#prehispanico — Public Fediverse posts
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El Chac Mool destaca en la arqueología de América como una de las esculturas más enigmáticas y extendidas del mundo prehispánico. Estas figuras aparecieron al inicio del periodo Posclásico, aproximadamente entre el siglo IX y el siglo XIII, poblando los centros ceremoniales de culturas tan diversas como la maya en Chichén Itzá, la tolteca en Tula y la mexica en el Templo Mayor de Tenochtitlan.
La piedra representa a un personaje masculino en una postura muy peculiar: está recostado sobre la espalda con las piernas dobladas, el torso levantado sobre los codos y la cabeza volteada de lado. Sobre el vientre, la figura sostiene un cuenco o plato hondo diseñado estrictamente para recibir ofrendas sagradas a los dioses. Los sacerdotes depositaban allí semillas, flores, copal y, en las ceremonias más solemnes, sangre o corazones destinados a mantener la energía vital del universo. Un dato curioso es que el nombre original de la pieza se perdió por completo; la denominación actual fue inventada en el año 1874 por el explorador Augustus Le Plongeon, quien bautizó a la estatua creyendo por error que se trataba de un antiguo gobernante llamado garra de jaguar ( Chac Mool).
Aunque los vestigios de estas esculturas varían en tamaño y detalles de pintura polícroma según la región, su función como mensajeros o altares de conexión entre el plano terrenal y las divinidades celestes permaneció intacta. Hoy en día, admirar estos guardianes de piedra en museos o zonas arqueológicas nos conecta directamente con los ritos más profundos de las civilizaciones que dominaron Mesoamérica antes de la llegada de los españoles.
#ChacMool #Mesoamerica #Arqueologia #Historia #CulturaMaya #Tolteca #Mexica #Tenochtitlan #ChichenItza #Prehispanico
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El Chac Mool destaca en la arqueología de América como una de las esculturas más enigmáticas y extendidas del mundo prehispánico. Estas figuras aparecieron al inicio del periodo Posclásico, aproximadamente entre el siglo IX y el siglo XIII, poblando los centros ceremoniales de culturas tan diversas como la maya en Chichén Itzá, la tolteca en Tula y la mexica en el Templo Mayor de Tenochtitlan.
La piedra representa a un personaje masculino en una postura muy peculiar: está recostado sobre la espalda con las piernas dobladas, el torso levantado sobre los codos y la cabeza volteada de lado. Sobre el vientre, la figura sostiene un cuenco o plato hondo diseñado estrictamente para recibir ofrendas sagradas a los dioses. Los sacerdotes depositaban allí semillas, flores, copal y, en las ceremonias más solemnes, sangre o corazones destinados a mantener la energía vital del universo. Un dato curioso es que el nombre original de la pieza se perdió por completo; la denominación actual fue inventada en el año 1874 por el explorador Augustus Le Plongeon, quien bautizó a la estatua creyendo por error que se trataba de un antiguo gobernante llamado garra de jaguar ( Chac Mool).
Aunque los vestigios de estas esculturas varían en tamaño y detalles de pintura polícroma según la región, su función como mensajeros o altares de conexión entre el plano terrenal y las divinidades celestes permaneció intacta. Hoy en día, admirar estos guardianes de piedra en museos o zonas arqueológicas nos conecta directamente con los ritos más profundos de las civilizaciones que dominaron Mesoamérica antes de la llegada de los españoles.
#ChacMool #Mesoamerica #Arqueologia #Historia #CulturaMaya #Tolteca #Mexica #Tenochtitlan #ChichenItza #Prehispanico
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El Chac Mool destaca en la arqueología de América como una de las esculturas más enigmáticas y extendidas del mundo prehispánico. Estas figuras aparecieron al inicio del periodo Posclásico, aproximadamente entre el siglo IX y el siglo XIII, poblando los centros ceremoniales de culturas tan diversas como la maya en Chichén Itzá, la tolteca en Tula y la mexica en el Templo Mayor de Tenochtitlan.
