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La Señora de la falda de estrellas es una de las esculturas mitológicas más cautivadoras descubiertas en tiempos recientes, correspondiente a la emblemática deidad prehispánica Citlallicue, la creadora primordial de la Vía Láctea y las constelaciones celestes. Esta magnífica e impactante pieza de aproximadamente 1 metro de altura fue localizada en el año 2019 gracias a las intensas excavaciones dirigidas por la arqueóloga Noemí Castillo en el imponente sitio de Tehuacán el Viejo. La obra representa con maestría lapidaria el legado de la cultura nguiwa o popoloca, quienes habitaron y prosperaron en la región de Puebla durante el periodo Posclásico.
La imponente iconografía de este monolito combina rasgos de fertilidad y muerte de una manera sobrecogedora. Su cuerpo muestra senos caídos que aluden directamente a la maternidad sagrada y a la lactancia cósmica, mientras que su rostro de calavera descarnada nos recuerda su íntimo vínculo con el ciclo de la vida, las entrañas de la tierra y el destino final de las almas. Lo que más llama la atención de los visitantes son sus extremidades superiores, las cuales terminan en unas temibles garras esculpidas con forma de ave, posiblemente de águila, un atributo místico que simboliza su indudable origen e influencia celestial. Actualmente, esta joya del arte prehispánico se resguarda para la posteridad y admiración del público en el Museo de Sitio de la Zona Arqueológica Ndachjian-Tehuacán.
#Citlallicue #Arqueologia #Historia #Tehuacan #Puebla #Prehispanico #CulturaPopoloca #Monolito #MexicoArqueologico #Mexico
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La Señora de la falda de estrellas es una de las esculturas mitológicas más cautivadoras descubiertas en tiempos recientes, correspondiente a la emblemática deidad prehispánica Citlallicue, la creadora primordial de la Vía Láctea y las constelaciones celestes. Esta magnífica e impactante pieza de aproximadamente 1 metro de altura fue localizada en el año 2019 gracias a las intensas excavaciones dirigidas por la arqueóloga Noemí Castillo en el imponente sitio de Tehuacán el Viejo. La obra representa con maestría lapidaria el legado de la cultura nguiwa o popoloca, quienes habitaron y prosperaron en la región de Puebla durante el periodo Posclásico.
La imponente iconografía de este monolito combina rasgos de fertilidad y muerte de una manera sobrecogedora. Su cuerpo muestra senos caídos que aluden directamente a la maternidad sagrada y a la lactancia cósmica, mientras que su rostro de calavera descarnada nos recuerda su íntimo vínculo con el ciclo de la vida, las entrañas de la tierra y el destino final de las almas. Lo que más llama la atención de los visitantes son sus extremidades superiores, las cuales terminan en unas temibles garras esculpidas con forma de ave, posiblemente de águila, un atributo místico que simboliza su indudable origen e influencia celestial. Actualmente, esta joya del arte prehispánico se resguarda para la posteridad y admiración del público en el Museo de Sitio de la Zona Arqueológica Ndachjian-Tehuacán.
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La Señora de la falda de estrellas es una de las esculturas mitológicas más cautivadoras descubiertas en tiempos recientes, correspondiente a la emblemática deidad prehispánica Citlallicue, la creadora primordial de la Vía Láctea y las constelaciones celestes. Esta magnífica e impactante pieza de aproximadamente 1 metro de altura fue localizada en el año 2019 gracias a las intensas excavaciones dirigidas por la arqueóloga Noemí Castillo en el imponente sitio de Tehuacán el Viejo. La obra representa con maestría lapidaria el legado de la cultura nguiwa o popoloca, quienes habitaron y prosperaron en la región de Puebla durante el periodo Posclásico.
La imponente iconografía de este monolito combina rasgos de fertilidad y muerte de una manera sobrecogedora. Su cuerpo muestra senos caídos que aluden directamente a la maternidad sagrada y a la lactancia cósmica, mientras que su rostro de calavera descarnada nos recuerda su íntimo vínculo con el ciclo de la vida, las entrañas de la tierra y el destino final de las almas. Lo que más llama la atención de los visitantes son sus extremidades superiores, las cuales terminan en unas temibles garras esculpidas con forma de ave, posiblemente de águila, un atributo místico que simboliza su indudable origen e influencia celestial. Actualmente, esta joya del arte prehispánico se resguarda para la posteridad y admiración del público en el Museo de Sitio de la Zona Arqueológica Ndachjian-Tehuacán.
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La Señora de la falda de estrellas es una de las esculturas mitológicas más cautivadoras descubiertas en tiempos recientes, correspondiente a la emblemática deidad prehispánica Citlallicue, la creadora primordial de la Vía Láctea y las constelaciones celestes. Esta magnífica e impactante pieza de aproximadamente 1 metro de altura fue localizada en el año 2019 gracias a las intensas excavaciones dirigidas por la arqueóloga Noemí Castillo en el imponente sitio de Tehuacán el Viejo. La obra representa con maestría lapidaria el legado de la cultura nguiwa o popoloca, quienes habitaron y prosperaron en la región de Puebla durante el periodo Posclásico.
