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🧿 𝑳𝒂 𝒑𝒓𝒊𝒔𝒊𝒐́𝒏 𝒅𝒆 𝑯𝒐𝒍𝒎𝒆𝒔𝒃𝒖𝒓𝒈 🧿
Hay cárceles que encierran delincuentes.
Y luego está Holmesburg, una prisión que durante más de dos décadas encerró algo mucho más inquietante: un inmenso laboratorio humano financiado por universidades, el Ejército de Estados Unidos y algunas de las mayores empresas del mundo.Todo ocurrió en Filadelfia, Pensilvania.
La prisión de Holmesburg abrió sus puertas en **1896** como una cárcel municipal destinada a albergar a delincuentes comunes y personas pendientes de juicio.
Con el paso de los años se fue masificando hasta convertirse en un lugar donde la mayoría de los internos eran hombres pobres, muchos de ellos afroamericanos, con condenas cortas o incapaces de pagar una fianza.
Eran personas con muy pocos recursos y prácticamente sin voz.
Precisamente por eso resultaban tan "atractivas" para quienes buscaban sujetos de experimentación.Todo cambió en 1951, cuando el dermatólogo **Albert Kligman**, de la Universidad de Pensilvania, cruzó por primera vez las puertas de la prisión.
Años después recordaría aquel momento con una frase que todavía hoy pone los pelos de punta:> "Lo único que veía ante mí eran acres de piel."
No vio personas.
Vio miles de centímetros cuadrados de piel sobre los que experimentar.Y así comenzó uno de los mayores escándalos de la historia de la investigación médica estadounidense.
Los presos cobraban pequeñas cantidades de dinero por participar.
Para muchos suponía la única forma de comprar tabaco, comida extra o reunir algo para cuando recuperaran la libertad.
Sobre el papel aceptaban voluntariamente, pero la realidad era muy distinta: casi nunca sabían qué les estaban inyectando, aplicando o haciendo.
El consentimiento informado, tal y como hoy lo entendemos, simplemente no existía.Con el tiempo Holmesburg se convirtió en un gigantesco banco de pruebas para decenas de patrocinadores.
Se calcula que participaron **33 empresas y organismos**, entre ellos **Dow Chemical**, **Johnson & Johnson**, varias farmacéuticas e incluso el Ejército estadounidense.¿Y qué probaban exactamente?
Prácticamente de todo.
Aplicaban cosméticos antes de salir al mercado, cremas, champús, desodorantes, perfumes, detergentes y productos para el acné.
También infectaban deliberadamente a los internos con hongos, herpes, verrugas, estafilococos y otras enfermedades cutáneas para estudiar su evolución o probar tratamientos experimentales.Pero aquello era solo el principio.
Algunos presos fueron expuestos a **dioxina**, uno de los compuestos más tóxicos conocidos y el contaminante más peligroso presente en el Agente Naranja utilizado durante la guerra de Vietnam.
Las dosis administradas llegaron a ser cientos de veces superiores a las previstas inicialmente por la propia empresa patrocinadora.
Muchos desarrollaron lesiones permanentes, cicatrices y graves problemas dermatológicos.También hubo experimentos con **isótopos radiactivos**, sustancias químicas altamente irritantes, radiación, drogas psicoactivas, medicamentos experimentales e incluso estudios financiados por el Ejército para conocer los efectos de determinados compuestos sobre el organismo humano.
Algunos antiguos reclusos relataron años después haber sufrido alucinaciones durante días, parálisis temporales o alteraciones psicológicas que nunca desaparecieron del todo.Muchos salían de la sala de experimentación con la piel llena de ampollas, quemaduras químicas, heridas abiertas o cicatrices que conservarían toda la vida.
Y mientras tanto, el dinero seguía llegando.
Kligman obtuvo millones de dólares en contratos de investigación y una enorme reputación científica.
Paradójicamente, también fue uno de los desarrolladores del famoso tratamiento contra el acné **Retin-A**, un producto que revolucionó la dermatología mientras su pasado en Holmesburg permanecía prácticamente oculto durante años.Todo aquello empezó a tambalearse a comienzos de los años 70.
La sociedad estadounidense ya miraba con enorme desconfianza los experimentos realizados sobre personas vulnerables tras conocerse otros escándalos médicos.
