otra vez, dice más que cualquier confesión.

    ¿Alguna vez habéis notado que una relación se apagaba antes de que pasara nada “grave” de verdad? Contádmelo, tengo curiosidad.

    Seguiré con este hilo de Catedral más adelante. Si os apetece que analice otro relato del libro, decídmelo.

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  11. Tony Takitani, de Murakami: la soledad que hereda hasta la ropa

    Sigo con la serie que empecé hace unos días: ir leyendo despacio Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami, y contar aquí uno de sus relatos de vez en cuando. Después del hombre que desapareció en una escalera, toca uno de los más conocidos del libro: «Tony Takitani».

    Foto: Unsplash

    Un hombre nacido para estar solo

    Tony Takitani se llama Tony por casualidad. Su padre, un trombonista japonés que pasó la guerra encarcelado en China, le puso el nombre de un oficial americano al que había tratado, sin pensar demasiado en lo raro que sonaría para un niño creciendo en Japón. Ese nombre extraño marca a Tony desde el principio: un chico solitario, ilustrador de precisión, que nunca ha necesitado a nadie de verdad. Se le da bien dibujar máquinas exactas y vivir sin ruido.

    Hasta que conoce a Eiko. Lo que le atrapa de ella no es solo la persona, es la manera en que lleva la ropa, una elegancia que parece casi imposible. Con el tiempo descubre que esa elegancia esconde algo más inquietante: Eiko compra ropa de forma compulsiva, como quien no puede dejar de respirar. Se casan, y la casa empieza a llenarse de armarios que ya no caben.

    Lo que queda cuando se van las personas

    Eiko muere de golpe, en un accidente de coche, un día que iba a devolver un abrigo. Tony se queda solo en una casa que ya no puede ni mirar, llena de la ropa de su mujer. Contrata a una chica con su misma talla para que se la vaya poniendo, casi como si eso pudiera sustituirla. La candidata se prueba un abrigo y rompe a llorar: dice que sentir tantas ganas de esa ropa le da miedo de sí misma. Tony no puede seguir con la idea. Vende toda la ropa. Años después, cuando muere su padre, hace lo mismo con su inmensa colección de discos de jazz. Al final no le queda nada que le recuerde a nadie. Y esa es, quizás, la única forma de paz que Tony conoce.

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    Murakami y Carver: la misma economía, soledades distintas

    No es casualidad que este relato me recuerde tanto a Raymond Carver. Murakami lo tradujo al japonés a finales de los años ochenta, y tras su muerte le dedicó un ensayo, «Comrades literarios», donde lo llama su maestro más valioso como escritor. Se nota en cada frase de «Tony Takitani»: la misma economía, la misma desconfianza hacia la palabra que explica de más, la misma costumbre de dejar que un objeto concreto, un abrigo, un disco, cargue con el peso de lo que el personaje siente y nunca dice.

    Pero la soledad de cada uno nace en un sitio distinto. En Carver, como vimos en «Vecinos» o en «Gordo», el vacío se abre entre dos personas: en una conversación que no llega a ninguna parte, en un matrimonio que funciona hasta que deja de funcionar. Es una soledad de andar por casa, la de no terminar de conocer del todo a quien tienes al lado. En Tony Takitani, la soledad no la provoca ningún desencuentro. Tony ya nació para estar solo, casi por el propio nombre que le pusieron, y los dos intentos que hace por dejar de estarlo, una mujer, una casa llena de cosas, acaban los dos igual: vaciándose. Los objetos ocupan ahí el lugar que deberían ocupar las personas, y cuando desaparecen, no queda ni siquiera el rastro de haber estado acompañado.

    ¿Y a vosotros, qué os parece más de temer: la soledad de no llegar a conocer del todo a quien tenéis cerca, o la de haber nacido, como Tony, ya preparados para estar solos? Contádmelo en los comentarios, tengo curiosidad por leeros.

    Seguiré con la serie de Sauce ciego, mujer dormida poco a poco. Si hay algún relato del libro que os apetece que comente, decídmelo.

    Sigue leyendo en Rincones de papel:

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  12. Gordo, de Raymond Carver: cuando un desconocido te cambia por dentro

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    Hay gente que se cruza un momento en tu vida y la cambia sin querer. No hacen nada especial. Están ahí, siendo como son, y tú sales del encuentro un poco distinto. «Gordo», el cuento que abre ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, va justo de eso.

