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  1. Diputada propone hasta 30 años de prisión por ecocidio

    Verónica Martínez García propone tipificar el ecocidio en México con hasta 30 años de prisión, multas de 50 mil días y reparación integral del daño ambiental.

    Por Gabriela Díaz | Reportera                                           

    La diputada federal Verónica Martínez García propuso tipificar el ecocidio como delito en el Código Penal Federal, con penas de 15 a 30 años de prisión para quienes provoquen daños graves, extensos o irreversibles a ecosistemas, biodiversidad o servicios ambientales.

    La iniciativa plantea además multas de cinco mil a 50 mil días y la obligación de reparar integralmente el daño ocasionado al medio ambiente. La propuesta busca establecer criterios específicos para determinar cuándo una afectación ambiental alcanza la gravedad necesaria para constituir ecocidio.

    La legisladora del Partido Revolucionario Institucional (PRI) planteó incorporar el artículo 416 Bis al Código Penal Federal, con el propósito de establecer una definición legal del delito y diferenciarlo de otras conductas contra el medio ambiente.

    Así funcionaría el delito de ecocidio

    La propuesta contempla sancionar conductas realizadas de manera dolosa, ya sea por acción u omisión, cuando produzcan un impacto grave, extenso o irreversible en los ecosistemas, la biodiversidad o los servicios ambientales.

    De acuerdo con el planteamiento legislativo, las penas podrían incrementarse hasta en una mitad cuando el daño ocurra en áreas naturales protegidas, reservas de la biosfera o sitios Ramsar.

    También se considerarían agravantes los casos que afecten especies en peligro de extinción, comprometan el suministro de agua para consumo humano o involucren a servidores públicos.

    Martínez García sostuvo que el artículo 4 de la Constitución reconoce el derecho de toda persona a un medio ambiente sano, pero señaló que persisten afectaciones relacionadas con actividades industriales irregulares, deforestación, contaminación de cuencas hidrológicas y otros daños ambientales.

    Empresas también enfrentarían sanciones

    La iniciativa contempla medidas específicas para las personas morales involucradas en la comisión del delito, además de las responsabilidades penales correspondientes a quienes participen directamente en las conductas sancionadas.

    Entre las medidas propuestas se encuentran la suspensión de actividades hasta por diez años y la clausura definitiva de establecimientos relacionados con la comisión del ilícito.

    El proyecto también plantea la prohibición para operar, la cancelación de concesiones y, en determinados casos, la disolución de la persona moral cuando haya sido utilizada para cometer el delito ambiental.

    La propuesta establece así un esquema que no se limitaría a sancionar a personas físicas, sino que buscaría generar consecuencias jurídicas para empresas involucradas en daños ambientales considerados graves. –sn–

    Sociedad Noticias

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  2. “La cantidad de carbono liberado durante el PETM es similar a la cantidad de carbono contenida en nuestros yacimientos conocidos de combustibles fósiles. Sin embargo, la tasa de liberación es mucho más rápida hoy en día: estamos haciendo en aproximadamente 100 años lo que tomó entre 1.000 y 10.000 años”

    elpais.com/ciencia/2026-08-13/

  3. “La cantidad de carbono liberado durante el PETM es similar a la cantidad de carbono contenida en nuestros yacimientos conocidos de combustibles fósiles. Sin embargo, la tasa de liberación es mucho más rápida hoy en día: estamos haciendo en aproximadamente 100 años lo que tomó entre 1.000 y 10.000 años”

    elpais.com/ciencia/2026-08-13/

    #CambioClimático #Ecosistemas

  4. “La cantidad de carbono liberado durante el PETM es similar a la cantidad de carbono contenida en nuestros yacimientos conocidos de combustibles fósiles. Sin embargo, la tasa de liberación es mucho más rápida hoy en día: estamos haciendo en aproximadamente 100 años lo que tomó entre 1.000 y 10.000 años”

    elpais.com/ciencia/2026-08-13/

    #CambioClimático #Ecosistemas

  5. “La cantidad de carbono liberado durante el PETM es similar a la cantidad de carbono contenida en nuestros yacimientos conocidos de combustibles fósiles. Sin embargo, la tasa de liberación es mucho más rápida hoy en día: estamos haciendo en aproximadamente 100 años lo que tomó entre 1.000 y 10.000 años”

    elpais.com/ciencia/2026-08-13/

    #CambioClimático #Ecosistemas

  6. “La cantidad de carbono liberado durante el PETM es similar a la cantidad de carbono contenida en nuestros yacimientos conocidos de combustibles fósiles. Sin embargo, la tasa de liberación es mucho más rápida hoy en día: estamos haciendo en aproximadamente 100 años lo que tomó entre 1.000 y 10.000 años”

    elpais.com/ciencia/2026-08-13/

    #CambioClimático #Ecosistemas

  7. Humanidad superará el límite de 1.5 °C y deberá reducir al mínimo el sobrecalentamiento: ONU

    El PNUMA advierte que superar temporalmente los 1.5 °C es inevitable, pero António Guterres afirma que todavía es posible limitar el aumento de temperatura y regresar a ese objetivo antes de finalizar el siglo.

    Por José Víctor Rodríguez | Reportero                                                        

    La humanidad se encamina a superar el límite de 1.5 °C establecido por el Acuerdo de París, pero todavía puede reducir la magnitud y duración de ese sobrecalentamiento si acelera de inmediato la reducción de emisiones, advirtió el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), António Guterres.

    El nuevo informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) sobre el sobrepaso de 1.5 °C señala que, bajo las políticas actuales y distintas trayectorias de corto plazo, rebasar temporalmente ese umbral ya se considera inevitable. La prioridad, según el organismo, es limitar cuánto se eleva la temperatura y cuánto tiempo permanece por encima del objetivo.

    Guterres sostuvo que cada fracción adicional de calentamiento incrementa los riesgos para la población, las economías y los ecosistemas. Por ello, llamó a acelerar la transición energética, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y proteger bosques, tierras y océanos.

    El sobrepaso de 1.5 °C será temporal, pero tendrá consecuencias

    El PNUMA define el sobrepaso climático como un periodo en el que la temperatura global rebasa 1.5 °C, alcanza un máximo y posteriormente puede disminuir. El nuevo análisis advierte que un mayor nivel máximo de calentamiento y una permanencia más prolongada por encima del umbral implican mayores riesgos para las personas y la naturaleza.

    https://sociedad-noticias.com/2026/09/03/huracan-marie-se-intensifica-a-categoria-2-refuerza-lluvias-y-cierra-puertos-en-baja-california-sur/

    El organismo considera que las decisiones adoptadas en los próximos años serán determinantes. Reducir el máximo de calentamiento y acortar el periodo de sobrepaso disminuiría la posibilidad de alcanzar umbrales irreversibles y reduciría las dificultades para adaptar a las sociedades y los ecosistemas.

    La advertencia se suma a los resultados del Informe sobre la Brecha de Emisiones 2025, que estimó que la aplicación plena de los compromisos climáticos nacionales llevaría a un calentamiento de entre 2.3 y 2.5 °C durante este siglo, mientras las políticas actualmente vigentes apuntan hacia aproximadamente 2.8 °C.

    Guterres pide acelerar la transición energética

    Ante este escenario, el secretario general de la ONU pidió acelerar la eliminación gradual de los combustibles fósiles y ampliar el uso de energías renovables.

    También planteó reducir las emisiones de metano y fortalecer la protección de bosques, tierras y océanos como parte de una estrategia para contener el calentamiento global.

    El llamado incluye a los gobiernos, que deberán elevar la ambición de sus planes climáticos nacionales y de sus compromisos para alcanzar emisiones netas cero. Los países desarrollados, además, deben aumentar el financiamiento destinado a la adaptación climática y asegurar que los recursos lleguen a las poblaciones más expuestas.

    Todavía existe una ruta para regresar a 1.5 °C

    El nuevo informe del PNUMA sostiene que superar temporalmente 1.5 °C no significa abandonar ese objetivo. La estrategia que identifica como la mejor alternativa disponible consiste en limitar el sobrepaso, alcanzar un máximo de calentamiento lo más bajo posible y después reducir progresivamente la temperatura.

    El organismo advierte que regresar a 1.5 °C será extremadamente difícil y requerirá reducciones rápidas y profundas de las emisiones. El análisis también señala que cada fracción de grado que se evite implica menores daños para las personas, las economías y los ecosistemas.

    El Acuerdo de París, adoptado hace una década, estableció como objetivo mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C respecto de los niveles preindustriales y continuar los esfuerzos para limitarlo a 1.5 °C. La evidencia científica disponible muestra que ese objetivo enfrenta una presión creciente, pero que todavía existen alternativas para reducir los riesgos asociados al calentamiento. –sn–

    António Guterres. EFE/Justin Lane

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  8. Malditos sean los ríos, pues echan sus aguas al mar (4/5)

    Este artículo se publicó en Patreon el 7 de marzo de 2026

    Y llegan las especies invasoras

    Claro. No sería yo mismo si no metiese las especies invasoras por algún lado, ¿no?

    Cuando dos cuencas están aisladas por barreras naturales, como puede ser una cadena montañosa, la fauna que habita en una de las cuencas normalmente no puede pasar a otra. Sin embargo, en el momento en que haces un trasvase estás facilitando que la fauna de ambas cuencas entren en contacto.

    ¿Sabéis lo que sucedió hace unos pocos millones de años en América? Lo que antes eran dos continentes separados por un océano, en un momento dado toman contacto a través del recién formado istmo de Panamá. La fauna de Sudamérica, que llevaba decenas de millones de años aislada y evolucionando por su propio camino, tomó contacto con la fauna de Norteamérica, y sucedió un evento que es conocido como el gran intercambio faunístico americano. Evento que causó la extinción de mucha fauna —especialmente en el continente sudamericano—.

    Cada vez que hacemos un trasvase de agua entre cuencas estamos haciendo lo mismo, aunque a una escala mucho más pequeña y, también, más rápida.

    Cada vez que hacemos un trasvase de agua entre cuencas estamos haciendo lo mismo, aunque a una escala mucho más pequeña y, también, más rápida. Y en España ya tenemos casos de manual. El mejillón cebra (Dreissena polymorpha), originario de la cuenca del Mar Negro y del Caspio, llegó a través de canales de navegación europeos, pero una vez aquí ha utilizado los trasvases como autovías para colonizar nuevas cuencas, y se trata de una de las 100 especies invasoras más dañinas del mundo.

    Cherubino vía Wikimedia (CC BY-SA 3.0)

    Es un pequeño bivalvo capaz de reproducirse a velocidades de vértigo y de adherirse a cualquier superficie dura. Las tuberías de los trasvases, los canales, las infraestructuras de riego: todo se convierte en suelo fértil para sus colonias. El resultado es un desastre económico y ecológico. Las colonias de mejillón cebra tapan tuberías, obstruyen tomas de agua, destruyen turbinas hidroeléctricas, aumentan los costes de mantenimiento de las infraestructuras hidráulicas y desplazan a las especies autóctonas. Entró en España en el Ebro, expandiéndose rápido por las cuencas del Júcar y del Segura, todos mares con vertiente mediterránea. En el Tajo, su presencia ha alterado drásticamente los ecosistemas bentónicos, esos mundos pequeños que viven en el fondo de los ríos. Y al parecer, llegaron al Tajo desde el Segura.

    Pero no solo viajan animales —mejillones, cangrejos, almejas, peces, etcétera—. También llegan algas, bacterias, virus, protozoos. El trasvase no discrimina: si cabe por la tubería, pasa. Y si en la cuenca de origen hay una plaga, una floración algal tóxica, un patógeno emergente, el trasvase se convierte en el mensajero perfecto. Es como abrir una línea aérea directa entre dos ciudades y sorprenderse de que los virus viajen en turista.

    Y aquí entra el elemento que suele omitirse en los informes técnicos: el coste. Y sin que sirva de precedente, no me estoy refiriendo al innegable coste ambiental, que es enorme e incalculable; me refiero al contante y sonante, al coste en euros, en facturas, en dinero de todos que alguien, en algún momento, tendrá que pagar. Las empresas gestoras de agua ya incluyen partidas específicas para limpieza de tomas, tratamientos químicos y revisiones de tuberías en contra del mejillón cebra.

    Pero hay algo más sutil, más difícil de cuantificar pero igual de grave: la homogeneización. Cuando conectas dos cuencas, no solo trasladas especies; trasladas presiones evolutivas, competencias, enfermedades. Los ecosistemas fluviales españoles, aislados durante milenios por nuestra compleja geografía montañosa, desarrollaron comunidades únicas, endemismos, adaptaciones locales. El Tajo no era el Segura, ni debía serlo. Al conectarlos, estamos creando un solo río largo y artificial, una especie de supercuenca donde las especies más agresivas, las más generalistas, las más resistentes, acaban ganando. Y las especies locales, las que habían encontrado su nicho, su equilibrio, su manera de vivir en ese río concreto, pierden.

    El gran intercambio americano duró millones de años y causó extinciones masivas. Nuestros trasvases son un intercambio exprés, en tiempo real, sin periodos de adaptación. Y mientras tanto, seguimos construyendo nuevos istmos de Panamá hidráulicos, porque alguien ha decidido que el agua de aquí sobra y la de allí falta, y porque prometer ríos nuevos gana más votos que explicar ciclos biogeográficos.