La piedra representa a un personaje masculino en una postura muy peculiar: está recostado sobre la espalda con las piernas dobladas, el torso levantado sobre los codos y la cabeza volteada de lado. Sobre el vientre, la figura sostiene un cuenco o plato hondo diseñado estrictamente para recibir ofrendas sagradas a los dioses. Los sacerdotes depositaban allí semillas, flores, copal y, en las ceremonias más solemnes, sangre o corazones destinados a mantener la energía vital del universo. Un dato curioso es que el nombre original de la pieza se perdió por completo; la denominación actual fue inventada en el año 1874 por el explorador Augustus Le Plongeon, quien bautizó a la estatua creyendo por error que se trataba de un antiguo gobernante llamado garra de jaguar ( Chac Mool).
Aunque los vestigios de estas esculturas varían en tamaño y detalles de pintura polícroma según la región, su función como mensajeros o altares de conexión entre el plano terrenal y las divinidades celestes permaneció intacta. Hoy en día, admirar estos guardianes de piedra en museos o zonas arqueológicas nos conecta directamente con los ritos más profundos de las civilizaciones que dominaron Mesoamérica antes de la llegada de los españoles.
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El Chac Mool destaca en la arqueología de América como una de las esculturas más enigmáticas y extendidas del mundo prehispánico. Estas figuras aparecieron al inicio del periodo Posclásico, aproximadamente entre el siglo IX y el siglo XIII, poblando los centros ceremoniales de culturas tan diversas como la maya en Chichén Itzá, la tolteca en Tula y la mexica en el Templo Mayor de Tenochtitlan.
La piedra representa a un personaje masculino en una postura muy peculiar: está recostado sobre la espalda con las piernas dobladas, el torso levantado sobre los codos y la cabeza volteada de lado. Sobre el vientre, la figura sostiene un cuenco o plato hondo diseñado estrictamente para recibir ofrendas sagradas a los dioses. Los sacerdotes depositaban allí semillas, flores, copal y, en las ceremonias más solemnes, sangre o corazones destinados a mantener la energía vital del universo. Un dato curioso es que el nombre original de la pieza se perdió por completo; la denominación actual fue inventada en el año 1874 por el explorador Augustus Le Plongeon, quien bautizó a la estatua creyendo por error que se trataba de un antiguo gobernante llamado garra de jaguar ( Chac Mool).
Aunque los vestigios de estas esculturas varían en tamaño y detalles de pintura polícroma según la región, su función como mensajeros o altares de conexión entre el plano terrenal y las divinidades celestes permaneció intacta. Hoy en día, admirar estos guardianes de piedra en museos o zonas arqueológicas nos conecta directamente con los ritos más profundos de las civilizaciones que dominaron Mesoamérica antes de la llegada de los españoles.
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La botella escultórica del prisionero moche destaca como una de las obras cumbres del arte cerámico de la América prehispánica. Esta magnífica pieza arqueológica fue modelada por la civilización Mochica en la costa norte del Perú, consolidándose durante su Época de Auge aproximadamente entre el año 100 d.C. y el año 800 d.C. Actualmente, el valioso objeto recibe y cautiva a miles de visitantes en las salas de exhibición del Museo Larco en Lima.
El diseño de la vasija representa de forma realista a un dignatario o guerrero de alta jerarquía social que ha sido completamente derrotado en un combate ritual. Como parte de un crudo proceso de humillación previo a su sacrificio definitivo, el personaje aparece completamente despojado de sus vestimentas señoriales y armas de combate, mostrando además una soga gruesa fuertemente atada alrededor del cuello. El realismo plasmado en la arcilla es excepcional y propio de los famosos huacos retrato, detallando con precisión rasgos de vello facial como un bigote y una barba bien definidos, un penacho sobre la frente y grandes orejeras circulares dobles.
En la parte posterior de la escultura se integra la estructura de una botella con gollete asa estribo, un formato clásico e identitario de la alfarería ceremonial en los Andes centrales que servía para contener líquidos sagrados. De este modo, la pieza fusionaba una función ritual práctica con un potente mensaje político y religioso sobre el destino de los vencidos en el antiguo Perú, sobreviviendo intacta por más de 1200 años para contar la historia de sus gobernantes.