    Sigo comentando la colección poco a poco, como dije. Después de «Vecinos» quería volver al primer relato del libro, el que Carver eligió para abrir. Y eligió bien: en cuatro páginas ya se ve cómo escribía.

    Una camarera, un cliente enorme

    La narradora es una camarera. Una noche le toca atender a un hombre enorme, gordísimo, de esos de los que en la cocina se ríen. Ella no. El hombre es educado, casi solemne, y habla de sí mismo en plural, como si nunca fuera solo: «creemos que vamos a tomar otro postre». Pide plato tras plato, y en cada uno hay algo de disculpa y algo de dignidad.

    No pasa nada más. Ella lo sirve, les corta las bromas a los compañeros, se queda mirándolo. Luego se lo cuenta a su amiga Rita, que no termina de pillar por qué le da tantas vueltas a una cena.

    Mirar a otro y verte a ti misma

    Ahí está lo bueno de Carver. El cuento no trata del hombre gordo. Trata de lo que le pasa a ella mientras lo mira. A ese hombre que los demás reducen a un cuerpo, la camarera lo mira con una ternura que no sabe de dónde le sale. Y detrás de la ternura aparece algo más incómodo: se ve su propia vida, pequeña y gris, al lado de un novio al que no quiere.

    Esa noche, en la cama, cuando el novio se le echa encima, ella se siente enorme, como si fuera el hombre gordo. Y le dice a Rita que es agosto, que su vida va a cambiar, que lo nota. Carver no cuenta hacia dónde. Tampoco falta.

    Foto: Unsplash

    Por qué quiero que descubras a Carver

    Si no has leído a Carver, «Gordo» es un buen sitio para empezar. Se lee en diez minutos. Una cena, una camarera, un cliente, y ya está. Pero luego le sigues dando vueltas.

    A mí me gusta esta literatura de lo cotidiano, la que sacude sin pegar gritos. Carver escribía sobre gente sin dinero y sin grandes palabras: camareras, vendedores, matrimonios cansados. Y en una cafetería de carretera encontraba lo que otros buscan en aventuras enormes. Por eso insisto: leedlo. Hay mucha gente que todavía no sabe que este señor escribió, en voz baja, sobre cómo somos de verdad.

    ¿A vosotros no os ha cambiado alguna vez un desconocido con el que apenas hablasteis? Contádmelo en los comentarios.

    P.D.: Seguiré comentando poco a poco los relatos de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?. Si hay alguno que os apetece que analice, decídmelo y lo subo a la lista.

    Sigue leyendo en Rincones de papel:

    #booklovers #bookreview #bookstodon #Cuentos #Gordo #lectura #leer #libros #Literatura #LiteraturaNorteamericana #RaymondCarver #reading #RealismoSucio #writing
  13. Raymond Carver | Nadie decía nada
    [de «¿Podrías guardar silencio, por favor? » 1976]
    «Los oía hablar en la cocina. No podía oír lo que decían, pero estaban discutiendo. Luego se callaron y ella empezó a llorar. Le di un codazo a George. Pensé que si se despertaba y les decía algo a lo mejor se sentían culpables y paraban.»[...] Seguir leyendo en: pth.bz/MBUC1id
    Post by @locagonia
    #RaymondCarver #locagonia #EscritoresMalditos

  14. Raymond Carver | El poema que no escribí
    [de «Todos nosotros» 2007]
    En: pth.bz/6RmSwxu
    Post by @locagonia
    #RaymondCarver #locagonia #EscritoresMalditos

  15. Raymond Carver | El poema que no escribí
    [de «Todos nosotros» 2007]
    En: pth.bz/6RmSwxu
    Post by @locagonia
    #RaymondCarver #locagonia #EscritoresMalditos

  16. Raymond Carver | La mentira
    [en «Furious Seasons and Other Stories» 1977]
    “Es mentira, dijo mi esposa. ¿Cómo puedes creer una cosa así? Ella está celosa, eso es todo. Giró la cabeza y me miró fijamente. Aún no se había quitado el sombrero ni el abrigo, y estaba ruborizada por la acusación. ¿Me crees a mí, no? ¿Seguramente no creerás aquello?”[...] Seguir leyendo en: tinyurl.com/2bhcgrrh
    Post by @locagonia
    #RaymondCarver #mentira #EscritoresMalditos #locagonia

  17. E ricordate anche quella parola poco usata che è ormai quasi sparita dall’uso, sia in pubblico che in privato: tenerezza. Non potrà farvi male … cctm.website/raymond-carver-us

