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¿Cómo se identificaban las lesbianas en secreto hace unas décadas?
Así como los hombres gays crearon el sistema de los pañuelos en los años setenta, las mujeres de la comunidad desarrollaron sus propias herramientas visuales de reconocimiento. En épocas donde mostrar el afecto de forma libre implicaba un gran peligro, las lesbianas recurrieron a objetos cotidianos y accesorios de metal para enviarse mensajes discretos a la vista de todos.
El código más directo y duradero fue el uso del mosquetón de alpinismo para las llaves. En las décadas de los setenta y ochenta, las mujeres comenzaron a colgar este gancho de metal en las presillas de sus pantalones de mezclilla. Al igual que en otros sistemas de la época, el lado del cuerpo definía el mensaje. Llevar las llaves colgadas del lado izquierdo indicaba una identidad activa o con estética más masculina, conocida como butch. Por el contrario, llevar el mosquetón en el lado derecho señalaba una identidad pasiva o más femenina, llamada femme.
Las joyas discretas también jugaron un papel vital en la historia urbana. En Europa, desde principios del siglo XX, las mujeres solían usar un anillo en el dedo meñique izquierdo como señal de identidad. Con el paso del tiempo, esta costumbre evolucionó hacia el uso de anillos en el dedo pulgar. Como este dedo no tiene un significado romántico tradicional en la cultura común, las mujeres se adueñaron de ese espacio libre en la mano para reconocerse entre ellas con una simple mirada.
Incluso las mujeres con una estética muy femenina, que solían pasar desapercibidas en los espacios públicos, inventaron su propio lenguaje visual a través de la manicura. Consistía en pintar todas las uñas de un color uniforme, excepto los dedos medio y anular, que se dejaban al natural o se pintaban de un tono completamente diferente. Este detalle sutil permitía romper el aislamiento sin llamar la atención de personas intolerantes. Si viajamos aún más atrás en el tiempo, en el París de los años 20, las mujeres utilizaban cortes de cabello extremadamente cortos y un monóculo en el ojo como el símbolo definitivo para acudir a los primeros clubes nocturnos exclusivos para ellas.
— S.P. Filósofa Urbana
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¿Sabían que en la antigua Roma la orina era un producto tan codiciado para la higiene dental que se importaba en botellas y hasta pagaba impuestos?
Para la mentalidad actual el hecho resulta de lo más desagradable, pero la sociedad romana del siglo I recurría al uso de la orina humana y animal de manera constante en su rutina de aseo de la boca. La razón detrás de esta práctica es puramente química, ya que los desechos contienen altos niveles de amoníaco, una sustancia que funciona como un potente limpiador y blanqueador natural al disolver las manchas superficiales de los dientes y eliminar las bacterias. El líquido se dejaba reposar en vasijas hasta que se concentraba el amoníaco, usándose directamente como enjuague bucal o mezclado con piedra pómez triturada para fabricar pastas dentales caseras.
La demanda de este recurso era tan alta en el imperio que la orina recolectada en las letrinas públicas se convirtió en un negocio sumamente rentable, lo que llevó al emperador Vespasiano a establecer un impuesto específico para su distribución en el año 70. En el mercado de higiene, el producto más valioso y caro provenía de Portugal, pues los ciudadanos de la época creían que la orina de la península ibérica era mucho más fuerte y efectiva para dejar la dentadura impecable. Esta excentricidad era tan común que el célebre poeta Catulo llegó a escribir versos burlándose de un conocido llamado Egnacio, señalando que la blancura reluciente de su sonrisa solo demostraba que se enjuagaba la boca con orina española todas las mañanas.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
Alt text via @altbot y @TeLoDescribot
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𝑪𝒖𝒓𝒊𝒐𝒔𝒊𝒅𝒂𝒅𝒆𝒔
En 1770, William Addis no estaba pensando en cambiar el mundo.
Estaba encerrado en Prisión de Newgate, uno de los peores sitios donde podías acabar en el Londres de la época.
Sin ventanas, hacinamiento brutal, enfermedades como el tifus corriendo entre los presos… sobrevivir ya era bastante.Allí dentro, la “higiene dental” era básicamente frotarse los dientes con un trapo sucio y hollín.
Nada más.
Addis lo vio, y en vez de resignarse, hizo algo raro para ese contexto: pensar en cómo mejorarlo.Guardó un hueso de su comida —se cree que de pollo o de vaca—, le hizo pequeños agujeros y consiguió cerdas de jabalí a través de un guardia.
Las insertó en el hueso y las fijó con pegamento.
Así, en una celda oscura, nació el primer cepillo de dientes moderno tal y como lo entendemos hoy.No fue un invento bonito ni perfecto, pero funcionaba.
Y eso era suficiente.Cuando salió de prisión en 1780, no dejó la idea en el olvido.
Fundó la empresa Wisdom Toothbrushes y empezó a fabricar cepillos.
Al principio eran un producto caro, casi de lujo, reservado para quienes podían permitírselo.
Pero poco a poco se fueron extendiendo.Su hijo continuó el negocio tras su muerte y lo llevó mucho más lejos, expandiéndolo por el Imperio Británico.
Durante décadas, los cepillos se siguieron haciendo con hueso y cerdas naturales, hasta que en 1938 apareció el nylon.
Ese cambio fue clave: más higiénico, más resistente y mucho más accesible.Hoy, la empresa sigue en pie y produce millones de cepillos al año.
Más de dos siglos después.Lo curioso es que algo tan cotidiano —algo que usas medio dormido cada mañana— nació en un sitio donde la higiene prácticamente no existía.