Las críticas crecieron y, en **1974**, los experimentos en Holmesburg terminaron definitivamente.
Poco después, Estados Unidos endureció enormemente las normas éticas para la investigación con seres humanos y prácticamente prohibió utilizar presos como sujetos de investigación biomédica.Sin embargo, para muchos ya era demasiado tarde.
Durante décadas, antiguos internos intentaron llevar a juicio a las empresas, la Universidad de Pensilvania y al propio Kligman.
Presentaron demandas reclamando indemnizaciones y asistencia médica, pero la mayoría fueron desestimadas porque habían prescrito legalmente o por dificultades para demostrar los daños sufridos tantos años después.Albert Kligman nunca reconoció haber actuado de forma inmoral.
Incluso años después seguía defendiendo que aquellos experimentos no tenían nada de malo, una postura que aumentó todavía más la indignación de las víctimas.¿Y qué fue de la prisión?
Holmesburg cerró definitivamente en **1995**.
Durante años permaneció abandonada, deteriorándose poco a poco entre grafitis, ventanas rotas y pasillos vacíos.
En **2023** comenzaron las obras para su demolición, poniendo fin físico a un edificio que para muchos simbolizaba uno de los capítulos más oscuros de la medicina moderna.Pero la historia no ha terminado.
Todavía hoy antiguos supervivientes y sus familias siguen reclamando reparaciones económicas y un reconocimiento pleno del daño sufrido.
Tanto la ciudad de Filadelfia como la Universidad de Pensilvania han acabado pidiendo disculpas públicamente por lo ocurrido, aunque muchas víctimas consideran que esas disculpas llegaron demasiado tarde.Holmesburg pasó a la historia como una cárcel.
Pero para cientos, quizá miles de personas, nunca fue una prisión.
Fue un laboratorio donde el valor de un ser humano llegó a medirse por la cantidad de piel que podía ofrecer para un experimento.▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣
https://www.youtube.com/watch?v=3ZnLpc39bN0
#historia #holmesburg #experimentoshumanos #bioética #filadelfia #albertkligman #derechoshumanos #historiadesconocida #cienciayetica
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🧿 𝑳𝒂 𝒑𝒓𝒊𝒔𝒊𝒐́𝒏 𝒅𝒆 𝑯𝒐𝒍𝒎𝒆𝒔𝒃𝒖𝒓𝒈 🧿
Hay cárceles que encierran delincuentes.
Y luego está Holmesburg, una prisión que durante más de dos décadas encerró algo mucho más inquietante: un inmenso laboratorio humano financiado por universidades, el Ejército de Estados Unidos y algunas de las mayores empresas del mundo.Todo ocurrió en Filadelfia, Pensilvania.
La prisión de Holmesburg abrió sus puertas en **1896** como una cárcel municipal destinada a albergar a delincuentes comunes y personas pendientes de juicio.
Con el paso de los años se fue masificando hasta convertirse en un lugar donde la mayoría de los internos eran hombres pobres, muchos de ellos afroamericanos, con condenas cortas o incapaces de pagar una fianza.
Eran personas con muy pocos recursos y prácticamente sin voz.
Precisamente por eso resultaban tan "atractivas" para quienes buscaban sujetos de experimentación.Todo cambió en 1951, cuando el dermatólogo **Albert Kligman**, de la Universidad de Pensilvania, cruzó por primera vez las puertas de la prisión.
Años después recordaría aquel momento con una frase que todavía hoy pone los pelos de punta:> "Lo único que veía ante mí eran acres de piel."
No vio personas.
Vio miles de centímetros cuadrados de piel sobre los que experimentar.Y así comenzó uno de los mayores escándalos de la historia de la investigación médica estadounidense.
Los presos cobraban pequeñas cantidades de dinero por participar.
Para muchos suponía la única forma de comprar tabaco, comida extra o reunir algo para cuando recuperaran la libertad.
Sobre el papel aceptaban voluntariamente, pero la realidad era muy distinta: casi nunca sabían qué les estaban inyectando, aplicando o haciendo.
El consentimiento informado, tal y como hoy lo entendemos, simplemente no existía.Con el tiempo Holmesburg se convirtió en un gigantesco banco de pruebas para decenas de patrocinadores.
