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C2: Solo existen de noche
La cafetería siempre parecía distinta después de las dos de la mañana. Durante las primeras horas de la noche el lugar estaba lleno de conversaciones cruzadas, risas cansadas, música suave saliendo desde el viejo tocadiscos cerca de la biblioteca y el sonido constante de tazas chocando sobre las mesas, pero conforme avanzaba la madrugada todo comenzaba a transformarse lentamente.
Las voces bajaban de volumen, algunas personas se quedaban dormidas sobre los sillones, otras escribían en silencio junto a las ventanas empañadas y quienes permanecían despiertos empezaban a hablar de las cosas que normalmente solo podían existir en la oscuridad: miedo, amor, rechazo, identidad, culpa, soledad. Nico siempre decía que las personas dejaban caer la máscara cuando la ciudad dormía, y aunque lo repetía medio en broma mientras limpiaba mesas o preparaba café, en el fondo sabía que era verdad.Aquella noche la lluvia continuaba golpeando los cristales del último piso mientras Nico acomodaba tazas detrás de la barra intentando ignorar el dolor persistente en la espalda que llevaba semanas acompañándolo. Había trabajado demasiadas horas los últimos días y apenas dormía entre turnos, llamadas pendientes y problemas que seguía aplazando mentalmente porque no sabía cómo enfrentarlos sin desmoronarse un poco.
Desde donde estaba podía observar a varias personas repartidas por el lugar: una pareja discutiendo bajito junto a la ventana, alguien leyendo acostado sobre el sillón grande del rincón y Elías, sentado cerca de la biblioteca hojeando distraídamente un libro que probablemente ni siquiera estaba leyendo realmente.Desde que había llegado unas horas antes apenas había hablado demasiado con los demás, aunque Nico reconocía perfectamente esa etapa inicial. La mayoría de las personas que aparecían por primera vez en la cafetería pasaban por algo parecido: al principio observaban todo con cautela, como si esperaran descubrir en cualquier momento que el lugar escondía alguna intención extraña, alguna condición secreta o algún juicio disfrazado de amabilidad. A muchos les tomaba tiempo aceptar que realmente podían existir ahí sin tener que justificar quiénes eran.
—¿Vas a seguir limpiando la misma taza durante veinte minutos? —preguntó una voz desde el otro lado de la barra.
Nico levantó la vista y encontró a Sam recargado frente al mostrador sosteniendo una bolsa de pan recién horneado bajo el brazo. Su cabello húmedo caía desordenado sobre la frente y tenía las mangas del abrigo dobladas hasta los codos, dejando ver los pequeños tatuajes que cubrían parte de sus brazos.
—Estoy trabajando —respondió Nico sin demasiado entusiasmo.
—Claro. Y yo soy una figura de autoridad emocional estable.
Nico soltó una pequeña risa cansada mientras dejaba finalmente la taza en su lugar.
Sam llevaba casi dos años apareciendo y desapareciendo de la cafetería como si el lugar funcionara más como puerto temporal que como hogar definitivo. Nunca daba demasiadas explicaciones sobre su vida fuera del edificio y nadie insistía demasiado en preguntarle. Algunas noches llegaba sonriente y hablador; otras desaparecía durante semanas enteras. Pero incluso en sus peores momentos siempre terminaba regresando con bolsas de pan para todos o flores robadas de algún sitio elegante de la ciudad.
—¿Otra vez no dormiste? —preguntó Sam observándolo con más atención.
—Dormí un poco.
—Nico.
—Bueno… no realmente.
Sam dejó la bolsa sobre la barra y suspiró.
—Te ves agotado.
—Estoy bien.
—Llevas diciendo eso desde hace meses.
Nico evitó responder mientras comenzaba a acomodar los panes sobre una charola metálica. Había aprendido hacía mucho tiempo a sobrevivir minimizando su propio cansancio. Resultaba más sencillo enfocarse en los problemas ajenos que detenerse a pensar en los propios. Escuchar a alguien llorar por una ruptura, ayudar a una persona trans que acababa de ser expulsada de casa o acompañar a alguien durante una crisis emocional parecía mucho más manejable que enfrentar el vacío extraño que llevaba creciendo dentro de él desde hacía años.
