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#catacumbas — Public Fediverse posts

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  1. 🧿 𝑬𝒍 𝒍𝒖𝒈𝒂𝒓 𝒅𝒐𝒏𝒅𝒆 𝒍𝒐𝒔 𝒎𝒖𝒆𝒓𝒕𝒐𝒔 𝒔𝒊𝒈𝒖𝒆𝒏 𝒆𝒔𝒑𝒆𝒓𝒂𝒏𝒅𝒐 🧿

    En pleno corazón de Sicilia existe un lugar que parece sacado de una novela gótica o de una película de terror.
    Sin embargo, es completamente real.
    Bajo las calles de Palermo se esconde uno de los espacios funerarios más desconcertantes del mundo: las Catacumbas de los Capuchinos, un lugar donde miles de personas fallecidas permanecen expuestas con la ropa que llevaban hace siglos, como si el tiempo se hubiera detenido.

    Lejos de ser un simple cementerio, este impresionante museo subterráneo alberga cerca de 8.000 cadáveres y alrededor de 2.000 momias visibles.
    Muchas continúan de pie, colgadas de las paredes, apoyadas en nichos, sentadas o acostadas sobre estanterías.
    Lo que más impacta no son solo los cuerpos, sino sus rostros, sus vestidos, sus uniformes y sus expresiones.
    Cada uno parece conservar un fragmento de la vida que dejó atrás.

    Lo más sorprendente es que buena parte de ellos todavía viste su ropa original.
    Trajes de gala, hábitos religiosos, vestidos de seda, encajes, sombreros, uniformes militares... recorrer estas galerías es como pasear por cuatro siglos de historia siciliana, observando cómo cambiaban la moda, las costumbres y las diferencias sociales.

    Todo comenzó en 1599.
    Los frailes capuchinos del convento necesitaban un nuevo lugar para enterrar a sus hermanos y excavaron una cripta bajo el monasterio.
    Al trasladar algunos restos descubrieron algo extraordinario: unos cuarenta cuerpos enterrados anteriormente se habían conservado de forma natural, prácticamente momificados.

    Para los religiosos fue un auténtico milagro.
    Hoy la ciencia ofrece una explicación mucho más terrenal.
    Las galerías fueron excavadas en roca de toba, un material volcánico muy poroso.
    La combinación de una humedad muy baja, constantes corrientes de aire y determinadas características químicas del terreno provocó que los cuerpos se deshidrataran rápidamente, impidiendo la proliferación de las bacterias responsables de la descomposición.
    En otras palabras, la naturaleza había creado un laboratorio perfecto para la momificación.

    El primer cuerpo que fue colocado de manera permanente en las galerías fue el del fraile Silvestro da Gubbio, fallecido el 16 de octubre de 1599.
    Más de cuatro siglos después, continúa allí con su sencillo hábito marrón.

    La noticia de aquellos cuerpos perfectamente conservados corrió como la pólvora por Palermo.
    Muy pronto, lo que había empezado como un cementerio para religiosos se convirtió en el mayor símbolo de prestigio de la ciudad.

    La aristocracia, comerciantes adinerados, jueces, médicos, militares, sacerdotes e incluso familias acomodadas comenzaron a solicitar ser enterrados allí.
    Para conseguirlo realizaban importantes donaciones al convento y dejaban instrucciones muy concretas: querían permanecer vestidos con sus mejores ropas para que sus familiares pudieran seguir visitándolos tal y como habían sido en vida.

    Durante años, la visita a los difuntos se convirtió en un auténtico acontecimiento social.
    Las familias acudían regularmente, limpiaban la ropa, cambiaban algunos complementos deteriorados e incluso sustituían prendas por otras más modernas cuando la moda cambiaba.
    Para muchos palermitanos, la muerte no rompía completamente el vínculo con sus seres queridos.

    Pero ese privilegio tenía un precio.
    Las familias debían realizar aportaciones periódicas para el mantenimiento del convento.
    Si dejaban de pagar, el difunto perdía su lugar preferente en la galería y era trasladado a zonas comunes menos visibles. Incluso después de muerto, el estatus social seguía dependiendo del dinero.

    Las catacumbas fueron organizadas siguiendo un estricto orden.
    Cada grupo ocupaba su propio espacio.

    El corredor de los frailes reúne a los miembros de la orden capuchina, vestidos con sus hábitos.