#CulturaMoche #Arqueologia #Peru #MuseoLarco #Historia #Prehispanico #HuacoRetrato #Ceramica #ArteAntiguo
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La botella escultórica del prisionero moche destaca como una de las obras cumbres del arte cerámico de la América prehispánica. Esta magnífica pieza arqueológica fue modelada por la civilización Mochica en la costa norte del Perú, consolidándose durante su Época de Auge aproximadamente entre el año 100 d.C. y el año 800 d.C. Actualmente, el valioso objeto recibe y cautiva a miles de visitantes en las salas de exhibición del Museo Larco en Lima.
El diseño de la vasija representa de forma realista a un dignatario o guerrero de alta jerarquía social que ha sido completamente derrotado en un combate ritual. Como parte de un crudo proceso de humillación previo a su sacrificio definitivo, el personaje aparece completamente despojado de sus vestimentas señoriales y armas de combate, mostrando además una soga gruesa fuertemente atada alrededor del cuello. El realismo plasmado en la arcilla es excepcional y propio de los famosos huacos retrato, detallando con precisión rasgos de vello facial como un bigote y una barba bien definidos, un penacho sobre la frente y grandes orejeras circulares dobles.
En la parte posterior de la escultura se integra la estructura de una botella con gollete asa estribo, un formato clásico e identitario de la alfarería ceremonial en los Andes centrales que servía para contener líquidos sagrados. De este modo, la pieza fusionaba una función ritual práctica con un potente mensaje político y religioso sobre el destino de los vencidos en el antiguo Perú, sobreviviendo intacta por más de 1200 años para contar la historia de sus gobernantes.
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La botella escultórica del prisionero moche destaca como una de las obras cumbres del arte cerámico de la América prehispánica. Esta magnífica pieza arqueológica fue modelada por la civilización Mochica en la costa norte del Perú, consolidándose durante su Época de Auge aproximadamente entre el año 100 d.C. y el año 800 d.C. Actualmente, el valioso objeto recibe y cautiva a miles de visitantes en las salas de exhibición del Museo Larco en Lima.
El diseño de la vasija representa de forma realista a un dignatario o guerrero de alta jerarquía social que ha sido completamente derrotado en un combate ritual. Como parte de un crudo proceso de humillación previo a su sacrificio definitivo, el personaje aparece completamente despojado de sus vestimentas señoriales y armas de combate, mostrando además una soga gruesa fuertemente atada alrededor del cuello. El realismo plasmado en la arcilla es excepcional y propio de los famosos huacos retrato, detallando con precisión rasgos de vello facial como un bigote y una barba bien definidos, un penacho sobre la frente y grandes orejeras circulares dobles.
En la parte posterior de la escultura se integra la estructura de una botella con gollete asa estribo, un formato clásico e identitario de la alfarería ceremonial en los Andes centrales que servía para contener líquidos sagrados. De este modo, la pieza fusionaba una función ritual práctica con un potente mensaje político y religioso sobre el destino de los vencidos en el antiguo Perú, sobreviviendo intacta por más de 1200 años para contar la historia de sus gobernantes.
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La botella escultórica del prisionero moche destaca como una de las obras cumbres del arte cerámico de la América prehispánica. Esta magnífica pieza arqueológica fue modelada por la civilización Mochica en la costa norte del Perú, consolidándose durante su Época de Auge aproximadamente entre el año 100 d.C. y el año 800 d.C. Actualmente, el valioso objeto recibe y cautiva a miles de visitantes en las salas de exhibición del Museo Larco en Lima.
El diseño de la vasija representa de forma realista a un dignatario o guerrero de alta jerarquía social que ha sido completamente derrotado en un combate ritual. Como parte de un crudo proceso de humillación previo a su sacrificio definitivo, el personaje aparece completamente despojado de sus vestimentas señoriales y armas de combate, mostrando además una soga gruesa fuertemente atada alrededor del cuello. El realismo plasmado en la arcilla es excepcional y propio de los famosos huacos retrato, detallando con precisión rasgos de vello facial como un bigote y una barba bien definidos, un penacho sobre la frente y grandes orejeras circulares dobles.