Sam lo observó en silencio unos segundos antes de hablar nuevamente.
—¿Volviste a verlo?
La pregunta llegó suave, casi casual, pero Nico sintió inmediatamente cómo el cuerpo se le tensaba.
—No.
—¿Te escribió?
Nico tardó demasiado en responder.
—Sí.
Sam cerró los ojos lentamente, como alguien que ya conoce perfectamente el final de cierta historia incluso antes de escucharla completa.
—¿Y ahora qué quiere?
Nico soltó una risa amarga.
—Lo mismo de siempre.
No necesitaba explicar demasiado. Sam conocía esa situación casi desde el principio.
Daniel aparecía en la vida de Nico exactamente igual que las tormentas: sin aviso, alterándolo todo y dejando caos emocional suficiente para durar semanas enteras. Se habían conocido años atrás durante una exposición artística organizada en otro centro cultural de la ciudad y desde entonces entraron en una relación intermitente, intensa y profundamente desgastante. Daniel era encantador cuando quería serlo. Inteligente, divertido, atento en los momentos correctos. El tipo de persona capaz de hacerte sentir especial con solo mirarte unos segundos más de lo normal. Pero también era alguien aterrorizado por la idea de vivir abiertamente como hombre bisexual.
Nunca lo decía directamente, aunque tampoco hacía falta.
Nico aprendió rápidamente las reglas invisibles de aquella relación: no tomarse de la mano en ciertos lugares, no subir fotografías juntos, no aparecer en reuniones familiares, no mencionar sentimientos demasiado profundos cuando había otras personas cerca. Daniel insistía en que necesitaba tiempo, que las cosas eran complicadas, que su trabajo, su familia y su entorno todavía no estaban preparados. Y Nico, enamorado y paciente hasta el agotamiento, pasó años intentando entender algo que lentamente comenzaba a destruirlo.
Porque el problema nunca fue esperar.
El problema era sentir que debía esconderse para merecer amor.
—Te está consumiendo —dijo Sam en voz baja.
—No quiero hablar de eso ahora.
—Precisamente porque nunca quieres hablar es que sigues atrapado ahí.
Nico guardó silencio.
A unos metros, Elías observaba discretamente desde su mesa mientras fingía leer. Nico alcanzó a notarlo y cambió inmediatamente el gesto de su rostro, recuperando esa calma amable que usaba casi automáticamente frente a los demás.
Era extraño cómo funcionaba aquello. Todos en la cafetería llegaban buscando un lugar seguro, pero incluso dentro del refugio seguían existiendo miedos imposibles de soltar completamente. Nico podía escuchar durante horas las historias más dolorosas de otras personas, acompañarlas, aconsejarlas y recordarles que merecían relaciones sanas, honestas y libres de vergüenza… mientras él mismo seguía atrapado en algo que lo hacía sentirse invisible.
La contradicción lo perseguía constantemente.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo de pronto mientras limpiaba la barra lentamente—. Que ni siquiera creo que Daniel sea una mala persona.
Sam apoyó los brazos sobre el mostrador.
—Eso no cambia el daño.
Nico levantó la mirada.
—Él realmente me quiere.
—Sí. Pero hay personas que aman sinceramente y aun así terminan lastimando porque nunca aprendieron a aceptar quiénes son.
Aquella frase quedó suspendida entre ambos varios segundos.
En otra mesa alguien comenzó a reír fuerte por algo que acababa de escuchar y el sonido alivió momentáneamente la tensión del ambiente. Nico observó alrededor. A veces olvidaba lo extraño y hermoso que era aquel lugar. Personas completamente distintas encontrándose en el momento exacto donde más necesitaban dejar de sentirse solas. Había noches en que la cafetería parecía sostener emocionalmente a todos los que entraban, incluso a quienes juraban no necesitar ayuda.