    El corredor de los hombres muestra comerciantes, nobles, funcionarios y burgueses luciendo elegantes trajes de distintas épocas.

    El corredor de las mujeres conserva vestidos de seda, encajes, mantillas y sombreros que permiten apreciar la evolución de la moda femenina durante más de tres siglos.

    Existe también una sala dedicada a las vírgenes, donde reposan jóvenes fallecidas antes de contraer matrimonio.
    Fueron vestidas completamente de blanco y muchas llevan coronas de flores como símbolo de pureza.

    En otra galería aparecen médicos, abogados, profesores, militares y otros profesionales, muchos todavía con sus uniformes oficiales o las herramientas que representaban su oficio.

    Una de las zonas más sobrecogedoras es el corredor de los niños.
    Allí descansan pequeños vestidos con ropa de fiesta, de comunión o con delicados trajes confeccionados especialmente para su entierro.
    Es imposible recorrer esa parte sin sentir un nudo en el estómago.

    No todos los cuerpos se conservaron únicamente gracias a las condiciones ambientales.
    Con el paso del tiempo los frailes comenzaron a perfeccionar distintas técnicas de momificación.
    Algunos cadáveres eran lavados con vinagre, otros permanecían durante meses en unas salas especiales llamadas *colatoi*, donde se deshidrataban lentamente antes de ser vestidos y expuestos.
    En épocas posteriores también se utilizaron preparados químicos similares a los empleados en los primeros embalsamamientos modernos.

    Entre todos los habitantes de las catacumbas hay una figura que eclipsa a las demás: Rosalía Lombardo.

    La pequeña murió en 1920, con apenas dos años de edad, víctima de una neumonía, probablemente agravada por la gripe que aún circulaba tras la pandemia de 1918.
    Su padre, completamente destrozado, acudió al famoso embalsamador siciliano Alfredo Salafia con una única petición: conservar a su hija para siempre.

    Salafia utilizó una fórmula que mantuvo en secreto durante décadas.
    Mucho tiempo después se descubrió que estaba compuesta por formalina para eliminar bacterias, alcohol para secar los tejidos, glicerina para evitar que el cuerpo se desecara en exceso, ácido salicílico para impedir el crecimiento de hongos y sales de zinc, que endurecieron los tejidos y dieron estabilidad al cuerpo.

    El resultado sigue dejando sin palabras a quienes la contemplan.
    Más de un siglo después, Rosalía parece simplemente dormida.
    Conserva las pestañas, parte de su cabello rubio, las mejillas, la delicadeza de sus manos y una expresión serena que le ha valido el sobrenombre de "La Bella Durmiente".
    Muchos visitantes creen incluso verla abrir ligeramente los ojos, pero ese supuesto fenómeno es únicamente un efecto óptico producido por la luz y el ángulo desde el que se observa su pequeño ataúd de cristal.

    Rosalía fue una de las últimas personas incorporadas a las catacumbas.
    Poco después, las autoridades italianas prohibieron este tipo de enterramientos y el lugar dejó de recibir nuevos cuerpos de manera habitual.

    Con el paso del tiempo, muchas momias comenzaron a deteriorarse.
    La humedad, los cambios de temperatura y el enorme número de visitantes aceleraron el desgaste de tejidos, ropa y restos humanos.
    En las últimas décadas se han llevado a cabo diversos proyectos internacionales de restauración y conservación para intentar preservar este patrimonio único sin alterar su aspecto original.

    Hoy las Catacumbas de los Capuchinos son uno de los lugares más visitados de Palermo y, al mismo tiempo, uno de los más inquietantes de Europa.
    No se trata únicamente de una colección de momias.
    Son un extraordinario documento histórico que permite contemplar cómo vestían, cómo querían ser recordadas y cómo entendían la muerte varias generaciones de sicilianos entre los siglos XVI y XX.

    Si alguna vez visitas Palermo, las encontrarás en la Piazza Cappuccini, 1, al oeste del casco histórico.
    La entrada suele costar unos 5 euros y los billetes se adquieren directamente en la taquilla del recinto.
    Está terminantemente prohibido hacer fotografías o grabar vídeos, una norma que se aplica con rigor tanto por respeto a los difuntos como para proteger las delicadas telas centenarias y los restos humanos de los efectos de la luz intensa.

