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Hay algo que me molesta bastante más que el dinero que cobra una persona: la poca vergüenza de quejarse de lo mal que vive cuando hay gente que no llega a fin de mes trabajando, pensionistas que hacen malabares para pagar la luz y familias que miran el precio de cada cosa antes de echarla al carro.
Hace un tiempo conocimos el caso de una jubilada que defendía su derecho a cobrar más de 2.200 euros mensuales entre su pensión de viudedad y su jubilación, además de los ingresos por el alquiler de una propiedad con lo cual llegaba a los 3000€.
Su argumento era que había trabajado y cotizado durante toda su vida y quería disfrutar de un presente digno.
Hasta ahí, cada cual puede defender lo que considera justo.
El problema viene cuando hablamos de dignidad como si tener esos ingresos fuera vivir al límite, mientras otras personas sobreviven con muchísimo menos.
Y cuando, además, aparecen informaciones sobre sus vacaciones habituales en hoteles de cuatro estrellas frente al mar, la cosa adquiere otro matiz.
No por alojarse en un buen hotel, que cada cual se gasta su dinero como le da la gana, sino por la falta de perspectiva que a veces acompaña a ciertas quejas.
Porque no se trata de enfrentar a jóvenes contra mayores, ni de reprocharle a nadie que haya cotizado y cobre lo que le corresponde.
Hay personas mayores que viven con pensiones miserables y merecen todo nuestro respeto.
También hay jóvenes que trabajan y no pueden permitirse una vivienda, y personas que llevan toda la vida trabajando y apenas pueden pagar sus necesidades básicas.
Lo que indigna es perder de vista la realidad de los demás.
Es hablar de sacrificios sin reconocer los privilegios propios, reclamar una vida digna sin preguntarse cómo viven quienes tienen mucho menos y confundir el derecho a disfrutar con la obligación de quejarse porque uno querría todavía más.
La edad no convierte a nadie en mejor persona, igual que haber trabajado muchos años no te da automáticamente más empatía.
Hay gente generosa con muy poco y gente que tiene de sobra y sigue convencida de que siempre le falta algo.
Y quizá la cuestión no sea cuánto cobra cada uno, sino si somos capaces de mirar más allá de nuestro propio bolsillo antes de decir que no tenemos suficiente.
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