    Y ahora disculpadme, que mi fontanero acaba de llamar. Dice que ha encontrado el mejillón, pero que no me preocupe, que tiene una solución: va a instalar un trasvase desde la cocina al baño para traer más agua y ahogarlo.


    #Biología #EcologíaYMedioAmbiente #Ecosistemas #EspeciesInvasoras #importadoPatreon #Medios #Patreon #Sostenibilidad
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    vía Vary Ingweion / @VaryIngweion —
    https://alvarobayon.com/77750
  9. Malditos sean los ríos, pues echan sus aguas al mar (4/5)

    Este artículo se publicó en Patreon el 7 de marzo de 2026

    Y llegan las especies invasoras

    Claro. No sería yo mismo si no metiese las especies invasoras por algún lado, ¿no?

    Cuando dos cuencas están aisladas por barreras naturales, como puede ser una cadena montañosa, la fauna que habita en una de las cuencas normalmente no puede pasar a otra. Sin embargo, en el momento en que haces un trasvase estás facilitando que la fauna de ambas cuencas entren en contacto.

    ¿Sabéis lo que sucedió hace unos pocos millones de años en América? Lo que antes eran dos continentes separados por un océano, en un momento dado toman contacto a través del recién formado istmo de Panamá. La fauna de Sudamérica, que llevaba decenas de millones de años aislada y evolucionando por su propio camino, tomó contacto con la fauna de Norteamérica, y sucedió un evento que es conocido como el gran intercambio faunístico americano. Evento que causó la extinción de mucha fauna —especialmente en el continente sudamericano—.

    Cada vez que hacemos un trasvase de agua entre cuencas estamos haciendo lo mismo, aunque a una escala mucho más pequeña y, también, más rápida.

    Cada vez que hacemos un trasvase de agua entre cuencas estamos haciendo lo mismo, aunque a una escala mucho más pequeña y, también, más rápida. Y en España ya tenemos casos de manual. El mejillón cebra (Dreissena polymorpha), originario de la cuenca del Mar Negro y del Caspio, llegó a través de canales de navegación europeos, pero una vez aquí ha utilizado los trasvases como autovías para colonizar nuevas cuencas, y se trata de una de las 100 especies invasoras más dañinas del mundo.

    Cherubino vía Wikimedia (CC BY-SA 3.0)

    Es un pequeño bivalvo capaz de reproducirse a velocidades de vértigo y de adherirse a cualquier superficie dura. Las tuberías de los trasvases, los canales, las infraestructuras de riego: todo se convierte en suelo fértil para sus colonias. El resultado es un desastre económico y ecológico. Las colonias de mejillón cebra tapan tuberías, obstruyen tomas de agua, destruyen turbinas hidroeléctricas, aumentan los costes de mantenimiento de las infraestructuras hidráulicas y desplazan a las especies autóctonas. Entró en España en el Ebro, expandiéndose rápido por las cuencas del Júcar y del Segura, todos mares con vertiente mediterránea. En el Tajo, su presencia ha alterado drásticamente los ecosistemas bentónicos, esos mundos pequeños que viven en el fondo de los ríos. Y al parecer, llegaron al Tajo desde el Segura.

    Pero no solo viajan animales —mejillones, cangrejos, almejas, peces, etcétera—. También llegan algas, bacterias, virus, protozoos. El trasvase no discrimina: si cabe por la tubería, pasa. Y si en la cuenca de origen hay una plaga, una floración algal tóxica, un patógeno emergente, el trasvase se convierte en el mensajero perfecto. Es como abrir una línea aérea directa entre dos ciudades y sorprenderse de que los virus viajen en turista.

    Y aquí entra el elemento que suele omitirse en los informes técnicos: el coste. Y sin que sirva de precedente, no me estoy refiriendo al innegable coste ambiental, que es enorme e incalculable; me refiero al contante y sonante, al coste en euros, en facturas, en dinero de todos que alguien, en algún momento, tendrá que pagar. Las empresas gestoras de agua ya incluyen partidas específicas para limpieza de tomas, tratamientos químicos y revisiones de tuberías en contra del mejillón cebra.

    Pero hay algo más sutil, más difícil de cuantificar pero igual de grave: la homogeneización. Cuando conectas dos cuencas, no solo trasladas especies; trasladas presiones evolutivas, competencias, enfermedades. Los ecosistemas fluviales españoles, aislados durante milenios por nuestra compleja geografía montañosa, desarrollaron comunidades únicas, endemismos, adaptaciones locales. El Tajo no era el Segura, ni debía serlo. Al conectarlos, estamos creando un solo río largo y artificial, una especie de supercuenca donde las especies más agresivas, las más generalistas, las más resistentes, acaban ganando. Y las especies locales, las que habían encontrado su nicho, su equilibrio, su manera de vivir en ese río concreto, pierden.

    El gran intercambio americano duró millones de años y causó extinciones masivas. Nuestros trasvases son un intercambio exprés, en tiempo real, sin periodos de adaptación. Y mientras tanto, seguimos construyendo nuevos istmos de Panamá hidráulicos, porque alguien ha decidido que el agua de aquí sobra y la de allí falta, y porque prometer ríos nuevos gana más votos que explicar ciclos biogeográficos.

    Y ahora disculpadme, que mi fontanero acaba de llamar. Dice que ha encontrado el mejillón, pero que no me preocupe, que tiene una solución: va a instalar un trasvase desde la cocina al baño para traer más agua y ahogarlo.


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  10. Malditos sean los ríos, pues echan sus aguas al mar (4/5)

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    Y llegan las especies invasoras

    Claro. No sería yo mismo si no metiese las especies invasoras por algún lado, ¿no?

    Cuando dos cuencas están aisladas por barreras naturales, como puede ser una cadena montañosa, la fauna que habita en una de las cuencas normalmente no puede pasar a otra. Sin embargo, en el momento en que haces un trasvase estás facilitando que la fauna de ambas cuencas entren en contacto.

    ¿Sabéis lo que sucedió hace unos pocos millones de años en América? Lo que antes eran dos continentes separados por un océano, en un momento dado toman contacto a través del recién formado istmo de Panamá. La fauna de Sudamérica, que llevaba decenas de millones de años aislada y evolucionando por su propio camino, tomó contacto con la fauna de Norteamérica, y sucedió un evento que es conocido como el gran intercambio faunístico americano. Evento que causó la extinción de mucha fauna —especialmente en el continente sudamericano—.

    Cada vez que hacemos un trasvase de agua entre cuencas estamos haciendo lo mismo, aunque a una escala mucho más pequeña y, también, más rápida.

    Cada vez que hacemos un trasvase de agua entre cuencas estamos haciendo lo mismo, aunque a una escala mucho más pequeña y, también, más rápida. Y en España ya tenemos casos de manual. El mejillón cebra (Dreissena polymorpha), originario de la cuenca del Mar Negro y del Caspio, llegó a través de canales de navegación europeos, pero una vez aquí ha utilizado los trasvases como autovías para colonizar nuevas cuencas, y se trata de una de las 100 especies invasoras más dañinas del mundo.

    Cherubino vía Wikimedia (CC BY-SA 3.0)

    Es un pequeño bivalvo capaz de reproducirse a velocidades de vértigo y de adherirse a cualquier superficie dura. Las tuberías de los trasvases, los canales, las infraestructuras de riego: todo se convierte en suelo fértil para sus colonias. El resultado es un desastre económico y ecológico. Las colonias de mejillón cebra tapan tuberías, obstruyen tomas de agua, destruyen turbinas hidroeléctricas, aumentan los costes de mantenimiento de las infraestructuras hidráulicas y desplazan a las especies autóctonas. Entró en España en el Ebro, expandiéndose rápido por las cuencas del Júcar y del Segura, todos mares con vertiente mediterránea. En el Tajo, su presencia ha alterado drásticamente los ecosistemas bentónicos, esos mundos pequeños que viven en el fondo de los ríos. Y al parecer, llegaron al Tajo desde el Segura.

    Pero no solo viajan animales —mejillones, cangrejos, almejas, peces, etcétera—. También llegan algas, bacterias, virus, protozoos. El trasvase no discrimina: si cabe por la tubería, pasa. Y si en la cuenca de origen hay una plaga, una floración algal tóxica, un patógeno emergente, el trasvase se convierte en el mensajero perfecto. Es como abrir una línea aérea directa entre dos ciudades y sorprenderse de que los virus viajen en turista.

    Y aquí entra el elemento que suele omitirse en los informes técnicos: el coste. Y sin que sirva de precedente, no me estoy refiriendo al innegable coste ambiental, que es enorme e incalculable; me refiero al contante y sonante, al coste en euros, en facturas, en dinero de todos que alguien, en algún momento, tendrá que pagar. Las empresas gestoras de agua ya incluyen partidas específicas para limpieza de tomas, tratamientos químicos y revisiones de tuberías en contra del mejillón cebra.

    Pero hay algo más sutil, más difícil de cuantificar pero igual de grave: la homogeneización. Cuando conectas dos cuencas, no solo trasladas especies; trasladas presiones evolutivas, competencias, enfermedades. Los ecosistemas fluviales españoles, aislados durante milenios por nuestra compleja geografía montañosa, desarrollaron comunidades únicas, endemismos, adaptaciones locales. El Tajo no era el Segura, ni debía serlo. Al conectarlos, estamos creando un solo río largo y artificial, una especie de supercuenca donde las especies más agresivas, las más generalistas, las más resistentes, acaban ganando. Y las especies locales, las que habían encontrado su nicho, su equilibrio, su manera de vivir en ese río concreto, pierden.

    El gran intercambio americano duró millones de años y causó extinciones masivas. Nuestros trasvases son un intercambio exprés, en tiempo real, sin periodos de adaptación. Y mientras tanto, seguimos construyendo nuevos istmos de Panamá hidráulicos, porque alguien ha decidido que el agua de aquí sobra y la de allí falta, y porque prometer ríos nuevos gana más votos que explicar ciclos biogeográficos.

    Y ahora disculpadme, que mi fontanero acaba de llamar. Dice que ha encontrado el mejillón, pero que no me preocupe, que tiene una solución: va a instalar un trasvase desde la cocina al baño para traer más agua y ahogarlo.


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  11. Malditos sean los ríos, pues echan sus aguas al mar (4/5)

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    Y llegan las especies invasoras

    Claro. No sería yo mismo si no metiese las especies invasoras por algún lado, ¿no?

    Cuando dos cuencas están aisladas por barreras naturales, como puede ser una cadena montañosa, la fauna que habita en una de las cuencas normalmente no puede pasar a otra. Sin embargo, en el momento en que haces un trasvase estás facilitando que la fauna de ambas cuencas entren en contacto.

    ¿Sabéis lo que sucedió hace unos pocos millones de años en América? Lo que antes eran dos continentes separados por un océano, en un momento dado toman contacto a través del recién formado istmo de Panamá. La fauna de Sudamérica, que llevaba decenas de millones de años aislada y evolucionando por su propio camino, tomó contacto con la fauna de Norteamérica, y sucedió un evento que es conocido como el gran intercambio faunístico americano. Evento que causó la extinción de mucha fauna —especialmente en el continente sudamericano—.

    Cada vez que hacemos un trasvase de agua entre cuencas estamos haciendo lo mismo, aunque a una escala mucho más pequeña y, también, más rápida.

    Cada vez que hacemos un trasvase de agua entre cuencas estamos haciendo lo mismo, aunque a una escala mucho más pequeña y, también, más rápida. Y en España ya tenemos casos de manual. El mejillón cebra (Dreissena polymorpha), originario de la cuenca del Mar Negro y del Caspio, llegó a través de canales de navegación europeos, pero una vez aquí ha utilizado los trasvases como autovías para colonizar nuevas cuencas, y se trata de una de las 100 especies invasoras más dañinas del mundo.

    Cherubino vía Wikimedia (CC BY-SA 3.0)

    Es un pequeño bivalvo capaz de reproducirse a velocidades de vértigo y de adherirse a cualquier superficie dura. Las tuberías de los trasvases, los canales, las infraestructuras de riego: todo se convierte en suelo fértil para sus colonias. El resultado es un desastre económico y ecológico. Las colonias de mejillón cebra tapan tuberías, obstruyen tomas de agua, destruyen turbinas hidroeléctricas, aumentan los costes de mantenimiento de las infraestructuras hidráulicas y desplazan a las especies autóctonas. Entró en España en el Ebro, expandiéndose rápido por las cuencas del Júcar y del Segura, todos mares con vertiente mediterránea. En el Tajo, su presencia ha alterado drásticamente los ecosistemas bentónicos, esos mundos pequeños que viven en el fondo de los ríos. Y al parecer, llegaron al Tajo desde el Segura.

    Pero no solo viajan animales —mejillones, cangrejos, almejas, peces, etcétera—. También llegan algas, bacterias, virus, protozoos. El trasvase no discrimina: si cabe por la tubería, pasa. Y si en la cuenca de origen hay una plaga, una floración algal tóxica, un patógeno emergente, el trasvase se convierte en el mensajero perfecto. Es como abrir una línea aérea directa entre dos ciudades y sorprenderse de que los virus viajen en turista.