    Hay lugares que impresionan por su belleza.
    Otros por su historia.
    Las Catacumbas de los Capuchinos consiguen algo mucho más difícil: obligan a cualquiera que las recorra a reflexionar sobre el paso del tiempo, la memoria y la forma en la que los seres humanos hemos intentado vencer al olvido durante siglos.

    ▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣

    youtube.com/watch?v=wCzUIuucnMw

    #historia #historiaantigua #historiaycultura #curiosidades #sicilia #palermo #catacumbas #momias #arqueologia #patrimonio #misterio #italia

  2. 🧿 𝑬𝒍 𝒍𝒖𝒈𝒂𝒓 𝒅𝒐𝒏𝒅𝒆 𝒍𝒐𝒔 𝒎𝒖𝒆𝒓𝒕𝒐𝒔 𝒔𝒊𝒈𝒖𝒆𝒏 𝒆𝒔𝒑𝒆𝒓𝒂𝒏𝒅𝒐 🧿

    En pleno corazón de Sicilia existe un lugar que parece sacado de una novela gótica o de una película de terror.
    Sin embargo, es completamente real.
    Bajo las calles de Palermo se esconde uno de los espacios funerarios más desconcertantes del mundo: las Catacumbas de los Capuchinos, un lugar donde miles de personas fallecidas permanecen expuestas con la ropa que llevaban hace siglos, como si el tiempo se hubiera detenido.

    Lejos de ser un simple cementerio, este impresionante museo subterráneo alberga cerca de 8.000 cadáveres y alrededor de 2.000 momias visibles.
    Muchas continúan de pie, colgadas de las paredes, apoyadas en nichos, sentadas o acostadas sobre estanterías.
    Lo que más impacta no son solo los cuerpos, sino sus rostros, sus vestidos, sus uniformes y sus expresiones.
    Cada uno parece conservar un fragmento de la vida que dejó atrás.

    Lo más sorprendente es que buena parte de ellos todavía viste su ropa original.
    Trajes de gala, hábitos religiosos, vestidos de seda, encajes, sombreros, uniformes militares... recorrer estas galerías es como pasear por cuatro siglos de historia siciliana, observando cómo cambiaban la moda, las costumbres y las diferencias sociales.

    Todo comenzó en 1599.
    Los frailes capuchinos del convento necesitaban un nuevo lugar para enterrar a sus hermanos y excavaron una cripta bajo el monasterio.
    Al trasladar algunos restos descubrieron algo extraordinario: unos cuarenta cuerpos enterrados anteriormente se habían conservado de forma natural, prácticamente momificados.

    Para los religiosos fue un auténtico milagro.
    Hoy la ciencia ofrece una explicación mucho más terrenal.
    Las galerías fueron excavadas en roca de toba, un material volcánico muy poroso.
    La combinación de una humedad muy baja, constantes corrientes de aire y determinadas características químicas del terreno provocó que los cuerpos se deshidrataran rápidamente, impidiendo la proliferación de las bacterias responsables de la descomposición.
    En otras palabras, la naturaleza había creado un laboratorio perfecto para la momificación.

    El primer cuerpo que fue colocado de manera permanente en las galerías fue el del fraile Silvestro da Gubbio, fallecido el 16 de octubre de 1599.
    Más de cuatro siglos después, continúa allí con su sencillo hábito marrón.

    La noticia de aquellos cuerpos perfectamente conservados corrió como la pólvora por Palermo.
    Muy pronto, lo que había empezado como un cementerio para religiosos se convirtió en el mayor símbolo de prestigio de la ciudad.

    La aristocracia, comerciantes adinerados, jueces, médicos, militares, sacerdotes e incluso familias acomodadas comenzaron a solicitar ser enterrados allí.
    Para conseguirlo realizaban importantes donaciones al convento y dejaban instrucciones muy concretas: querían permanecer vestidos con sus mejores ropas para que sus familiares pudieran seguir visitándolos tal y como habían sido en vida.

    Durante años, la visita a los difuntos se convirtió en un auténtico acontecimiento social.
    Las familias acudían regularmente, limpiaban la ropa, cambiaban algunos complementos deteriorados e incluso sustituían prendas por otras más modernas cuando la moda cambiaba.
    Para muchos palermitanos, la muerte no rompía completamente el vínculo con sus seres queridos.