En la parte posterior de la escultura se integra la estructura de una botella con gollete asa estribo, un formato clásico e identitario de la alfarería ceremonial en los Andes centrales que servía para contener líquidos sagrados. De este modo, la pieza fusionaba una función ritual práctica con un potente mensaje político y religioso sobre el destino de los vencidos en el antiguo Perú, sobreviviendo intacta por más de 1200 años para contar la historia de sus gobernantes.
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La botella escultórica del prisionero moche destaca como una de las obras cumbres del arte cerámico de la América prehispánica. Esta magnífica pieza arqueológica fue modelada por la civilización Mochica en la costa norte del Perú, consolidándose durante su Época de Auge aproximadamente entre el año 100 d.C. y el año 800 d.C. Actualmente, el valioso objeto recibe y cautiva a miles de visitantes en las salas de exhibición del Museo Larco en Lima.
El diseño de la vasija representa de forma realista a un dignatario o guerrero de alta jerarquía social que ha sido completamente derrotado en un combate ritual. Como parte de un crudo proceso de humillación previo a su sacrificio definitivo, el personaje aparece completamente despojado de sus vestimentas señoriales y armas de combate, mostrando además una soga gruesa fuertemente atada alrededor del cuello. El realismo plasmado en la arcilla es excepcional y propio de los famosos huacos retrato, detallando con precisión rasgos de vello facial como un bigote y una barba bien definidos, un penacho sobre la frente y grandes orejeras circulares dobles.
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Para aquellos que me lo solicitaron, les comparto de forma directa el #podcast de #lacuevadelmago sobre
Origen y evolucion de los Chilaquiles
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La Señora de la falda de estrellas es una de las esculturas mitológicas más cautivadoras descubiertas en tiempos recientes, correspondiente a la emblemática deidad prehispánica Citlallicue, la creadora primordial de la Vía Láctea y las constelaciones celestes. Esta magnífica e impactante pieza de aproximadamente 1 metro de altura fue localizada en el año 2019 gracias a las intensas excavaciones dirigidas por la arqueóloga Noemí Castillo en el imponente sitio de Tehuacán el Viejo. La obra representa con maestría lapidaria el legado de la cultura nguiwa o popoloca, quienes habitaron y prosperaron en la región de Puebla durante el periodo Posclásico.
La imponente iconografía de este monolito combina rasgos de fertilidad y muerte de una manera sobrecogedora. Su cuerpo muestra senos caídos que aluden directamente a la maternidad sagrada y a la lactancia cósmica, mientras que su rostro de calavera descarnada nos recuerda su íntimo vínculo con el ciclo de la vida, las entrañas de la tierra y el destino final de las almas. Lo que más llama la atención de los visitantes son sus extremidades superiores, las cuales terminan en unas temibles garras esculpidas con forma de ave, posiblemente de águila, un atributo místico que simboliza su indudable origen e influencia celestial. Actualmente, esta joya del arte prehispánico se resguarda para la posteridad y admiración del público en el Museo de Sitio de la Zona Arqueológica Ndachjian-Tehuacán.
#Citlallicue #Arqueologia #Historia #Tehuacan #Puebla #Prehispanico #CulturaPopoloca #Monolito #MexicoArqueologico #Mexico
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La Señora de la falda de estrellas es una de las esculturas mitológicas más cautivadoras descubiertas en tiempos recientes, correspondiente a la emblemática deidad prehispánica Citlallicue, la creadora primordial de la Vía Láctea y las constelaciones celestes. Esta magnífica e impactante pieza de aproximadamente 1 metro de altura fue localizada en el año 2019 gracias a las intensas excavaciones dirigidas por la arqueóloga Noemí Castillo en el imponente sitio de Tehuacán el Viejo. La obra representa con maestría lapidaria el legado de la cultura nguiwa o popoloca, quienes habitaron y prosperaron en la región de Puebla durante el periodo Posclásico.