    Y aquí entra el elemento que suele omitirse en los informes técnicos: el coste. Y sin que sirva de precedente, no me estoy refiriendo al innegable coste ambiental, que es enorme e incalculable; me refiero al contante y sonante, al coste en euros, en facturas, en dinero de todos que alguien, en algún momento, tendrá que pagar. Las empresas gestoras de agua ya incluyen partidas específicas para limpieza de tomas, tratamientos químicos y revisiones de tuberías en contra del mejillón cebra.

    Pero hay algo más sutil, más difícil de cuantificar pero igual de grave: la homogeneización. Cuando conectas dos cuencas, no solo trasladas especies; trasladas presiones evolutivas, competencias, enfermedades. Los ecosistemas fluviales españoles, aislados durante milenios por nuestra compleja geografía montañosa, desarrollaron comunidades únicas, endemismos, adaptaciones locales. El Tajo no era el Segura, ni debía serlo. Al conectarlos, estamos creando un solo río largo y artificial, una especie de supercuenca donde las especies más agresivas, las más generalistas, las más resistentes, acaban ganando. Y las especies locales, las que habían encontrado su nicho, su equilibrio, su manera de vivir en ese río concreto, pierden.

    El gran intercambio americano duró millones de años y causó extinciones masivas. Nuestros trasvases son un intercambio exprés, en tiempo real, sin periodos de adaptación. Y mientras tanto, seguimos construyendo nuevos istmos de Panamá hidráulicos, porque alguien ha decidido que el agua de aquí sobra y la de allí falta, y porque prometer ríos nuevos gana más votos que explicar ciclos biogeográficos.

    Y ahora disculpadme, que mi fontanero acaba de llamar. Dice que ha encontrado el mejillón, pero que no me preocupe, que tiene una solución: va a instalar un trasvase desde la cocina al baño para traer más agua y ahogarlo.


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  12. Registros de #corales antiguos sugieren que el #cambioclimatico está intensificando la frecuencia y severidad del fenómeno de #ElNiño. Este estudio científico publicado en #Science advierte sobre consecuencias graves para los #ecosistemas marinos y la #meteorología global

    Más info: news.nbes.blog/titulo-momento/

  13. Registros de #corales antiguos sugieren que el #cambioclimatico está intensificando la frecuencia y severidad del fenómeno de #ElNiño. Este estudio científico publicado en #Science advierte sobre consecuencias graves para los #ecosistemas marinos y la #meteorología global

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  14. Registros de #corales antiguos sugieren que el #cambioclimatico está intensificando la frecuencia y severidad del fenómeno de #ElNiño. Este estudio científico publicado en #Science advierte sobre consecuencias graves para los #ecosistemas marinos y la #meteorología global

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  15. Registros de #corales antiguos sugieren que el #cambioclimatico está intensificando la frecuencia y severidad del fenómeno de #ElNiño. Este estudio científico publicado en #Science advierte sobre consecuencias graves para los #ecosistemas marinos y la #meteorología global

    Más info: news.nbes.blog/titulo-momento/

  16. Registros de #corales antiguos sugieren que el #cambioclimatico está intensificando la frecuencia y severidad del fenómeno de #ElNiño. Este estudio científico publicado en #Science advierte sobre consecuencias graves para los #ecosistemas marinos y la #meteorología global

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  17. Malditos sean los ríos, pues echan sus aguas al mar (2/5)
    Este artículo se publicó en Patreon el 24 de febrero de 2026 Este artículo se publicó en Patreon el 27 de febrero de 2026

    ¿Por qué necesitamos que el río llegue hasta el mar?

    Si el sistema fluvial es análogo al sistema de correos y el mar es el destinatario, no es dificil dar el siguiente paso lógico en la analogía. Porque ese sistema de correos no solo se encarga de entregártelas cartas de tu tío el de Móstoles, también te lleva a casa los muebles que compraste a no sé qué tienda sueca, o la comida que compraste online a tu cooperativa de alimentación favorita. En el río, junto con el agua viaja todo un paquete completo de nutrientes, sedimentos, organismos vivos y señales químicas que el mar, y todo lo que vive en su frontera, espera recibir. Cuando un político propone «dejar de tirar agua al mar», lo que sugiere, aunque no lo sepa, es dejar de entregar ese paquete. Y cuando uno no recibe un paquete que necesita, lo mínimo que puede pasar es que se enfade, y lo peor, que se muera de hambre.    

    En el mar existe una frontera invisible pero muy real, un lugar donde el agua dulce del río y las aguas saladas se encuentran pero no llegan a mezclarse del todo. Se denomina haloclina, una zona de contacto fisicoquímico donde los nutrientes que vienen arrastrados por el río quedan atrapados, suspendidos. Un bufé libre para el fitoplancton, que alimenta al zooplancton, que a su vez alimenta a los peces.

    Reducir el caudal que llega al mar para «dejar de tirar agua» es cancelar la reserva del restaurante cuando los comensales ya están sentados. El 70% de las especies marinas de interés comercial pasan por aquí en alguna etapa de su vida, y estos caladeros de pesca, que dependen de estos estuarios, ven reducida su productividad de forma drástica. Un 20 % menos de agua dulce puede significar un 50 % menos de capturas pesqueras, porque los ecosistemas no funcionan por reglas de tres.

    Lo cierto es que a mi me gusta bastante poco ponerlo todo en términos de productividad. Prefiero conceder a los ecosistemas su valor intrínseco. El mantenimiento del ecosistema marino es profundamente dependiente de esos flujos procedentes de los ríos. Tanto, que muchos peces marinos dependen de los cambios de salinidad y temperatura que crea el aporte fluvial para sincronizar su reproducción. La llegada del agua dulce rica en nutrientes desencadena una explosión de producción biológica en la que estos peces depositan sus huevos, asegurando la siguiente generación. Reducir el caudal fluvial desintoniza el reloj biológico de especies enteras, y con ellas, se desestabiliza todo el ecosistema.

    Volvamos un momento a la costa. El río no solo transporta nutrientes, también sedimentos. Antes de llegar al mar, la velocidad del agua que baja por el río desciende mucho, y la fuerza de la corriente que río arriba podía retener sedimentos en suspensión se pierde. Los más pesados precipitan. Si cortamos ese flujo, o lo reducimos drásticamente, esos sedimentos dejan de llegar.

    Esto me lleva a otro aspecto clave: la intrusión salina. De forma natural, el río, con su caudal, empuja constantemente al mar, manteniendo ese muro invisible de haloclina que impide que el agua salada entre en los acuíferos costeros. Es un equilibrio delicado. Si reduces el caudal, porque decides que eso de que los ríos desperdicien el agua está muy feo, y la embalsas o, peor, la trasvasas ese muro se resquebraja. El agua salada entra en contacto con el mar, y sin presión del río avanza tierra adentro, invade acuíferos, contamina pozos, arruina campos, y convierte en estéril lo que antes era fértil. Porque las plantas de cultivo no saben crecer cuando se riegan con agua salada.

    A riesgo de parecer reiterativo, el ejemplo del delta del Ebro se me antoja el caso de estudio perfecto, y perfectamente trágico. Ha perdido más del 90 % de su aporte sedimentario en el último siglo debido a embalses y trasvases. El resultado es un delta que se hunde literalmente, una extensión que pierde hasta 20 metros de costa al año en algunos tramos, mientras el mar avanza tierra adentro. La ironía es perfecta: intentamos «ahorrar» agua impidiendo que llegue al mar, y terminamos destruyendo reservas de agua dulce subterránea que dependían de ese aporte hídrico para mantenerse limpias. Se estima que la intrusión salina ha avanzado más de diez kilómetros en las últimas décadas.

    Pero no solo en el Ebro se cuecen habas. En el Campo de Cartagena, el Mar Menor recibe aguas que antes eran dulces y ahora son salinas, alterando su química y contribuyendo a las floraciones algales que la están asfixiando. Si a eso le sumamos el aporte masivo de contaminantes, la ecuación se completa. No estamos aprovechando el agua; estamos intercambiando agua dulce renovable por salinización permanente. 

    Kati vía Pixabay

    Pero hay algo más en ese paquete que el río deja de entregar: los sedimentos. Arena, limo, arcilla, restos orgánicos. Materiales que el río ha recogido en su viaje desde la montaña y que ahora deposita en el delta. Estos sedimentos no son residuos; son la materia prima con la que el delta se construye y reconstruye, compensando la inevitable erosión marina. Sin ellos, el delta se hunde bajo su propio peso y el mar lo devora.

    Y si os gustan las ironías, esta es la que se lleva el premio gordo. Esos mismos sedimentos que deberían llegar al mar y no llegan por culpa de los embalses están, de hecho, matando a los propios embalses. Como allí la velocidad de la corriente se reduce a cero, las aguas pierden capacidad de retención y precipitan como si estuvieran en la desembocadura. Esos sedimentos se acumulan en el fondo, reduciendo la capacidad de almacenamiento, convirtiendo lentamente los embalses en futuros prados húmedos. El embalse de Mequinenza, en el Ebro, ha perdido más del 30 % de su capacidad por sedimentación desde su inauguración en 1966. Estamos destruyendo el delta y el embalse a la vez, en un doble golpe de eficiencia hidráulica que solo la burocracia española podría haber ideado.

    A todo esto… ¿Dónde está mi fontanero? Lleva mucho tiempo sin hacer ruido…


    #Biología #EcologíaYMedioAmbiente #ecosistemas #Patreon
    ───────────────────
    vía Vary Ingweion / @VaryIngweion —
    https://alvarobayon.com/malditos-sean-los-rios-pues-echan-sus-aguas-al-mar-2/
  18. Malditos sean los ríos, pues echan sus aguas al mar (2/5)
    Este artículo se publicó en Patreon el 24 de febrero de 2026 Este artículo se publicó en Patreon el 27 de febrero de 2026

    ¿Por qué necesitamos que el río llegue hasta el mar?

    Si el sistema fluvial es análogo al sistema de correos y el mar es el destinatario, no es dificil dar el siguiente paso lógico en la analogía. Porque ese sistema de correos no solo se encarga de entregártelas cartas de tu tío el de Móstoles, también te lleva a casa los muebles que compraste a no sé qué tienda sueca, o la comida que compraste online a tu cooperativa de alimentación favorita. En el río, junto con el agua viaja todo un paquete completo de nutrientes, sedimentos, organismos vivos y señales químicas que el mar, y todo lo que vive en su frontera, espera recibir. Cuando un político propone «dejar de tirar agua al mar», lo que sugiere, aunque no lo sepa, es dejar de entregar ese paquete. Y cuando uno no recibe un paquete que necesita, lo mínimo que puede pasar es que se enfade, y lo peor, que se muera de hambre.    

    En el mar existe una frontera invisible pero muy real, un lugar donde el agua dulce del río y las aguas saladas se encuentran pero no llegan a mezclarse del todo. Se denomina haloclina, una zona de contacto fisicoquímico donde los nutrientes que vienen arrastrados por el río quedan atrapados, suspendidos. Un bufé libre para el fitoplancton, que alimenta al zooplancton, que a su vez alimenta a los peces.

    Reducir el caudal que llega al mar para «dejar de tirar agua» es cancelar la reserva del restaurante cuando los comensales ya están sentados. El 70% de las especies marinas de interés comercial pasan por aquí en alguna etapa de su vida, y estos caladeros de pesca, que dependen de estos estuarios, ven reducida su productividad de forma drástica. Un 20 % menos de agua dulce puede significar un 50 % menos de capturas pesqueras, porque los ecosistemas no funcionan por reglas de tres.

    Lo cierto es que a mi me gusta bastante poco ponerlo todo en términos de productividad. Prefiero conceder a los ecosistemas su valor intrínseco. El mantenimiento del ecosistema marino es profundamente dependiente de esos flujos procedentes de los ríos. Tanto, que muchos peces marinos dependen de los cambios de salinidad y temperatura que crea el aporte fluvial para sincronizar su reproducción. La llegada del agua dulce rica en nutrientes desencadena una explosión de producción biológica en la que estos peces depositan sus huevos, asegurando la siguiente generación. Reducir el caudal fluvial desintoniza el reloj biológico de especies enteras, y con ellas, se desestabiliza todo el ecosistema.

    Volvamos un momento a la costa. El río no solo transporta nutrientes, también sedimentos. Antes de llegar al mar, la velocidad del agua que baja por el río desciende mucho, y la fuerza de la corriente que río arriba podía retener sedimentos en suspensión se pierde. Los más pesados precipitan. Si cortamos ese flujo, o lo reducimos drásticamente, esos sedimentos dejan de llegar.

    Esto me lleva a otro aspecto clave: la intrusión salina. De forma natural, el río, con su caudal, empuja constantemente al mar, manteniendo ese muro invisible de haloclina que impide que el agua salada entre en los acuíferos costeros. Es un equilibrio delicado. Si reduces el caudal, porque decides que eso de que los ríos desperdicien el agua está muy feo, y la embalsas o, peor, la trasvasas ese muro se resquebraja. El agua salada entra en contacto con el mar, y sin presión del río avanza tierra adentro, invade acuíferos, contamina pozos, arruina campos, y convierte en estéril lo que antes era fértil. Porque las plantas de cultivo no saben crecer cuando se riegan con agua salada.