Un invento sencillo, salido de una necesidad muy básica, que terminó cambiando la vida de millones de personas.No está mal para alguien que empezó todo desde una celda.
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:stargif: 𝑬𝒍 𝒍𝒂𝒅𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒄𝒂𝒔𝒊 𝒏𝒖𝒏𝒄𝒂 𝒔𝒆 𝒄𝒖𝒆𝒏𝒕𝒂 𝒅𝒆𝒍 “𝒗𝒂𝒎𝒑𝒊𝒓𝒊𝒔𝒎𝒐 𝒓𝒆𝒂𝒍” :stargif:
Durante siglos, el vampiro fue una figura del miedo.
Algo que salía de la tumba, que se alimentaba de los vivos y que explicaba lo que la gente no entendía.Pero lo curioso es que, cuando la ciencia empezó a dar respuestas… el mito no murió.
Se transformó.
Hoy existen personas que se identifican como “vampiros reales”.
No hablan de inmortalidad ni de poderes sobrenaturales.
Hablan de algo mucho más difícil de encajar: una necesidad que ellos perciben como física o energética.Y eso abre una historia bastante más compleja de lo que parece.
Por un lado, están los llamados “sanguinarios”.
Personas que consumen pequeñas cantidades de sangre humana, siempre —según ellos— con donantes voluntarios, análisis médicos y normas estrictas.
No hay mordiscos de película.
Se utilizan herramientas estériles, en contextos privados, casi clínicos.Luego están los llamados “psíquicos”.
No beben sangre.
Creen que necesitan alimentarse de la energía de otras personas.
Hablan de sensaciones de agotamiento que desaparecen al estar en multitudes o tras interacciones intensas.¿Suena extraño? Lo es.
Pero para ellos es real.Estas comunidades no están dispersas al azar.
Tienen estructura, normas y hasta cierta organización interna.
En ciudades como Nueva Orleans o Atlanta existen grupos conocidos, con códigos éticos bastante claros.Muchas de estas comunidades se rigen por el llamado “Black Veil” (Velo Negro): consentimiento absoluto, discreción y controles de salud. Nada de improvisar.
Pero todo esto no aparece de la nada.
Viene de mucho más atrás.
En el siglo XVIII, Europa vivió auténticos episodios de pánico colectivo en torno a los vampiros.
Y aquí entran dos nombres clave: Peter Plogojowitz y Arnold Paole.El caso de Plogojowitz, en 1725, fue uno de los primeros en quedar documentado oficialmente.
Tras su muerte, varios vecinos comenzaron a morir en pocos días, asegurando antes de fallecer que él se les aparecía por la noche y los asfixiaba.El miedo fue tal que las autoridades permitieron exhumar el cuerpo.
Lo que encontraron encajaba perfectamente con sus temores: el cadáver parecía “reciente”, con sangre en la boca y sin signos evidentes de descomposición avanzada.
Hoy sabemos que eso tiene una explicación: los gases internos y los procesos naturales del cuerpo tras la muerte pueden provocar exactamente ese aspecto.
Pero en ese momento… fue prueba suficiente.
Le clavaron una estaca y quemaron el cuerpo.
Un año después, el caso de Arnold Paole llevó todo aún más lejos.
Paole era un soldado que, en vida, ya decía haber sido atacado por un vampiro.
Tras su muerte, comenzaron las apariciones, las enfermedades y las muertes en su entorno.Lo inquietante vino después.
Cuando exhumaron su cuerpo, encontraron lo mismo: sangre, aspecto “intacto”, signos que interpretaron como actividad vampírica.
Repitieron el ritual: estaca y fuego.Pero años más tarde, las muertes volvieron.
Y aquí surgió algo nuevo: la idea de contagio.
Se llegó a creer que quienes habían comido carne de animales atacados por él también podían convertirse en vampiros.
Eso hizo que el caso escalara tanto que el propio Imperio austríaco envió médicos a investigar.El informe oficial, el famoso Visum et Repertum, circuló por Europa y convirtió lo que era miedo rural… en debate intelectual.
Filósofos, científicos, escritores… todos empezaron a hablar del tema.
Y así, el vampiro dejó de ser solo una superstición local.
Se convirtió en un mito europeo.
Con el tiempo, la medicina desmontó todo aquello: descomposición, enfermedades, falta de conocimiento… pero el daño —o el impacto— ya estaba hecho.
Y es ahí donde todo conecta.
Porque hoy, aunque nadie crea seriamente en cadáveres que se levantan de sus tumbas, la idea sigue viva.
En forma de subculturas.
En creencias modernas.
En identidades que reinterpretan el concepto.Incluso con normas, códigos y estructuras propias.
Pero también con límites.
Desde la medicina, consumir sangre es peligroso.
Puede provocar infecciones o problemas graves como sobrecarga de hierro.
Y en algunos casos, existe lo que se conoce como Síndrome de Renfield, donde esa fijación tiene un origen psicológico, no biológico.En el caso de los “vampiros psíquicos”, la explicación se acerca más a dinámicas emocionales: personas que agotan a otras por su forma de relacionarse, aunque lo interpreten en términos de energía.
Al final, todo esto deja una idea bastante clara.
El vampiro nunca fue solo un monstruo.
Fue una forma de explicar lo que no se entendía… y también una forma de identidad para quienes buscan encajar en algo diferente.
Hoy no hay criaturas inmortales.
Pero sí hay algo que ha sobrevivido intacto:
la necesidad humana de dar forma a lo inexplicable.
Y en eso, el mito sigue muy vivo.
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Vía: En los zapatos de Mónica
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