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Humanidad superará el límite de 1.5 °C y deberá reducir al mínimo el sobrecalentamiento: ONU
El PNUMA advierte que superar temporalmente los 1.5 °C es inevitable, pero António Guterres afirma que todavía es posible limitar el aumento de temperatura y regresar a ese objetivo antes de finalizar el siglo.
Por José Víctor Rodríguez | Reportero
La humanidad se encamina a superar el límite de 1.5 °C establecido por el Acuerdo de París, pero todavía puede reducir la magnitud y duración de ese sobrecalentamiento si acelera de inmediato la reducción de emisiones, advirtió el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), António Guterres.
El nuevo informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) sobre el sobrepaso de 1.5 °C señala que, bajo las políticas actuales y distintas trayectorias de corto plazo, rebasar temporalmente ese umbral ya se considera inevitable. La prioridad, según el organismo, es limitar cuánto se eleva la temperatura y cuánto tiempo permanece por encima del objetivo.
Guterres sostuvo que cada fracción adicional de calentamiento incrementa los riesgos para la población, las economías y los ecosistemas. Por ello, llamó a acelerar la transición energética, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y proteger bosques, tierras y océanos.
El sobrepaso de 1.5 °C será temporal, pero tendrá consecuencias
El PNUMA define el sobrepaso climático como un periodo en el que la temperatura global rebasa 1.5 °C, alcanza un máximo y posteriormente puede disminuir. El nuevo análisis advierte que un mayor nivel máximo de calentamiento y una permanencia más prolongada por encima del umbral implican mayores riesgos para las personas y la naturaleza.
El organismo considera que las decisiones adoptadas en los próximos años serán determinantes. Reducir el máximo de calentamiento y acortar el periodo de sobrepaso disminuiría la posibilidad de alcanzar umbrales irreversibles y reduciría las dificultades para adaptar a las sociedades y los ecosistemas.
La advertencia se suma a los resultados del Informe sobre la Brecha de Emisiones 2025, que estimó que la aplicación plena de los compromisos climáticos nacionales llevaría a un calentamiento de entre 2.3 y 2.5 °C durante este siglo, mientras las políticas actualmente vigentes apuntan hacia aproximadamente 2.8 °C.
Guterres pide acelerar la transición energética
Ante este escenario, el secretario general de la ONU pidió acelerar la eliminación gradual de los combustibles fósiles y ampliar el uso de energías renovables.
También planteó reducir las emisiones de metano y fortalecer la protección de bosques, tierras y océanos como parte de una estrategia para contener el calentamiento global.
El llamado incluye a los gobiernos, que deberán elevar la ambición de sus planes climáticos nacionales y de sus compromisos para alcanzar emisiones netas cero. Los países desarrollados, además, deben aumentar el financiamiento destinado a la adaptación climática y asegurar que los recursos lleguen a las poblaciones más expuestas.
Todavía existe una ruta para regresar a 1.5 °C
El nuevo informe del PNUMA sostiene que superar temporalmente 1.5 °C no significa abandonar ese objetivo. La estrategia que identifica como la mejor alternativa disponible consiste en limitar el sobrepaso, alcanzar un máximo de calentamiento lo más bajo posible y después reducir progresivamente la temperatura.
El organismo advierte que regresar a 1.5 °C será extremadamente difícil y requerirá reducciones rápidas y profundas de las emisiones. El análisis también señala que cada fracción de grado que se evite implica menores daños para las personas, las economías y los ecosistemas.
El Acuerdo de París, adoptado hace una década, estableció como objetivo mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C respecto de los niveles preindustriales y continuar los esfuerzos para limitarlo a 1.5 °C. La evidencia científica disponible muestra que ese objetivo enfrenta una presión creciente, pero que todavía existen alternativas para reducir los riesgos asociados al calentamiento. –sn–
António Guterres. EFE/Justin Lane¡Conéctate con Sociedad Noticias! Suscríbete a nuestro canal de YouTube y activa las notificaciones, o bien, síguenos en las redes sociales: Facebook, Twitter e Instagram.
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Cambio climático: cuando la ciudadanía también decide el futuro
Por: Juan José Alva Sánchez
“Hay calor amarillo y calor verde. El de ahora es calor rojo”.
José Emilio Pacheco
La crisis climática suele narrarse desde las grandes cumbres internacionales, los acuerdos entre países y los programas de gobierno. Todo eso importa. Pero si algo enseña la historia ambiental reciente es que las metas públicas solo se vuelven realidad cuando aterrizan en decisiones concretas: cómo nos movemos, qué consumimos, qué exigimos, qué dejamos de normalizar y qué tipo de información aceptamos como verdadera.