Elías seguía sentado junto a la biblioteca mirando distraídamente las notas pegadas sobre la pared principal. Nico recordó perfectamente la primera vez que él mismo llegó ahí muchos años atrás. También estaba perdido. También creía que debía cargar solo con todo. También pensaba que pedir ayuda era una forma de fracaso.
Ahora era él quien preparaba bebidas calientes para desconocidos rotos por dentro.
La vida tenía una manera extraña de girar sobre sí misma.
—Oye —dijo Sam después de un rato—. ¿Alguna vez has pensado en qué pasaría si dejaras de esperar?
Nico soltó una pequeña risa cansada.
—¿Esperar qué?
—A que alguien decida amarte públicamente.
Aquella frase golpeó más fuerte de lo esperado.
Porque en el fondo sabía la respuesta.
Había pasado tanto tiempo adaptándose a los límites emocionales de Daniel que olvidó preguntarse cuáles eran sus propias necesidades. Se acostumbró a migajas disfrazadas de paciencia. A silencios disfrazados de prudencia. A esconder partes enteras de su vida para no incomodar a alguien más.
Y aun así seguía justificándolo.
Porque entender el dolor ajeno muchas veces hace más difícil reconocer el propio.
Nico observó nuevamente a las personas alrededor. Algunos dormían tranquilos sobre los sillones mientras otros seguían conversando bajo las luces cálidas de la cafetería. Había algo profundamente humano en ese espacio improvisado, algo que iba más allá de simplemente compartir café o refugio. Allí todos estaban aprendiendo lentamente a existir sin pedir disculpas por ello.
Y quizá ese era precisamente el problema.
Que Nico había ayudado a demasiadas personas a sanar mientras ignoraba que él también merecía hacerlo.
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C2: Solo existen de noche
La cafetería siempre parecía distinta después de las dos de la mañana. Durante las primeras horas de la noche el lugar estaba lleno de conversaciones cruzadas, risas cansadas, música suave saliendo desde el viejo tocadiscos cerca de la biblioteca y el sonido constante de tazas chocando sobre las mesas, pero conforme avanzaba la madrugada todo comenzaba a transformarse lentamente.
Las voces bajaban de volumen, algunas personas se quedaban dormidas sobre los sillones, otras escribían en silencio junto a las ventanas empañadas y quienes permanecían despiertos empezaban a hablar de las cosas que normalmente solo podían existir en la oscuridad: miedo, amor, rechazo, identidad, culpa, soledad. Nico siempre decía que las personas dejaban caer la máscara cuando la ciudad dormía, y aunque lo repetía medio en broma mientras limpiaba mesas o preparaba café, en el fondo sabía que era verdad.Aquella noche la lluvia continuaba golpeando los cristales del último piso mientras Nico acomodaba tazas detrás de la barra intentando ignorar el dolor persistente en la espalda que llevaba semanas acompañándolo. Había trabajado demasiadas horas los últimos días y apenas dormía entre turnos, llamadas pendientes y problemas que seguía aplazando mentalmente porque no sabía cómo enfrentarlos sin desmoronarse un poco.
Desde donde estaba podía observar a varias personas repartidas por el lugar: una pareja discutiendo bajito junto a la ventana, alguien leyendo acostado sobre el sillón grande del rincón y Elías, sentado cerca de la biblioteca hojeando distraídamente un libro que probablemente ni siquiera estaba leyendo realmente.Desde que había llegado unas horas antes apenas había hablado demasiado con los demás, aunque Nico reconocía perfectamente esa etapa inicial. La mayoría de las personas que aparecían por primera vez en la cafetería pasaban por algo parecido: al principio observaban todo con cautela, como si esperaran descubrir en cualquier momento que el lugar escondía alguna intención extraña, alguna condición secreta o algún juicio disfrazado de amabilidad. A muchos les tomaba tiempo aceptar que realmente podían existir ahí sin tener que justificar quiénes eran.
