🪽 Nos hemos vuelto un poco cursis buscando prodigios, señales divinas y alas de plumas blancas, cuando la verdad es bastante más sencilla.
Los ángeles de verdad no llevan aureola ni huelen a incienso.
Huelen a café, tienen ojeras y llevan el jersey lleno de pelotillas.
Son de carne y hueso.
Y tienen una paciencia que a veces roza lo absurdo.
Aparecen cuando estás con la persiana bajada, metida en tu cueva y sin ganas de explicarle a nadie qué te pasa.
Y no vienen con el sermón de turno ni con el «todo pasa por algo», que cuando estás jodida lo último que necesitas es que alguien te suelte una frase de taza.
Entran, ven el panorama, se sientan contigo y, si hace falta, te sueltan una burrada tan absurda que acabas riéndote cuando todavía tenías ganas de llorar.
No pueden evitarte la hostia.
Ni arreglarte la vida.
Ni quitarte de encima lo que te está pasando.
Pero se quedan.
Y eso, aunque parezca poco, no lo es.
Se quedan cuando no sabes qué decir, cuando estás insoportable, cuando no tienes ganas de hablar y hasta cuando dices que estás bien y se te nota a kilómetros que no.
A veces es un mensaje tonto.
Una llamada.
Un «¿has comido?».
Una visita que no habías pedido.
O simplemente alguien sentado a tu lado sin intentar arreglarte.
Quizá los verdaderos milagros sean bastante menos espectaculares de lo que nos han contado.
No abren mares ni mueven montañas.
A veces simplemente se sientan contigo en la mierda y esperan.
Y cuando por fin te levantas, siguen ahí.
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