    A riesgo de parecer reiterativo, el ejemplo del delta del Ebro se me antoja el caso de estudio perfecto, y perfectamente trágico. Ha perdido más del 90 % de su aporte sedimentario en el último siglo debido a embalses y trasvases. El resultado es un delta que se hunde literalmente, una extensión que pierde hasta 20 metros de costa al año en algunos tramos, mientras el mar avanza tierra adentro. La ironía es perfecta: intentamos «ahorrar» agua impidiendo que llegue al mar, y terminamos destruyendo reservas de agua dulce subterránea que dependían de ese aporte hídrico para mantenerse limpias. Se estima que la intrusión salina ha avanzado más de diez kilómetros en las últimas décadas.

    Pero no solo en el Ebro se cuecen habas. En el Campo de Cartagena, el Mar Menor recibe aguas que antes eran dulces y ahora son salinas, alterando su química y contribuyendo a las floraciones algales que la están asfixiando. Si a eso le sumamos el aporte masivo de contaminantes, la ecuación se completa. No estamos aprovechando el agua; estamos intercambiando agua dulce renovable por salinización permanente. 

    Kati vía Pixabay

    Pero hay algo más en ese paquete que el río deja de entregar: los sedimentos. Arena, limo, arcilla, restos orgánicos. Materiales que el río ha recogido en su viaje desde la montaña y que ahora deposita en el delta. Estos sedimentos no son residuos; son la materia prima con la que el delta se construye y reconstruye, compensando la inevitable erosión marina. Sin ellos, el delta se hunde bajo su propio peso y el mar lo devora.

    Y si os gustan las ironías, esta es la que se lleva el premio gordo. Esos mismos sedimentos que deberían llegar al mar y no llegan por culpa de los embalses están, de hecho, matando a los propios embalses. Como allí la velocidad de la corriente se reduce a cero, las aguas pierden capacidad de retención y precipitan como si estuvieran en la desembocadura. Esos sedimentos se acumulan en el fondo, reduciendo la capacidad de almacenamiento, convirtiendo lentamente los embalses en futuros prados húmedos. El embalse de Mequinenza, en el Ebro, ha perdido más del 30 % de su capacidad por sedimentación desde su inauguración en 1966. Estamos destruyendo el delta y el embalse a la vez, en un doble golpe de eficiencia hidráulica que solo la burocracia española podría haber ideado.

    A todo esto… ¿Dónde está mi fontanero? Lleva mucho tiempo sin hacer ruido…


    #Biología #EcologíaYMedioAmbiente #ecosistemas #Patreon
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  19. Bijagua celebrará su biodiversidad con el Festival Celeste: conozca de qué trata

    Evento nació tras el descubrimiento de una rana arbórea microendémica de la región
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    #Bijagua #Biodiversidad #Ecosistemas #FestivalCeleste #Nacionales #Upala

    diarioextra.com/noticia/bijagu

  20. La supresión de #incendios ha incrementado la vulnerabilidad de #Europa ante los grandes fuegos. El #cambioclimatico exige nuevas estrategias de gestión forestal en #Francia y #España para mejorar la resiliencia de los #ecosistemas frente a esta amenaza #medioambiental

    Más info: nbes.blog/puede-europa-hacer-p

  21. El calor extremo aumenta las emisiones de CO₂ al acelerar la ‘respiración’ de los ecosistemas.

    El calor extremo aumenta las emisiones de CO₂ al acelerar... #tardigram #respiración #ecosistemas #co2 #MedioAmbiente

    tardigram.com/m/MedioAmbiente/

  22. El calor extremo aumenta las emisiones de CO₂ al acelerar la ‘respiración’ de los ecosistemas.

    El calor extremo aumenta las emisiones de CO₂ al acelerar... #tardigram #respiración #ecosistemas #co2 #MedioAmbiente

    tardigram.com/m/MedioAmbiente/

  23. El calor extremo aumenta las emisiones de CO₂ al acelerar la ‘respiración’ de los ecosistemas.

    El calor extremo aumenta las emisiones de CO₂ al acelerar... #tardigram #respiración #ecosistemas #co2 #MedioAmbiente

    tardigram.com/m/MedioAmbiente/

  24. El calor extremo aumenta las emisiones de CO₂ al acelerar la ‘respiración’ de los ecosistemas.

    El calor extremo aumenta las emisiones de CO₂ al acelerar... #tardigram #respiración #ecosistemas #co2 #MedioAmbiente

    tardigram.com/m/MedioAmbiente/

  25. El calor extremo aumenta las emisiones de CO₂ al acelerar la ‘respiración’ de los ecosistemas.

    El calor extremo aumenta las emisiones de CO₂ al acelerar... #tardigram #respiración #ecosistemas #co2 #MedioAmbiente

    tardigram.com/m/MedioAmbiente/

  26. Los montes quemados no vuelven a ser iguales: las secuelas de los incendios forestales

    Los montes quemados no vuelven a ser iguales: las secuelas... #tardigram #incendios #secuelas #ecosistemas #MedioAmbiente

    tardigram.com/m/MedioAmbiente/

  27. Los montes quemados no vuelven a ser iguales: las secuelas de los incendios forestales

    Los montes quemados no vuelven a ser iguales: las secuelas... #tardigram #incendios #secuelas #ecosistemas #MedioAmbiente

    tardigram.com/m/MedioAmbiente/

  28. Los montes quemados no vuelven a ser iguales: las secuelas de los incendios forestales

    Los montes quemados no vuelven a ser iguales: las secuelas... #tardigram #incendios #secuelas #ecosistemas #MedioAmbiente

    tardigram.com/m/MedioAmbiente/

  29. Cambio climático: cuando la ciudadanía también decide el futuro

    Por: Juan José Alva Sánchez

    “Hay calor amarillo y calor verde. El de ahora es calor rojo”.

    José Emilio Pacheco

    La crisis climática suele narrarse desde las grandes cumbres internacionales, los acuerdos entre países y los programas de gobierno. Todo eso importa. Pero si algo enseña la historia ambiental reciente es que las metas públicas solo se vuelven realidad cuando aterrizan en decisiones concretas: cómo nos movemos, qué consumimos, qué exigimos, qué dejamos de normalizar y qué tipo de información aceptamos como verdadera.

    Hace unos días, el Gobierno federal adoptó el Programa Especial de Cambio Climático 2026-2030, una hoja de ruta que busca convertir compromisos climáticos en metas, acciones, presupuesto e indicadores verificables en los próximos años. La decisión es relevante porque traduce la discusión internacional a instrumentos de planeación pública: mitigación, adaptación, pérdidas y daños, coordinación institucional y evaluación anual. En otras palabras, intenta pasar del discurso a la administración de resultados.

    El problema es que la crisis climática no se resuelve únicamente desde la planeación gubernamental. Los gobiernos pueden regular, invertir, coordinar y sancionar; pueden construir transporte público, modificar incentivos, ordenar territorios y proteger ecosistemas. Pero también pueden retrasar decisiones, negar la evidencia o subordinar la política ambiental a cálculos electorales y económicos de corto plazo. En los últimos años hemos visto cómo incluso gobiernos con enorme peso internacional han cuestionado o debilitado compromisos climáticos, incluida la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Esa fragilidad política deja una lección incómoda: la defensa del planeta no puede depender por completo de la voluntad de un gobierno en turno.

    Esto no significa trasladar toda la responsabilidad a las personas, como si bastara con cambiar focos, separar basura o llevar una bolsa reutilizable. Sería injusto y, además, insuficiente. Las grandes fuentes de emisiones están asociadas a sistemas energéticos, modelos de producción, transporte, industria, agricultura, cadenas de suministro y patrones urbanos que ningún individuo puede transformar por sí solo. Sin embargo, también sería un error pensar que las decisiones individuales son irrelevantes. En sociedades masivas, lo cotidiano se vuelve estructural: millones de elecciones pequeñas producen mercados, presiones públicas, cambios culturales y nuevas exigencias políticas.

    Más información no siempre significa más conciencia

    Hoy sabemos más sobre cambio climático que hace treinta años. La ciencia ha documentado el aumento de la temperatura global, el calentamiento de los océanos, la pérdida de hielo, la intensificación de algunos eventos extremos y los riesgos para la salud, la seguridad alimentaria y el acceso al agua. La Organización Meteorológica Mundial ha señalado que el periodo 2015-2025 concentra los once años más cálidos desde que existen registros instrumentales. La información existe; el reto es convertirla en criterio de acción.

    Ahí aparece una paradoja de nuestra época: tenemos más datos, pero no necesariamente más disposición a modificar hábitos. La información climática convive con la desinformación, el cansancio social, la indiferencia y el greenwashing. Muchas marcas, instituciones y personas adoptan gestos verdes visibles, pero evitan cambios de fondo. El ejemplo de los popotes lo ilustra bien: la imagen de una tortuga lastimada por un popote generó una reacción social potente y ayudó a reducir un objeto innecesario de plástico de un solo uso. Fue un avance cultural. Pero si la bebida siguió entregándose en vaso desechable, con tapa plástica y cadena de consumo intacta, el cambio quedó a medio camino.

    La lección no es despreciar las acciones pequeñas. La lección es ordenarlas. Una decisión cotidiana tiene mayor valor cuando forma parte de una comprensión más amplia: reducir residuos, consumir menos, reparar antes de reemplazar, elegir transporte público o compartido cuando sea posible, moderar el consumo energético, cuidar el agua, disminuir el desperdicio de alimentos y votar o exigir políticas públicas coherentes. El ciudadano informado no solo cambia una práctica; cambia la pregunta que se hace antes de decidir.

    La ciudadanía como fuerza climática

    El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha subrayado que las estrategias del lado de la demanda pueden reducir de forma significativa las emisiones globales hacia 2050, sobre todo si se combinan cambios tecnológicos, infraestructura adecuada y modificaciones socioculturales. Este punto es crucial: no se trata de romantizar el sacrificio individual, sino de reconocer que los estilos de vida también son parte del sistema climático.

    Pensemos en la movilidad. Una persona puede querer usar menos el automóvil, pero necesita transporte público seguro, frecuente y digno. Puede querer instalar paneles solares, pero requiere financiamiento, reglas claras y condiciones económicas realistas. Puede querer consumir productos con menor huella ambiental, pero necesita información confiable, precios accesibles y alternativas disponibles. Por eso la acción ciudadana y la acción gubernamental no deben verse como polos opuestos. Se necesitan mutuamente.

    La ciudadanía informada cumple al menos tres funciones. Primero, modifica patrones de consumo y reduce la demanda de prácticas ambientalmente dañinas. Segundo, presiona a empresas e instituciones para elevar sus estándares. Tercero, castiga políticamente la negación de la crisis climática. Cuando una sociedad entiende que el clima no es un asunto lejano sino una condición de vida, la política ambiental deja de ser un tema secundario y se vuelve una exigencia democrática.

    La capa de ozono: una historia que sí salió bien

    El mejor ejemplo de que la humanidad puede corregir una trayectoria ambiental peligrosa es la recuperación de la capa de ozono. En la década de 1970, los científicos Mario Molina y F. Sherwood Rowland advirtieron que los clorofluorocarbonos, conocidos como CFC, podían destruir ozono en la estratósfera. La advertencia fue incómoda porque esos compuestos estaban presentes en aerosoles, refrigerantes y otros productos de uso extendido. La ciencia abrió el debate; la política tuvo que reaccionar.

    El Protocolo de Montreal, firmado en 1987 y en vigor desde 1989, estableció controles internacionales para eliminar gradualmente sustancias que agotaban la capa de ozono. No fue un gesto simbólico: fue una regulación global con metas, calendarios, sustitución tecnológica, seguimiento científico y cumplimiento progresivo. De acuerdo con Naciones Unidas, se ha eliminado cerca del 99 por ciento de las sustancias prohibidas que dañaban el ozono, y la capa de ozono se encuentra en ruta de recuperación durante las próximas décadas.

    Pero la historia no se explica solo por tratados. También importó que millones de consumidores aceptaran cambiar productos, que la industria encontrara sustitutos, que los medios difundieran el problema y que la sociedad entendiera que una decisión aparentemente cotidiana, como usar cierto aerosol o refrigerante, estaba conectada con un daño planetario. La capa de ozono demuestra que cuando la ciencia es tomada en serio, la política regula y la ciudadanía acompaña, los sistemas sí pueden cambiar.

    Del gesto verde a la decisión informada

    El cambio climático es más complejo que el agujero de ozono. No depende de una sola familia de sustancias, sino de la forma en que producimos energía, organizamos ciudades, transportamos mercancías, construimos vivienda, consumimos alimentos y medimos el desarrollo. Por eso no habrá una solución única ni inmediata. Pero la lógica del Protocolo de Montreal deja una orientación útil: la ciencia debe marcar el diagnóstico, los gobiernos deben crear condiciones y la ciudadanía debe convertir la conciencia en comportamiento colectivo.

    Para que eso ocurra, necesitamos pasar del gesto verde a la decisión informada. Separar residuos ayuda, pero ayuda más cuando se acompaña de menor consumo y mejores sistemas de recolección. Comprar un producto “ecológico” puede ser positivo, pero solo si no encubre sobreconsumo. Usar menos el automóvil es deseable, pero exige transporte público, ciclovías, calles seguras y planeación urbana. La responsabilidad individual no debe ser una coartada para que gobiernos y empresas evadan su papel; debe ser la base social que vuelve exigibles las transformaciones mayores.

