𝑯𝒊𝒑𝒐𝒄𝒓𝒆𝒔𝒊́𝒂: 𝒆𝒍 𝒂𝒄𝒆𝒊𝒕𝒆 𝒔𝒐𝒄𝒊𝒂𝒍
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La hipocresía es un arte fino,
un disfraz que nos ponemos a ratos
para no incendiar el mundo a la primera chispa.
Sonríes fuerte cuando en realidad
te acuerdas de toda la familia
del que tienes delante,
dices “qué bonito vestido”
y piensas “menudo espanto”.
No es obligatoria, dicen,
pero en esta sociedad funciona
como un lubricante invisible
que evita fricciones, dramas y expulsiones sociales.
No es bonita ni noble,
pero a veces es la diferencia
entre sobrevivir intacta
y salir ardiendo de la cena de Navidad.
Ahí estás, en la oficina,
el jefe recitando autoelogios,
tu compañera de mesa fingiendo entusiasmo,
y tú, con tu sonrisa templada,
asintiendo y aplaudiendo ligeramente…
mientras tu cabeza grita:
“Si hablo, nos despiden a todos”.
El café frío al lado, el pijama todavía en casa,
el gato mirando tu vida con juicio absoluto,
y la cordura negociando con tu alma:
“¿realmente necesito otra cosa que enchufar?”
Así es la hipocresía: herramienta de supervivencia,
escudo de civilidad,
y a veces, un suspiro al final del día:
“Sobreviví otro año más a esta obra de teatro”.
La hipocresía no mata,
solo lubrica la convivencia humana,
y si se usa con cuidado,
te permite sonreír sin quemarte,
y mirar la vida con un ojo crítico
y el otro guiñando al caos cotidiano.
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