—¿Vas a seguir limpiando la misma taza durante veinte minutos? —preguntó una voz desde el otro lado de la barra.
Nico levantó la vista y encontró a Sam recargado frente al mostrador sosteniendo una bolsa de pan recién horneado bajo el brazo. Su cabello húmedo caía desordenado sobre la frente y tenía las mangas del abrigo dobladas hasta los codos, dejando ver los pequeños tatuajes que cubrían parte de sus brazos.
—Estoy trabajando —respondió Nico sin demasiado entusiasmo.
—Claro. Y yo soy una figura de autoridad emocional estable.
Nico soltó una pequeña risa cansada mientras dejaba finalmente la taza en su lugar.
Sam llevaba casi dos años apareciendo y desapareciendo de la cafetería como si el lugar funcionara más como puerto temporal que como hogar definitivo. Nunca daba demasiadas explicaciones sobre su vida fuera del edificio y nadie insistía demasiado en preguntarle. Algunas noches llegaba sonriente y hablador; otras desaparecía durante semanas enteras. Pero incluso en sus peores momentos siempre terminaba regresando con bolsas de pan para todos o flores robadas de algún sitio elegante de la ciudad.
—¿Otra vez no dormiste? —preguntó Sam observándolo con más atención.
—Dormí un poco.
—Nico.
—Bueno… no realmente.
Sam dejó la bolsa sobre la barra y suspiró.
—Te ves agotado.
—Estoy bien.
—Llevas diciendo eso desde hace meses.
Nico evitó responder mientras comenzaba a acomodar los panes sobre una charola metálica. Había aprendido hacía mucho tiempo a sobrevivir minimizando su propio cansancio. Resultaba más sencillo enfocarse en los problemas ajenos que detenerse a pensar en los propios. Escuchar a alguien llorar por una ruptura, ayudar a una persona trans que acababa de ser expulsada de casa o acompañar a alguien durante una crisis emocional parecía mucho más manejable que enfrentar el vacío extraño que llevaba creciendo dentro de él desde hacía años.
Sam lo observó en silencio unos segundos antes de hablar nuevamente.
—¿Volviste a verlo?
La pregunta llegó suave, casi casual, pero Nico sintió inmediatamente cómo el cuerpo se le tensaba.
—No.
—¿Te escribió?
Nico tardó demasiado en responder.
—Sí.
Sam cerró los ojos lentamente, como alguien que ya conoce perfectamente el final de cierta historia incluso antes de escucharla completa.
—¿Y ahora qué quiere?
Nico soltó una risa amarga.
—Lo mismo de siempre.
No necesitaba explicar demasiado. Sam conocía esa situación casi desde el principio.
Daniel aparecía en la vida de Nico exactamente igual que las tormentas: sin aviso, alterándolo todo y dejando caos emocional suficiente para durar semanas enteras. Se habían conocido años atrás durante una exposición artística organizada en otro centro cultural de la ciudad y desde entonces entraron en una relación intermitente, intensa y profundamente desgastante. Daniel era encantador cuando quería serlo. Inteligente, divertido, atento en los momentos correctos. El tipo de persona capaz de hacerte sentir especial con solo mirarte unos segundos más de lo normal. Pero también era alguien aterrorizado por la idea de vivir abiertamente como hombre bisexual.
Nunca lo decía directamente, aunque tampoco hacía falta.
Nico aprendió rápidamente las reglas invisibles de aquella relación: no tomarse de la mano en ciertos lugares, no subir fotografías juntos, no aparecer en reuniones familiares, no mencionar sentimientos demasiado profundos cuando había otras personas cerca. Daniel insistía en que necesitaba tiempo, que las cosas eran complicadas, que su trabajo, su familia y su entorno todavía no estaban preparados. Y Nico, enamorado y paciente hasta el agotamiento, pasó años intentando entender algo que lentamente comenzaba a destruirlo.