    También necesitamos comunicar mejor. El cambio climático no puede presentarse únicamente como una catástrofe abstracta o como una lista de prohibiciones. Debe explicarse desde la vida diaria: el calor que modifica rutinas, las lluvias atípicas que desbordan calles, la sequía que presiona el abasto de agua, los alimentos que suben de precio, las enfermedades asociadas a mala calidad del aire y la pérdida de áreas verdes que hace más hostiles nuestras ciudades. Cuando el problema se entiende en el cuerpo y en el territorio, deja de ser una noticia lejana.

    Conclusión: decidir también es gobernar

    Cada año se anuncian nuevas metas nacionales e internacionales contra el cambio climático. Son necesarias, pero no suficientes. Las metas son mapas; la transformación ocurre en las rutas concretas que recorren gobiernos, empresas, comunidades y personas. Si una parte falla, el avance se vuelve frágil. Si todas se articulan, la acción climática deja de ser un ideal y se vuelve una práctica social.

    La crisis climática nos obliga a mirar la política de otra manera. No basta con esperar que los gobiernos resuelvan todo, sobre todo cuando algunos niegan, no conocen o minimizan el problema. Pero tampoco basta con pedirle heroicidad al ciudadano aislado. Lo que se necesita es una ciudadanía informada, capaz de tomar mejores decisiones, exigir mejores políticas y distinguir entre compromiso real y simulación verde.

    La historia de la capa de ozono muestra que la humanidad puede corregir el rumbo cuando ciencia, gobierno, industria y sociedad se mueven en la misma dirección. Esa es quizá la enseñanza más esperanzadora para nuestro tiempo: las decisiones individuales no salvan al planeta por separado, pero cuando se vuelven cultura, mercado, presión pública y política democrática, pueden cambiarlo todo.

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  30. Cambio climático: cuando la ciudadanía también decide el futuro

    Por: Juan José Alva Sánchez

    “Hay calor amarillo y calor verde. El de ahora es calor rojo”.

    José Emilio Pacheco

    La crisis climática suele narrarse desde las grandes cumbres internacionales, los acuerdos entre países y los programas de gobierno. Todo eso importa. Pero si algo enseña la historia ambiental reciente es que las metas públicas solo se vuelven realidad cuando aterrizan en decisiones concretas: cómo nos movemos, qué consumimos, qué exigimos, qué dejamos de normalizar y qué tipo de información aceptamos como verdadera.

    Hace unos días, el Gobierno federal adoptó el Programa Especial de Cambio Climático 2026-2030, una hoja de ruta que busca convertir compromisos climáticos en metas, acciones, presupuesto e indicadores verificables en los próximos años. La decisión es relevante porque traduce la discusión internacional a instrumentos de planeación pública: mitigación, adaptación, pérdidas y daños, coordinación institucional y evaluación anual. En otras palabras, intenta pasar del discurso a la administración de resultados.

    El problema es que la crisis climática no se resuelve únicamente desde la planeación gubernamental. Los gobiernos pueden regular, invertir, coordinar y sancionar; pueden construir transporte público, modificar incentivos, ordenar territorios y proteger ecosistemas. Pero también pueden retrasar decisiones, negar la evidencia o subordinar la política ambiental a cálculos electorales y económicos de corto plazo. En los últimos años hemos visto cómo incluso gobiernos con enorme peso internacional han cuestionado o debilitado compromisos climáticos, incluida la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Esa fragilidad política deja una lección incómoda: la defensa del planeta no puede depender por completo de la voluntad de un gobierno en turno.

    Esto no significa trasladar toda la responsabilidad a las personas, como si bastara con cambiar focos, separar basura o llevar una bolsa reutilizable. Sería injusto y, además, insuficiente. Las grandes fuentes de emisiones están asociadas a sistemas energéticos, modelos de producción, transporte, industria, agricultura, cadenas de suministro y patrones urbanos que ningún individuo puede transformar por sí solo. Sin embargo, también sería un error pensar que las decisiones individuales son irrelevantes. En sociedades masivas, lo cotidiano se vuelve estructural: millones de elecciones pequeñas producen mercados, presiones públicas, cambios culturales y nuevas exigencias políticas.

    Más información no siempre significa más conciencia

    Hoy sabemos más sobre cambio climático que hace treinta años. La ciencia ha documentado el aumento de la temperatura global, el calentamiento de los océanos, la pérdida de hielo, la intensificación de algunos eventos extremos y los riesgos para la salud, la seguridad alimentaria y el acceso al agua. La Organización Meteorológica Mundial ha señalado que el periodo 2015-2025 concentra los once años más cálidos desde que existen registros instrumentales. La información existe; el reto es convertirla en criterio de acción.

    Ahí aparece una paradoja de nuestra época: tenemos más datos, pero no necesariamente más disposición a modificar hábitos. La información climática convive con la desinformación, el cansancio social, la indiferencia y el greenwashing. Muchas marcas, instituciones y personas adoptan gestos verdes visibles, pero evitan cambios de fondo. El ejemplo de los popotes lo ilustra bien: la imagen de una tortuga lastimada por un popote generó una reacción social potente y ayudó a reducir un objeto innecesario de plástico de un solo uso. Fue un avance cultural. Pero si la bebida siguió entregándose en vaso desechable, con tapa plástica y cadena de consumo intacta, el cambio quedó a medio camino.

    La lección no es despreciar las acciones pequeñas. La lección es ordenarlas. Una decisión cotidiana tiene mayor valor cuando forma parte de una comprensión más amplia: reducir residuos, consumir menos, reparar antes de reemplazar, elegir transporte público o compartido cuando sea posible, moderar el consumo energético, cuidar el agua, disminuir el desperdicio de alimentos y votar o exigir políticas públicas coherentes. El ciudadano informado no solo cambia una práctica; cambia la pregunta que se hace antes de decidir.

    La ciudadanía como fuerza climática

    El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha subrayado que las estrategias del lado de la demanda pueden reducir de forma significativa las emisiones globales hacia 2050, sobre todo si se combinan cambios tecnológicos, infraestructura adecuada y modificaciones socioculturales. Este punto es crucial: no se trata de romantizar el sacrificio individual, sino de reconocer que los estilos de vida también son parte del sistema climático.

    Pensemos en la movilidad. Una persona puede querer usar menos el automóvil, pero necesita transporte público seguro, frecuente y digno. Puede querer instalar paneles solares, pero requiere financiamiento, reglas claras y condiciones económicas realistas. Puede querer consumir productos con menor huella ambiental, pero necesita información confiable, precios accesibles y alternativas disponibles. Por eso la acción ciudadana y la acción gubernamental no deben verse como polos opuestos. Se necesitan mutuamente.

    La ciudadanía informada cumple al menos tres funciones. Primero, modifica patrones de consumo y reduce la demanda de prácticas ambientalmente dañinas. Segundo, presiona a empresas e instituciones para elevar sus estándares. Tercero, castiga políticamente la negación de la crisis climática. Cuando una sociedad entiende que el clima no es un asunto lejano sino una condición de vida, la política ambiental deja de ser un tema secundario y se vuelve una exigencia democrática.

    La capa de ozono: una historia que sí salió bien

    El mejor ejemplo de que la humanidad puede corregir una trayectoria ambiental peligrosa es la recuperación de la capa de ozono. En la década de 1970, los científicos Mario Molina y F. Sherwood Rowland advirtieron que los clorofluorocarbonos, conocidos como CFC, podían destruir ozono en la estratósfera. La advertencia fue incómoda porque esos compuestos estaban presentes en aerosoles, refrigerantes y otros productos de uso extendido. La ciencia abrió el debate; la política tuvo que reaccionar.

    El Protocolo de Montreal, firmado en 1987 y en vigor desde 1989, estableció controles internacionales para eliminar gradualmente sustancias que agotaban la capa de ozono. No fue un gesto simbólico: fue una regulación global con metas, calendarios, sustitución tecnológica, seguimiento científico y cumplimiento progresivo. De acuerdo con Naciones Unidas, se ha eliminado cerca del 99 por ciento de las sustancias prohibidas que dañaban el ozono, y la capa de ozono se encuentra en ruta de recuperación durante las próximas décadas.

    Pero la historia no se explica solo por tratados. También importó que millones de consumidores aceptaran cambiar productos, que la industria encontrara sustitutos, que los medios difundieran el problema y que la sociedad entendiera que una decisión aparentemente cotidiana, como usar cierto aerosol o refrigerante, estaba conectada con un daño planetario. La capa de ozono demuestra que cuando la ciencia es tomada en serio, la política regula y la ciudadanía acompaña, los sistemas sí pueden cambiar.

    Del gesto verde a la decisión informada

    El cambio climático es más complejo que el agujero de ozono. No depende de una sola familia de sustancias, sino de la forma en que producimos energía, organizamos ciudades, transportamos mercancías, construimos vivienda, consumimos alimentos y medimos el desarrollo. Por eso no habrá una solución única ni inmediata. Pero la lógica del Protocolo de Montreal deja una orientación útil: la ciencia debe marcar el diagnóstico, los gobiernos deben crear condiciones y la ciudadanía debe convertir la conciencia en comportamiento colectivo.

    Para que eso ocurra, necesitamos pasar del gesto verde a la decisión informada. Separar residuos ayuda, pero ayuda más cuando se acompaña de menor consumo y mejores sistemas de recolección. Comprar un producto “ecológico” puede ser positivo, pero solo si no encubre sobreconsumo. Usar menos el automóvil es deseable, pero exige transporte público, ciclovías, calles seguras y planeación urbana. La responsabilidad individual no debe ser una coartada para que gobiernos y empresas evadan su papel; debe ser la base social que vuelve exigibles las transformaciones mayores.

    También necesitamos comunicar mejor. El cambio climático no puede presentarse únicamente como una catástrofe abstracta o como una lista de prohibiciones. Debe explicarse desde la vida diaria: el calor que modifica rutinas, las lluvias atípicas que desbordan calles, la sequía que presiona el abasto de agua, los alimentos que suben de precio, las enfermedades asociadas a mala calidad del aire y la pérdida de áreas verdes que hace más hostiles nuestras ciudades. Cuando el problema se entiende en el cuerpo y en el territorio, deja de ser una noticia lejana.

    Conclusión: decidir también es gobernar

    Cada año se anuncian nuevas metas nacionales e internacionales contra el cambio climático. Son necesarias, pero no suficientes. Las metas son mapas; la transformación ocurre en las rutas concretas que recorren gobiernos, empresas, comunidades y personas. Si una parte falla, el avance se vuelve frágil. Si todas se articulan, la acción climática deja de ser un ideal y se vuelve una práctica social.

    La crisis climática nos obliga a mirar la política de otra manera. No basta con esperar que los gobiernos resuelvan todo, sobre todo cuando algunos niegan, no conocen o minimizan el problema. Pero tampoco basta con pedirle heroicidad al ciudadano aislado. Lo que se necesita es una ciudadanía informada, capaz de tomar mejores decisiones, exigir mejores políticas y distinguir entre compromiso real y simulación verde.

    La historia de la capa de ozono muestra que la humanidad puede corregir el rumbo cuando ciencia, gobierno, industria y sociedad se mueven en la misma dirección. Esa es quizá la enseñanza más esperanzadora para nuestro tiempo: las decisiones individuales no salvan al planeta por separado, pero cuando se vuelven cultura, mercado, presión pública y política democrática, pueden cambiarlo todo.

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    #AccionClimatica #AnalisisAI #AperturaIntelectual #CambioClimatico #ClimateAction #ConcienciaAmbiental #CrisisClimatica #DesarrolloSostenible #Ecosistemas #ElPaisqueRespiramosAI #Medioambiente #PensamientoCrítico #Sostenibilidad #AcuerdoDeParís #AdministracionesPúblicas #CapaDeOzono #clorofluorocarbonos #consumirMenos #CuidarElAgua #DefensaDelPlaneta #disminuirElDesperdicioDeAlimentos #ElPaísQueRespiramos #ElProtocoloDeMontreal #elegirTransportePúblicoOCompartidoCuandoSeaPosible #EnergíasVerdes #instrumentosDePlaneaciónPública #JuanJoséAlvaSánchez #LaCienciaDebeMarcarElDiagnóstico #MarioMolinaYFSherwoodRowland #MedioAmbiente #moderarElConsumoEnergético #MundoMejor #NacionesUnidas #PensamientoCrítico #Planeta #PlanetaVerde #PolíticasPúblicasAmbientales #PresiónDeLaCiudadanía #ProgramaEspecialDeCambioClimático20262030 #reducirResiduos #repararAntesDeReemplazar #salidaDeEstadosUnidosDelAcuerdoDeParís #votarOExigirPolíticasPúblicasCoherentes
  31. Cambio climático: cuando la ciudadanía también decide el futuro

    Por: Juan José Alva Sánchez

    “Hay calor amarillo y calor verde. El de ahora es calor rojo”.

    José Emilio Pacheco

    La crisis climática suele narrarse desde las grandes cumbres internacionales, los acuerdos entre países y los programas de gobierno. Todo eso importa. Pero si algo enseña la historia ambiental reciente es que las metas públicas solo se vuelven realidad cuando aterrizan en decisiones concretas: cómo nos movemos, qué consumimos, qué exigimos, qué dejamos de normalizar y qué tipo de información aceptamos como verdadera.

    Hace unos días, el Gobierno federal adoptó el Programa Especial de Cambio Climático 2026-2030, una hoja de ruta que busca convertir compromisos climáticos en metas, acciones, presupuesto e indicadores verificables en los próximos años. La decisión es relevante porque traduce la discusión internacional a instrumentos de planeación pública: mitigación, adaptación, pérdidas y daños, coordinación institucional y evaluación anual. En otras palabras, intenta pasar del discurso a la administración de resultados.