La imponente iconografía de este monolito combina rasgos de fertilidad y muerte de una manera sobrecogedora. Su cuerpo muestra senos caídos que aluden directamente a la maternidad sagrada y a la lactancia cósmica, mientras que su rostro de calavera descarnada nos recuerda su íntimo vínculo con el ciclo de la vida, las entrañas de la tierra y el destino final de las almas. Lo que más llama la atención de los visitantes son sus extremidades superiores, las cuales terminan en unas temibles garras esculpidas con forma de ave, posiblemente de águila, un atributo místico que simboliza su indudable origen e influencia celestial. Actualmente, esta joya del arte prehispánico se resguarda para la posteridad y admiración del público en el Museo de Sitio de la Zona Arqueológica Ndachjian-Tehuacán.
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La Señora de la falda de estrellas es una de las esculturas mitológicas más cautivadoras descubiertas en tiempos recientes, correspondiente a la emblemática deidad prehispánica Citlallicue, la creadora primordial de la Vía Láctea y las constelaciones celestes. Esta magnífica e impactante pieza de aproximadamente 1 metro de altura fue localizada en el año 2019 gracias a las intensas excavaciones dirigidas por la arqueóloga Noemí Castillo en el imponente sitio de Tehuacán el Viejo. La obra representa con maestría lapidaria el legado de la cultura nguiwa o popoloca, quienes habitaron y prosperaron en la región de Puebla durante el periodo Posclásico.
La imponente iconografía de este monolito combina rasgos de fertilidad y muerte de una manera sobrecogedora. Su cuerpo muestra senos caídos que aluden directamente a la maternidad sagrada y a la lactancia cósmica, mientras que su rostro de calavera descarnada nos recuerda su íntimo vínculo con el ciclo de la vida, las entrañas de la tierra y el destino final de las almas. Lo que más llama la atención de los visitantes son sus extremidades superiores, las cuales terminan en unas temibles garras esculpidas con forma de ave, posiblemente de águila, un atributo místico que simboliza su indudable origen e influencia celestial. Actualmente, esta joya del arte prehispánico se resguarda para la posteridad y admiración del público en el Museo de Sitio de la Zona Arqueológica Ndachjian-Tehuacán.
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El viaje del alma en el México prehispánico vs. el Hades griego
Una comparación sobre la geografía del inframundo y el destino final de las almas según la causa de muerte
La forma en que las culturas antiguas entendían el camino después de la muerte nos revela mucho sobre sus valores cotidianos y su visión del universo. En el mundo del México prehispánico, específicamente dentro de la cultura mexica, no existía un solo inframundo a donde iban a parar todos los muertos por igual. El destino de cada alma estaba determinado por la forma y la causa exacta del fallecimiento, y no por el comportamiento moral o las acciones buenas y malas que la persona hubiera tenido en vida. Esta es la diferencia más grande con el Hades griego, que funcionaba como un enorme reino subterráneo unificado bajo el mando del dios Hades, donde todas las almas entraban por la misma puerta y luego eran juzgadas por sus actos para decidir si merecían ir al sufrimiento del Tártaro o al paraíso de los Campos Elíseos.
Para los mexicas, el universo de los muertos estaba dividido en varias regiones totalmente independientes, cada una gobernada por una deidad diferente que recibía a las almas según su tipo de muerte. Por ejemplo, las personas que morían ahogadas, por el impacto de un rayo o por enfermedades relacionadas con el agua no iban al Mictlán, sino al Tlalocan, un paraíso lleno de vegetación eterna, árboles frutales y ríos sagrados que estaba gobernado por el dios de la lluvia, Tlaloc. Por otro lado, las mujeres que fallecían durante el parto y los guerreros que daban su vida en el campo de batalla tenían como destino el Tonatiuhichan, el camino del sol, un lugar de honor donde acompañaban al astro rey en su viaje diario por el cielo.
El famoso Mictlán era en realidad el destino exclusivo para todas aquellas personas que morían de forma natural, ya fuera por enfermedades comunes o por el simple paso de la vejez. Este lugar era una región oscura, fría y profunda gobernada por el dios Mictlantecuhtli y la diosa Mictecacíhuatl. Llegar hasta ahí no era nada fácil, pues el alma debía realizar un viaje hipercomplejo que duraba 4 años a través de 9 niveles llenos de retos peligrosos, como cruzar ríos caudalosos con la ayuda de un perro xoloitzcuintle, esquivar montañas que chocaban entre sí y soportar vientos helados que cortaban como navajas de obsidiana, demostrando que para el pensamiento prehispánico la muerte natural era el inicio de una última gran caminata de resistencia.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
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