Hace unos días, el Gobierno federal adoptó el Programa Especial de Cambio Climático 2026-2030, una hoja de ruta que busca convertir compromisos climáticos en metas, acciones, presupuesto e indicadores verificables en los próximos años. La decisión es relevante porque traduce la discusión internacional a instrumentos de planeación pública: mitigación, adaptación, pérdidas y daños, coordinación institucional y evaluación anual. En otras palabras, intenta pasar del discurso a la administración de resultados.
El problema es que la crisis climática no se resuelve únicamente desde la planeación gubernamental. Los gobiernos pueden regular, invertir, coordinar y sancionar; pueden construir transporte público, modificar incentivos, ordenar territorios y proteger ecosistemas. Pero también pueden retrasar decisiones, negar la evidencia o subordinar la política ambiental a cálculos electorales y económicos de corto plazo. En los últimos años hemos visto cómo incluso gobiernos con enorme peso internacional han cuestionado o debilitado compromisos climáticos, incluida la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Esa fragilidad política deja una lección incómoda: la defensa del planeta no puede depender por completo de la voluntad de un gobierno en turno.
Esto no significa trasladar toda la responsabilidad a las personas, como si bastara con cambiar focos, separar basura o llevar una bolsa reutilizable. Sería injusto y, además, insuficiente. Las grandes fuentes de emisiones están asociadas a sistemas energéticos, modelos de producción, transporte, industria, agricultura, cadenas de suministro y patrones urbanos que ningún individuo puede transformar por sí solo. Sin embargo, también sería un error pensar que las decisiones individuales son irrelevantes. En sociedades masivas, lo cotidiano se vuelve estructural: millones de elecciones pequeñas producen mercados, presiones públicas, cambios culturales y nuevas exigencias políticas.
Más información no siempre significa más conciencia
Hoy sabemos más sobre cambio climático que hace treinta años. La ciencia ha documentado el aumento de la temperatura global, el calentamiento de los océanos, la pérdida de hielo, la intensificación de algunos eventos extremos y los riesgos para la salud, la seguridad alimentaria y el acceso al agua. La Organización Meteorológica Mundial ha señalado que el periodo 2015-2025 concentra los once años más cálidos desde que existen registros instrumentales. La información existe; el reto es convertirla en criterio de acción.
Ahí aparece una paradoja de nuestra época: tenemos más datos, pero no necesariamente más disposición a modificar hábitos. La información climática convive con la desinformación, el cansancio social, la indiferencia y el greenwashing. Muchas marcas, instituciones y personas adoptan gestos verdes visibles, pero evitan cambios de fondo. El ejemplo de los popotes lo ilustra bien: la imagen de una tortuga lastimada por un popote generó una reacción social potente y ayudó a reducir un objeto innecesario de plástico de un solo uso. Fue un avance cultural. Pero si la bebida siguió entregándose en vaso desechable, con tapa plástica y cadena de consumo intacta, el cambio quedó a medio camino.
La lección no es despreciar las acciones pequeñas. La lección es ordenarlas. Una decisión cotidiana tiene mayor valor cuando forma parte de una comprensión más amplia: reducir residuos, consumir menos, reparar antes de reemplazar, elegir transporte público o compartido cuando sea posible, moderar el consumo energético, cuidar el agua, disminuir el desperdicio de alimentos y votar o exigir políticas públicas coherentes. El ciudadano informado no solo cambia una práctica; cambia la pregunta que se hace antes de decidir.
La ciudadanía como fuerza climática
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha subrayado que las estrategias del lado de la demanda pueden reducir de forma significativa las emisiones globales hacia 2050, sobre todo si se combinan cambios tecnológicos, infraestructura adecuada y modificaciones socioculturales. Este punto es crucial: no se trata de romantizar el sacrificio individual, sino de reconocer que los estilos de vida también son parte del sistema climático.
Pensemos en la movilidad. Una persona puede querer usar menos el automóvil, pero necesita transporte público seguro, frecuente y digno. Puede querer instalar paneles solares, pero requiere financiamiento, reglas claras y condiciones económicas realistas. Puede querer consumir productos con menor huella ambiental, pero necesita información confiable, precios accesibles y alternativas disponibles. Por eso la acción ciudadana y la acción gubernamental no deben verse como polos opuestos. Se necesitan mutuamente.
La ciudadanía informada cumple al menos tres funciones. Primero, modifica patrones de consumo y reduce la demanda de prácticas ambientalmente dañinas. Segundo, presiona a empresas e instituciones para elevar sus estándares. Tercero, castiga políticamente la negación de la crisis climática. Cuando una sociedad entiende que el clima no es un asunto lejano sino una condición de vida, la política ambiental deja de ser un tema secundario y se vuelve una exigencia democrática.