    El problema es que la crisis climática no se resuelve únicamente desde la planeación gubernamental. Los gobiernos pueden regular, invertir, coordinar y sancionar; pueden construir transporte público, modificar incentivos, ordenar territorios y proteger ecosistemas. Pero también pueden retrasar decisiones, negar la evidencia o subordinar la política ambiental a cálculos electorales y económicos de corto plazo. En los últimos años hemos visto cómo incluso gobiernos con enorme peso internacional han cuestionado o debilitado compromisos climáticos, incluida la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Esa fragilidad política deja una lección incómoda: la defensa del planeta no puede depender por completo de la voluntad de un gobierno en turno.

    Esto no significa trasladar toda la responsabilidad a las personas, como si bastara con cambiar focos, separar basura o llevar una bolsa reutilizable. Sería injusto y, además, insuficiente. Las grandes fuentes de emisiones están asociadas a sistemas energéticos, modelos de producción, transporte, industria, agricultura, cadenas de suministro y patrones urbanos que ningún individuo puede transformar por sí solo. Sin embargo, también sería un error pensar que las decisiones individuales son irrelevantes. En sociedades masivas, lo cotidiano se vuelve estructural: millones de elecciones pequeñas producen mercados, presiones públicas, cambios culturales y nuevas exigencias políticas.

    Más información no siempre significa más conciencia

    Hoy sabemos más sobre cambio climático que hace treinta años. La ciencia ha documentado el aumento de la temperatura global, el calentamiento de los océanos, la pérdida de hielo, la intensificación de algunos eventos extremos y los riesgos para la salud, la seguridad alimentaria y el acceso al agua. La Organización Meteorológica Mundial ha señalado que el periodo 2015-2025 concentra los once años más cálidos desde que existen registros instrumentales. La información existe; el reto es convertirla en criterio de acción.

    Ahí aparece una paradoja de nuestra época: tenemos más datos, pero no necesariamente más disposición a modificar hábitos. La información climática convive con la desinformación, el cansancio social, la indiferencia y el greenwashing. Muchas marcas, instituciones y personas adoptan gestos verdes visibles, pero evitan cambios de fondo. El ejemplo de los popotes lo ilustra bien: la imagen de una tortuga lastimada por un popote generó una reacción social potente y ayudó a reducir un objeto innecesario de plástico de un solo uso. Fue un avance cultural. Pero si la bebida siguió entregándose en vaso desechable, con tapa plástica y cadena de consumo intacta, el cambio quedó a medio camino.

    La lección no es despreciar las acciones pequeñas. La lección es ordenarlas. Una decisión cotidiana tiene mayor valor cuando forma parte de una comprensión más amplia: reducir residuos, consumir menos, reparar antes de reemplazar, elegir transporte público o compartido cuando sea posible, moderar el consumo energético, cuidar el agua, disminuir el desperdicio de alimentos y votar o exigir políticas públicas coherentes. El ciudadano informado no solo cambia una práctica; cambia la pregunta que se hace antes de decidir.

    La ciudadanía como fuerza climática

    El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha subrayado que las estrategias del lado de la demanda pueden reducir de forma significativa las emisiones globales hacia 2050, sobre todo si se combinan cambios tecnológicos, infraestructura adecuada y modificaciones socioculturales. Este punto es crucial: no se trata de romantizar el sacrificio individual, sino de reconocer que los estilos de vida también son parte del sistema climático.

    Pensemos en la movilidad. Una persona puede querer usar menos el automóvil, pero necesita transporte público seguro, frecuente y digno. Puede querer instalar paneles solares, pero requiere financiamiento, reglas claras y condiciones económicas realistas. Puede querer consumir productos con menor huella ambiental, pero necesita información confiable, precios accesibles y alternativas disponibles. Por eso la acción ciudadana y la acción gubernamental no deben verse como polos opuestos. Se necesitan mutuamente.

    La ciudadanía informada cumple al menos tres funciones. Primero, modifica patrones de consumo y reduce la demanda de prácticas ambientalmente dañinas. Segundo, presiona a empresas e instituciones para elevar sus estándares. Tercero, castiga políticamente la negación de la crisis climática. Cuando una sociedad entiende que el clima no es un asunto lejano sino una condición de vida, la política ambiental deja de ser un tema secundario y se vuelve una exigencia democrática.

    La capa de ozono: una historia que sí salió bien

    El mejor ejemplo de que la humanidad puede corregir una trayectoria ambiental peligrosa es la recuperación de la capa de ozono. En la década de 1970, los científicos Mario Molina y F. Sherwood Rowland advirtieron que los clorofluorocarbonos, conocidos como CFC, podían destruir ozono en la estratósfera. La advertencia fue incómoda porque esos compuestos estaban presentes en aerosoles, refrigerantes y otros productos de uso extendido. La ciencia abrió el debate; la política tuvo que reaccionar.

    El Protocolo de Montreal, firmado en 1987 y en vigor desde 1989, estableció controles internacionales para eliminar gradualmente sustancias que agotaban la capa de ozono. No fue un gesto simbólico: fue una regulación global con metas, calendarios, sustitución tecnológica, seguimiento científico y cumplimiento progresivo. De acuerdo con Naciones Unidas, se ha eliminado cerca del 99 por ciento de las sustancias prohibidas que dañaban el ozono, y la capa de ozono se encuentra en ruta de recuperación durante las próximas décadas.

    Pero la historia no se explica solo por tratados. También importó que millones de consumidores aceptaran cambiar productos, que la industria encontrara sustitutos, que los medios difundieran el problema y que la sociedad entendiera que una decisión aparentemente cotidiana, como usar cierto aerosol o refrigerante, estaba conectada con un daño planetario. La capa de ozono demuestra que cuando la ciencia es tomada en serio, la política regula y la ciudadanía acompaña, los sistemas sí pueden cambiar.

    Del gesto verde a la decisión informada

    El cambio climático es más complejo que el agujero de ozono. No depende de una sola familia de sustancias, sino de la forma en que producimos energía, organizamos ciudades, transportamos mercancías, construimos vivienda, consumimos alimentos y medimos el desarrollo. Por eso no habrá una solución única ni inmediata. Pero la lógica del Protocolo de Montreal deja una orientación útil: la ciencia debe marcar el diagnóstico, los gobiernos deben crear condiciones y la ciudadanía debe convertir la conciencia en comportamiento colectivo.

    Para que eso ocurra, necesitamos pasar del gesto verde a la decisión informada. Separar residuos ayuda, pero ayuda más cuando se acompaña de menor consumo y mejores sistemas de recolección. Comprar un producto “ecológico” puede ser positivo, pero solo si no encubre sobreconsumo. Usar menos el automóvil es deseable, pero exige transporte público, ciclovías, calles seguras y planeación urbana. La responsabilidad individual no debe ser una coartada para que gobiernos y empresas evadan su papel; debe ser la base social que vuelve exigibles las transformaciones mayores.

    También necesitamos comunicar mejor. El cambio climático no puede presentarse únicamente como una catástrofe abstracta o como una lista de prohibiciones. Debe explicarse desde la vida diaria: el calor que modifica rutinas, las lluvias atípicas que desbordan calles, la sequía que presiona el abasto de agua, los alimentos que suben de precio, las enfermedades asociadas a mala calidad del aire y la pérdida de áreas verdes que hace más hostiles nuestras ciudades. Cuando el problema se entiende en el cuerpo y en el territorio, deja de ser una noticia lejana.

    Conclusión: decidir también es gobernar

    Cada año se anuncian nuevas metas nacionales e internacionales contra el cambio climático. Son necesarias, pero no suficientes. Las metas son mapas; la transformación ocurre en las rutas concretas que recorren gobiernos, empresas, comunidades y personas. Si una parte falla, el avance se vuelve frágil. Si todas se articulan, la acción climática deja de ser un ideal y se vuelve una práctica social.

    La crisis climática nos obliga a mirar la política de otra manera. No basta con esperar que los gobiernos resuelvan todo, sobre todo cuando algunos niegan, no conocen o minimizan el problema. Pero tampoco basta con pedirle heroicidad al ciudadano aislado. Lo que se necesita es una ciudadanía informada, capaz de tomar mejores decisiones, exigir mejores políticas y distinguir entre compromiso real y simulación verde.

    La historia de la capa de ozono muestra que la humanidad puede corregir el rumbo cuando ciencia, gobierno, industria y sociedad se mueven en la misma dirección. Esa es quizá la enseñanza más esperanzadora para nuestro tiempo: las decisiones individuales no salvan al planeta por separado, pero cuando se vuelven cultura, mercado, presión pública y política democrática, pueden cambiarlo todo.

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    #AccionClimatica #AnalisisAI #AperturaIntelectual #CambioClimatico #ClimateAction #ConcienciaAmbiental #CrisisClimatica #DesarrolloSostenible #Ecosistemas #ElPaisqueRespiramosAI #Medioambiente #PensamientoCrítico #Sostenibilidad #AcuerdoDeParís #AdministracionesPúblicas #CapaDeOzono #clorofluorocarbonos #consumirMenos #CuidarElAgua #DefensaDelPlaneta #disminuirElDesperdicioDeAlimentos #ElPaísQueRespiramos #ElProtocoloDeMontreal #elegirTransportePúblicoOCompartidoCuandoSeaPosible #EnergíasVerdes #instrumentosDePlaneaciónPública #JuanJoséAlvaSánchez #LaCienciaDebeMarcarElDiagnóstico #MarioMolinaYFSherwoodRowland #MedioAmbiente #moderarElConsumoEnergético #MundoMejor #NacionesUnidas #PensamientoCrítico #Planeta #PlanetaVerde #PolíticasPúblicasAmbientales #PresiónDeLaCiudadanía #ProgramaEspecialDeCambioClimático20262030 #reducirResiduos #repararAntesDeReemplazar #salidaDeEstadosUnidosDelAcuerdoDeParís #votarOExigirPolíticasPúblicasCoherentes
  32. Cambio climático: cuando la ciudadanía también decide el futuro

    Por: Juan José Alva Sánchez

    “Hay calor amarillo y calor verde. El de ahora es calor rojo”.

    José Emilio Pacheco

    La crisis climática suele narrarse desde las grandes cumbres internacionales, los acuerdos entre países y los programas de gobierno. Todo eso importa. Pero si algo enseña la historia ambiental reciente es que las metas públicas solo se vuelven realidad cuando aterrizan en decisiones concretas: cómo nos movemos, qué consumimos, qué exigimos, qué dejamos de normalizar y qué tipo de información aceptamos como verdadera.

    Hace unos días, el Gobierno federal adoptó el Programa Especial de Cambio Climático 2026-2030, una hoja de ruta que busca convertir compromisos climáticos en metas, acciones, presupuesto e indicadores verificables en los próximos años. La decisión es relevante porque traduce la discusión internacional a instrumentos de planeación pública: mitigación, adaptación, pérdidas y daños, coordinación institucional y evaluación anual. En otras palabras, intenta pasar del discurso a la administración de resultados.

    El problema es que la crisis climática no se resuelve únicamente desde la planeación gubernamental. Los gobiernos pueden regular, invertir, coordinar y sancionar; pueden construir transporte público, modificar incentivos, ordenar territorios y proteger ecosistemas. Pero también pueden retrasar decisiones, negar la evidencia o subordinar la política ambiental a cálculos electorales y económicos de corto plazo. En los últimos años hemos visto cómo incluso gobiernos con enorme peso internacional han cuestionado o debilitado compromisos climáticos, incluida la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Esa fragilidad política deja una lección incómoda: la defensa del planeta no puede depender por completo de la voluntad de un gobierno en turno.

    Esto no significa trasladar toda la responsabilidad a las personas, como si bastara con cambiar focos, separar basura o llevar una bolsa reutilizable. Sería injusto y, además, insuficiente. Las grandes fuentes de emisiones están asociadas a sistemas energéticos, modelos de producción, transporte, industria, agricultura, cadenas de suministro y patrones urbanos que ningún individuo puede transformar por sí solo. Sin embargo, también sería un error pensar que las decisiones individuales son irrelevantes. En sociedades masivas, lo cotidiano se vuelve estructural: millones de elecciones pequeñas producen mercados, presiones públicas, cambios culturales y nuevas exigencias políticas.

    Más información no siempre significa más conciencia

    Hoy sabemos más sobre cambio climático que hace treinta años. La ciencia ha documentado el aumento de la temperatura global, el calentamiento de los océanos, la pérdida de hielo, la intensificación de algunos eventos extremos y los riesgos para la salud, la seguridad alimentaria y el acceso al agua. La Organización Meteorológica Mundial ha señalado que el periodo 2015-2025 concentra los once años más cálidos desde que existen registros instrumentales. La información existe; el reto es convertirla en criterio de acción.

    Ahí aparece una paradoja de nuestra época: tenemos más datos, pero no necesariamente más disposición a modificar hábitos. La información climática convive con la desinformación, el cansancio social, la indiferencia y el greenwashing. Muchas marcas, instituciones y personas adoptan gestos verdes visibles, pero evitan cambios de fondo. El ejemplo de los popotes lo ilustra bien: la imagen de una tortuga lastimada por un popote generó una reacción social potente y ayudó a reducir un objeto innecesario de plástico de un solo uso. Fue un avance cultural. Pero si la bebida siguió entregándose en vaso desechable, con tapa plástica y cadena de consumo intacta, el cambio quedó a medio camino.

