👜 Seguro que alguna vez te ha pasado.
Compras algo convencido de que has acertado.
Pasan los días y empiezas a darte cuenta de que no era tan buena compra.
Pero cuando alguien te pregunta, en lugar de reconocerlo, lo defiendes.
"Bueno, tampoco está tan mal."
"Es cuestión de acostumbrarse."
"Al final le sacaré partido."
Y, casi sin darte cuenta, acabas intentando convencerte más a ti que a los demás.
Eso tiene nombre: **disonancia cognitiva**.
Nuestro cerebro lleva fatal que lo que hacemos y lo que pensamos no encaje.
Así que, en lugar de aceptar que nos equivocamos, muchas veces cambia la historia para que todo parezca tener sentido.
Leon Festinger y James Carlsmith lo demostraron hace décadas con un experimento muy conocido.
Pidieron a varias personas que hicieran una tarea aburridísima y después les dijeron que convencieran al siguiente participante de que había sido divertida.
Lo curioso fue que quienes recibieron una recompensa muy pequeña terminaron creyendo, de verdad, que la tarea no había estado tan mal.
Necesitaban justificar por qué habían mentido por tan poco.
Y eso nos pasa mucho más de lo que imaginamos.
Defendemos compras que no nos convencen, relaciones que hace tiempo dejaron de hacernos felices, decisiones que sabemos que no fueron las mejores o ideas que ya no compartimos solo porque un día las defendimos con demasiada seguridad.
Reconocer un error cuesta.
No solo por orgullo.
Cuesta porque significa desmontar una historia que llevamos tiempo contándonos.
Y, sin embargo, pocas frases nos hacen crecer tanto como esta:
**"Me equivoqué."**
No nos hace más débiles.
Nos hace un poco más honestos con nosotros mismos.
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