    Pero ese privilegio tenía un precio.
    Las familias debían realizar aportaciones periódicas para el mantenimiento del convento.
    Si dejaban de pagar, el difunto perdía su lugar preferente en la galería y era trasladado a zonas comunes menos visibles. Incluso después de muerto, el estatus social seguía dependiendo del dinero.

    Las catacumbas fueron organizadas siguiendo un estricto orden.
    Cada grupo ocupaba su propio espacio.

    El corredor de los frailes reúne a los miembros de la orden capuchina, vestidos con sus hábitos.

    El corredor de los hombres muestra comerciantes, nobles, funcionarios y burgueses luciendo elegantes trajes de distintas épocas.

    El corredor de las mujeres conserva vestidos de seda, encajes, mantillas y sombreros que permiten apreciar la evolución de la moda femenina durante más de tres siglos.

    Existe también una sala dedicada a las vírgenes, donde reposan jóvenes fallecidas antes de contraer matrimonio.
    Fueron vestidas completamente de blanco y muchas llevan coronas de flores como símbolo de pureza.

    En otra galería aparecen médicos, abogados, profesores, militares y otros profesionales, muchos todavía con sus uniformes oficiales o las herramientas que representaban su oficio.

    Una de las zonas más sobrecogedoras es el corredor de los niños.
    Allí descansan pequeños vestidos con ropa de fiesta, de comunión o con delicados trajes confeccionados especialmente para su entierro.
    Es imposible recorrer esa parte sin sentir un nudo en el estómago.

    No todos los cuerpos se conservaron únicamente gracias a las condiciones ambientales.
    Con el paso del tiempo los frailes comenzaron a perfeccionar distintas técnicas de momificación.
    Algunos cadáveres eran lavados con vinagre, otros permanecían durante meses en unas salas especiales llamadas *colatoi*, donde se deshidrataban lentamente antes de ser vestidos y expuestos.
    En épocas posteriores también se utilizaron preparados químicos similares a los empleados en los primeros embalsamamientos modernos.

    Entre todos los habitantes de las catacumbas hay una figura que eclipsa a las demás: Rosalía Lombardo.

    La pequeña murió en 1920, con apenas dos años de edad, víctima de una neumonía, probablemente agravada por la gripe que aún circulaba tras la pandemia de 1918.
    Su padre, completamente destrozado, acudió al famoso embalsamador siciliano Alfredo Salafia con una única petición: conservar a su hija para siempre.

    Salafia utilizó una fórmula que mantuvo en secreto durante décadas.
    Mucho tiempo después se descubrió que estaba compuesta por formalina para eliminar bacterias, alcohol para secar los tejidos, glicerina para evitar que el cuerpo se desecara en exceso, ácido salicílico para impedir el crecimiento de hongos y sales de zinc, que endurecieron los tejidos y dieron estabilidad al cuerpo.

    El resultado sigue dejando sin palabras a quienes la contemplan.
    Más de un siglo después, Rosalía parece simplemente dormida.
    Conserva las pestañas, parte de su cabello rubio, las mejillas, la delicadeza de sus manos y una expresión serena que le ha valido el sobrenombre de "La Bella Durmiente".
    Muchos visitantes creen incluso verla abrir ligeramente los ojos, pero ese supuesto fenómeno es únicamente un efecto óptico producido por la luz y el ángulo desde el que se observa su pequeño ataúd de cristal.

    Rosalía fue una de las últimas personas incorporadas a las catacumbas.
    Poco después, las autoridades italianas prohibieron este tipo de enterramientos y el lugar dejó de recibir nuevos cuerpos de manera habitual.

    Con el paso del tiempo, muchas momias comenzaron a deteriorarse.
    La humedad, los cambios de temperatura y el enorme número de visitantes aceleraron el desgaste de tejidos, ropa y restos humanos.
    En las últimas décadas se han llevado a cabo diversos proyectos internacionales de restauración y conservación para intentar preservar este patrimonio único sin alterar su aspecto original.

    Hoy las Catacumbas de los Capuchinos son uno de los lugares más visitados de Palermo y, al mismo tiempo, uno de los más inquietantes de Europa.
    No se trata únicamente de una colección de momias.
    Son un extraordinario documento histórico que permite contemplar cómo vestían, cómo querían ser recordadas y cómo entendían la muerte varias generaciones de sicilianos entre los siglos XVI y XX.