    Raymond Carver

    da Il mestiere di scrivere, Einaudi, 2015

    #raymondcarver #tenerezza #libri #cctmwebsite #anoipiaceleggere #leggere

  18. Paperback Riders: #RaymondCarver is the master of the American short story. This is how we discovered his writing, and where you may want to start too.

    americana-uk.com/paperback-rid

  19. @girlonthenet don’t know if you’ve ever seen this? Michael Rosen talking about grief and the poems of Raymond Carver. Has me in tears every time. bbc.co.uk/reel/video/p07cvfth/
    #MichaelRosen #poetry #grief #RaymondCarver

  20. J'aime bien lire des nouvelles. Si les anglophones (#NadineGordimer, #LuciaBerlin, #GracePaley, #RaymondCarver, #JosephConrad évidemment...) sont omniprésents dans ma bibliothèque, j'y ai récemment ajouté la Russe Dina Rubina ("Zoom avant", Phébus, 2006, trad Yves Gauthier) dont le récit d'un tournage de film improbable à Tachkent est un véritable bijou d'auto-dérision, d'humour noir et de désillusion. La couverture du livre (Poumeyrol, 1978) renvoie à la nouvelle sur Venise.
    #VendrediLecture

  21. ULTIMO FRAMMENTO
    E hai ottenuto quello che
    volevi da questa vita, nonostante tutto?
    Sì.
    E cos’è che volevi?
    Potermi dire amato, sentirmi
    amato sulla terra.
    Il #25maggio 1938 nasceva il poeta e scrittore #RaymondCarver.

    #ilbortoneficio

  22. #dadovestochiamando di #raymondcarver Raymond Carver per me è il racconto, mezzo passo indietro al genio assoluto che è Anton Čechov. Questa raccolta, che contiene 37 titoli, rappresenta l’apoteosi dello scrivere racconti brevi. Meglio di mille altri romanzi contemporanei, Carver ci racconta la “commedia umana”, prendendo spunto da piccoli o grandi episodi nelle vite di persone, le più disparate fra loro...
    valeriotagliaferri.it/?p=405 #unolibri #unolibro #libri #libro #leggere #lettura

  23. Llueve. Las palabras se demoran. Abro la puerta balcón y dejo que el olor a lluvia pasee por la casa. Petricor, se ha difundido por ahí. Para la RAE, no existe. Igual no concilio con ella. Y busco otras.

    Aparece un artículo. Elijo reiu (lluvia fría) y kanu (lluvia fría de invierno), del japonés.

    El agua cae acompasada. Y las palabras se demoran, pero no hay desesperación. Sigue siendo un norte aquello de Isak Dinesen, citado por Raymond Carver, que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación.

    Escritura como refugio. Y lecturas, varias. Dos de mujeres. Paula Tomassoni y su Indeleble. Argentina, 2001. Un suicidio y cómo reponerse, en un país que espera no colapsar y donde la receta siempre es reforma laboral, baja del gasto público. Tan cíclicos que duele. Y tan desmemoriados.

    Leila Sucari y Fugaz, una interpelación a la maternidad, a la que rechaza, abraza e interpela. También una obsesión con las ballenas que, por más que sepan del peligro, van a encallar a una playa. Casi como Argentina.

    Una patagónica y en lectura. Pitanza nocturna, de Gonzalo Marrón. Registro de vivir y de una vida —que es la literatura si no—con morosa maestría, dice Daniel Guebel en la contratapa y coincido. Libro rayado y anotado, como corresponde. Elijo al azar el repaso de una escena, como un predicado desnudo que apenas astilla el comentario del recuerdo, que en cada ocasión se inventa nuevos maridajes. Ciudades, vivencias y espacios se recorren bajo esos maridajes que nos deja el tiempo. Y se registran con solidez y belleza.

    La literatura como espacio donde cobijarse, un alero que sirve de refugio contra la lluvia. Comparto un fragmento de reflexiones de Carver. Seguramente conocidas.

    La escritura de un cuento, según Raymond Carver

    Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. De todas formas, se trata de una historia angustiosa y hablar de ello puede resultar muy tedioso. Aunque no sea menos cierto que tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la poesía y a la narración corta. Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. Por ello perdí toda ambición, toda gran ambición, cuando andaba por los veintitantos años. Y creo que fue buena cosa que así me ocurriera. La ambición y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo. Hay que tener talento.

    Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. El mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O’Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con Cheever, Updike, Singer, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin… Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad.

    Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse.

    Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación. Algún día escribiré ese lema en una ficha de tres por cinco, que pegaré en la pared, detrás de mi escritorio… Entonces tendré al menos esa ficha escrita. “El esmero es la ÚNICA convicción moral del escritor”. Lo dijo Ezra Pound. No lo es todo aunque signifique cualquier cosa; pero si para el escritor tiene importancia esa “única convicción moral”, deberá rastrearla sin desmayo.

    Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov:… Y súbitamente todo empezó a aclarársele. Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque, ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello.

    Una vez escuché al escritor Geoffrey Wolff decir a un grupo de estudiantes: No a los juegos triviales. También eso pasó a una ficha de tres por cinco. Sólo que con una leve corrección: No jugar. Odio los juegos. Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Los juegos literarios se han convertido últimamente en una pesada carga, que yo, sin embargo, puedo estibar fácilmente sólo con no prestarles la atención que reclaman. Pero también una escritura minuciosa, puntillosa, o plúmbea, pueden echarme a dormir. El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aún a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores.

    Hace unos meses, en el New York Times Books Review, John Barth decía que, hace diez años, la gran mayoría de los estudiantes que participaban en sus seminarios de literatura estaban altamente interesados en la “innovación formal”, y eso, hasta no hace mucho, era objeto de atención. Se lamentaba Barth, en su artículo, porque en los ochenta han sido muchos los escritores entregados a la creación de novelas ligeras y hasta “pop”. Argüía que el experimentalismo debe hacerse siempre en los márgenes, en paralelo con las concepciones más libres. Por mi parte, debo confesar que me ataca un poco los nervios oír hablar de “innovaciones formales” en la narración. Muy a menudo, la “experimentación” no es más que un pretexto para la falta de imaginación, para la vacuidad absoluta. Muy a menudo no es más que una licencia que se toma el autor para alienar -y maltratar, incluso- a sus lectores. Esa escritura, con harta frecuencia, nos despoja de cualquier noticia acerca del mundo; se limita a describir una desierta tierra de nadie, en la que pululan lagartos sobre algunas dunas, pero en la que no hay gente; una tierra sin habitar por algún ser humano reconocible; un lugar que quizá sólo resulte interesante para un puñado de especializadísimos científicos.

    Sí puede haber, no obstante, una experimentación literaria original que llene de regocijo a los lectores. Pero esa manera de ver las cosas -Barthelme, por ejemplo- no puede ser imitada luego por otro escritor. Eso no sería trabajar. Sólo hay un Barthelme, y un escritor cualquiera que tratase de apropiarse de su peculiar sensibilidad, de su mise en scene, bajo el pretexto de la innovación, no llegará sino al caos, a la dispersión y, lo que es peor, a la decepción de sí mismo. La experimentación de veras será algo nuevo, como pedía Pound, y deberá dar con sus propios hallazgos. Aunque si el escritor se desprende de su sensibilidad no hará otra cosa que transmitirnos noticias de su mundo.

    Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos -una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer- con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien lo demuestran las delicias debidas a Navokov. Esa es de entre los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se atribuye a un supuesto realismo. En el maravilloso cuento de Isaak Babel, Guy de Maupassant, el narrador dice acerca de la escritura: Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde. Eso también merece figurar en una ficha de tres por cinco.

    En una ocasión decía Evan Connell que supo de la conclusión de uno de sus cuentos cuando se descubrió quitando las comas mientras leía lo escrito, y volviéndolas a poner después, en una nueva lectura, allá donde antes estuvieran. Me gusta ese procedimiento de trabajo, me merece un gran respeto tanto cuidado. Porque eso es lo que hacemos, a fin de cuentas. Hacemos palabra y deben ser palabras escogidas, puntuadas en donde corresponda, para que puedan significar lo que en verdad pretenden. Si las palabras están en fuerte maridaje con las emociones del escritor, o si son imprecisas e inútiles para la expresión de cualquier razonamiento -si las palabras resultan oscuras, enrevesadas- los ojos del lector deberán volver sobre ellas y nada habremos ganado. El propio sentido de lo artístico que tenga el autor no debe ser comprometido por nosotros. Henry James llamó “especificación endeble” a este tipo de desafortunada escritura.

