El origen perdido de la palabra magia: De los sabios persas al concepto distorsionado que tenemos hoy
La transformación de los magush, los verdaderos hombres de ciencia del mundo antiguo a la distorsión del concepto que tenemos hoy
Cuando hoy escuchamos la palabra mago, nuestra mente viaja en automático hacia la imagen de un personaje con sombrero de copa sacando un conejo de la nada, o pensamos en héroes de literatura fantástica que lanzan hechizos con varitas de madera. Sin embargo, este concepto moderno es una distorsión absoluta que borró por completo una de las figuras más cultas, respetadas y científicas de la antigüedad. La realidad es que los primeros magos de la historia no hacían trucos de cartas, no trabajaban en teatros ni creían en supersticiones de feria, sino que eran la élite intelectual y espiritual del Imperio Persa.
Para entender cómo se deformó todo, hay que viajar hasta el siglo VI a. C. en las tierras de la antigua Persia. En aquel tiempo, la palabra mago venía del término persa antiguo magush, que servía para identificar a los miembros de una casta sacerdotal hereditaria, ligada originalmente a una tribu de los medas. Estos hombres eran los encargados oficiales de resguardar el fuego sagrado de la religión zoroastrista, pero sus obligaciones iban muchísimo más allá de los altares. Los magi, como se les conoció después en latín, eran los verdaderos científicos, astrónomos, médicos y consejeros reales de su época.
Un magush pasaba su vida entera estudiando el comportamiento de la naturaleza, las propiedades curativas de las plantas y el movimiento exacto de los cuerpos celestes. En un mundo donde la mayoría de las personas no sabía leer ni escribir, la capacidad de estos sabios para predecir un eclipse mediante el cálculo matemático o para sanar una infección con remedios naturales parecía algo completamente sobrenatural. Su sabiduría sobre el orden del universo era tan inmensa que la palabra de un mago de Persia podía definir el futuro político de un imperio o la estrategia de una guerra entera.
El gran quiebre y la distorsión del concepto comenzó cuando los griegos entraron en contacto con el Imperio Persa y decidieron adoptar el término bajo el vocablo mágos. Al principio, pensadores de la talla de Heródoto describieron a los magos con fascinación por su increíble habilidad para interpretar los sueños y su conocimiento estelar. Pero con el paso del tiempo, el idioma griego empezó a meter en la misma bolsa a los respetables sabios zoroastristas orientales y a los charlatanes locales que vendían supuestos amuletos y hechizos en las calles de Atenas. Fue ahí donde nació el término magas techne, que los romanos tradujeron más tarde como ars magica, el arte de intentar manipular las leyes naturales mediante rituales oscuros.
Esta confusión se mezcló con los siglos y terminó de asentarse en la cultura popular gracias a las traducciones de textos antiguos y a la llegada de los espectáculos ambulantes durante la Edad Media y el Renacimiento. Los prestidigitadores que imitaban milagros mediante juegos de manos adoptaron con orgullo el viejo título de magos para llamar la atención del público y ganar unas monedas, completando el olvido de los antiguos eruditos de Oriente. Es una verdadera lástima que una palabra que al principio significaba poder, conocimiento profundo y dominio de las ciencias naturales haya terminado denigrada a un sinónimo de ilusión, engaño visual y entretenimiento de fin de semana.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y blogger del fediverso
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