    La lección no es despreciar las acciones pequeñas. La lección es ordenarlas. Una decisión cotidiana tiene mayor valor cuando forma parte de una comprensión más amplia: reducir residuos, consumir menos, reparar antes de reemplazar, elegir transporte público o compartido cuando sea posible, moderar el consumo energético, cuidar el agua, disminuir el desperdicio de alimentos y votar o exigir políticas públicas coherentes. El ciudadano informado no solo cambia una práctica; cambia la pregunta que se hace antes de decidir.

    La ciudadanía como fuerza climática

    El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha subrayado que las estrategias del lado de la demanda pueden reducir de forma significativa las emisiones globales hacia 2050, sobre todo si se combinan cambios tecnológicos, infraestructura adecuada y modificaciones socioculturales. Este punto es crucial: no se trata de romantizar el sacrificio individual, sino de reconocer que los estilos de vida también son parte del sistema climático.

    Pensemos en la movilidad. Una persona puede querer usar menos el automóvil, pero necesita transporte público seguro, frecuente y digno. Puede querer instalar paneles solares, pero requiere financiamiento, reglas claras y condiciones económicas realistas. Puede querer consumir productos con menor huella ambiental, pero necesita información confiable, precios accesibles y alternativas disponibles. Por eso la acción ciudadana y la acción gubernamental no deben verse como polos opuestos. Se necesitan mutuamente.

    La ciudadanía informada cumple al menos tres funciones. Primero, modifica patrones de consumo y reduce la demanda de prácticas ambientalmente dañinas. Segundo, presiona a empresas e instituciones para elevar sus estándares. Tercero, castiga políticamente la negación de la crisis climática. Cuando una sociedad entiende que el clima no es un asunto lejano sino una condición de vida, la política ambiental deja de ser un tema secundario y se vuelve una exigencia democrática.

    La capa de ozono: una historia que sí salió bien

    El mejor ejemplo de que la humanidad puede corregir una trayectoria ambiental peligrosa es la recuperación de la capa de ozono. En la década de 1970, los científicos Mario Molina y F. Sherwood Rowland advirtieron que los clorofluorocarbonos, conocidos como CFC, podían destruir ozono en la estratósfera. La advertencia fue incómoda porque esos compuestos estaban presentes en aerosoles, refrigerantes y otros productos de uso extendido. La ciencia abrió el debate; la política tuvo que reaccionar.

    El Protocolo de Montreal, firmado en 1987 y en vigor desde 1989, estableció controles internacionales para eliminar gradualmente sustancias que agotaban la capa de ozono. No fue un gesto simbólico: fue una regulación global con metas, calendarios, sustitución tecnológica, seguimiento científico y cumplimiento progresivo. De acuerdo con Naciones Unidas, se ha eliminado cerca del 99 por ciento de las sustancias prohibidas que dañaban el ozono, y la capa de ozono se encuentra en ruta de recuperación durante las próximas décadas.

    Pero la historia no se explica solo por tratados. También importó que millones de consumidores aceptaran cambiar productos, que la industria encontrara sustitutos, que los medios difundieran el problema y que la sociedad entendiera que una decisión aparentemente cotidiana, como usar cierto aerosol o refrigerante, estaba conectada con un daño planetario. La capa de ozono demuestra que cuando la ciencia es tomada en serio, la política regula y la ciudadanía acompaña, los sistemas sí pueden cambiar.

    Del gesto verde a la decisión informada

    El cambio climático es más complejo que el agujero de ozono. No depende de una sola familia de sustancias, sino de la forma en que producimos energía, organizamos ciudades, transportamos mercancías, construimos vivienda, consumimos alimentos y medimos el desarrollo. Por eso no habrá una solución única ni inmediata. Pero la lógica del Protocolo de Montreal deja una orientación útil: la ciencia debe marcar el diagnóstico, los gobiernos deben crear condiciones y la ciudadanía debe convertir la conciencia en comportamiento colectivo.

    Para que eso ocurra, necesitamos pasar del gesto verde a la decisión informada. Separar residuos ayuda, pero ayuda más cuando se acompaña de menor consumo y mejores sistemas de recolección. Comprar un producto “ecológico” puede ser positivo, pero solo si no encubre sobreconsumo. Usar menos el automóvil es deseable, pero exige transporte público, ciclovías, calles seguras y planeación urbana. La responsabilidad individual no debe ser una coartada para que gobiernos y empresas evadan su papel; debe ser la base social que vuelve exigibles las transformaciones mayores.

    También necesitamos comunicar mejor. El cambio climático no puede presentarse únicamente como una catástrofe abstracta o como una lista de prohibiciones. Debe explicarse desde la vida diaria: el calor que modifica rutinas, las lluvias atípicas que desbordan calles, la sequía que presiona el abasto de agua, los alimentos que suben de precio, las enfermedades asociadas a mala calidad del aire y la pérdida de áreas verdes que hace más hostiles nuestras ciudades. Cuando el problema se entiende en el cuerpo y en el territorio, deja de ser una noticia lejana.

    Conclusión: decidir también es gobernar

    Cada año se anuncian nuevas metas nacionales e internacionales contra el cambio climático. Son necesarias, pero no suficientes. Las metas son mapas; la transformación ocurre en las rutas concretas que recorren gobiernos, empresas, comunidades y personas. Si una parte falla, el avance se vuelve frágil. Si todas se articulan, la acción climática deja de ser un ideal y se vuelve una práctica social.

    La crisis climática nos obliga a mirar la política de otra manera. No basta con esperar que los gobiernos resuelvan todo, sobre todo cuando algunos niegan, no conocen o minimizan el problema. Pero tampoco basta con pedirle heroicidad al ciudadano aislado. Lo que se necesita es una ciudadanía informada, capaz de tomar mejores decisiones, exigir mejores políticas y distinguir entre compromiso real y simulación verde.

    La historia de la capa de ozono muestra que la humanidad puede corregir el rumbo cuando ciencia, gobierno, industria y sociedad se mueven en la misma dirección. Esa es quizá la enseñanza más esperanzadora para nuestro tiempo: las decisiones individuales no salvan al planeta por separado, pero cuando se vuelven cultura, mercado, presión pública y política democrática, pueden cambiarlo todo.

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  33. Cambio climático: cuando la ciudadanía también decide el futuro

    Por: Juan José Alva Sánchez

    “Hay calor amarillo y calor verde. El de ahora es calor rojo”.

    José Emilio Pacheco

    La crisis climática suele narrarse desde las grandes cumbres internacionales, los acuerdos entre países y los programas de gobierno. Todo eso importa. Pero si algo enseña la historia ambiental reciente es que las metas públicas solo se vuelven realidad cuando aterrizan en decisiones concretas: cómo nos movemos, qué consumimos, qué exigimos, qué dejamos de normalizar y qué tipo de información aceptamos como verdadera.

    Hace unos días, el Gobierno federal adoptó el Programa Especial de Cambio Climático 2026-2030, una hoja de ruta que busca convertir compromisos climáticos en metas, acciones, presupuesto e indicadores verificables en los próximos años. La decisión es relevante porque traduce la discusión internacional a instrumentos de planeación pública: mitigación, adaptación, pérdidas y daños, coordinación institucional y evaluación anual. En otras palabras, intenta pasar del discurso a la administración de resultados.

    El problema es que la crisis climática no se resuelve únicamente desde la planeación gubernamental. Los gobiernos pueden regular, invertir, coordinar y sancionar; pueden construir transporte público, modificar incentivos, ordenar territorios y proteger ecosistemas. Pero también pueden retrasar decisiones, negar la evidencia o subordinar la política ambiental a cálculos electorales y económicos de corto plazo. En los últimos años hemos visto cómo incluso gobiernos con enorme peso internacional han cuestionado o debilitado compromisos climáticos, incluida la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Esa fragilidad política deja una lección incómoda: la defensa del planeta no puede depender por completo de la voluntad de un gobierno en turno.

    Esto no significa trasladar toda la responsabilidad a las personas, como si bastara con cambiar focos, separar basura o llevar una bolsa reutilizable. Sería injusto y, además, insuficiente. Las grandes fuentes de emisiones están asociadas a sistemas energéticos, modelos de producción, transporte, industria, agricultura, cadenas de suministro y patrones urbanos que ningún individuo puede transformar por sí solo. Sin embargo, también sería un error pensar que las decisiones individuales son irrelevantes. En sociedades masivas, lo cotidiano se vuelve estructural: millones de elecciones pequeñas producen mercados, presiones públicas, cambios culturales y nuevas exigencias políticas.

    Más información no siempre significa más conciencia

    Hoy sabemos más sobre cambio climático que hace treinta años. La ciencia ha documentado el aumento de la temperatura global, el calentamiento de los océanos, la pérdida de hielo, la intensificación de algunos eventos extremos y los riesgos para la salud, la seguridad alimentaria y el acceso al agua. La Organización Meteorológica Mundial ha señalado que el periodo 2015-2025 concentra los once años más cálidos desde que existen registros instrumentales. La información existe; el reto es convertirla en criterio de acción.

    Ahí aparece una paradoja de nuestra época: tenemos más datos, pero no necesariamente más disposición a modificar hábitos. La información climática convive con la desinformación, el cansancio social, la indiferencia y el greenwashing. Muchas marcas, instituciones y personas adoptan gestos verdes visibles, pero evitan cambios de fondo. El ejemplo de los popotes lo ilustra bien: la imagen de una tortuga lastimada por un popote generó una reacción social potente y ayudó a reducir un objeto innecesario de plástico de un solo uso. Fue un avance cultural. Pero si la bebida siguió entregándose en vaso desechable, con tapa plástica y cadena de consumo intacta, el cambio quedó a medio camino.

    La lección no es despreciar las acciones pequeñas. La lección es ordenarlas. Una decisión cotidiana tiene mayor valor cuando forma parte de una comprensión más amplia: reducir residuos, consumir menos, reparar antes de reemplazar, elegir transporte público o compartido cuando sea posible, moderar el consumo energético, cuidar el agua, disminuir el desperdicio de alimentos y votar o exigir políticas públicas coherentes. El ciudadano informado no solo cambia una práctica; cambia la pregunta que se hace antes de decidir.

    La ciudadanía como fuerza climática

    El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha subrayado que las estrategias del lado de la demanda pueden reducir de forma significativa las emisiones globales hacia 2050, sobre todo si se combinan cambios tecnológicos, infraestructura adecuada y modificaciones socioculturales. Este punto es crucial: no se trata de romantizar el sacrificio individual, sino de reconocer que los estilos de vida también son parte del sistema climático.

    Pensemos en la movilidad. Una persona puede querer usar menos el automóvil, pero necesita transporte público seguro, frecuente y digno. Puede querer instalar paneles solares, pero requiere financiamiento, reglas claras y condiciones económicas realistas. Puede querer consumir productos con menor huella ambiental, pero necesita información confiable, precios accesibles y alternativas disponibles. Por eso la acción ciudadana y la acción gubernamental no deben verse como polos opuestos. Se necesitan mutuamente.

    La ciudadanía informada cumple al menos tres funciones. Primero, modifica patrones de consumo y reduce la demanda de prácticas ambientalmente dañinas. Segundo, presiona a empresas e instituciones para elevar sus estándares. Tercero, castiga políticamente la negación de la crisis climática. Cuando una sociedad entiende que el clima no es un asunto lejano sino una condición de vida, la política ambiental deja de ser un tema secundario y se vuelve una exigencia democrática.

    La capa de ozono: una historia que sí salió bien

    El mejor ejemplo de que la humanidad puede corregir una trayectoria ambiental peligrosa es la recuperación de la capa de ozono. En la década de 1970, los científicos Mario Molina y F. Sherwood Rowland advirtieron que los clorofluorocarbonos, conocidos como CFC, podían destruir ozono en la estratósfera. La advertencia fue incómoda porque esos compuestos estaban presentes en aerosoles, refrigerantes y otros productos de uso extendido. La ciencia abrió el debate; la política tuvo que reaccionar.

    El Protocolo de Montreal, firmado en 1987 y en vigor desde 1989, estableció controles internacionales para eliminar gradualmente sustancias que agotaban la capa de ozono. No fue un gesto simbólico: fue una regulación global con metas, calendarios, sustitución tecnológica, seguimiento científico y cumplimiento progresivo. De acuerdo con Naciones Unidas, se ha eliminado cerca del 99 por ciento de las sustancias prohibidas que dañaban el ozono, y la capa de ozono se encuentra en ruta de recuperación durante las próximas décadas.

    Pero la historia no se explica solo por tratados. También importó que millones de consumidores aceptaran cambiar productos, que la industria encontrara sustitutos, que los medios difundieran el problema y que la sociedad entendiera que una decisión aparentemente cotidiana, como usar cierto aerosol o refrigerante, estaba conectada con un daño planetario. La capa de ozono demuestra que cuando la ciencia es tomada en serio, la política regula y la ciudadanía acompaña, los sistemas sí pueden cambiar.

