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  1. El escarabajo, el gruñón y yo

    Salimos a dar un paseo por el bosque por uno de esos senderos muy concurridos por caminantes y ciclistas. De pronto, la hojarasca comenzó a crujir. Mi marido se quedó observando de dónde venía el ruido, mientras yo avancé unos pasos. Entonces lo vi: un llamativo escarabajo caminaba a toda prisa entre las hojas secas.

    Justo en ese momento venían otras personas por el sendero. Saqué la cámara para fotografiar al hermoso insecto cuando escuché unos pasos casi encima de mí. Levanté la vista y vi a un señor de ceño fruncido, caminando con enormes zancadas y levantando la hojarasca a su paso. Sus pies iban directo hacia el escarabajo.

    Sin pensarlo, me agaché para protegerlo con mi cuerpo.

    El señor, que ya tenía cara de pocos amigos, pareció molestarse todavía más al verme allí, cámara en mano, interrumpiendo su paso. Lo curioso es que tenía espacio de sobra para rodearme.

    —Uf… de la que te salvé —le dije al bichito.

    Como si me hubiera escuchado, se quedó inmóvil por un segundo, dudando si seguir adelante. Yo aproveché ese instante para enfocar y tomar la fotografía.

    Mientras estaba concentrada retratando a tan interesante personaje, escuché a mi marido llamarme desde unos metros más allá.

    —¡Ven, mira! ¡Encontré al que hacía ruido en la hojarasca!

    Había descubierto un simpático ratoncito.

    Yo seguía de cuclillas, procurando que nadie pisara al escarabajo mientras la gente pasaba a nuestro alrededor sin reparar en él.

    —¡No, ven tú! ¡Mira qué bichito más bonito hay aquí!

    Cada uno estaba fascinado con su propio hallazgo. Y la gente seguía caminando, indiferente a las pequeñas maravillas que un bosque puede regalar.

    Mi marido se acercó y los dos nos quedamos observando al escarabajo.

    Le susurré:

    —Qué gente más gruñona. Caminan por el bosque, pero les hace falta un verdadero baño de bosque.

    Con mucho cuidado acerqué una ramita para que el escarabajo subiera. Cuando lo hizo, lo trasladé unos metros hacia el interior del bosque.

    —Si sigues por ahí, vas a terminar bajo el zapato de alguien… o bajo la rueda de una bicicleta. Mejor te dejo por acá.

    Mi marido soltó una carcajada.

    —¿Y si iba a una cita con alguien y tú la cambiaste de dirección? Capaz que era su única oportunidad para reproducirse.

    Yo preferí pensar en positivo.

    —Seguro que en el interior del bosque tiene todavía más posibilidades de encontrar pareja.

    El hermoso escarabajo era una hembra de ciervo volante europeo (Lucanus cervus), una especie protegida en buena parte de Europa. Sus poblaciones han disminuido debido, entre otras razones, a la desaparición de la madera muerta en muchos bosques gestionados, precisamente el lugar donde sus larvas pasan varios años desarrollándose dentro de troncos y raíces en descomposición.

    Desde que llegué a Stuttgart había visto muchas fotografías de ciervos volantes, pero nunca uno de verdad. Por eso este encuentro fue un regalo doble: no solo pude verlo y fotografiarlo, sino también ayudarlo a esquivar, al menos por ese momento, una enorme bota malhumorada.

    Cuando camines por un bosque —o por cualquier lugar— recuerda que bajo tus pies puede haber un ser diminuto avanzando con todas sus fuerzas para seguir viviendo.

    Todos importamos en este planeta… incluso los señores malhumorados.

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    #Bosques #CiervoVolador #Escarabajos #EspecieProtegida #insectos #NaturalezaSalvaje