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🧿 𝑳𝒂𝒔 𝒃𝒆𝒃𝒊𝒅𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝒎𝒖𝒆𝒓𝒕𝒆 🧿
En 1985, Japón vivió una de esas historias que parecen inventadas para una novela negra, pero que ocurrieron de verdad.
Durante meses, personas de distintas partes del país comenzaron a enfermar y morir después de beber refrescos que, aparentemente, alguien había dejado abandonados junto a máquinas expendedoras.Todo empezó el 30 de abril.
Un camionero de 45 años se detuvo junto a la Ruta 2, en Fukuyama.
Compró una botella de Oronamin C y vio otra botella encima de la máquina.
Pensó que algún cliente la había olvidado y se la llevó.
Poco después perdió el conocimiento y murió en el hospital.
Los análisis encontraron paraquat en su organismo.El paraquat era un herbicida utilizado para eliminar malas hierbas.
Es un producto extremadamente tóxico: una vez ingerido puede provocar lesiones graves en el aparato digestivo y, en los casos de intoxicación severa, dañar progresivamente los pulmones.
El organismo puede sufrir una reacción inflamatoria que termina produciendo fibrosis pulmonar, es decir, el tejido de los pulmones se va cicatrizando y pierde su capacidad para funcionar correctamente.
Por eso una persona intoxicada podía parecer relativamente estable al principio y empeorar después durante días.
No era simplemente un veneno que provocaba una muerte inmediata.Después de aquel primer caso comenzaron a aparecer otros.
El método era sencillo y, precisamente por eso, aterrador.
Alguien manipulaba botellas de bebidas populares, introducía el producto tóxico y después las dejaba en lugares donde una persona pudiera encontrarlas: encima de una máquina expendedora, en el compartimento donde caían las bebidas o junto a la propia máquina.Para quien las encontraba, podían parecer un golpe de suerte.
Una bebida que otro cliente había comprado y olvidado.En realidad, podían contener veneno.
Las investigaciones relacionaron numerosos casos con paraquat y también apareció diquat, otro herbicida tóxico, en al menos uno de los episodios.
Entre las bebidas que aparecieron repetidamente estuvieron Oronamin C y Real Gold, dos productos muy populares en aquella época.Las víctimas no tenían un perfil determinado.
Había estudiantes, trabajadores y hombres de distintas edades, y los casos aparecieron en diferentes prefecturas.
No parecía existir ninguna relación entre ellos.
No conocían al supuesto atacante y, aparentemente, habían sido elegidos únicamente porque encontraron una botella en el lugar equivocado.A medida que aumentaban los casos, el miedo se extendió por todo Japón.
Las autoridades comenzaron a advertir a la población que no bebiera ninguna bebida encontrada en una máquina expendedora o junto a ella.
Los fabricantes también tuvieron que reaccionar.Y entonces apareció otro problema: ¿había realmente un solo asesino?
La policía llegó a considerar que algunos de los casos podían ser obra de imitadores.
La publicidad que estaba recibiendo la serie de envenenamientos podía estar inspirando a otras personas a repetir el método.
Por eso nunca llegó a demostrarse que todos los episodios fueran obra de un mismo individuo.El 17 de noviembre ocurrió uno de los casos que más conmocionaron al país.
Una estudiante de 17 años encontró una botella de Coca-Cola en el compartimento de una máquina expendedora de la prefectura de Saitama.
Se la llevó a casa y bebió de ella.
La botella había sido contaminada con paraquat.
La joven murió el 24 de noviembre.Para entonces, la policía contabilizaba 12 víctimas mortales y más de treinta personas intoxicadas, aunque las cifras varían según las fuentes y según qué casos se incluyen en la serie.
Algunas recopilaciones posteriores hablan de 13 muertos y unos 35 afectados.El pánico fue suficiente para provocar cambios importantes.
Se multiplicaron las advertencias junto a las máquinas expendedoras y los fabricantes comenzaron a prestar mucha más atención a la posibilidad de manipulación de los envases.
En los años siguientes también se endurecieron las medidas relacionadas con el paraquat en Japón, reduciendo considerablemente la concentración de las formulaciones comerciales.Pero había algo que ninguna campaña de seguridad podía solucionar: nadie sabía quién estaba dejando aquellas botellas.
La policía investigó durante meses.
No consiguió identificar al autor ni demostrar que todos los casos estuvieran relacionados.
Tampoco apareció una prueba que permitiera señalar a un sospechoso concreto.El responsable —o los responsables— nunca fueron identificados.
Y aquel detalle convirtió el caso en algo todavía más inquietante.
No había una víctima elegida por una relación personal, ni un lugar concreto, ni siquiera la certeza de que todos los ataques procedieran de la misma persona.
Bastaba con encontrar una botella que alguien había dejado atrás.Durante aquellos meses, una máquina expendedora podía convertirse en una especie de ruleta macabra: metías una moneda, elegías una bebida y te marchabas.
Pero si encontrabas otra botella aparentemente abandonada, nadie podía saber qué había dentro.Cuarenta años después, seguimos sin saber con certeza quién inició aquella cadena de envenenamientos ni cuántas personas participaron realmente en ella.
Lo que sí quedó claro es que una simple botella abandonada podía esconder algo mucho más peligroso que la bebida que decía contener.
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