La imponente iconografía de este monolito combina rasgos de fertilidad y muerte de una manera sobrecogedora. Su cuerpo muestra senos caídos que aluden directamente a la maternidad sagrada y a la lactancia cósmica, mientras que su rostro de calavera descarnada nos recuerda su íntimo vínculo con el ciclo de la vida, las entrañas de la tierra y el destino final de las almas. Lo que más llama la atención de los visitantes son sus extremidades superiores, las cuales terminan en unas temibles garras esculpidas con forma de ave, posiblemente de águila, un atributo místico que simboliza su indudable origen e influencia celestial. Actualmente, esta joya del arte prehispánico se resguarda para la posteridad y admiración del público en el Museo de Sitio de la Zona Arqueológica Ndachjian-Tehuacán.
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La Señora de la falda de estrellas es una de las esculturas mitológicas más cautivadoras descubiertas en tiempos recientes, correspondiente a la emblemática deidad prehispánica Citlallicue, la creadora primordial de la Vía Láctea y las constelaciones celestes. Esta magnífica e impactante pieza de aproximadamente 1 metro de altura fue localizada en el año 2019 gracias a las intensas excavaciones dirigidas por la arqueóloga Noemí Castillo en el imponente sitio de Tehuacán el Viejo. La obra representa con maestría lapidaria el legado de la cultura nguiwa o popoloca, quienes habitaron y prosperaron en la región de Puebla durante el periodo Posclásico.
La imponente iconografía de este monolito combina rasgos de fertilidad y muerte de una manera sobrecogedora. Su cuerpo muestra senos caídos que aluden directamente a la maternidad sagrada y a la lactancia cósmica, mientras que su rostro de calavera descarnada nos recuerda su íntimo vínculo con el ciclo de la vida, las entrañas de la tierra y el destino final de las almas. Lo que más llama la atención de los visitantes son sus extremidades superiores, las cuales terminan en unas temibles garras esculpidas con forma de ave, posiblemente de águila, un atributo místico que simboliza su indudable origen e influencia celestial. Actualmente, esta joya del arte prehispánico se resguarda para la posteridad y admiración del público en el Museo de Sitio de la Zona Arqueológica Ndachjian-Tehuacán.
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La Señora de la falda de estrellas es una de las esculturas mitológicas más cautivadoras descubiertas en tiempos recientes, correspondiente a la emblemática deidad prehispánica Citlallicue, la creadora primordial de la Vía Láctea y las constelaciones celestes. Esta magnífica e impactante pieza de aproximadamente 1 metro de altura fue localizada en el año 2019 gracias a las intensas excavaciones dirigidas por la arqueóloga Noemí Castillo en el imponente sitio de Tehuacán el Viejo. La obra representa con maestría lapidaria el legado de la cultura nguiwa o popoloca, quienes habitaron y prosperaron en la región de Puebla durante el periodo Posclásico.
La imponente iconografía de este monolito combina rasgos de fertilidad y muerte de una manera sobrecogedora. Su cuerpo muestra senos caídos que aluden directamente a la maternidad sagrada y a la lactancia cósmica, mientras que su rostro de calavera descarnada nos recuerda su íntimo vínculo con el ciclo de la vida, las entrañas de la tierra y el destino final de las almas. Lo que más llama la atención de los visitantes son sus extremidades superiores, las cuales terminan en unas temibles garras esculpidas con forma de ave, posiblemente de águila, un atributo místico que simboliza su indudable origen e influencia celestial. Actualmente, esta joya del arte prehispánico se resguarda para la posteridad y admiración del público en el Museo de Sitio de la Zona Arqueológica Ndachjian-Tehuacán.
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La Señora de la falda de estrellas es una de las esculturas mitológicas más cautivadoras descubiertas en tiempos recientes, correspondiente a la emblemática deidad prehispánica Citlallicue, la creadora primordial de la Vía Láctea y las constelaciones celestes. Esta magnífica e impactante pieza de aproximadamente 1 metro de altura fue localizada en el año 2019 gracias a las intensas excavaciones dirigidas por la arqueóloga Noemí Castillo en el imponente sitio de Tehuacán el Viejo. La obra representa con maestría lapidaria el legado de la cultura nguiwa o popoloca, quienes habitaron y prosperaron en la región de Puebla durante el periodo Posclásico.