Porque el problema nunca fue esperar.
El problema era sentir que debía esconderse para merecer amor.
—Te está consumiendo —dijo Sam en voz baja.
—No quiero hablar de eso ahora.
—Precisamente porque nunca quieres hablar es que sigues atrapado ahí.
Nico guardó silencio.
A unos metros, Elías observaba discretamente desde su mesa mientras fingía leer. Nico alcanzó a notarlo y cambió inmediatamente el gesto de su rostro, recuperando esa calma amable que usaba casi automáticamente frente a los demás.
Era extraño cómo funcionaba aquello. Todos en la cafetería llegaban buscando un lugar seguro, pero incluso dentro del refugio seguían existiendo miedos imposibles de soltar completamente. Nico podía escuchar durante horas las historias más dolorosas de otras personas, acompañarlas, aconsejarlas y recordarles que merecían relaciones sanas, honestas y libres de vergüenza… mientras él mismo seguía atrapado en algo que lo hacía sentirse invisible.
La contradicción lo perseguía constantemente.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo de pronto mientras limpiaba la barra lentamente—. Que ni siquiera creo que Daniel sea una mala persona.
Sam apoyó los brazos sobre el mostrador.
—Eso no cambia el daño.
Nico levantó la mirada.
—Él realmente me quiere.
—Sí. Pero hay personas que aman sinceramente y aun así terminan lastimando porque nunca aprendieron a aceptar quiénes son.
Aquella frase quedó suspendida entre ambos varios segundos.
En otra mesa alguien comenzó a reír fuerte por algo que acababa de escuchar y el sonido alivió momentáneamente la tensión del ambiente. Nico observó alrededor. A veces olvidaba lo extraño y hermoso que era aquel lugar. Personas completamente distintas encontrándose en el momento exacto donde más necesitaban dejar de sentirse solas. Había noches en que la cafetería parecía sostener emocionalmente a todos los que entraban, incluso a quienes juraban no necesitar ayuda.
Elías seguía sentado junto a la biblioteca mirando distraídamente las notas pegadas sobre la pared principal. Nico recordó perfectamente la primera vez que él mismo llegó ahí muchos años atrás. También estaba perdido. También creía que debía cargar solo con todo. También pensaba que pedir ayuda era una forma de fracaso.
Ahora era él quien preparaba bebidas calientes para desconocidos rotos por dentro.
La vida tenía una manera extraña de girar sobre sí misma.
—Oye —dijo Sam después de un rato—. ¿Alguna vez has pensado en qué pasaría si dejaras de esperar?
Nico soltó una pequeña risa cansada.
—¿Esperar qué?
—A que alguien decida amarte públicamente.
Aquella frase golpeó más fuerte de lo esperado.
Porque en el fondo sabía la respuesta.
Había pasado tanto tiempo adaptándose a los límites emocionales de Daniel que olvidó preguntarse cuáles eran sus propias necesidades. Se acostumbró a migajas disfrazadas de paciencia. A silencios disfrazados de prudencia. A esconder partes enteras de su vida para no incomodar a alguien más.
Y aun así seguía justificándolo.
Porque entender el dolor ajeno muchas veces hace más difícil reconocer el propio.
Nico observó nuevamente a las personas alrededor. Algunos dormían tranquilos sobre los sillones mientras otros seguían conversando bajo las luces cálidas de la cafetería. Había algo profundamente humano en ese espacio improvisado, algo que iba más allá de simplemente compartir café o refugio. Allí todos estaban aprendiendo lentamente a existir sin pedir disculpas por ello.
Y quizá ese era precisamente el problema.
Que Nico había ayudado a demasiadas personas a sanar mientras ignoraba que él también merecía hacerlo.
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Próxima asamblea abierta:
Lunes 2 de febrero ✊ -
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[ Rosario, Argentina ]
7F – Marcha del Orgullo Antifascista, Antirracista y Antimperialista 🏳️🌈🇦🇷🏳️⚧️
Este sábado 7 de febrero salimos a las calles porque nuestras vidas importan y no vamos a aceptar políticas de ajuste, exclusión y odio.