    Del gesto verde a la decisión informada

    El cambio climático es más complejo que el agujero de ozono. No depende de una sola familia de sustancias, sino de la forma en que producimos energía, organizamos ciudades, transportamos mercancías, construimos vivienda, consumimos alimentos y medimos el desarrollo. Por eso no habrá una solución única ni inmediata. Pero la lógica del Protocolo de Montreal deja una orientación útil: la ciencia debe marcar el diagnóstico, los gobiernos deben crear condiciones y la ciudadanía debe convertir la conciencia en comportamiento colectivo.

    Para que eso ocurra, necesitamos pasar del gesto verde a la decisión informada. Separar residuos ayuda, pero ayuda más cuando se acompaña de menor consumo y mejores sistemas de recolección. Comprar un producto “ecológico” puede ser positivo, pero solo si no encubre sobreconsumo. Usar menos el automóvil es deseable, pero exige transporte público, ciclovías, calles seguras y planeación urbana. La responsabilidad individual no debe ser una coartada para que gobiernos y empresas evadan su papel; debe ser la base social que vuelve exigibles las transformaciones mayores.

    También necesitamos comunicar mejor. El cambio climático no puede presentarse únicamente como una catástrofe abstracta o como una lista de prohibiciones. Debe explicarse desde la vida diaria: el calor que modifica rutinas, las lluvias atípicas que desbordan calles, la sequía que presiona el abasto de agua, los alimentos que suben de precio, las enfermedades asociadas a mala calidad del aire y la pérdida de áreas verdes que hace más hostiles nuestras ciudades. Cuando el problema se entiende en el cuerpo y en el territorio, deja de ser una noticia lejana.

    Conclusión: decidir también es gobernar

    Cada año se anuncian nuevas metas nacionales e internacionales contra el cambio climático. Son necesarias, pero no suficientes. Las metas son mapas; la transformación ocurre en las rutas concretas que recorren gobiernos, empresas, comunidades y personas. Si una parte falla, el avance se vuelve frágil. Si todas se articulan, la acción climática deja de ser un ideal y se vuelve una práctica social.

    La crisis climática nos obliga a mirar la política de otra manera. No basta con esperar que los gobiernos resuelvan todo, sobre todo cuando algunos niegan, no conocen o minimizan el problema. Pero tampoco basta con pedirle heroicidad al ciudadano aislado. Lo que se necesita es una ciudadanía informada, capaz de tomar mejores decisiones, exigir mejores políticas y distinguir entre compromiso real y simulación verde.

    La historia de la capa de ozono muestra que la humanidad puede corregir el rumbo cuando ciencia, gobierno, industria y sociedad se mueven en la misma dirección. Esa es quizá la enseñanza más esperanzadora para nuestro tiempo: las decisiones individuales no salvan al planeta por separado, pero cuando se vuelven cultura, mercado, presión pública y política democrática, pueden cambiarlo todo.

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  34. ❌¡Las redes de pesca dañan los ecosistemas!

    🐟Esta es una de las terribles consecuencias de la pesca de arrastre: redes abandonadas en el fondo marino que contaminan nuestros ecosistemas y son trampas mortales para los peces.

    🚫Es crucial que las autoridades luchen por preservar nuestros ecosistemas y de los que los habitan.

    #LosAnimalesSienten #MedioAmbiente #Ecosistemas #ÚneteALaRevoluciónVerde #ÚneteAPACMA

  35. ❌¡Las redes de pesca dañan los ecosistemas!

    🐟Esta es una de las terribles consecuencias de la pesca de arrastre: redes abandonadas en el fondo marino que contaminan nuestros ecosistemas y son trampas mortales para los peces.

    🚫Es crucial que las autoridades luchen por preservar nuestros ecosistemas y de los que los habitan.

    #LosAnimalesSienten #MedioAmbiente #Ecosistemas #ÚneteALaRevoluciónVerde #ÚneteAPACMA

  36. ❌¡Las redes de pesca dañan los ecosistemas!

    🐟Esta es una de las terribles consecuencias de la pesca de arrastre: redes abandonadas en el fondo marino que contaminan nuestros ecosistemas y son trampas mortales para los peces.

    🚫Es crucial que las autoridades luchen por preservar nuestros ecosistemas y de los que los habitan.

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  37. ❌¡Las redes de pesca dañan los ecosistemas!

    🐟Esta es una de las terribles consecuencias de la pesca de arrastre: redes abandonadas en el fondo marino que contaminan nuestros ecosistemas y son trampas mortales para los peces.

    🚫Es crucial que las autoridades luchen por preservar nuestros ecosistemas y de los que los habitan.

    #LosAnimalesSienten #MedioAmbiente #Ecosistemas #ÚneteALaRevoluciónVerde #ÚneteAPACMA

  38. ❌¡Las redes de pesca dañan los ecosistemas!

    🐟Esta es una de las terribles consecuencias de la pesca de arrastre: redes abandonadas en el fondo marino que contaminan nuestros ecosistemas y son trampas mortales para los peces.

    🚫Es crucial que las autoridades luchen por preservar nuestros ecosistemas y de los que los habitan.

    #LosAnimalesSienten #MedioAmbiente #Ecosistemas #ÚneteALaRevoluciónVerde #ÚneteAPACMA

  39. ICE alcanza hito histórico con la siembra de 25 millones de árboles en todo el país

    ICE alcanza hito histórico con la siembra de 25 millones de árboles en todo el país
    San José, 16 jun (elmundo.cr) – El Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) conmemoró este lunes la siembra simbólica del árbol número 25 millones, cifra que consolida más de seis [...]

    #Biodiversidad #CostaRica #Ecosistemas #GrupoICE #ICE #MarcoAcuña #Reforestación #SiembraDeÁrboles #Sostenibilidad

    elmundo.cr/costa-rica/ice-alca

  40. Crean el primer mapa global de los hongos subterráneos que sostienen la vida en la Tierra

    Mapean por primera vez el gigantesco y oculto ‘sistema circulatorio’ de la Tierra.

    SN Redacción | EFE

    Un equipo internacional de investigadores ha elaborado el primer mapa global de lo que se considera el ‘sistema circulatorio’ de la Tierra, una vasta red de hongos subterráneos -que abarca unos 110 billones de kilómetros- y que son esenciales para la fertilidad del suelo, el reciclaje de los nutrientes, la captura de carbono, la seguridad alimentaria o la regulación del clima.

    Son los hongos ‘micorrícicos’, que forman inmensas redes subterráneas que viven asociadas a las raíces de las plantas y que facilitan el intercambio de agua, nutrientes y carbono, desempeñando así un papel determinante en el funcionamiento de los ecosistemas, por lo que resultan esenciales para sostener la vida y el equilibrio climático.

    Ahora, un equipo de investigadores liderado por la Sociedad para la Protección de las Redes Subterráneas, ha utilizado tecnologías de inteligencia artificial, aprendizaje automático y robótica para elaborar el primer mapa global de esta infraestructura viva y poner de relieve cómo la agricultura intensiva está acelerando su destrucción y amenazando el papel clave que esta red desempeña contra el cambio climático; hoy publican los resultados de su trabajo en la revista Science.

    Una gigantesca infraestructura subterránea

    Esas redes están formadas por millones de finísimos filamentos (hifas) que actúan como las ‘autopistas’ por las que circulan el agua y los nutrientes entre los hongos y las raíces de las plantas; a ellas se refieren los científicos como los ‘vasos sanguíneos’ del sistema circulatorio del planeta.

    La publicación de este trabajo incluye un mapa interactivo que revela la magnitud de esta gigantesca infraestructura subterránea, una visualización que puede ayudar a la comunidad científica y a los responsables políticos a comprender dónde prosperan mejor estos sistemas, vitales para la conservación de los ecosistemas, y dónde se encuentran más amenazados.

    El mapa revela por ejemplo que los pastizales albergan aproximadamente el 40 por ciento de la infraestructura de los hongos ‘micorrícicos’ más abundantes -los llamados arbusculares-, y que los pastizales inundados de Sudán del Sur, los Everglades en Florida y la meseta tibetana presentan una densidad de red excepcionalmente alta.

    Las extensas redes de hongos subterráneos transportan aproximadamente 4.000 millones de toneladas de dióxido de carbono a los suelos cada año, lo que equivale al 11 por ciento de todas las emisiones relacionadas directamente con el ser humano, aunque los investigadores han advertido de que las grandes extensiones agrícolas presentan unas densidades de estos hongos un 50 por ciento menores.

    Miles de muestras de suelo

    El estudio que publica Science se suma a uno anterior, publicado el pasado año en Nature, que incluía una herramienta digital para ayudar a los responsables de la toma de decisiones a localizar los puntos críticos de biodiversidad subterránea; pero hasta ahora nadie -señalan los investigadores- había intentado predecir y visualizar la densidad física y la distribución global de las redes que forman estos hongos.

    Los investigadores recopilaron datos sobre la densidad de esas redes a partir de más de 16.000 muestras de suelo extraídas de todo el planeta, y luego desarrollaron modelos de aprendizaje automático que incorporaron capas de datos de desiertos, tundras y bosques para predecir la densidad de la red en los ecosistemas que no habían sido testados.

    Y sus cálculos revelan que las redes de hongos ‘micorrícicos arbusculares’ sumarían una longitud total de aproximadamente 110 billones de kilómetros (mil millones de veces la distancia entre la Tierra y el Sol- y una masa de aproximadamente 300 megatones de carbono -entre 4 y 6 veces la masa de todos los seres humanos vivos en el planeta-. –sn–

    Imagen: Moritz Stefaner/Justin Stewart (Sociedad para la Protección de las Redes Subterráneas).

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  41. Crean el primer mapa global de los hongos subterráneos que sostienen la vida en la Tierra

    Mapean por primera vez el gigantesco y oculto ‘sistema circulatorio’ de la Tierra.

    SN Redacción | EFE

    Un equipo internacional de investigadores ha elaborado el primer mapa global de lo que se considera el ‘sistema circulatorio’ de la Tierra, una vasta red de hongos subterráneos -que abarca unos 110 billones de kilómetros- y que son esenciales para la fertilidad del suelo, el reciclaje de los nutrientes, la captura de carbono, la seguridad alimentaria o la regulación del clima.

    Son los hongos ‘micorrícicos’, que forman inmensas redes subterráneas que viven asociadas a las raíces de las plantas y que facilitan el intercambio de agua, nutrientes y carbono, desempeñando así un papel determinante en el funcionamiento de los ecosistemas, por lo que resultan esenciales para sostener la vida y el equilibrio climático.

    Ahora, un equipo de investigadores liderado por la Sociedad para la Protección de las Redes Subterráneas, ha utilizado tecnologías de inteligencia artificial, aprendizaje automático y robótica para elaborar el primer mapa global de esta infraestructura viva y poner de relieve cómo la agricultura intensiva está acelerando su destrucción y amenazando el papel clave que esta red desempeña contra el cambio climático; hoy publican los resultados de su trabajo en la revista Science.

    Una gigantesca infraestructura subterránea

    Esas redes están formadas por millones de finísimos filamentos (hifas) que actúan como las ‘autopistas’ por las que circulan el agua y los nutrientes entre los hongos y las raíces de las plantas; a ellas se refieren los científicos como los ‘vasos sanguíneos’ del sistema circulatorio del planeta.

    La publicación de este trabajo incluye un mapa interactivo que revela la magnitud de esta gigantesca infraestructura subterránea, una visualización que puede ayudar a la comunidad científica y a los responsables políticos a comprender dónde prosperan mejor estos sistemas, vitales para la conservación de los ecosistemas, y dónde se encuentran más amenazados.

    El mapa revela por ejemplo que los pastizales albergan aproximadamente el 40 por ciento de la infraestructura de los hongos ‘micorrícicos’ más abundantes -los llamados arbusculares-, y que los pastizales inundados de Sudán del Sur, los Everglades en Florida y la meseta tibetana presentan una densidad de red excepcionalmente alta.

    Las extensas redes de hongos subterráneos transportan aproximadamente 4.000 millones de toneladas de dióxido de carbono a los suelos cada año, lo que equivale al 11 por ciento de todas las emisiones relacionadas directamente con el ser humano, aunque los investigadores han advertido de que las grandes extensiones agrícolas presentan unas densidades de estos hongos un 50 por ciento menores.

    Miles de muestras de suelo

    El estudio que publica Science se suma a uno anterior, publicado el pasado año en Nature, que incluía una herramienta digital para ayudar a los responsables de la toma de decisiones a localizar los puntos críticos de biodiversidad subterránea; pero hasta ahora nadie -señalan los investigadores- había intentado predecir y visualizar la densidad física y la distribución global de las redes que forman estos hongos.

    Los investigadores recopilaron datos sobre la densidad de esas redes a partir de más de 16.000 muestras de suelo extraídas de todo el planeta, y luego desarrollaron modelos de aprendizaje automático que incorporaron capas de datos de desiertos, tundras y bosques para predecir la densidad de la red en los ecosistemas que no habían sido testados.

    Y sus cálculos revelan que las redes de hongos ‘micorrícicos arbusculares’ sumarían una longitud total de aproximadamente 110 billones de kilómetros (mil millones de veces la distancia entre la Tierra y el Sol- y una masa de aproximadamente 300 megatones de carbono -entre 4 y 6 veces la masa de todos los seres humanos vivos en el planeta-. –sn–

    Imagen: Moritz Stefaner/Justin Stewart (Sociedad para la Protección de las Redes Subterráneas).

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