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En el cementerio de Colรณn, cuando cae la noche de verdad y La Habana se queda en ese silencio espeso que no sale en las guรญas, el aire cambia.
Los vigilantes lo saben.
No siempre ven algo claro, pero siempre sienten algo.
Pasos donde no hay nadie.
Sombras que no coinciden con ningรบn cuerpo.
La sensaciรณn incรณmoda de que alguien te observa desde un mausoleo cerrado.
No hablan de un espรญritu concreto.
No hay nombre ni forma fija.
Dicen que es el cementerio entero. Que cada tumba, cada estatua, cada pasillo largo guarda algo de quienes se quedaron allรญ.
Y cuando caminas entre los panteones, no estรกs soloโฆ aunque no veas a nadie.
Algunos cuentan que las figuras aparecen entre las lรกpidas y se deshacen al mirarlas de frente.
Otros dicen que es peor cuando no se ve nada, cuando solo notas esa presiรณn en el pecho que te pide salir de allรญ cuanto antes.
Nadie corre.
Correr serรญa admitirlo.
El terror cubano no grita ni persigue.
Te espera.
Se queda quieto, paciente, mezclado con la piedra, con la historia, con los muertos que nunca terminaron de irse.
Y cuando sales del cementerio y cierras la verja, el alivio dura poco. Porque lo mรกs inquietante no es lo que viste dentroโฆ
es la certeza de que algo te vio a ti.
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