📍 17 hs – Convocatoria en Plaza San Martín
🚶 18 hs – Marchamos al Monumento a la Bandera✊🏽 Contra la reforma laboral
✊🏽 Contra las políticas neoliberales
✊🏽 Contra el hambre, la violencia y la exclusión
Acá no sobra nadie. Ninguna vida es descartable.Repost de → https://www.instagram.com/p/DT6h5jjkdHL/
#antifa #orgullolgbt -
[ Rosario, Argentina ]
7F – Marcha del Orgullo Antifascista, Antirracista y Antimperialista 🏳️🌈🇦🇷🏳️⚧️
Este sábado 7 de febrero salimos a las calles porque nuestras vidas importan y no vamos a aceptar políticas de ajuste, exclusión y odio.
📍 17 hs – Convocatoria en Plaza San Martín
🚶 18 hs – Marchamos al Monumento a la Bandera✊🏽 Contra la reforma laboral
✊🏽 Contra las políticas neoliberales
✊🏽 Contra el hambre, la violencia y la exclusión
Acá no sobra nadie. Ninguna vida es descartable.Repost de → https://www.instagram.com/p/DT6h5jjkdHL/
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En un panorama dónde nos encontramos corporaciones con banderas arcoíris durante este mes, @sonidodezepcion : @larazasosa ( @nacademia.mx ) y @minox_minoty nos comparten esta reflexión.
Escucha su música en https://m.soundcloud.com/sonidodezepcion#orgullolgbt #pride #trans #feminismo #arcoiris #marchalgbt #activismo #latinoamerica #disidencias #transjactivismo #transfeminismo #tecnologiadigital #tecnologiadisruptiva
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CW: Activismo LGBT
Aunque las personas de la comunidad LGBT+ contemos con más derechos de igualdad y la libertad para expresar lo que somos, lo cierto es que aún nos quedan muchas batallas por combatir en esta guerra contra la Homofobia; guerra que podría evitarse, si no fuera porque hay retrógradas esparciendo sus discursos homofóbicos por doquier, argumentándolo todo con libros religiosos que se escribieron hace miles de años. Si de verdad creen en Dios, tienen que saber que él los está viendo y que no le hace ninguna gracia que sus hijos se estén discriminando entre sí.
En pleno siglo XXI, seguimos escuchando frases homófobas que nos demuestra que la estupidez humana no tiene límites. Hoy me centraré en una frase en específica que a todos nos enfurece con solo escucharla o leerla en las redes sociales, y es la siguiente:
"Mi hijo no puede juntarse con ese gay, mi hija no puede juntarse con esa lesbiana. No sea cosa que se le contagie eso que tiene".
Así es, estimados lectores. En la tercera década del siglo XXI, lamentablemente tenemos que escuchar frases tan ridículas como esa, típica del siglo XVIII, porque hay gente que sigue pensando que tener otra orientación sexual diferente que no sea la heterosexualidad, es una enfermedad y como a toda enfermedad, a esta hay que curarla.
Señores padres: Comiencen a expandir su mente con la que Dios los bendijo (porque si les dio la capacidad de pensar es por algo) y entiendan que ser Gay, Lesbiana o Bisexual, no es una enfermedad, sino una orientación sexual más, como lo es la heterosexualidad. Si un día, su hijo se declara gay, su hija se declara lesbiana o cualquiera que sea la orientación sexual con la que se declare un hijo, será porque así lo siente en su corazón y en su ser, no porque alguien lo "condujo por ese camino" como si se tratara de la adicción a las drogas.