    Tengo amigos que me cuentan que deben acelerar la conclusión de uno de sus libros porque necesitan el dinero o porque sus editores, o sus esposas, les apremian a ello. “Lo haría mejor si tuviera más tiempo”, dicen. No sé qué decir cuando un amigo novelista me suelta algo parecido. Ese no es mi problema. Pero si el escritor no elabora su obra de acuerdo con sus posibilidades y deseos, ¿por qué ocurre tal cosa? Pues en definitiva sólo podemos llevarnos a la tumba la satisfacción de haber hecho lo mejor, de haber elaborado una obra que nos deje contentos. Me gustaría decir a mis amigos escritores cuál es la mejor manera de llegar a la cumbre. No debería ser tan difícil, y debe ser tanto o más honesto que encontrar un lugar querido para vivir. Un punto desde el que desarrollar tus habilidades, tus talentos, sin justificaciones ni excusas. Sin lamentaciones, sin necesidad de explicarse.

    Este texto de Raymond Carver apareció por primera vez en The New York Times Book Review en 1981 con el título de Apuntes de un narrador.

    Mi fuente es de este sitio, donde podés leer el texto completo.

    Foto de Tomáš Malík. Pexels.

    https://conletrapropia.com.ar/los-nombres-de-la-lluvia/

    #EscribenOtras #EscribenOtros #GonzaloMarrón #LeilaSucari #PaulaTomassoni #RaymondCarver

  24. Late Fragment, the epitaph on Raymond Carver's tombstone.

    #Poetry #RaymondCarver #Writing

  25. Latest read, Why Don't You Dance? (1977) by Raymond Carver from What We Talk About When We Talk About Love; a middle-aged man, selling his belongings, offers a young couple a few drinks. Soon they're dancing in the driveway.
    They don't understand his disregard for the 'material'.
    Rugged, heartbroken.

    #Books #ShortStory #RaymondCarver #ModLit

  26. Here's a one hour #television #documentary on the life of #ShortStory #writer and #author #raymondcarver.

    It won't surprise many of his readers, since it's mostly all he wrote about, but he was an hard core alcoholic. And it killed him.

    Still, he left behind a wealth of beautiful and sad short stories. Here's a short documentary about his life and death.

    #writing #literature #fiction

    youtube.com/watch?v=7mjuSh--24

  27. I wrote about Raymond Carver and the Pet Shop Boys for the Paris Review's Redux newsletter.

    I'm not sure this link will work, but here's trying:

    mailchi.mp/theparisreview.org/

    #litcrit #raymondcarver #petshopboys #masculinity #queer #straight #style #fiction

  28. What #GordonLish did when he edited #RaymondCarver’s story #ASmallGoodThing down to #TheBath can’t be forgiven. He took a wonderful story about human connection in the face of tragedy and turned it into melodrama.

  29. The first time I read this #poem, I thought of my uncle and his frustration with my grandmother as she reached her later years. That was just a few years ago. Now when I read the poem, I think about my own #parents and some of the nutty things they say.

    #RaymondCarver

  30. 3 things about Jon Jost’s TOURISTS [2022]

    1. The baby started choking.
    2. Lish’s party and a character named Gordon.
    3. Disappearing behind a shrub: a woman, a minivan.

    #3things #movies #RaymondCarver #JonJost #cinemastodon

  31. Come se sapessimo cosa l’altro prova. Non è così, naturalmente. Non è mai così. Non importa.
    È della tenerezza che m’importa. Questo è il dono che stamattina mi commuove e sostiene.
    Al pari di ogni mattina.

    Raymond Carver

    #giornatamondialedellapoesia #RaymondCarver

  32. “He and I see life from a very similar window.” Robert Altman, born #OTD in 1925 on Raymond Carver, whose work he adapted for his 1993 film, Short Cuts #RobertAltman #RaymondCarver #film

  33. Latest read, Cathedral (1981) by Raymond Carver, from the collection of the same name. A man's wife invites a widowed blind man to visit. She's known the blind man a long time and they have a bond. Her husband is envious and unpleasant.
    But the blind man is patient, resilient, and a change comes over the husband.
    Carver is a lost voice in modern fiction, his characters can be coarse, in a sorry state, flawed, and any found grace is doubly rewarding.
    Excellent.
    #Books #ShortStory #RaymondCarver

  34. Went to Kellogg College in #Oxford this eve to a (free!) talk on Writing the Short Story by Dr #ClareMorgan, director of #OxfordUniversity’s MSt in #creativewriting and #author of #shortstory collection Scar Tissue. She gave egs of #writers talking about #shortstories. #AliceMunro: ‘a story is not a road to follow… it’s more like a house.’ And #RaymondCarver being pithy: ‘Get in, get out. Don’t linger. Go on.’
    #literature #writing #writersofmastodon #writer #books #bookstodon #fiction #reading

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