    Si alguna vez visitas Palermo, las encontrarás en la Piazza Cappuccini, 1, al oeste del casco histórico.
    La entrada suele costar unos 5 euros y los billetes se adquieren directamente en la taquilla del recinto.
    Está terminantemente prohibido hacer fotografías o grabar vídeos, una norma que se aplica con rigor tanto por respeto a los difuntos como para proteger las delicadas telas centenarias y los restos humanos de los efectos de la luz intensa.

    Hay lugares que impresionan por su belleza.
    Otros por su historia.
    Las Catacumbas de los Capuchinos consiguen algo mucho más difícil: obligan a cualquiera que las recorra a reflexionar sobre el paso del tiempo, la memoria y la forma en la que los seres humanos hemos intentado vencer al olvido durante siglos.

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    youtube.com/watch?v=wCzUIuucnMw

    #historia #historiaantigua #historiaycultura #curiosidades #sicilia #palermo #catacumbas #momias #arqueologia #patrimonio #misterio #italia

  3. :stargif: 𝑳𝒂𝒔 𝒄𝒂𝒕𝒂𝒄𝒖𝒎𝒃𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝑷𝒂𝒓𝒊́𝒔: 𝒄𝒖𝒂𝒏𝒅𝒐 𝒍𝒂 𝒄𝒊𝒖𝒅𝒂𝒅 𝒆𝒏𝒕𝒆𝒓𝒓𝒐́ 𝒔𝒖 𝒑𝒓𝒐𝒃𝒍𝒆𝒎𝒂 :stargif:

    A finales del siglo XVIII, París tenía un problema que ya no podía ignorar: sus muertos ocupaban demasiado espacio… y empezaban a afectar a los vivos.
    El caso más extremo era el Cementerio de los Inocentes, donde se enterraba sin orden desde hacía siglos.
    Las fosas comunes se amontonaban unas sobre otras hasta tal punto que el suelo llegó a elevarse varios metros.
    No es exageración: literalmente caminaban sobre capas de cadáveres.

    El ambiente era insoportable.
    Hay crónicas que hablan de olores tan fuertes que se filtraban en casas cercanas, estropeando comida y enfermando a vecinos.
    Pero el punto de no retorno llegó en 1780, cuando un muro de un sótano cedió por la presión… y los restos humanos acabaron desbordándose dentro de la vivienda.
    A partir de ahí, ya no había discusión posible: había que sacar los muertos de la superficie.

    La solución fue práctica y, al mismo tiempo, inquietante.
    Se decidió trasladar los restos a antiguas canteras subterráneas, lo que hoy conocemos como las Catacumbas de París.
    Durante años, caravanas nocturnas recorrían la ciudad transportando huesos, en un proceso casi silencioso, como si quisieran que nadie mirara demasiado de cerca.

    Al principio, aquello no tenía nada de artístico.
    Era más bien un vertedero de restos humanos: montones sin orden ni sentido.
    Pero a comienzos del siglo XIX, un funcionario llamado Louis-Étienne Héricart de Thury decidió darle otra forma.
    Ordenó los huesos creando muros de calaveras y fémures, añadió placas con citas y convirtió el lugar en algo más que un almacén: una especie de recordatorio constante de la muerte.
    No buscaba belleza exactamente… pero acabó creando algo difícil de olvidar.

    Y luego está su “segunda vida”.
    Durante la Segunda Guerra Mundial, las catacumbas se usaron como refugio y base estratégica.
    La Resistencia francesa tenía allí zonas de operación, especialmente en torno a Denfert-Rochereau, mientras que, irónicamente, los nazis también ocuparon partes de la red.
    Un laberinto bajo tierra, compartido por enemigos.

    Hoy solo una pequeña parte está abierta al público.
    El resto —la inmensa mayoría— sigue siendo territorio prohibido.
    Aun así, hay quienes se adentran: los llamados catáfilos.
    Se habla de salas ocultas, proyecciones de cine clandestinas, fiestas y hasta galerías de arte improvisadas.
    Pero también hay derrumbes, desorientación y multas si te pillan.
    No es un sitio para jugar a explorador.

    Lo curioso es cómo algo que empezó como una solución urgente de salud pública terminó convertido en uno de los lugares más extraños y visitados del mundo.
    No nació para impresionar… pero lo hace igual.

    ▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣

    #historia #paris #catacumbas #sigloxviii #curiosidades #historiaurbana #lugaresinquietantes #ecosdelpasado

  4. :stargif: 𝑳𝒂𝒔 𝒄𝒂𝒕𝒂𝒄𝒖𝒎𝒃𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝑷𝒂𝒓𝒊́𝒔: 𝒄𝒖𝒂𝒏𝒅𝒐 𝒍𝒂 𝒄𝒊𝒖𝒅𝒂𝒅 𝒆𝒏𝒕𝒆𝒓𝒓𝒐́ 𝒔𝒖 𝒑𝒓𝒐𝒃𝒍𝒆𝒎𝒂 :stargif:

    A finales del siglo XVIII, París tenía un problema que ya no podía ignorar: sus muertos ocupaban demasiado espacio… y empezaban a afectar a los vivos.
    El caso más extremo era el Cementerio de los Inocentes, donde se enterraba sin orden desde hacía siglos.
    Las fosas comunes se amontonaban unas sobre otras hasta tal punto que el suelo llegó a elevarse varios metros.
    No es exageración: literalmente caminaban sobre capas de cadáveres.

    El ambiente era insoportable.
    Hay crónicas que hablan de olores tan fuertes que se filtraban en casas cercanas, estropeando comida y enfermando a vecinos.
    Pero el punto de no retorno llegó en 1780, cuando un muro de un sótano cedió por la presión… y los restos humanos acabaron desbordándose dentro de la vivienda.
    A partir de ahí, ya no había discusión posible: había que sacar los muertos de la superficie.

    La solución fue práctica y, al mismo tiempo, inquietante.
    Se decidió trasladar los restos a antiguas canteras subterráneas, lo que hoy conocemos como las Catacumbas de París.
    Durante años, caravanas nocturnas recorrían la ciudad transportando huesos, en un proceso casi silencioso, como si quisieran que nadie mirara demasiado de cerca.

    Al principio, aquello no tenía nada de artístico.
    Era más bien un vertedero de restos humanos: montones sin orden ni sentido.
    Pero a comienzos del siglo XIX, un funcionario llamado Louis-Étienne Héricart de Thury decidió darle otra forma.
    Ordenó los huesos creando muros de calaveras y fémures, añadió placas con citas y convirtió el lugar en algo más que un almacén: una especie de recordatorio constante de la muerte.
    No buscaba belleza exactamente… pero acabó creando algo difícil de olvidar.

    Y luego está su “segunda vida”.
    Durante la Segunda Guerra Mundial, las catacumbas se usaron como refugio y base estratégica.
    La Resistencia francesa tenía allí zonas de operación, especialmente en torno a Denfert-Rochereau, mientras que, irónicamente, los nazis también ocuparon partes de la red.
    Un laberinto bajo tierra, compartido por enemigos.

    Hoy solo una pequeña parte está abierta al público.
    El resto —la inmensa mayoría— sigue siendo territorio prohibido.
    Aun así, hay quienes se adentran: los llamados catáfilos.
    Se habla de salas ocultas, proyecciones de cine clandestinas, fiestas y hasta galerías de arte improvisadas.
    Pero también hay derrumbes, desorientación y multas si te pillan.
    No es un sitio para jugar a explorador.

    Lo curioso es cómo algo que empezó como una solución urgente de salud pública terminó convertido en uno de los lugares más extraños y visitados del mundo.
    No nació para impresionar… pero lo hace igual.

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    #historia #paris #catacumbas #sigloxviii #curiosidades #historiaurbana #lugaresinquietantes #ecosdelpasado

  5. Catacumbas de París: cuando el cine abrió la puerta al laberinto de los muertos

    Bajo las calles de París existe una red de más de 300 km de túneles donde descansan los restos de millones de personas. La película As Above, So Below llevó este mundo al cine, pero el misterio es real: exploradores clandestinos, desapariciones y pasillos que parecen no terminar nunca.

    Historia completa:
    aventurapremium.com/catacumbas

    #París #Catacumbas #Historia #Misterio #HistoriaOculta

  6. Las catacumbas de París La "Ciudad de la Luz" tardó 12 años en vaciar sus cementerios y trasladar los huesos de aproximadamente 6 a 7 millones de cuerpos a las catacumbas.

    Algunas de las más antiguas datan de la época merovingia, hace más de 1.200 años.

    (barandalesymerlu.blogspot.com)

    #curiosidadesbreves #curiosidades #CuriosidadesDelMundo #saber #sabermas #QuieroSaber #JMS #catacumbas #CiudadDeLaLuz