Señores padres: Empiecen a dejar sus viejas creencias de lado y a pensar un poco más, porque esas palabras que ustedes dicen a lo mejor sin intención de lastimar a su hijo, pueden estar haciéndoles daño y en su necedad de querer lo mejor para ellos, no se dan cuenta de cuán profundo les podría impactar una frase. Antes de decirles algo, piensen bien si lo que les van a decir les hará un bien o les hará un mal. Las palabras que digan, señores padres, son más poderosas de lo que ustedes imaginan.(Mélzefynn)
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CW: El texto del post puede contener carácter sensible
Hoy es 28 de junio, día internacional del Orgullo LGBT; conocido también como Pride Day. Esto se debe a que en 1969, en un barrio de la ciudad de New York (Estados Unidos) la policía realizó una redada en el bar de Stonewall, un espacio donde las personas de la comunidad LGBT podían reunirse en paz, ya que la Homosexualidad estaba mal vista en esos tiempos. Lo ocurrido aquella madrugada del 28 de junio de 1969, marcó un antes y un después para la comunidad LGBT: Nadie se quedó callado, nadie se quedó quieto, y las manifestaciones de nuestros hermanos fueron claves en la historia.
Hoy, 55 años luego de que se produjera la rebelión de Stonewall donde nuestros compañeros se pronunciaron en contra del rechazo hacia individuos que no han hecho nada malo, nos encontramos en otra época, conviviendo con otra generación muy diferente. Aun así, la lucha no ha terminado. Aunque en 2024 contemos con más derechos a favor de las personas LGBT (como la unión entre personas del mismo sexo o permitir la adopción en parejas homosexuales) ¿Por qué seguimos siendo testigos de Homofobia en la sociedad? ¿Por qué seguimos escuchando que nos iremos al infierno por tener una orientación sexual diferente a la equívocamente establecida por una regla no escrita? ¿Por qué muchos tienen miedo de contarles a su familia que están en pareja con alguien del mismo género? ¿Por qué seguimos viendo crímenes homofóbicos? Como el incendio del barrio de Barracas (provincia de Buenos Aires, Argentina) ocurrido en 2024, donde se atentó contra la vida de 4 lesbianas.
¿Por qué seguimos escuchando de países que penalizan la Homosexualidad con la muerte? ¿Por qué tenemos dirigentes en América latina que exparsen el odio hacia la comunidad LGBT?
Hoy, con la frente en alto y espada en mano, reibindico mis derechos como todos aquellos que forman parte de la comunidad LGBT. Reibindico quien soy y lo que soy, sin miedo al que dirán, porque esos que se llenan la boca de majaderías no me dan de comer: Soy una chica orgullosamente Bisexual, que puede amar a un hombre como también una mujer, y que ser Bisexual no me hace menos persona que al resto. No soy pecadora, porque amar no es un pecado en ninguna de sus variantes; tampoco me iré al infierno, porque no se me castigará por un pecado que no existe, en un lugar de fuego en el que no creo. Además, no tiene sentido alguno que se castigue a alguien cuando no daña a nadie; lo único que hace es amar.
Hoy, tomo mi bandera, y abro mis brazos para acoger a las personas que necesitan un empujón y valor que les permita ser libres: Siendo auténticos, siendo ellos mismos, siendo felices sabiendo que no le deben nada a nadie.
Repitan conmigo: Amar no representa un pecado en ninguna de sus variantes, y no permitas que nadie te convensa de lo contrario. Llegamos a este mundo para ser felices, y la mejor forma de experimentar la felicidad absoluta es brillando, resplandeciendo como el arcoíris.(Mélzefynn)
👩🏽🦯❤️🧡💛💚💙💜🏳️🌈#28DeJunio #DíaDelOrgullo #PrideDay #AmorEsAmor #LoveIsLove #Orgullo #Pride #OrgulloLGBT #PrideLGBT #OrgullosamenteLGBT #SiempreOrgullo #PrideForever #MesDelOrgullo #PrideMonth
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Y aquí va mi aporte a 2 hashtag de un solo Toot: #onelove #Photomonday
Y también #OrgulloLGBT #AmnestyInternational #AmnistiaInternacional #Perú