La imponente iconografía de este monolito combina rasgos de fertilidad y muerte de una manera sobrecogedora. Su cuerpo muestra senos caídos que aluden directamente a la maternidad sagrada y a la lactancia cósmica, mientras que su rostro de calavera descarnada nos recuerda su íntimo vínculo con el ciclo de la vida, las entrañas de la tierra y el destino final de las almas. Lo que más llama la atención de los visitantes son sus extremidades superiores, las cuales terminan en unas temibles garras esculpidas con forma de ave, posiblemente de águila, un atributo místico que simboliza su indudable origen e influencia celestial. Actualmente, esta joya del arte prehispánico se resguarda para la posteridad y admiración del público en el Museo de Sitio de la Zona Arqueológica Ndachjian-Tehuacán.
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El traslado del Monolito de Tláloc desde el pueblo de San Miguel Coatlinchán hasta el Bosque de Chapultepec es uno de los eventos de ingeniería y logística cultural más recordados en la historia moderna de México. El acontecimiento tuvo lugar el 16 de abril de 1964, con el objetivo de colocar la colosal escultura prehispánica en la entrada principal del recién diseñado Museo Nacional de Antropología. La maniobra requirió la construcción de una plataforma especial de remolque para soportar las 167 toneladas de peso de la estructura tallada en roca de basalto.
Durante la entrada de la enorme pieza arqueológica a las calles principales de la Ciudad de México, se registró una tormenta torrencial atípica que inundó diversos sectores de la capital durante una hora y media. Este fenómeno meteorológico ocurrió en una época del año en la que las precipitaciones son sumamente escasas en el Altiplano Central. La coincidencia climática generó un gran impacto en la memoria colectiva de los más de 60,000 espectadores que salieron a las avenidas para observar el paso del monumento, vinculando el aguacero con los antiguos mitos del dios del agua.
Aunque la pieza es identificada popularmente como Tláloc desde el año 1903 por los peritajes de la época, diversos investigadores y especialistas en iconografía mesoamericana sostienen que la escultura representa en realidad a Chalchiuhtlicue. Esta deidad femenina era la regente de las aguas dulces, los ríos y los lagos en el pensamiento nahua del periodo Clásico. Actualmente, el gigante de piedra de 7 metros de altura da la bienvenida a los visitantes sobre la avenida Paseo de la Reforma como el monolito más grande de América.
#MonolitoDeTlaloc #Arqueologia #Historia #Coatlinchan #MuseoNacionalDeAntropologia #CDMX #Prehispanico #MitologiaMexica #México
#Tlaloc -
¿Fueron los aztecas una sociedad de puros sabios o un imperio basado en el terror y la violencia?
Existe una tendencia muy fuerte a idealizar el pasado de las culturas prehispánicas, retratando a civilizaciones como la azteca únicamente como comunidades espirituales llenas de sabiduría astronómica y respeto a la naturaleza. Si bien es imposible negar sus grandes avances en la ingeniería, las matemáticas y la medicina, muchos sectores de la sociedad deciden ignorar o negar el lado oscuro de este imperio. La realidad histórica demuestra que la brillantez de esta cultura convivía día con día con una estructura militar sumamente agresiva que basaba su riqueza en el sometimiento de los pueblos vecinos.
Los sacrificios humanos no eran ritos aislados, sino una estrategia de control político diseñada para sembrar el miedo entre sus enemigos y mantener el poder del Estado. En estas ceremonias, los sacerdotes extraían el corazón de los prisioneros de guerra mientras aún estaban con vida como una ofrenda para sus deidades. Además, la práctica de comer carne humana formaba parte de sus rituales religiosos más importantes, pues los guerreros consumían ciertas partes de los capturados en batalla bajo la creencia de que así absorbían su fuerza. Ocultar estos hechos por comodidad impide entender que la historia humana no se divide en buenos y malos, y que una civilización puede ser sumamente avanzada y al mismo tiempo terriblemente cruel.
— S.P. Filósofa Urbana
#Historia #Sociedad #Cultura #Prehispanico #Realidad #reflexion #Antropologia