Se calcula que participaron **33 empresas y organismos**, entre ellos **Dow Chemical**, **Johnson & Johnson**, varias farmacéuticas e incluso el Ejército estadounidense.¿Y qué probaban exactamente?
Prácticamente de todo.
Aplicaban cosméticos antes de salir al mercado, cremas, champús, desodorantes, perfumes, detergentes y productos para el acné.
También infectaban deliberadamente a los internos con hongos, herpes, verrugas, estafilococos y otras enfermedades cutáneas para estudiar su evolución o probar tratamientos experimentales.Pero aquello era solo el principio.
Algunos presos fueron expuestos a **dioxina**, uno de los compuestos más tóxicos conocidos y el contaminante más peligroso presente en el Agente Naranja utilizado durante la guerra de Vietnam.
Las dosis administradas llegaron a ser cientos de veces superiores a las previstas inicialmente por la propia empresa patrocinadora.
Muchos desarrollaron lesiones permanentes, cicatrices y graves problemas dermatológicos.También hubo experimentos con **isótopos radiactivos**, sustancias químicas altamente irritantes, radiación, drogas psicoactivas, medicamentos experimentales e incluso estudios financiados por el Ejército para conocer los efectos de determinados compuestos sobre el organismo humano.
Algunos antiguos reclusos relataron años después haber sufrido alucinaciones durante días, parálisis temporales o alteraciones psicológicas que nunca desaparecieron del todo.Muchos salían de la sala de experimentación con la piel llena de ampollas, quemaduras químicas, heridas abiertas o cicatrices que conservarían toda la vida.
Y mientras tanto, el dinero seguía llegando.
Kligman obtuvo millones de dólares en contratos de investigación y una enorme reputación científica.
Paradójicamente, también fue uno de los desarrolladores del famoso tratamiento contra el acné **Retin-A**, un producto que revolucionó la dermatología mientras su pasado en Holmesburg permanecía prácticamente oculto durante años.Todo aquello empezó a tambalearse a comienzos de los años 70.
La sociedad estadounidense ya miraba con enorme desconfianza los experimentos realizados sobre personas vulnerables tras conocerse otros escándalos médicos.
Las críticas crecieron y, en **1974**, los experimentos en Holmesburg terminaron definitivamente.
Poco después, Estados Unidos endureció enormemente las normas éticas para la investigación con seres humanos y prácticamente prohibió utilizar presos como sujetos de investigación biomédica.Sin embargo, para muchos ya era demasiado tarde.
Durante décadas, antiguos internos intentaron llevar a juicio a las empresas, la Universidad de Pensilvania y al propio Kligman.
Presentaron demandas reclamando indemnizaciones y asistencia médica, pero la mayoría fueron desestimadas porque habían prescrito legalmente o por dificultades para demostrar los daños sufridos tantos años después.Albert Kligman nunca reconoció haber actuado de forma inmoral.
Incluso años después seguía defendiendo que aquellos experimentos no tenían nada de malo, una postura que aumentó todavía más la indignación de las víctimas.¿Y qué fue de la prisión?
Holmesburg cerró definitivamente en **1995**.
Durante años permaneció abandonada, deteriorándose poco a poco entre grafitis, ventanas rotas y pasillos vacíos.
En **2023** comenzaron las obras para su demolición, poniendo fin físico a un edificio que para muchos simbolizaba uno de los capítulos más oscuros de la medicina moderna.Pero la historia no ha terminado.
Todavía hoy antiguos supervivientes y sus familias siguen reclamando reparaciones económicas y un reconocimiento pleno del daño sufrido.
Tanto la ciudad de Filadelfia como la Universidad de Pensilvania han acabado pidiendo disculpas públicamente por lo ocurrido, aunque muchas víctimas consideran que esas disculpas llegaron demasiado tarde.Holmesburg pasó a la historia como una cárcel.
Pero para cientos, quizá miles de personas, nunca fue una prisión.
Fue un laboratorio donde el valor de un ser humano llegó a medirse por la cantidad de piel que podía ofrecer para un experimento.▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣
https://www.youtube.com/watch?v=3ZnLpc39bN0
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