La capa de ozono: una historia que sí salió bien
El mejor ejemplo de que la humanidad puede corregir una trayectoria ambiental peligrosa es la recuperación de la capa de ozono. En la década de 1970, los científicos Mario Molina y F. Sherwood Rowland advirtieron que los clorofluorocarbonos, conocidos como CFC, podían destruir ozono en la estratósfera. La advertencia fue incómoda porque esos compuestos estaban presentes en aerosoles, refrigerantes y otros productos de uso extendido. La ciencia abrió el debate; la política tuvo que reaccionar.
El Protocolo de Montreal, firmado en 1987 y en vigor desde 1989, estableció controles internacionales para eliminar gradualmente sustancias que agotaban la capa de ozono. No fue un gesto simbólico: fue una regulación global con metas, calendarios, sustitución tecnológica, seguimiento científico y cumplimiento progresivo. De acuerdo con Naciones Unidas, se ha eliminado cerca del 99 por ciento de las sustancias prohibidas que dañaban el ozono, y la capa de ozono se encuentra en ruta de recuperación durante las próximas décadas.
Pero la historia no se explica solo por tratados. También importó que millones de consumidores aceptaran cambiar productos, que la industria encontrara sustitutos, que los medios difundieran el problema y que la sociedad entendiera que una decisión aparentemente cotidiana, como usar cierto aerosol o refrigerante, estaba conectada con un daño planetario. La capa de ozono demuestra que cuando la ciencia es tomada en serio, la política regula y la ciudadanía acompaña, los sistemas sí pueden cambiar.
Del gesto verde a la decisión informada
El cambio climático es más complejo que el agujero de ozono. No depende de una sola familia de sustancias, sino de la forma en que producimos energía, organizamos ciudades, transportamos mercancías, construimos vivienda, consumimos alimentos y medimos el desarrollo. Por eso no habrá una solución única ni inmediata. Pero la lógica del Protocolo de Montreal deja una orientación útil: la ciencia debe marcar el diagnóstico, los gobiernos deben crear condiciones y la ciudadanía debe convertir la conciencia en comportamiento colectivo.
Para que eso ocurra, necesitamos pasar del gesto verde a la decisión informada. Separar residuos ayuda, pero ayuda más cuando se acompaña de menor consumo y mejores sistemas de recolección. Comprar un producto “ecológico” puede ser positivo, pero solo si no encubre sobreconsumo. Usar menos el automóvil es deseable, pero exige transporte público, ciclovías, calles seguras y planeación urbana. La responsabilidad individual no debe ser una coartada para que gobiernos y empresas evadan su papel; debe ser la base social que vuelve exigibles las transformaciones mayores.
También necesitamos comunicar mejor. El cambio climático no puede presentarse únicamente como una catástrofe abstracta o como una lista de prohibiciones. Debe explicarse desde la vida diaria: el calor que modifica rutinas, las lluvias atípicas que desbordan calles, la sequía que presiona el abasto de agua, los alimentos que suben de precio, las enfermedades asociadas a mala calidad del aire y la pérdida de áreas verdes que hace más hostiles nuestras ciudades. Cuando el problema se entiende en el cuerpo y en el territorio, deja de ser una noticia lejana.
Conclusión: decidir también es gobernar
Cada año se anuncian nuevas metas nacionales e internacionales contra el cambio climático. Son necesarias, pero no suficientes. Las metas son mapas; la transformación ocurre en las rutas concretas que recorren gobiernos, empresas, comunidades y personas. Si una parte falla, el avance se vuelve frágil. Si todas se articulan, la acción climática deja de ser un ideal y se vuelve una práctica social.
La crisis climática nos obliga a mirar la política de otra manera. No basta con esperar que los gobiernos resuelvan todo, sobre todo cuando algunos niegan, no conocen o minimizan el problema. Pero tampoco basta con pedirle heroicidad al ciudadano aislado. Lo que se necesita es una ciudadanía informada, capaz de tomar mejores decisiones, exigir mejores políticas y distinguir entre compromiso real y simulación verde.
La historia de la capa de ozono muestra que la humanidad puede corregir el rumbo cuando ciencia, gobierno, industria y sociedad se mueven en la misma dirección. Esa es quizá la enseñanza más esperanzadora para nuestro tiempo: las decisiones individuales no salvan al planeta por separado, pero cuando se vuelven cultura, mercado, presión pública y política democrática, pueden cambiarlo todo.
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@diegolunaq sobre la paradoja detrás del #desarrollo del #hidrógenoverde en la región de #Magallanes.
“Se termina perpetuando un modelo injusto donde quienes pagan los costos son las #comunidades, los #ecosistemas”.